Desde los silenciosos bosques de cedro de Nikko, donde el aire huele a incienso y a musgo centenario, hasta el estruendo vibrante y caótico de la Ciudad de México, hay un universo de distancia. Mi lente, acostumbrado a la quietud de los templos sintoístas y a la delicada danza de los cerezos en flor, se encontró de pronto ante un espectáculo de una naturaleza distinta pero de una sacralidad equiparable: el trompo de tacos al pastor. Este no es un simple viaje culinario; es una peregrinación. Un camino de devoción que se recorre de noche, guiado por el resplandor anaranjado de los puestos callejeros y el aroma inconfundible de la carne de cerdo marinada girando lentamente frente al fuego. En esta metrópoli inmensa, un monstruo fascinante de concreto y alma, el taco al pastor no es comida, es una religión. Es el pulso de la ciudad, un sacramento compartido por millones en una comunión nocturna que borra las clases sociales y une a todos bajo el mismo credo del sabor. Es un poema escrito con achiote, chile y piña, una oda a la fusión cultural que define a México. Este viaje, mi peregrinaje personal, busca descifrar ese poema, encontrar su verso más puro, su rima más perfecta. Es la búsqueda del Grial de maíz y cilantro, una expedición a los templos urbanos donde los sacerdotes, los taqueros, ofician un ritual de fuego, precisión y pasión. Acompáñenme en esta ruta sagrada, un mapa de sabores trazado en el corazón de la capital mexicana.
Esta búsqueda de la esencia a través de la experiencia y el lugar, aunque centrada en los sabores de la Ciudad de México, comparte el espíritu de descubrimiento profundo que guía otros viajes, como la exploración de las Islas Feroe.
El Génesis de un Ícono: Un Viaje a Través del Fuego y la Historia

Para comprender la devoción que despierta el taco al pastor, es necesario retroceder en el tiempo, a un pasado donde mundos aparentemente distantes convergieron para dar origen a una obra maestra culinaria. La historia del taco al pastor es una narración de migración, adaptación y creatividad. Su esencia no surgió en México, sino a miles de kilómetros, en las tierras del antiguo Imperio Otomano. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, una ola de inmigrantes libaneses arribó a México, trayendo consigo sus tradiciones, su cultura y, sobre todo, su gastronomía. Entre sus tesoros culinarios estaba el shawarma, esa técnica de asar carne, generalmente de cordero, en un espetón vertical. Los recién llegados establecieron sus pequeños restaurantes, principalmente en la ciudad de Puebla, donde el aroma de las especias orientales comenzó a mezclarse con el aire del altiplano mexicano. Al principio, servían su shawarma en pan de pita, el «pan árabe», como se le conocía. Pero el ingenio mexicano pronto hizo suya esta tradición.
La transformación fue un proceso gradual y brillante. El cordero, menos común y más costoso en México, fue reemplazado por carne de cerdo, un pilar fundamental de la gastronomía local. El pan de pita cedió paso a la omnipresente y humilde tortilla de maíz, el lienzo sobre el cual se pinta la cocina mexicana. Pero el cambio más trascendental estuvo en el marinado. Las especias de Oriente Medio, como el comino y el cardamomo, fueron sustituidas por una sinfonía de sabores decididamente mexicanos. El achiote, con su color rojo terroso y su sabor ligeramente amargo, se convirtió en el protagonista, tiñendo la carne con el tono del sol poniente. A éste se sumaron chiles secos, como el guajillo y el ancho, que aportaron una profundidad ahumada y un picor equilibrado. Ajo, orégano, vinagre y jugo de cítricos completaron la mezcla mágica, una marinada que no solo ablandaba la carne, sino que la impregnaba de una complejidad que explotaba en el paladar. Nació así una creación nueva, un platillo que, aunque con raíces lejanas, era innegablemente mexicano en su esencia y alma. Este proceso de transculturación refleja la propia identidad mexicana: una amalgama de influencias que, al unirse, crean algo completamente nuevo y vibrante. El trompo, ese cilindro de carne que gira hipnóticamente, se convirtió en un faro en las calles de la ciudad, una torre de Babel gastronómica donde el árabe y el náhuatl se encontraron para dialogar en el lenguaje universal del sabor. Cada taco al pastor es, por ende, un bocado de historia. Es un homenaje a aquellos inmigrantes que cruzaron el océano y a la cultura que los recibió y transformó su legado en uno de los estandartes culinarios más reconocidos mundialmente. Entender este origen no es un dato meramente enciclopédico; es la clave para apreciar la profundidad oculta en algo aparentemente tan sencillo. Es reconocer que en cada tortilla yace el eco de bazares lejanos y la calidez de los fogones mexicanos, una historia de viaje y arraigo que se narra en cada mordida. El color, el aroma, la técnica, todo habla de este encuentro prodigioso, de esta alquimia cultural que convirtió una costumbre extranjera en un tesoro nacional.
