Bienvenidos, exploradores de lo invisible, peregrinos del celuloide. Soy Hiroshi Tanaka, y hoy no viajaremos a las selvas de Asia, sino a un paisaje mucho más cercano y, sin embargo, infinitamente más extraño: el Vietnam de Stanley Kubrick, meticulosamente construido no bajo el sol tropical, sino bajo el cielo gris y a menudo melancólico de Inglaterra. «Full Metal Jacket», o «La Chaqueta Metálica» como la conocemos en el mundo hispanohablante, no es solo una película; es una inmersión visceral en la locura de la guerra, un descenso a los infiernos del alma humana orquestado con una precisión casi inhumana. Y el escenario, esa tierra devastada que se siente tan auténtica, tan peligrosamente real, es quizás el mayor truco de magia de su director. Kubrick, con su legendario pavor a volar, se negó a abandonar su hogar adoptivo en el Reino Unido. En lugar de llevar su producción a Vietnam, trajo Vietnam a las afueras de Londres. Lo que sigue no es solo una guía de localizaciones, sino una invitación a caminar sobre los fantasmas de una guerra de ficción, a sentir el eco de las botas y los disparos en lugares que nunca sospecharías que albergaron tal caos. Desvelaremos el mapa de un conflicto imaginado, un viaje a través de la campiña inglesa y los páramos industriales que se convirtieron, por obra y gracia de un genio cinematográfico, en el campo de batalla de una generación. Prepárense para ver Inglaterra con otros ojos, para buscar las cicatrices de Huế en el hormigón de Londres y escuchar los gritos del sargento Hartman en la tranquila brisa de Cambridgeshire. Este es nuestro peregrinaje a la guerra que nunca fue, pero que todos recordamos.
Si este peregrinaje por el Vietnam secreto de Kubrick te ha hecho apreciar el poder de los escenarios cinematográficos, te invitamos a descubrir otro viaje igual de conmovedor a través de los lugares de rodaje de ‘El Pianista’.
El Gran Engaño: Cómo Inglaterra se Vistió de Vietnam

La decisión de Stanley Kubrick de recrear la Guerra de Vietnam en territorio británico representa uno de los gestos más audaces tanto logística como artísticamente en la historia del cine. No fue simplemente una elección por conveniencia; fue una declaración clara de intenciones. Kubrick defendía el control absoluto sobre cada fotograma, una filosofía incompatible con los escenarios impredecibles y alejados del sudeste asiático. Su centro de operaciones en Childwickbury Manor, cerca de Londres, era su santuario y taller. Desde allí, podía moldear el mundo a su voluntad. Para él, un lugar no era lo que era, sino lo que podía llegar a convertirse. Y en la Inglaterra postindustrial de los años 80 vio el lienzo perfecto para pintar su particular apocalipsis.
La tarea era titánica. No se trataba solo de hallar edificios que se asemejaran a los de Huế o Đà Nẵng, sino de orquestar una transformación en gran escala. Esto implicó importar cientos de palmeras desde España y el norte de África, adquirir más de 200 toneladas de escombros para dotar de autenticidad las escenas de batalla, y recrear minuciosamente la señalética vietnamita, desde carteles de propaganda hasta anuncios comerciales. El equipo de producción, liderado por el legendario diseñador de producción Anton Furst, se convirtió en un ejército de ilusionistas. Estudiaron miles de fotografías y documentales de la época, obsesionados con cada detalle, desde la textura del ladrillo expuesto por una explosión hasta la vegetación típica de un arrozal abandonado. Inglaterra no solo iba a parecer Vietnam; durante casi dos años, una parte de ella sería Vietnam. Esta transformación geográfica es el núcleo de nuestro peregrinaje, el milagro que venimos a explorar.
La metamorfosis del paisaje británico
El principal desafío fue el clima y la luz. La luz inglesa, a menudo difusa y plateada, es radicalmente distinta del sol intenso y tropical de Vietnam. Kubrick y su director de fotografía, Douglas Milsome, trabajaron incansablemente para superarlo. Utilizaron filtros especiales, humo y una iluminación artificial masiva para crear la atmósfera opresiva y húmeda que caracteriza la segunda mitad de la película. Las localizaciones no fueron elegidas por su belleza, sino por su capacidad de transformación. Buscaron espacios en transición, olvidados por el progreso, donde la destrucción requerida para la película no fuera un sacrilegio, sino la continuación natural de su estado de abandono. Canteras, bases militares en desuso y, sobre todo, una gigantesca planta de gas abandonada se convirtieron en los estudios al aire libre más grandes y realistas que se pudieran imaginar. Cada árbol plantado, cada edificio derribado, cada capa de suciedad añadida fue un paso más en este viaje alucinatorio desde el Home Counties hasta el delta del Mekong.
