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Un Viaje al Corazón de ‘Cuentos de Tokio’: Peregrinación a los Escenarios de Yasujirō Ozu

En el panteón del cine mundial, pocas obras resuenan con la profundidad silenciosa y la verdad universal de ‘Cuentos de Tokio’ (東京物語, Tōkyō Monogatari). La obra maestra de Yasujirō Ozu, estrenada en 1953, es mucho más que una película; es un espejo del alma familiar, un haiku visual sobre el paso del tiempo, la brecha generacional y la agridulce aceptación de la vida. Para el viajero sensible, para el cinéfilo devoto, seguir los pasos de sus personajes, la pareja de ancianos Shūkichi y Tomi Hirayama, no es un simple turismo, sino una peregrinación —un ‘seichi junrei’ (聖地巡礼)— a través de los paisajes emocionales que Ozu pintó con su cámara. Este viaje nos lleva desde la serena y nostálgica ciudad portuaria de Onomichi hasta el corazón palpitante y alienante del Tokio de la posguerra, explorando los espacios físicos que se convierten en protagonistas silenciosos de la narrativa. Son estos lugares los que dan forma y voz a los sentimientos no expresados de los personajes, convirtiendo un simple telón de fondo en un lienzo de emociones universales. Adentrarse en estos escenarios es buscar el eco de las risas contenidas, de las decepciones calladas y de la profunda humanidad que Ozu capturó con una maestría inigualable. Es un diálogo con el pasado, un encuentro con el Japón de una era de transformación y, en última instancia, una meditación sobre nuestros propios lazos familiares y el inexorable fluir del tiempo.

Esta peregrinación cinematográfica a los escenarios de Ozu encuentra un eco similar en el viaje a los lugares de rodaje de ‘La vida de los otros’ en Berlín.

目次

La Esencia de Ozu: Un Cine de Contemplación y Espacio

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Para entender la importancia de una peregrinación a los lugares de ‘Cuentos de Tokio’, primero debemos sumergirnos en el lenguaje cinematográfico singular de Yasujirō Ozu. Su estilo no es simplemente una elección estética; es una filosofía visual que confiere a los espacios una profunda carga emocional y simbólica. Ozu es el arquitecto de la quietud, el poeta de lo cotidiano. Su cámara, reconocida por su posición baja, a la altura de una persona sentada en un tatami —el llamado ‘tatami shot’—, nos invita a participar en la vida de sus personajes no como observadores distantes, sino como invitados silenciosos en sus hogares. Esta perspectiva crea una intimidad profunda, una sensación de compartir el mismo espacio y respirar el mismo aire. Los interiores de las casas japonesas, con sus puertas correderas de papel (shōji y fusuma), no son simples fondos. Ozu los usa como marcos dentro de marcos, formando composiciones de una belleza pictórica que segmentan el espacio, revelando y ocultando personajes, sugiriendo las barreras emocionales y la distancia psicológica entre ellos. Un pasillo vacío, un jarrón colocado estratégicamente, un tren que pasa a lo lejos visto desde una ventana; cada elemento en el encuadre de Ozu tiene un propósito narrativo. Son lo que el crítico Donald Richie llamó ‘pillow shots’ (planos de almohada): breves interludios poéticos de paisajes u objetos inanimados que funcionan como pausas contemplativas, permitiendo que la emoción de la escena anterior se asiente en el espectador. Estos planos de chimeneas humeantes, barcos en el puerto o ropa secándose al viento constituyen la puntuación visual de su cine, otorgando a la película un ritmo meditativo y conectando el drama humano con el mundo exterior. Por eso, visitar los lugares reales donde se filmaron estas escenas resulta tan poderoso. No se trata de hallar el ángulo exacto de la cámara, sino de experimentar la atmósfera que Ozu consideró esencial para contar su historia. Es sentir la brisa del mar en Onomichi que Tomi percibió, o escuchar el estruendo de los trenes en Tokio que acentuó la soledad de la pareja. El espacio en el cine de Ozu es el depositario de la memoria, el testigo silencioso del drama humano, impregnado del concepto estético japonés de ‘mono no aware’ (物の哀れ), la conmovedora tristeza por la naturaleza efímera de las cosas. Al peregrinar a estos lugares, buscamos conectar con esa misma sensación y comprender cómo el paisaje físico puede reflejar y amplificar las verdades más profundas de nuestro mundo interior.