La Danza del Taquero: Arte y Pasión en el Trompo
Observar a un maestro taquero en su elemento es contemplar una verdadera forma de arte, una coreografía precisa y apasionada que ha sido perfeccionada a lo largo de generaciones. El taquero no es simplemente un cocinero; es un artista, escultor y guardián del fuego. Su escenario es el reducido espacio detrás del mostrador, dominado por la figura emblemática del trompo. Este coloso de carne, cuidadosamente montado capa tras capa, filete tras filete, gira con una lentitud majestuosa frente a la fuente de calor, ya sea gas o, en los lugares más puristas, carbón. El aire a su alrededor es denso y casi sagrado, impregnado del chisporroteo de la grasa que gotea y se vaporiza al instante, liberando una nube aromática que es a la vez un llamado y una promesa. Es un aroma que queda impregnado en la ropa y en la memoria, el perfume inconfundible de la noche en la Ciudad de México.
La danza comienza con la llegada de la orden. El taquero se acerca al trompo con una reverencia casi imperceptible. En una mano sostiene un cuchillo largo y afilado, una extensión de su propia voluntad. En la otra, el pequeño plato con dos tortillas gemelas, calientes y suaves, esperando recibir la ofrenda. Con una serie de movimientos rápidos y fluidos, que parecen más un rasgueo de guitarra que un corte de cocina, el taquero comienza a afeitar la superficie caramelizada del trompo. Las finas lascas de carne, con sus bordes crujientes y su interior jugoso, caen directamente sobre las tortillas. No hay vacilación ni un solo movimiento en falso. Es una economía de gestos que revela años, quizás décadas, de práctica. Cada corte es idéntico al anterior, asegurando la proporción perfecta de carne en cada taco. Pero el clímax de esta actuación aún está por llegar. En la cúspide del trompo descansa, como una corona, una rodaja de piña. Con el taco ya servido, el taquero levanta la mirada, calcula la trayectoria con la precisión de un arquero y, con un golpe certero de su cuchillo, lanza un pequeño trozo de piña al aire. La fruta traza una parábola perfecta y aterriza, con sorprendente exactitud, en el centro del taco. Este gesto, conocido como «el volado de la piña», es la firma del maestro, un toque que provoca sonrisas y admiración. Es un acto de espectáculo, sí, pero también funcional: el dulzor y la acidez de la piña caliente equilibran la riqueza de la carne de cerdo, creando una armonía de sabores que resulta simplemente sublime. Una vez entregado el taco, el ritual pasa al comensal, pero la danza del taquero no cesa. Gira, corta, sirve, lanza la piña, una y otra vez, en un ritmo hipnótico que alimenta a las masas hambrientas. Su rostro, frecuentemente iluminado por el resplandor de las llamas, muestra una concentración absoluta, una conexión íntima con su oficio. Es un trabajo físicamente exigente, de pie durante horas en el calor sofocante, pero en sus movimientos no hay rastro de fatiga, solo orgullo y dedicación. Presenciar este ballet es parte esencial de la experiencia del taco al pastor. Es comprender que no se trata de comida rápida, sino de comida hecha con destreza, con un alma que se transmite desde las manos del artesano hasta el paladar del peregrino. Es una actuación que transforma una simple cena en una memoria imborrable, un momento de conexión con la cultura viva y palpitante de la ciudad.
Peregrinaje por los Templos del Pastor: De la Condesa a la Narvarte

Emprender una ruta dedicada al taco al pastor en la Ciudad de México es como navegar un archipiélago de sabores, donde cada taquería representa una isla con su propio ecosistema, su historia particular y su comunidad de seguidores. No existe un único «mejor» taco al pastor, sino un abanico de interpretaciones, cada una con su encanto distintivo. Nuestro recorrido nos llevará por barrios emblemáticos, desde los más turísticos hasta los santuarios locales, en busca de esas epifanías de sabor que definen la experiencia. Es un viaje que se mide no en kilómetros, sino en trompos, servilletas y suspiros de satisfacción.
