Adentrarse en el universo de Junichiro Tanizaki no es simplemente abrir un libro; es emprender un viaje sensorial a través de un Japón que oscila entre la nostalgia de un pasado glorioso y el vértigo de una modernidad incipiente. Tanizaki, uno de los gigantes de la literatura japonesa del siglo XX, no fue solo un narrador de historias, sino un arquitecto de atmósferas, un esteta obsesionado con la belleza en sus formas más puras, perversas y evanescentes. Sus novelas y ensayos son mapas que nos guían por los paisajes físicos y anímicos de su vida, una odisea que se desplaza desde el vibrante y mercantil Tokio de su nacimiento hasta la serena y tradicional elegancia de la región de Kansai, su verdadero hogar espiritual. Peregrinar por los lugares que marcaron su existencia y su obra es una forma de leer sus textos con el cuerpo, de sentir el murmullo de las sombras que tanto elogió y de comprender la profunda dualidad que define el alma japonesa. Este recorrido no es una simple visita turística; es una inmersión en la estética de Tanizaki, un diálogo silencioso con un maestro que nos enseñó a encontrar la belleza no en la luz cegadora, sino en la penumbra, en la pátina del tiempo y en las texturas que solo se revelan a quien sabe observar con paciencia y devoción. Desde las calles de Nihonbashi hasta los jardines de Kioto, cada parada es un capítulo de su vida, una pincelada en el gran lienzo de su legado.
Este viaje por la estética de Tanizaki encuentra un paralelo fascinante en otros viajes literarios, como el que sigue las huellas de George Eliot por el corazón de Inglaterra.
El Origen: El Tokio de un Joven Esteta

La historia de Junichiro Tanizaki comienza en el corazón del antiguo Tokio, en un mundo que se desvanecía bajo el empuje imparable de la era Meiji. Su sensibilidad se formó en este crisol de contrastes, entre los vestigios de un shogunato recién extinguido y las prometedoras luces de Occidente. Entender su Tokio es comprender la semilla de su dualidad, la fuente de su permanente fascinación por la decadencia, la belleza artificial y la memoria de lo perdido.
Nihonbashi: Cuna de un Genio Literario
Tanizaki nació en 1886 en Nihonbashi, el núcleo comercial y cultural del antiguo Edo. No era un barrio común; era el kilómetro cero de Japón, un hervidero de mercaderes, artesanos y teatros. Su familia, dueña de una imprenta, disfrutaba de una posición acomodada que permitió al joven Junichiro crecer rodeado de los placeres refinados de la cultura urbana. En sus escritos autobiográficos, evoca con una nostalgia casi dolorosa la opulencia de su infancia: los aromas de comidas exquisitas, el tacto de los kimonos de seda y el sonido del shamisen que flotaba en el aire desde los barrios de placer cercanos. Sin embargo, esta prosperidad fue efímera. La fortuna familiar se desvaneció, y esta caída marcó profundamente su psique, sembrando en él un anhelo constante por un paraíso perdido, un tema recurrente que late en obras como El Cortador de Cañas. Hoy, Nihonbashi es un distrito de imponentes rascacielos y grandes almacenes de lujo como Mitsukoshi, cuya fachada moderna oculta un alma antigua. Para conectar con el Tokio de Tanizaki, hay que caminar sin prisa, imaginando los canales que surcaban la zona, ahora cubiertos por autopistas elevadas. Se puede visitar el puente de Nihonbashi, que da nombre al barrio, y aunque ahora se ve eclipsado por el asfalto, sigue siendo un símbolo poderoso. Un paseo por las tiendas tradicionales que aún perduran, vendiendo algas nori, abanicos o pinceles de caligrafía, ofrece un eco débil pero persistente de la atmósfera que moldeó al escritor. Es un ejercicio de imaginación, buscar la sombra del pasado bajo la luz de neón del presente.
Ginza y Asakusa: El Latido de la Modernidad y la Tradición
En la juventud de Tanizaki, Tokio era un escenario de tensiones culturales. Por un lado, Ginza surgía como el deslumbrante escaparate de la occidentalización. Con sus edificios de ladrillo, cafés de estilo europeo, salas de cine y moga (chicas modernas) vestidas a la moda flapper, representaba todo lo nuevo y exótico. Tanizaki, un dandi por naturaleza, se sintió irresistiblemente atraído por este mundo. Frecuentaba sus bares, absorbía las últimas tendencias y plasmó esta fascinación en una de sus obras más célebres, Naomi (Chijin no Ai). La protagonista, una joven camarera a la que el protagonista intenta moldear como una mujer occidental ideal, es la encarnación misma de esa época: vibrante, caprichosa y peligrosamente seductora. La novela es un retrato febril de la obsesión y del choque cultural que se vivía en las calles de Ginza.