Onomichi: El Origen del Viaje, el Refugio del Alma

Onomichi, en la prefectura de Hiroshima, representa el ancla emocional de ‘Cuentos de Tokio’. Es tanto el punto de partida como el destino final, simbolizando el hogar, la tradición y una forma de vida que se desvanece. La ciudad, aferrada a una ladera que desciende suavemente hacia el Mar Interior de Seto, se configura como un laberinto de cuestas empinadas, callejones estrechos y antiguos templos que parecen vigilar el constante movimiento de los barcos en el puerto. Ozu eligió Onomichi con propósito; su topografía y atmósfera encapsulan a la perfección el mundo de Shūkichi y Tomi: un lugar de ritmos pausados, vínculos comunitarios y una belleza serena y melancólica. Para el peregrino moderno, llegar a Onomichi equivale a retroceder en el tiempo. A pesar de su evolución, la esencia de la ciudad permanece intacta. La sensación de un puerto activo, el aroma a sal en el aire, el sonido de las campanas de los templos y el panorama de tejados que se extienden hasta el agua son experiencias sensoriales que nos conectan directamente con el universo de la película. Aquí comienza la historia, con la pareja preparando su largo viaje a Tokio, llenos de una apacible expectación. Y aquí concluye la trama, en un ciclo de vida y pérdida tan inmutable como las mareas del mar de Seto. Caminar por Onomichi es seguir la huella de la memoria, no solo de los personajes, sino de un Japón que Ozu inmortalizó con profundo afecto y nostalgia.

El Templo Senkō-ji y el Parque: Vistas Panorámicas y Silencios Contemplativos

Uno de los espacios más emblemáticos y conmovedores de la peregrinación es el parque que rodea el Templo Senkō-ji, situado en la cima de la colina que domina Onomichi. Allí transcurre una de las escenas más memorables de la película: Shūkichi y Tomi, antes de partir, contemplan en silencio su ciudad natal. No hacen falta palabras. La vista panorámica del puerto, los astilleros y las islas distantes del mar de Seto transmite todo. Es una mirada cargada de historia compartida, de una vida entera vivida en ese paisaje. Para el visitante, alcanzar este punto representa el clímax emocional del recorrido por Onomichi. Se puede subir a pie por el evocador ‘Camino de la Literatura’ (Bungaku no Komichi), un sendero de piedra flanqueado por rocas grabadas con poemas de escritores japoneses, o utilizar el teleférico que ofrece una vista aérea espectacular. Al llegar a la cima, la atmósfera es de una paz abrumadora. El bullicio de la ciudad se reduce a un murmullo distante, mientras que la inmensidad del paisaje invita a la introspección. Sentarse en un banco y observar, como hicieron los Hirayama, se convierte en una experiencia profundamente meditativa. Se siente el peso del tiempo, la belleza de lo permanente y lo efímero. El propio Templo Senkō-ji, con sus estructuras de madera roja y su famosa roca ‘Tama no Iwa’, aporta una capa adicional de espiritualidad al lugar. El sonido del viento entre los pinos, el tintineo de las tablillas de deseos ‘ema’, contribuyen a crear un santuario de calma. Es un sitio para respirar profundamente, contemplar el horizonte y conectar con el espíritu de aceptación y serenidad que permea la película. Para llegar, el teleférico de Senkō-ji es la opción más directa, ubicado a unos 15 minutos a pie desde la estación de tren JR Onomichi. El parque es de acceso libre, y se muestra especialmente hermoso durante la floración de los cerezos en primavera y con los colores otoñales.