El Tizoncito en la Condesa: Donde la Leyenda Reivindica su Trono
Nuestra primera parada es imperdible, un sitio de gran importancia histórica casi mitológica. Nos dirigimos a la colonia Condesa, un barrio de avenidas arboladas y arquitectura Art Déco, para visitar El Tizoncito. Este lugar se anuncia, con razón y orgullo, como el creador del taco al pastor tal como lo conocemos hoy, desde 1966. Entrar en El Tizoncito es como retroceder en el tiempo. La decoración es sencilla y sin pretensiones, con azulejos y mobiliario que han sido testigos de generaciones de comensales. El ambiente es familiar y bullicioso, el murmullo de las conversaciones se mezcla con el siseo constante del trompo, que ocupa un lugar destacado. Aquí, la receta es un secreto celosamente guardado, una fórmula que ha resistido el paso del tiempo. La carne presenta un color rojo profundo, casi anaranjado, reflejo de un marinado rico en achiote. Al probarlo, el sabor es clásico y canónico. No hay estridencias ni experimentos. Es la esencia misma del pastor: carne tierna, con un equilibrio perfecto entre el adobo y el sabor natural del cerdo. Los bordes tostados añaden una textura crujiente que contrasta perfectamente con la jugosidad interna. El lanzamiento de la piña es una tradición magistralmente ejecutada. Pedir cinco tacos es un ritual de iniciación. Llega en un plato, pequeños y perfectos, acompañados por una selección de salsas que van desde un guacamole cremoso y poco picante hasta una salsa roja de chile de árbol que reta a los más valientes. Comer en El Tizoncito no es solo una experiencia culinaria, es un acto de homenaje a la historia. Es estar en el epicentro, donde nació una leyenda destinada a conquistar el mundo. Es el sabor de la tradición, inmutable y orgulloso, servido en una pequeña tortilla de maíz.
El Califa: Refinamiento y Tradición en un Solo Bocado
Dejando atrás la nostalgia de la Condesa, nuestro recorrido nos lleva a un templo de otra índole. El Califa, con varias sucursales en zonas acomodadas como Polanco o la propia Condesa, representa la evolución del taco, un lugar donde la tradición se encuentra con un toque de sofisticación. A diferencia de la taquería típica, El Califa ofrece un ambiente más moderno y pulcro, con un diseño cuidado y un servicio estructurado. Algunos puristas podrían mostrar escepticismo, pero sería un error descartarlo. Aquí, la calidad del producto es la prioridad máxima. El trompo de pastor de El Califa es una obra de arte visual. La carne es de primera calidad, algo que se aprecia desde el primer bocado. El marinado es más sutil que en otros lugares, permitiendo que el sabor del cerdo resalte con mayor nitidez. Las lascas son increíblemente finas, casi translúcidas, y se derriten en la boca. El taco de pastor de El Califa es elegante. Su sabor es limpio y su ejecución precisa. La tortilla, algo más grande y resistente, es el vehículo ideal. La piña no siempre vuela por los aires; en ocasiones se coloca con delicadeza, reflejando la filosofía del lugar. Pero donde El Califa brilla verdaderamente es en sus salsas. Ofrecen una variedad que es todo un viaje por sí misma, desde una salsa de morita con una complejidad ahumada profunda hasta una salsa de aguacate con habanero que combina cremosidad con un picor intenso y frutal. Probar el taco al pastor aquí es una experiencia distinta. Es menos caótica, más controlada, aunque no por ello menos auténtica. Es la prueba de que el taco al pastor puede existir en diferentes espacios, desde el puesto callejero hasta el restaurante diseñado, sin perder su esencia. Es un pastor para quienes buscan la perfección en los detalles, una versión de alta fidelidad de un clásico eterno.