Parris Island: El Grito del Sargento en Cambridgeshire
La primera mitad de «La Chaqueta Metálica» es un estudio claustrofóbico sobre la deshumanización. El campo de entrenamiento de los Marines en Parris Island, Carolina del Sur, es un infierno psicológico donde los reclutas pierden su identidad para ser reconstruidos como máquinas de matar. El espacio es esencial: las barracas simétricas, la implacable extensión del patio de armas, la pulcritud casi quirúrgica que contrasta con la brutalidad verbal y física del Sargento de Artillería Hartman. El primer gran desafío de la producción fue hallar en Inglaterra un lugar capaz de evocar esta atmósfera de orden militar estadounidense.
La solución apareció a unos 80 kilómetros al norte de Londres, en Bassingbourn Barracks, Cambridgeshire. Esta base activa del Ejército Británico, con una historia que se remonta a la Segunda Guerra Mundial como aeródromo de la RAF, contaba con la arquitectura funcional y la vasta extensión que Kubrick requería. Las barracas de ladrillo rojo y los edificios de entrenamiento, aunque claramente británicos en estilo, fueron expertamente disfrazados. Se modificaron interiores, se añadieron señalizaciones americanas y se llenó el lugar con extras que marchaban con una precisión aterradora, logrando una ilusión casi perfecta.
El Eco de Hartman en los Barracones
Pasear hoy por los alrededores de Bassingbourn (el acceso interior está restringido por ser una base militar activa) resulta una experiencia peculiar. El sitio es tranquilo, funcional, un trozo de la campiña inglesa dedicado a la disciplina militar. Pero para el visitante cinéfilo, el ambiente está cargado de ecos. Es imposible no imaginar las filas de reclutas con la cabeza rapada, firmes en atención mientras R. Lee Ermey, en una de las interpretaciones más icónicas de la historia, improvisaba insultos de una creatividad poética y devastadora. Aquellas escenas, rodadas en los auténticos barracones de Bassingbourn, son un testimonio del poder del cine para transformar un espacio. La cámara de Kubrick no solo capturaba la acción; impregnaba las paredes, las literas metálicas, el suelo pulido, de una tensión palpable que aún parece resonar.
El visitante debe ser respetuoso y consciente de que se encuentra frente a una instalación militar en funcionamiento. Aunque no se puede entrar, las carreteras circundantes y los senderos públicos permiten vistas de los edificios y del perímetro de la base. Es un peregrinaje de la imaginación, en el que uno debe superponer las imágenes de la película sobre la pacífica realidad actual. Aquí fue donde el recluta Joker recibió su apodo, donde el torpe recluta Pyle fue golpeado con pastillas de jabón y donde finalmente se quebró en un acto de violencia que marcó el fin de su tortura. Bassingbourn no es Parris Island, pero durante unos meses en 1985 fue el escenario del infierno, un rincón de Inglaterra donde se forjaron los soldados de una guerra distante.
Consejos para la Visita a Bassingbourn
Llegar a Bassingbourn es más sencillo en coche, lo que permite recorrer los caminos rurales que rodean la base. La estación de tren más cercana es Royston, desde donde se puede tomar un taxi. La visita es únicamente externa y no requiere mucho tiempo, pero es un punto de partida fundamental en la ruta de «La Chaqueta Metálica». El cercano pueblo de Bassingbourn ofrece pubs tradicionales donde sentarse a reflexionar sobre la curiosa dualidad del lugar. Se recomienda llevar fotografías de las escenas de la película para poder identificar, desde la distancia, las siluetas de los edificios que sirvieron de telón de fondo para el nacimiento de los marines de Kubrick.
Huế en Llamas: El Apocalipsis Industrial de Beckton

Si Bassingbourn fue el escenario de la tortura psicológica, la ubicación elegida para la ciudad de Huế representó el apocalipsis físico. La Batalla de Huế, en 1968, fue uno de los enfrentamientos más sangrientos y devastadores de la Guerra de Vietnam. Recrear una ciudad histórica en ruinas, con su mezcla de arquitectura vietnamita y colonial francesa, parecía una tarea imposible en el Reino Unido. Pero el equipo de Kubrick halló un lugar que no solo era adecuado, sino que poseía una belleza terrible y desoladora que encajaba a la perfección con la visión del director: Beckton Gas Works.