Por otro lado, a poca distancia en tranvía, estaba Asakusa, refugio de la cultura popular del período Edo. Con el majestuoso templo Sensō-ji como epicentro y el bullicioso distrito teatral y de placeres de Rokku, Asakusa ofrecía un contrapunto tradicional y a veces sórdido al refinamiento de Ginza. Era un mundo de narradores rakugo, actores de kabuki y una belleza más terrenal y nostálgica. Tanizaki también se sumergió en este ambiente, encontrando una fuente de inspiración para sus exploraciones de la sensualidad y la estética japonesas más profundas. Para el viajero contemporáneo, experimentar esta dualidad sigue siendo posible. Se puede comenzar el día tomando un café en uno de los establecimientos históricos de Ginza, como el Café Paulista, imaginando a Tanizaki observando a la gente pasar. Luego, se puede tomar la línea de metro Ginza hasta Asakusa y sumergirse en el torbellino de gente que se dirige al templo, respirar el humo del incienso y pasear por las callejuelas adyacentes, donde el tiempo parece haberse detenido. Este contraste entre la elegancia cosmopolita y el fervor popular es la esencia del Tokio que Tanizaki conoció y que, en muchos sentidos, sigue vivo hoy.
El Gran Terremoto y el Exilio al Oeste: El Despertar Kansai
El 1 de septiembre de 1923, el Gran Terremoto de Kantō arrasó Tokio y Yokohama, reduciendo a cenizas el mundo que Tanizaki conocía. Este desastre fue mucho más que un fenómeno natural; representó un punto de inflexión radical en su vida y obra. Huyendo de la destrucción, se trasladó a la región de Kansai, estableciéndose entre Kobe y Osaka, en el área conocida como Hanshin-kan. Lo que comenzó como un exilio forzoso se transformó en una revelación. Lejos del frenesí de reconstrucción y occidentalización de Tokio, Tanizaki encontró en Kansai un Japón más pausado, profundo y arraigado en sus tradiciones. Fue allí donde su estética cambió, abandonando su coquetería juvenil con Occidente para abrazar una profunda valoración de la belleza clásica japonesa. Fue su renacer como escritor, el momento en que halló su voz auténtica.
Ashiya: El Santuario de la Belleza Cotidiana
En la tranquila y próspera ciudad de Ashiya, situada entre las verdes montañas de Rokkō y las serenas aguas de la bahía de Osaka, Tanizaki halló su hogar ideal. El ritmo de vida, marcado por una elegancia discreta y un genuino aprecio por las artes, le brindó el entorno perfecto para la introspección. Fue en las casas de madera de estilo japonés que habitó en esta zona donde su pensamiento estético alcanzó su máxima expresión.
«El Elogio de la Sombra» y la Casa Japonesa
Es imposible hablar de Tanizaki y Ashiya sin mencionar su ensayo fundamental, El Elogio de la Sombra. Más que un texto simple, es un manifiesto estético, una meditación poética sobre la belleza japonesa que nace de la penumbra. Viviendo en casas tradicionales con sus shōji (paneles de papel), sus tokonoma (álcoves) y sus suelos de tatami, Tanizaki desarrolló una sensibilidad única hacia la interacción entre la luz y la sombra. Sostenía que, a diferencia de Occidente, obsesionado con la claridad y el brillo, la estética japonesa encuentra la belleza en la ambigüedad de las sombras. Describía con deleite cómo la laca de un cuenco revela su profundidad no bajo una luz eléctrica directa, sino en el tenue resplandor de una vela; cómo las texturas del papel y la madera cobran vida en una habitación en penumbra; y cómo el oro de un biombo parece emitir un brillo propio en la oscuridad. Para Tanizaki, la sombra no era la ausencia de luz, sino un universo en sí mismo, lleno de matices, misterio y serenidad. Esta filosofía no era una abstracción; era su realidad cotidiana. Vivir esta estética era su verdadero peregrinaje. Aunque no es posible entrar a sus antiguas residencias, recorrer las tranquilas calles residenciales de Ashiya, especialmente al atardecer, cuando la luz de las casas tradicionales se filtra suavemente a través de los paneles de papel, permite vislumbrar ese mundo. Es una invitación a ralentizar la mirada y a apreciar los detalles que solo la penumbra revela.