Taquería Orinoco: El Fenómeno Norteño en el Corazón de la Capital
Nuestra siguiente parada nos sumerge en un fenómeno cultural. Taquería Orinoco, con su estética retro intencionada y su branding impecable, se ha convertido en un punto de peregrinación para una nueva generación de amantes del taco. Situada en la vibrante colonia Roma, la fila para entrar suele rodear la esquina, prueba de su popularidad. El ambiente es eléctrico, joven y bullicioso. La música resuena, y el diseño, con azulejos blancos y letreros de neón rojo, es instantáneamente reconocible y digno de Instagram. Orinoco trae un sabor del norte de México a la capital. Su pastor tiene una personalidad propia. La carne se corta un poco más gruesa, y el marinado presenta un perfil diferente, con notas más marcadas de comino y especias que remiten a la cocina de Monterrey. El resultado es un taco robusto, con una mordida sustanciosa y un sabor audaz y especiado. Se sirve en tortillas de maíz pequeñas y gruesas, que resisten perfectamente el peso de la carne y los complementos. Pero la verdadera magia de Orinoco está en sus salsas y combinaciones. Su salsa de cilantro es legendaria, una emulsión verde, cremosa y brillante que resulta adictiva. Sus chiles toreados y cebollas caramelizadas son el acompañamiento ideal. Aquí, además del taco tradicional, destacan creaciones como el «Pirata» (pastor con queso y aguacate en tortilla de harina) y sus papas fritas caseras, el complemento perfecto. Orinoco no es solo una taquería, es un evento social. Es un lugar para ver y ser visto, pero afortunadamente, la calidad está a la altura del estilo. Es un pastor con una actitud distinta, una versión moderna y audaz que respeta la tradición, sin miedo a inyectarle nueva energía. Es el sabor del presente, vibrante y lleno de confianza.
Secretos de la Noche: La Gloria Anónima de los Puestos Callejeros
Aunque los grandes nombres atraen multitudes, el alma auténtica del taco al pastor a menudo permanece en el anonimato. Nuestro peregrinaje no estaría completo sin aventurarnos en las calles, lejos de los reflectores, en busca de esos puestos sin nombre que aparecen al caer la noche. Son pequeños universos de metal y lona, iluminados por una sola bombilla, atendidos por familias que han dedicado su vida a este oficio. Encontrar estos tesoros requiere un poco de instinto y una pizca de fe. La regla de oro es sencilla: busca el trompo más grande y la multitud de locales más densa. Si ves a taxistas, policías y oficinistas comiendo juntos, has encontrado el lugar indicado. En estos puestos, la experiencia es cruda, visceral y absolutamente auténtica. Se come de pie, en la acera, con el ruido del tráfico como banda sonora. El menú es simple: tacos, gringas y refrescos. No hay diseño ni branding, solo sabor en su forma más pura. El pastor de estos puestos suele ser más graso y audaz en sazón. La carne se corta con una rusticidad encantadora y las porciones son generosas. Las salsas, servidas en grandes recipientes de plástico, son un misterio y una aventura. Una cucharada de más de la salsa equivocada puede quemarte la boca, pero encontrar el equilibrio perfecto es una recompensa divina. Es en estos lugares donde se siente el verdadero pulso de la ciudad. Aquí, el taco al pastor vuelve a su esencia: comida democrática, accesible, que nutre el cuerpo y reconforta el alma. Es una experiencia que trasciende lo culinario para convertirse en un acto de comunión con la ciudad y su gente. Cada puesto guarda una receta familiar, una variación única del pastor que no hallarás en ningún otro lado. Esta búsqueda de templos anónimos es, tal vez, la etapa más gratificante de la peregrinación, un recordatorio de que las revelaciones más profundas muchas veces se encuentran en los lugares más humildes.
El Ritual Sagrado: El Arte de Disfrutar un Taco al Pastor
Recibir un taco al pastor es solo el inicio. Comerlo adecuadamente es un ritual con sus propios pasos y etiqueta, una ceremonia que maximiza el placer y muestra respeto por la creación. Cuando el taquero entrega la humeante obra de arte en tu mano, el control pasa a ti. Es tu turno de completar la pieza, personalizarla y prepararla para su destino final. Frente a ti se extiende la barra de condimentos, un altar de colores y sabores esencial para la experiencia completa. El primer paso es el dúo inseparable: cebolla y cilantro finamente picados. Con una pequeña cuchara, se añade una generosa pizca de esta mezcla fresca y crujiente. La cebolla cruda aporta un picor intenso y una textura que contrarresta la grasa de la carne, mientras que el cilantro añade una nota herbácea y fragante que ilumina todo el conjunto. Son el yin y el yang del taco, el contrapunto indispensable a la riqueza del pastor.