El Muelle de Onomichi: El Punto de Partida y el Retorno Final

El puerto de Onomichi es el umbral entre dos mundos en ‘Cuentos de Tokio’. Constituye la puerta de salida hacia la modernidad desconocida de Tokio y el escenario del melancólico regreso. Las escenas en el muelle están cargadas de simbología sobre el viaje, la separación y el paso del tiempo. Desde aquí, la pareja inicia su travesía, y es también el lugar donde sus cenizas, recuerdos y legados finalmente retornan. Aunque el muelle y el paseo marítimo han sido modernizados desde la década de 1950, la esencia de un puerto activo y vital sigue presente. Caminar por el paseo marítimo hoy en día continúa siendo una experiencia evocadora. Los ferries conectan la isla principal con las islas cercanas, como Mukaishima, generando un flujo constante de movimiento. El sonido de las sirenas de los barcos, el graznido de las gaviotas y el aroma de diésel y agua salada conforman la banda sonora inmutable de este lugar. Es fácil imaginar a los personajes de Ozu esperando en el muelle, observando los barcos que simbolizan tanto la promesa de la aventura como la certeza del retorno. El contraste entre la actividad constante del puerto y los momentos de contemplación silenciosa de los personajes es una de las genialidades de Ozu. El peregrino puede sentarse en uno de los bancos frente al mar, contemplar el tránsito marítimo y reflexionar sobre sus propios viajes vitales: las partidas llenas de esperanza, los regresos cargados de experiencia. Es un espacio para sentir el pulso de la ciudad y comprender por qué Ozu lo eligió como el corazón simbólico del hogar de los Hirayama. La zona portuaria es fácilmente accesible a pie desde la estación de Onomichi y resulta ideal para un paseo al atardecer, cuando las luces de la ciudad y los astilleros comienzan a brillar sobre el agua.

Saboreando Onomichi: Más Allá de la Película

Una peregrinación completa a Onomichi no estaría completa sin sumergirse en la cultura local que configura su atmósfera única. Más allá de los sitios exactos de rodaje, la experiencia se enriquece explorando los elementos que hacen de Onomichi un lugar tan especial. Una parada obligatoria es degustar el famoso ramen de Onomichi, caracterizado por un caldo a base de soja (shoyu) con grasa de cerdo (seabura) y fideos planos; un plato reconfortante que refleja el carácter honesto y sin pretensiones de la ciudad. Hay numerosos restaurantes especializados, especialmente cerca de la estación y en la galería comercial. Hablando de esta última, el ‘shotengai’ de Onomichi es uno de los más extensos y encantadores de la región. Esta calle comercial cubierta es un viaje al Japón de la era Showa, con tiendas familiares, cafeterías retro (kissaten) y un ambiente comunitario que parece detenido en el tiempo. Es el lugar perfecto para observar la vida cotidiana, tal como lo hacía Ozu. Para los amantes de los gatos, Onomichi es también conocida como la ‘ciudad de los felinos’. El ‘Neko no Hosomichi’ (Callejón de los Gatos) es un estrecho sendero cercano al Templo Senkō-ji, decorado con numerosas estatuas y dibujos de gatos, donde es muy probable encontrar a varios de sus residentes felinos reales tomando el sol. Esta faceta lúdica de la ciudad ofrece un encantador contrapunto a la melancolía de la película. Finalmente, quienes dispongan de más tiempo pueden alquilar una bicicleta y recorrer parte de la Shimanami Kaido, una espectacular ruta ciclista que cruza varias islas del mar de Seto, brindando una perspectiva completamente nueva del paisaje que los Hirayama solo podían contemplar desde la distancia.