Situada en el East End de Londres, a orillas del Támesis, la planta de gas de Beckton era un gigante moribundo. En su apogeo, fue la planta de gas más grande de Europa, un colosal laberinto de tuberías, tanques, torres de retorta y edificios de ladrillo victoriano. Para la década de 1980, estaba mayormente abandonada y destinada a la demolición. Era un paisaje de pesadilla industrial, una ciudad fantasma de metal y hollín. Para Anton Furst y Kubrick, era el paraíso. Aquí no tenían que construir la destrucción; ya existía. Solo debían darle forma y dirigirla.
La Orquestación del Caos
La transformación de Beckton en Huế es legendaria. La productora compró la planta y obtuvo permiso para hacer literalmente lo que quisiera con ella. Se trajeron expertos en demolición que, bajo la estricta supervisión de Kubrick, derribaron edificios de forma selectiva, creando ángulos de cámara perfectos y calles llenas de escombros con una precisión artística. El nivel de detalle fue obsesivo. Se construyeron fachadas para simular la arquitectura de Huế, que luego eran voladas por los aires. Se importaron las ya mencionadas palmeras para romper la monotonía industrial y darle el toque tropical. Se esparcieron miles de carteles y panfletos con caligrafía vietnamita, muchos de ellos con chistes internos del equipo de producción. Durante meses, esta zona del este de Londres se convirtió en una zona de guerra activa, con explosiones controladas, vehículos militares y el humo constante que ayudaba a ocultar el cielo londinense.
Es en Beckton donde se rodaron las escenas más memorables de la segunda mitad de la película: el avance de la patrulla de Joker por la ciudad en ruinas, el tenso enfrentamiento con el francotirador solitario en el esqueleto de un edificio, y la icónica marcha final de los soldados cantando la canción del Club de Mickey Mouse mientras el horizonte arde. La atmósfera del lugar era tan poderosa que influyó en las interpretaciones de los actores. Matthew Modine (Joker) escribió en su diario sobre el ambiente opresivo y peligroso del set, lleno de amianto y bordes metálicos afilados. La desolación no era fingida; era el aire que respiraban.
El Peregrinaje a un Fantasma
Hoy, el peregrinaje a Beckton es un ejercicio de arqueología urbana y de imaginación. La planta de gas fue completamente demolida poco después del rodaje. En su lugar, se levanta un paisaje completamente diferente: un gran centro comercial (Beckton Retail Park), modernas urbanizaciones y el campus de la Universidad del Este de Londres. No queda ni rastro de la estructura que Kubrick transformó en Huế. Sin embargo, el viaje no es en vano.
El verdadero peregrino puede usar mapas antiguos y fotogramas de la película para triangular la ubicación exacta de las escenas clave. El perfil del río Támesis y algunas infraestructuras viales, como la autopista A13 que pasa cerca, sirven como puntos de referencia. Estar de pie en el aparcamiento de un supermercado, sabiendo que bajo tus pies tuvo lugar el duelo final con el francotirador, es una experiencia profundamente conmovedora. Es un testimonio del poder efímero del cine y de la constante transformación del paisaje urbano. La mejor manera de llegar es mediante el DLR (Docklands Light Railway) hasta la estación de Gallions Reach. Desde allí, es una corta caminata hacia el área donde una vez estuvo la planta. Es un lugar donde la guerra de Kubrick ha sido borrada por la paz del consumismo, una ironía que el propio director sin duda habría apreciado.
El Río Perfume: El Támesis y los Canales de Norfolk
La geografía de Vietnam está marcada por sus ríos y deltas. Para capturar la sensación de los marines patrullando por vías fluviales enemigas, como el emblemático Río Perfume que atraviesa Huế, la producción tuvo que buscar en Inglaterra ambientes acuáticos que pudieran transformarse en un paisaje tropical. Esta búsqueda los llevó a dos lugares principales: los Norfolk Broads y las marismas del estuario del Támesis en Kent.
Los Norfolk Broads, una red de ríos y lagos navegables en el este de Inglaterra, ofrecieron la calma y la vegetación frondosa necesarias para las escenas de patrulla fluvial. Aunque el paisaje es claramente inglés, con sus cañaverales y sauces, el equipo de producción volvió a hacer su magia. Se añadieron plantas de aspecto más exótico en las orillas y se utilizó la composición de cámara para ocultar cualquier elemento que revelara la ubicación. El helicóptero Wessex, pintado de verde oliva para asemejarse a un Marine Sea Knight, volando sobre estas tranquilas aguas, es una de las imágenes más surrealistas de la producción: un pedazo de la guerra de Vietnam aterrizando en el corazón de la campiña británica más idílica.