Luego llega el momento crucial: la elección de la salsa. Este no es un acto para tomar a la ligera. Las taquerías suelen ofrecer al menos dos opciones principales. La salsa verde, generalmente hecha con tomatillos, cilantro, cebolla y chiles serranos o jalapeños, es ácida, brillante y refrescante. Aporta una acidez que complementa a la perfección el dulzor de la piña. La salsa roja, en cambio, suele tener una base de jitomate y chiles secos como el de árbol o el morita. Es más profunda, ahumada y, a menudo, considerablemente más picante. La elección depende del gusto personal y del nivel de tolerancia al picante. Un consejo para principiantes: comienza con poca cantidad. Siempre puedes agregar más, pero una vez que el fuego se desata, no hay vuelta atrás. Algunos lugares ofrecen también salsa de guacamole, más cremosa y suave, o creaciones especiales como salsas de cacahuate o habanero. Experimentar es parte del placer. El toque final que une todos los elementos es el jugo de limón (que en México es en realidad una lima). Unas gotas de este cítrico exprimido justo antes de comer despiertan todos los sabores, añadiendo una capa final de acidez que hace cantar al taco en el paladar. Es el equivalente a encender las luces en una habitación llena de tesoros.
Con el taco ya listo, llega el momento de la verdad. La técnica para comerlo es fundamental. Se sostiene el plato con una mano y se inclina ligeramente la cabeza, no el taco. El taco se lleva a la boca en un ángulo casi horizontal para evitar que su preciado contenido se derrame. Se come en dos o tres mordidas, no más. Es un bocado efímero, una explosión de sabor que debe disfrutarse en el momento, de pie, junto al calor del trompo. Para acompañar esta delicia, las opciones tradicionales son las aguas frescas, bebidas no alcohólicas que son el antídoto perfecto para el picante y la grasa. La horchata, una bebida dulce y cremosa de arroz con canela, es una elección clásica que calma el paladar. El agua de jamaica, hecha con la infusión de flores de hibisco, es ácida y refrescante, ideal para limpiar la boca entre tacos. Por supuesto, una cerveza mexicana bien fría, una lager ligera y crujiente, también es una compañera sublime. Este ritual, repetido una y otra vez a lo largo de la noche, es más que simplemente comer. Es una interacción, una meditación activa sobre el sabor, la textura y el equilibrio. Es la manera en que el peregrino participa en la creación, añadiendo su propia firma a la obra maestra del taquero y completando así el círculo sagrado del taco al pastor.
Más Allá del Taco: La Gringa y Otras Variaciones Divinas

Aunque el taco al pastor en su forma más pura es una deidad indiscutible dentro del panteón gastronómico mexicano, su influencia va mucho más allá de la pequeña tortilla de maíz. La versatilidad de la carne al pastor, esa mezcla perfecta de cerdo marinado y caramelizado, ha dado lugar a diversas variaciones que, en sí mismas, se han convertido en auténticos objetos de culto. Explorar estas creaciones es adentrarse en los capítulos más profundos de la fe al pastor, descubriendo nuevas maneras de experimentar su gloria. La más famosa de estas benditas herejías es, sin duda, la «gringa». La leyenda cuenta que su nombre surgió gracias a dos estudiantes estadounidenses que, en una taquería de la colonia Anáhuac durante la década de los 70, pidieron la carne al pastor en tortilla de harina con queso, en lugar de la tradicional tortilla de maíz. La combinación fue tan espectacular que los demás clientes comenzaron a pedir “lo de la gringa”, y el nombre quedó para la posteridad. Una gringa es una sinfonía de placer. Se prepara con una tortilla de harina grande, que se calienta en la plancha hasta quedar suave y ligeramente dorada. Sobre ella se extiende una generosa capa de queso, usualmente queso Oaxaca o quesillo, que se derrite formando un manto elástico y delicioso. Encima de este lecho de queso fundido se apila la carne al pastor recién cortada del trompo, a menudo acompañada por un jugoso trozo de piña. La tortilla se dobla a la mitad, como una quesadilla, y se tuesta ligeramente por ambos lados hasta que el exterior quede crujiente y el interior sea un torrente de queso fundido y carne jugosa. El resultado es una experiencia textural y sabor que difiere por completo del taco tradicional. Es más sustanciosa, más indulgente, una bomba de sabor donde la cremosidad del queso se entrelaza con el adobo del pastor y el dulzor de la piña. Es el platillo perfecto para un apetito voraz, una celebración reconfortante y gloriosa de la abundancia.