El Escenario de «Las Hermanas Makioka»
Si El Elogio de la Sombra es su testamento estético, Las Hermanas Makioka (Sasameyuki) es su obra narrativa cumbre, y Ashiya es su escenario principal. Esta monumental novela, escrita durante la Segunda Guerra Mundial, retrata con elegancia y meticulosidad la vida de una distinguida familia de Osaka en declive justo antes de que el conflicto transformara el mundo. La historia sigue a las cuatro hermanas Makioka, especialmente a la tercera, Yukiko, mientras la familia intenta encontrarle un esposo adecuado. Sin embargo, la trama es solo un pretexto para representar un detallado cuadro de una forma de vida que estaba a punto de desaparecer. La novela es un tapiz de costumbres, rituales y sensibilidades de la alta burguesía de Kansai. Se narran sus visitas para contemplar los cerezos en flor en Kioto, sus escapadas a las aguas termales de Arima, sus clases de música tradicional y danza, y la meticulosa preparación de kimonos para cada ocasión. Ashiya y sus alrededores se convierten en un personaje más de la novela. El río Ashiyagawa, cuyas orillas se cubren de un túnel de flores de cerezo en primavera, es el escenario de paseos melancólicos. Los trenes de la línea Hankyu, que conectan las ciudades elegantes de la región, marcan el ritmo de sus vidas sociales. Para el visitante, el Museo Conmemorativo de Literatura Junichiro Tanizaki, ubicado en Ashiya, es una parada imprescindible. No es un museo grande, pero su atmósfera es íntima y evocadora. Alberga manuscritos, objetos personales y recreaciones de su estudio, permitiendo una conexión tangible con su mundo. Tras la visita, un paseo por el parque que rodea el museo y a lo largo del río Ashiyagawa es la mejor manera de sumergirse en la atmósfera de la novela. Es fácil imaginar a las hermanas Makioka, con sus coloridos kimonos, caminando bajo los mismos árboles, sus voces mezclándose con el murmullo del agua.
Kobe: El Puerto Cosmopolita y la Mirada al Mundo
Muy cerca de Ashiya, la ciudad portuaria de Kobe representaba otro aspecto fundamental de la vida en la región de Hanshin-kan: su conexión con el mundo exterior. Kobe, uno de los primeros puertos abiertos al comercio internacional en el siglo XIX, siempre ha conservado un aire cosmopolita y exótico. Este ambiente fascinó a Tanizaki, tanto durante su etapa de occidentalización como en su periodo más tradicional. En Naomi, parte de la historia transcurre en Kobe, y la ciudad funciona como símbolo de la influencia occidental que seduce y transforma a la protagonista. El distrito de Kitano, en las laderas de la montaña, con sus ijinkan (antiguas residencias de comerciantes y diplomáticos extranjeros), es un testimonio vivo de esta historia. Pasear por sus calles empinadas, admirando la arquitectura victoriana o neogótica de estas mansiones, es como viajar en el tiempo. Tanizaki se sentía atraído por este choque de culturas, la yuxtaposición de una casa de estilo occidental junto a un santuario sintoísta. Para el viajero, recorrer Kitano es una experiencia esencial. Además, es recomendable descender hacia el vibrante barrio de Motomachi, con sus elegantes tiendas, y perderse en las callejuelas de Nankin-machi, el bullicioso Chinatown de Kobe. Esta mezcla de culturas, aromas y estilos era el caldo de cultivo perfecto para un escritor tan interesado en las tensiones entre lo propio y lo ajeno, lo antiguo y lo nuevo. Para Tanizaki, Kobe no representaba una contradicción a su amor por la tradición, sino su complemento necesario.
Kioto: El Corazón de la Tradición Eterna

Si Kansai fue el refugio que le permitió redescubrir la estética japonesa, Kioto se convirtió en su musa definitiva. La antigua capital imperial, con su inmensa riqueza cultural, sus templos milenarios y sus artes refinadas, fue una fuente inagotable de inspiración y su hogar durante varios periodos de su vida. En Kioto, Tanizaki no solo halló escenarios para sus relatos, sino que se sumergió plenamente en el alma de la tradición japonesa, un proceso que culminó en su monumental traducción de La Novela de Genji al japonés moderno.