Las Marismas de Kent como Đà Nẵng
Para las escenas que mostraban las zonas costeras y los arrozales cerca de Đà Nẵng, la producción se trasladó a las desoladas marismas de Cliffe, en Kent, cerca del estuario del Támesis. Esta área, con su paisaje llano y fangoso, proporcionó un lienzo en blanco ideal. Aquí se filmaron escenas como el hallazgo de una fosa común y las patrullas a través de campos abiertos. La clave, nuevamente, fue la vegetación. Se plantaron miles de plantas de plástico que imitaban los arrozales para cubrir amplias extensiones de terreno. El resultado es sorprendentemente convincente, un testimonio de que con suficiente ingenio, incluso el paisaje más británico puede ser persuadido para contar una historia totalmente diferente.
Explorando los Ríos de Kubrick
A diferencia de Beckton, estas localizaciones fluviales son en gran medida accesibles y se han mantenido relativamente sin cambios. Los Norfolk Broads son un destino turístico popular, y alquilar un pequeño barco para navegar por los mismos canales que recorrió la patrulla de Joker es una de las experiencias más tangibles que un fan de «La Chaqueta Metálica» puede vivir. Se puede sentir la misma tensión silenciosa, imaginar el peligro acechando detrás de la densa vegetación de la orilla. Es una manera pacífica y hermosa de conectar con el lado más natural de la producción de la película.
Visitar las marismas de Cliffe requiere un poco más de esfuerzo. Es una zona más salvaje, ideal para quienes disfrutan del senderismo y la observación de aves. Caminar por los senderos que atraviesan las marismas, con la inmensidad del cielo y el estuario del Támesis como fondo, permite entender por qué Kubrick eligió este lugar por su sensación de aislamiento y vulnerabilidad. Es un paisaje que, incluso sin la parafernalia de la película, posee una atmósfera inquietante y poderosa.
El Arsenal de la Ilusión: Vehículos, Armas y la Manía por el Detalle

Un recorrido por los escenarios de «La Chaqueta Metálica» no estaría completo sin reconocer la increíble atención al detalle que abarcó más allá de las localizaciones. La autenticidad era la obsesión de Kubrick, reflejada en cada pieza del equipo militar que aparece en pantalla. La recreación de la guerra no se limitaba solo al paisaje, sino también a la maquinaria.
Kubrick enfrentó un problema significativo: el Pentágono, molesto por la supuesta postura antimilitarista en sus películas previas como «Dr. Strangelove» y «Paths of Glory», se negó a colaborar con la producción. Esto significaba que no habría acceso a equipamiento militar estadounidense genuino. Lejos de ser un obstáculo, esto se transformó en un desafío que el equipo de Kubrick asumió con gran ingenio. Se embarcaron en una búsqueda por toda Europa para localizar y adaptar vehículos y armamento que pudieran hacerse pasar por sus equivalentes estadounidenses.
Tanques Belgas y Helicópteros Británicos
Los tanques M41 Walker Bulldog que aparecen en las calles de Huế eran en realidad tanques belgas M47 Patton, adquiridos a un coleccionista. Fueron modificados estéticamente para asemejarse más a los vehículos usados por los Marines en Vietnam. Los helicópteros, un elemento clave en la iconografía de Vietnam, presentaban un reto aún mayor. La solución fue alquilar helicópteros Westland Wessex de la RAF, que tenían un parecido superficial con los Sikorsky H-34 de los Marines. Fueron pintados con los colores y las insignias correctas, y Kubrick empleó ángulos de cámara ingeniosos para disimular sus diferencias más evidentes. Para un observador no entrenado, la ilusión es perfecta.
Hasta las armas de fuego recibieron una meticulosa atención. Se adquirieron rifles M16 auténticos (versiones semiautomáticas modificadas para disparar solo ráfagas de fogueo), además de ametralladoras M60 y otras armas de la época. R. Lee Ermey, contratado inicialmente como asesor técnico por su experiencia real como sargento instructor en los Marines durante la guerra, fue esencial para asegurar que los actores manejaran las armas, se movieran y hablaran con total autenticidad. Su vasto conocimiento del protocolo y la jerga militar fue tan impresionante que finalmente convenció a Kubrick de que nadie más podía interpretar al Sargento Hartman.
Esta dedicación a la autenticidad material es una parte fundamental de por qué las localizaciones inglesas funcionan tan bien. El espectador se sumerge tanto en la precisión de los detalles más pequeños —el desgaste de un rifle, el sonido del motor de un tanque, la manera en que un soldado lleva su casco— que nunca cuestiona la geografía. El recorrido, por tanto, es también un homenaje a este arte del disfraz, a la alquimia que transforma un tanque belga en uno estadounidense y un helicóptero británico en un símbolo de la intervención en Vietnam.