Tokio: El Laberinto de la Modernidad y la Distancia Familiar

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Si Onomichi es el corazón, Tokio representa el cerebro en ‘Cuentos de Tokio’. La visión que ofrece Ozu de la capital es la de una metrópolis vibrante en plena efervescencia posbélica: una entidad impersonal, ruidosa y en constante movimiento. Para Shūkichi y Tomi, Tokio no es una ciudad maravillosa, sino un laberinto de vías de tren, chimeneas industriales y tensas relaciones familiares. Es el símbolo del nuevo Japón, un mundo donde sus hijos, absortos en sus vidas agitadas, ya no encuentran espacio, ni físico ni emocional, para ellos. Ozu capta magistralmente esta sensación de alienación. La cámara no se detiene en los monumentos famosos, sino en la infraestructura que impulsa la ciudad: los trenes que la cruzan sin descanso, los postes eléctricos que se entrelazan en el cielo, las fábricas que emiten humo constante. Este paisaje urbano se vuelve una metáfora de la desintegración de los lazos familiares. La tragedia de los Hirayama no radica en que sus hijos sean malas personas, sino en que son producto de este nuevo entorno urbano, donde el tiempo es un lujo y la eficiencia, la norma. Para el peregrino que visita el Tokio actual, una megaciudad aún más vasta y frenética, el contraste se intensifica. No obstante, al buscar los lugares de la película, es posible descubrir los vestigios del Tokio de Ozu bajo las capas de modernidad. Es un ejercicio de arqueología urbana y emocional, que busca encontrar espacios de quietud y humanidad en medio del caos, tal como hicieron los protagonistas ancianos.

La Estación de Tokio: Portal a un Mundo Distinto

La llegada de Shūkichi y Tomi a la Estación de Tokio señala su entrada en este mundo nuevo y abrumador. La estación, en entonces y ahora, es el núcleo neurálgico de la ciudad y el país. Ozu filma la inmensidad de los andenes, el movimiento constante de la multitud y los trenes que llegan y parten, creando una sensación de desorientación que refleja el ánimo de la pareja. Para el visitante actual, la Estación de Tokio constituye una experiencia aún más intensa. Es un microcosmos de la ciudad, un complejo laberíntico de líneas de tren, metro, tiendas y restaurantes. Sin embargo, el histórico edificio de fachada de Marunouchi, construido en ladrillo rojo en 1914, sigue siendo un anclaje visual y símbolo de la modernización de Japón. Este edificio, magníficamente restaurado, es el mismo que habría recibido a los Hirayama. Detenerse en la plaza frente a la fachada de Marunouchi es un momento para el peregrino. Al contemplar la elegante arquitectura y el torbellino de gente que circula, se puede imaginar el asombro y la aprensión de la pareja al llegar desde su tranquila Onomichi. Un consejo práctico para el viajero es dedicar tiempo a explorar la estación. No es solo un punto de paso. La ‘Character Street’ subterránea, la ‘Ramen Street’ y los grandes almacenes Daimaru son destinos en sí mismos. Sin embargo, para conectar con la película, lo esencial es hallar un punto de observación, quizás desde un café en edificios cercanos como el KITTE o el Marunouchi Building, y simplemente contemplar el flujo constante, el ballet mecánico de trenes y personas que define el ritmo de Tokio y que tanto impresionó e aisló a los protagonistas de Ozu.

Ueno: Un Respiro Breve en el Corazón de la Metrópoli

Una de las escenas más emotivas de la película transcurre en el Parque de Ueno. Tras ser enviados por sus hijos a un balneario ruidoso y luego devueltos a la ciudad, la pareja se siente sin un lugar adonde ir. Terminan sentados en un banco del parque, observando a la gente y sintiéndose extraños en la ciudad de sus propios hijos. Tomi murmura: «Tokio es tan grande… Si nos perdemos, quizá no volvamos a encontrarnos». Esta frase resume su soledad y vulnerabilidad. El Parque de Ueno, uno de los primeros parques públicos de Japón, permanece como un vasto oasis verde en medio de la jungla de asfalto. Es sede de museos importantes como el Museo Nacional de Tokio y el Museo Nacional de Naturaleza y Ciencia, el Zoológico de Ueno y el estanque Shinobazu, cubierto de lotos en verano. Para el peregrino, encontrar el espíritu de esa escena no consiste en localizar un banco específico, sino en experimentar el parque como un espacio democrático y anónimo. Es un lugar donde miles de historias individuales se cruzan a diario. Sentarse en un banco cerca de la estatua de Saigō Takamori o con vistas al estanque Shinobazu y simplemente observar es recrear el acto contemplativo y melancólico de los Hirayama. Se ven familias paseando, estudiantes dibujando, turistas tomando fotos, oficinistas almorzando… una muestra transversal de la vida tokiota. Es en ese anonimato donde la soledad puede sentirse con mayor intensidad. El parque, a pesar de su belleza, puede ser un lugar impersonal para quienes no tienen un destino. Visitar Ueno es comprender cómo un espacio público puede ser a la vez refugio y recordatorio de la propia insignificancia dentro de la vasta maquinaria metropolitana.