Gion y el Mundo de la Flor y el Sauce
El distrito de Gion, el barrio de geishas más famoso de Japón, representaba todo lo que fascinaba a Tanizaki: la belleza esquiva, el misterio, el erotismo velado y un riguroso código estético. Pasear por sus calles, especialmente al anochecer, es una experiencia que transporta a otra época. Los farolillos de papel iluminan las fachadas de madera de las machiya (casas tradicionales), el sonido de unos geta (sandalias de madera) resonando sobre el empedrado puede anunciar el paso fugaz de una geiko o una maiko rumbo a una cita, y el aire parece cargado de secretos y promesas. Tanizaki estaba cautivado por este «Mundo de la Flor y el Sauce». No se trataba solo de un exotismo superficial, sino de la disciplina y el arte que subyacen en la vida de una geisha: la maestría en la danza, la música, la conversación y, sobre todo, el arte de crear una atmósfera. Esta sensibilidad impregna muchas de sus obras, donde la figura femenina es frecuentemente un ideal estético, una obra de arte viviente. Para el visitante, Gion no es un lugar para recorrer apresuradamente. Requiere un paseo pausado y atento por calles como Hanamikoji o el más tranquilo Shirakawa Lane, con su canal flanqueado por sauces. Entrar en una de las casas de té tradicionales para disfrutar de un dulce wagashi y un té matcha permite absorber el ambiente. Es un lugar para sentir más que para ver, y para entender la reverencia de Tanizaki por una belleza que es a la vez rigurosa y efímera.
El Refugio de Hōnen-in y la Senda del Filósofo
En busca de un entorno más tranquilo para su creación literaria, Tanizaki se estableció en las afueras de Kioto, cerca del famoso Camino del Filósofo (Tetsugaku no Michi). Esta zona, situada al pie de las colinas orientales de Higashiyama, está salpicada de templos y santuarios de una belleza serena y discreta. Allí, Tanizaki encontró el aislamiento y la paz necesarios para emprender su proyecto más ambicioso: la traducción de La Novela de Genji, la obra cumbre de la literatura clásica japonesa escrita en el siglo XI por Murasaki Shikibu. Esta tarea no fue solo académica; fue un acto de devoción. Tanizaki se sumergió en el mundo de la corte Heian, un universo de sensibilidad estética exquisita, y se esforzó por hacer accesible su belleza a los lectores modernos sin traicionar su espíritu. Su vida cerca del Camino del Filósofo fue una inmersión total en esa atmósfera. Uno de los lugares que mejor captura el espíritu de esta zona es el templo Hōnen-in. Escondido en un pequeño bosque, se accede a él a través de un impresionante portón con techo de paja cubierto de musgo. En su interior, dos montículos de arena rastrillada (byakudan) purifican al visitante antes de entrar en un jardín donde la naturaleza parece haber sido moldeada con un respeto absoluto. Es la encarnación perfecta de la estética del wabi-sabi y del elogio de la sombra. Un paseo por el Camino del Filósofo, que sigue un pequeño canal bordeado por cientos de cerezos, es una experiencia meditativa. En primavera, el dosel de flores rosas es espectacular, mientras que en otoño los tonos rojizos de los arces crean una escena melancólica. Visitar esta zona es comprender el entorno que nutrió la fase más madura y reflexiva de Tanizaki, un periodo en el que su amor por la tradición japonesa alcanzó su máximo esplendor.
Los Últimos Años: Serenidad y Creación en Odawara y Yugawara
Tras la agitación de la guerra, Tanizaki, ya en su vejez, sintió la necesidad de regresar a la región de Kantō, pero no al bullicioso Tokio, sino a un lugar que le brindara tranquilidad, belleza natural y cercanía al mar. Encontró este refugio en las ciudades de Odawara y, finalmente, en el balneario de Yugawara, situado en la península de Izu. Fueron años de una creatividad sorprendente y a menudo provocadora, en los que exploró los temas de la vejez, el deseo y la muerte con una sinceridad impactante. Sus últimas residencias se convirtieron en el escenario de sus dramas domésticos y de sus obras finales.