Guía del Peregrino: Planificando tu Viaje al Vietnam Inglés
Embarcarse en este recorrido por las localizaciones de «La Chaqueta Metálica» es una experiencia única que combina el amor por el cine con la exploración de rincones menos conocidos de Inglaterra. Se necesita una mentalidad de detective y una buena dosis de imaginación, pero la recompensa es una comprensión más profunda de esta obra maestra cinematográfica.
Itinerario Recomendado
Tener Londres como base es la opción más lógica, ya que la mayoría de los sitios son accesibles en excursiones de un día. Un itinerario posible de 2 o 3 días podría ser:
Día 1: Este de Londres. Dedica el día a recorrer la zona de Beckton. Empieza en la estación de DLR Gallions Reach. Pasea por Beckton Retail Park y sus alrededores, utilizando tu teléfono o impresiones para comparar las vistas actuales con las escenas de la película. Aunque el paisaje ha cambiado completamente, podrás apreciar la escala del lugar. Continúa explorando los Royal Docks, un área que también aparece en algunas tomas y que aún conserva una atmósfera industrial. Será un día para reflexionar sobre el cambio y la memoria.
Día 2: Hacia el Norte y el Campo. Alquila un coche para este día. Viaja hacia el norte hasta Cambridgeshire para observar el perímetro de Bassingbourn Barracks. Sé respetuoso y no intentes entrar en la propiedad. Tras esta breve parada, puedes visitar el cercano Museo Imperial de la Guerra de Duxford, que aunque no es una localización de la película, cuenta con una impresionante colección de aviones y vehículos militares que te sumergirá aún más en el contexto histórico.
Día 3: Ríos y Marismas. Según tus preferencias, puedes elegir un viaje a los Norfolk Broads o a las marismas de Kent. Para una experiencia relajante, dirígete a Norfolk, alquila un barco en Wroxham o Potter Heigham y pasa el día navegando. Para una experiencia más agreste, conduce hasta la península de Hoo en Kent y explora los senderos alrededor de Cliffe Pools. Ambos lugares ofrecen una conexión tangible y atmosférica con las escenas fluviales y de campo abierto de la película.
Consejos Prácticos
- Mejor época para visitar: La primavera y el verano brindan un clima más agradable para explorar, especialmente las localizaciones al aire libre como los Broads y las marismas. Sin embargo, visitar en otoño o invierno, con cielos grises y un paisaje más austero, puede evocar con mayor fuerza la atmósfera sombría de la película.
- Qué llevar: Calzado cómodo es fundamental. Una cámara, por supuesto. Y lo más importante: un dispositivo con la película descargada o con capturas de las escenas clave. Ser tu propio director de localizaciones, buscando ángulos y comparando el «antes» y el «ahora», es parte de la diversión.
- Mentalidad: Acepta que muchas de estas localizaciones son fantasmas. El placer no está en hallar un lugar perfectamente conservado, sino en el acto de buscar y reconstruir la historia en tu mente. Es un peregrinaje tanto intelectual y emocional como físico.
Conclusión: Caminando sobre los Fantasmas del Celuloide

Visitar los lugares donde se filmó «La Chaqueta Metálica» es mucho más que un mero tour por localizaciones cinematográficas. Es una inmersión en el corazón del proceso creativo de uno de los directores más enigmáticos y exigentes de la historia. Es ser testigos del poder del cine no solo para narrar historias, sino para doblar la realidad a su voluntad, transformando la campiña inglesa en la jungla vietnamita y un páramo industrial en una ciudad devastada por la guerra. Es entender que el «lugar» en una película de Kubrick es, ante todo, un estado mental.
Al estar donde Joker, Cowboy y Animal Mother lucharon y murieron, no encontramos monumentos ni placas conmemorativas, sino un centro comercial, una base militar operativa, un río sereno. Sin embargo, para quienes hemos sido marcados por la película, estos sitios están encantados. Encantados por los ecos de disparos de fogueo, por los recuerdos de explosiones controladas y por el fantasma de un genio que orquestó una guerra a miles de kilómetros de distancia. Este peregrinaje nos muestra que los lugares sagrados del cine no siempre son hermosos ni están preservados. A veces, son invisibles, enterrados bajo el asfalto del progreso, y solo pueden visitarse guiados por la memoria y la imaginación. Y ese, quizás, es el viaje más poderoso de todos.