Los Barrios Residenciales: El Espacio Íntimo Perdido

Ozu sitúa los hogares de los hijos de los Hirayama en los suburbios de Tokio, en zonas que en los años 50 representaban la expansión de la clase media. Kōichi, el hijo mayor y médico, reside en una clínica del distrito de Adachi, mientras que Shige, la hija mayor y peluquera, tiene su negocio en una zona igualmente periférica. Estos lugares son intencionadamente mundanos. Ozu no busca la belleza arquitectónica, sino la realidad de la vida suburbana: casas pequeñas de madera, callejones estrechos, el sonido constante de trenes cercanos. Estos espacios son funcionales, pero carecen de la calidez y amplitud del hogar familiar en Onomichi. Son lugares donde trabajo y vida doméstica se entrelazan, dejando escaso espacio para la contemplación o para recibir a unos padres en visita. Localizar las direcciones exactas del rodaje hoy en día es casi imposible, dado que el paisaje urbano tokiota ha sufrido una transformación radical. Sin embargo, el peregrino puede buscar la atmósfera del Tokio de Ozu en barrios que aún conservan el aire de la era Showa. Zonas como Yanaka, Nezu y Sendagi (colectivamente conocidas como Yanesen) ofrecen una visión de un Tokio más antiguo, con sus pequeños templos, cementerios silenciosos, tiendas familiares y calles angostas. Caminar por estos barrios es como entrar en un fotograma de Ozu. El sonido de un vendedor ambulante, la vista de ropa secándose en un balcón, el paso de un tranvía local como el de la línea Arakawa; todos son detalles que evocan el mundo de la película. La peregrinación, en este caso, no es a un punto fijo, sino a una sensación: la de la vida cotidiana en los márgenes de la gran ciudad, una vida de pequeñas luchas y alegrías modestas, donde el espacio siempre es un bien preciado.

Atami: El Balneario de la Desilusión

En un intento amable de liberar a sus padres durante un fin de semana, los hijos los envían a Atami, un reconocido balneario costero al sur de Tokio. Este gesto, concebido como un regalo, se transforma en una de las experiencias más desoladoras para la pareja. Atami, lejos de ser un refugio de tranquilidad, resulta ser un lugar ruidoso, repleto de jóvenes en viaje de luna de miel y música a todo volumen durante la noche. La incomodidad y el aislamiento de Shūkichi y Tomi son evidentes. La escena más emblemática de esta parte ocurre en el malecón. La pareja, incapaz de dormir, sale a pasear temprano por la mañana. Se sientan en el muro de contención, observando un mar gris y monótono. Su silencio es profundo, cargado de una decepción compartida. No protestan, simplemente aceptan la situación con una resignación conmovedora. Para el visitante, Atami es una experiencia de contrastes. La ciudad sigue siendo un destino turístico popular, famoso por sus onsen (aguas termales) y sus vistas al mar. Sin embargo, también tiene un aire de nostalgia algo decadente, con muchos hoteles y edificios que parecen detenidos en la era Showa. Este ambiente encaja perfectamente con el tono de la película. El malecón, conocido como Atami Sun Beach y el paseo marítimo, es fácil de localizar. Caminar por él, especialmente en una mañana tranquila o en un día nublado, puede ser una experiencia muy evocadora. Encontrar un lugar para sentarse frente al mar, escuchar el sonido de las olas rompiendo contra el muro y contemplar el horizonte permite al visitante conectar directamente con la soledad y la resiliencia de los Hirayama. Atami, accesible desde Tokio en aproximadamente una hora en el tren bala Shinkansen, simboliza en la película el fracaso de la comunicación intergeneracional, un regalo bienintencionado pero falto de verdadera comprensión, y el malecón se convierte en un monumento a su dignidad silenciosa.