Odawara: Una Fortaleza con Vistas al Mar
La elección de Odawara no fue casual. La ciudad, dominada por la imponente reconstrucción de su castillo, un bastión histórico del clan Hōjō, apelaba a su sentido de la historia y la permanencia. Al mismo tiempo, su ubicación en la bahía de Sagami le ofrecía la belleza cambiante del mar y las montañas de Hakone como telón de fondo. Aquí, Tanizaki estableció un nuevo hogar y continuó escribiendo con gran productividad. Su casa se convirtió en un pequeño salón literario, frecuentado por otros escritores y artistas, como Yasunari Kawabata y Yukio Mishima. Odawara le proporcionó un equilibrio entre la soledad necesaria para escribir y la conexión con el mundo cultural. Para el viajero, una visita al Castillo de Odawara es un excelente punto de partida para comprender el entorno histórico. Desde sus pisos superiores, se puede disfrutar de la misma vista panorámica que Tanizaki contemplaba, una perspectiva que abarca desde la península de Izu hasta la isla de Oshima. Pasear por la ciudad, que aún conserva un aire de antigua «ciudad-castillo» (jōkamachi), permite imaginar el ritmo de vida más pausado que el escritor buscaba en sus últimos años.
Yugawara: Las Aguas Termales y la Pluma Final
Su última residencia fue Yugawara, una tranquila ciudad de aguas termales (onsen) situada en un valle. El ambiente de un balneario tradicional japonés, con sus ryokan (posadas tradicionales), el sonido de los arroyos de montaña y el vapor que se eleva de las fuentes termales, constituyó el escenario perfecto para sus exploraciones sobre la vejez y la sensualidad. En este entorno íntimo y doméstico escribió dos de sus novelas más inquietantes: La llave (Kagi) y Diario de un viejo loco (Fūten Rōjin Nikki). Ambas obras, redactadas en forma de diario, se adentran sin reservas en las complejas dinámicas de parejas ancianas, sus fantasías eróticas, sus celos y su lucha contra el deterioro físico. La atmósfera serena y curativa de Yugawara contrasta marcadamente con la turbulencia psicológica de estos textos, creando una tensión fascinante. El protagonista del Diario de un viejo loco, por ejemplo, encuentra un placer fetichista en los pies de su nuera, una obsesión que se desarrolla en el entorno cotidiano de su hogar en Yugawara. Visitar Yugawara hoy es sumergirse en esa atmósfera. Alojarse en un ryokan tradicional, bañarse en las aguas minerales del onsen y pasear de noche con un yukata (bata ligera de algodón) es una experiencia profundamente japonesa que permite conectar con el mundo que rodeó a Tanizaki en su etapa final. Es un lugar que invita a la reflexión sobre el ciclo de la vida, la creatividad y la fragilidad del cuerpo, temas que ocuparon la mente del escritor hasta su muerte en 1965.
El Legado de Tanizaki: Un Viaje a la Estética Japonesa

Seguir los pasos de Junichiro Tanizaki es mucho más que simplemente trazar una ruta en un mapa. Es emprender un viaje hacia el corazón de la estética japonesa, guiados por uno de sus intérpretes más agudos y apasionados. Su vida, marcada por un constante desplazamiento entre el Este y el Oeste, entre la modernidad y la tradición, se refleja en los lugares que habitó y amó. Cada ciudad, cada paisaje, fue un catalizador para su genio, un espejo de sus obsesiones. Tokio fue el escenario de su despertar hacia la sensualidad y el vértigo del cambio. La región de Kansai, con la elegancia de Ashiya y Kobe, fue su revelación, el lugar donde aprendió a escuchar el murmullo de las sombras y a celebrar la belleza de un mundo que se extingue. Kioto representó su consagración, la inmersión total en una cultura milenaria que nutrió su espíritu y su obra más madura. Y finalmente, Odawara y Yugawara fueron su retiro, el sereno telón de fondo para sus últimas y audaces exploraciones del deseo humano.
Viajar por el Japón de Tanizaki nos invita a mirar con otros ojos. Nos enseña a valorar no solo la grandiosidad de un templo, sino la textura del musgo sobre sus piedras; no solo el brillo de un objeto, sino la profundidad que adquiere en la penumbra; no solo la belleza evidente de una flor de cerezo, sino la melancolía de su inevitable caída. Su legado es una invitación a ralentizar el paso, a agudizar los sentidos y a descubrir que la belleza más profunda a menudo reside en lo imperfecto, lo transitorio y lo sutil. Al recorrer estos lugares, no solo conocemos mejor a un escritor extraordinario, sino que nos acercamos un poco más a comprender el alma enigmática y fascinante de Japón.