Pero el universo del pastor no termina ahí. Otra variación popular es el «alambre» de pastor. En esta preparación, la carne se saltea en la plancha junto con trozos de pimiento morrón, cebolla y, a veces, tocino. Todo se cubre con una capa de queso derretido y se sirve con una pila de tortillas calientes al lado, para que cada comensal arme sus propios tacos. El alambre es una experiencia más comunal, un platillo para compartir que deconstruye el taco y permite jugar con las proporciones y los ingredientes. También existe el «volcán» o la «tostada de pastor», donde la carne se coloca sobre una tortilla de maíz frita hasta quedar tan crujiente como una tostada, generalmente con queso gratinado encima. El contraste entre la base crujiente y la suavidad de la carne y el queso es adictivo. Y para los puristas que buscan una experiencia aún más intensa, está el «taco de costra», una innovación moderna que consiste en crear un disco de queso crujiente en la plancha, que luego se usa como si fuera una tortilla para envolver la carne al pastor. Es una delicia decadente, una oda al queso y a la carne que desafía los límites de la imaginación taquera. Estas variaciones no son simples anécdotas; son testimonio de la creatividad inagotable presente en la cultura del taco. Demuestran que el pastor no es una receta estática, sino un concepto vivo y en constante evolución, una fuente de inspiración que sigue generando nuevas formas de devoción. Para el peregrino, probar estas creaciones es una parte esencial del viaje, una manera de comprender la magnitud y profundidad del universo que gira, literalmente, en torno al trompo.
El Eco del Sabor: Un Recuerdo de Fuego y Noche
El peregrinaje llega a su fin, pero el eco del sabor permanece. El amanecer comienza a teñir el cielo de la Ciudad de México, disipando las sombras de la noche y silenciando el siseo de los trompos que se apagan uno a uno. La peregrinación concluye, pero la revelación perdura. Este viaje a través de los templos del taco al pastor ha sido mucho más que una simple búsqueda culinaria. Ha sido una inmersión profunda en el alma de una ciudad que se expresa con brutal honestidad y una pasión desbordante en cada bocado. He comprendido que el taquero no es solo un cocinero, sino un sacerdote urbano que oficia un ritual nocturno de fuego y comunidad. El trompo no es solo un asador, sino un tótem, un faro que congrega a su alrededor a una feligresía diversa y hambrienta, unida por la fe común en el poder redentor de un buen taco.
Desde la perspectiva de mi lente, acostumbrada a la serenidad calculada de un jardín zen en Kioto, la belleza del taco al pastor reside en su caos perfecto. Es la armonía que nace de la disonancia: la dulzura de la piña contra el picante de la salsa, la suavidad de la carne frente a la textura crujiente de la cebolla, el calor del fuego contra la frescura del cilantro. Es un microcosmos de la propia Ciudad de México, una metrópoli hecha de contrastes vibrantes que, de manera inexplicable, funcionan juntas en una sinfonía espectacular. Cada taquería visitada, desde el histórico Tizoncito hasta el anónimo puesto en una esquina olvidada, ha sido una capilla distinta en esta vasta catedral del sabor. Cada una con su propia interpretación del evangelio del pastor, su propia congregación y sus propios milagros cotidianos servidos en una doble tortilla de maíz. Este no ha sido un viaje para encontrar el «mejor» taco, sino para entender que la grandeza del pastor radica en su diversidad, en su capacidad para ser a la vez tradicional y moderno, humilde y sofisticado. El recuerdo que me llevo no es solo el del sabor, sino también el del calor humano, el de las sonrisas compartidas sobre un plato de plástico, el orgullo en los ojos de un taquero que lanza la piña con una precisión poética. Es el sonido de la ciudad de noche, una nana de tráfico y risas que acompaña la comunión del taco. Para quien desee comprender verdaderamente la Ciudad de México, mi consejo es simple: esperen a que caiga el sol, busquen la luz anaranjada de un trompo y emprendan su propia peregrinación. Dejen que el aroma los guíe y que el sabor les cuente historias que ninguna guía de viajes podrá jamás relatar. Porque en el corazón de esta ciudad infinita, la verdad más profunda, el poema más sincero, se sirve caliente, con todo, y en menos de un minuto.