El Viaje del Peregrino: Conectando con el Espíritu de Ozu

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Embarcarse en una peregrinación por los escenarios de ‘Cuentos de Tokio’ va más allá de un simple ejercicio de localización cinematográfica. Es una inmersión en la filosofía de Yasujirō Ozu, una oportunidad para adoptar su mirada contemplativa y descubrir la belleza y la verdad en lo cotidiano. El verdadero propósito no es tomar una foto en el lugar exacto, sino quedarse quieto y sentir. Sentir el paso del tiempo (‘toki no nagare’, 時の流れ), un tema central en la obra de Ozu. Al estar en Onomichi, se percibe cómo el tiempo parece fluir con mayor lentitud, conectado con los ritmos de la naturaleza y la tradición. En Tokio, el tiempo es una fuerza implacable y fragmentada, regida por los horarios de los trenes y la urgencia del trabajo. Este contraste, que constituye el núcleo del conflicto en la película, resulta aún más evidente para el viajero contemporáneo. La peregrinación invita a practicar el arte de la observación que propone Ozu. En lugar de correr de un punto turístico a otro, la propuesta es sentarse en un banco del parque de Ueno y observar a la gente, o detenerse en un andén de la estación de Shinjuku para contemplar el paso de los trenes, o encontrar un café en una galería comercial de Onomichi y escuchar las conversaciones de los locales. Es en esos momentos de quietud donde se manifiesta el espíritu de la película. Se trata de encontrar los ‘pillow shots’ en nuestra propia experiencia de viaje. Para este recorrido, algunos consejos prácticos resultan útiles. El Japan Rail Pass es casi indispensable, ya que facilita enormemente los desplazamientos en tren entre Tokio, Atami y Onomichi. Las mejores épocas para visitar son la primavera (marzo-abril) y el otoño (octubre-noviembre), cuando el clima es más agradable y los paisajes especialmente hermosos, ya sea por los cerezos en flor o por los colores otoñales. Es importante recordar que muchos de los lugares, especialmente en las zonas residenciales, son espacios privados. La peregrinación debe realizarse con el máximo respeto, observando desde la distancia y sin perturbar la vida cotidiana de los habitantes. En última instancia, este viaje es una meditación en movimiento, una manera de comprender que los lugares no son solo contenedores de nuestras vidas, sino que también moldean nuestras emociones, nuestras relaciones y nuestra percepción del tiempo. Es una búsqueda de los ecos de una historia universal en los paisajes de un Japón que, aunque transformado, aún resuena con la profunda humanidad de la obra maestra de Ozu.

El Legado Imperecedero de ‘Cuentos de Tokio’

Décadas después de su estreno, ‘Cuentos de Tokio’ continúa siendo una obra de una relevancia sorprendente. Sus temas —la fragilidad de los vínculos familiares, la soledad en la vejez, el conflicto entre los deberes familiares y las exigencias de la vida moderna— son tan universales hoy como lo fueron en el Japón de la posguerra. La película no ofrece respuestas fáciles ni juicios morales; simplemente observa, con una compasión infinita, la compleja y a menudo dolorosa danza de las relaciones humanas. La peregrinación a sus localizaciones es, en esencia, un homenaje a este legado. Es una manera de agradecer a Ozu por habernos enseñado a mirar, a encontrar la trascendencia en una tetera, la poesía en una vía de tren y el universo entero en una mirada silenciosa entre dos personas que han compartido una vida. Al recorrer las cuestas de Onomichi o perderse en el bullicio de Tokio, no solo seguimos los pasos de Shūkichi y Tomi Hirayama; seguimos también el rastro de nuestros propios padres y abuelos, y vislumbramos el camino que nosotros mismos podríamos recorrer. El viaje se convierte en un puente entre culturas y generaciones, demostrando que las verdades más profundas del corazón humano no conocen fronteras. Es una experiencia que queda grabada en la memoria, un eco silencioso que resuena mucho tiempo después de haber regresado a casa, recordándonos la belleza agridulce y la profunda dignidad de la vida cotidiana.

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この記事を書いた人

Shaped by a historian’s training, this British writer brings depth to Japan’s cultural heritage through clear, engaging storytelling. Complex histories become approachable and meaningful.

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