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Praga: Un Laberinto Kafkiano – Tras los Pasos del Genio Atormentado

Praga no es solo una ciudad de puentes y torres doradas; es un estado de ánimo, un eco persistente que resuena en las callejuelas empedradas y se enrosca como la niebla matutina sobre el río Moldava. Es un teatro de sombras y maravillas, de alquimistas y santos de piedra. Y en el corazón de este escenario encantado, una figura proyecta una sombra más larga y profunda que cualquier otra: Franz Kafka. Seguir sus pasos no es un mero recorrido turístico, es una peregrinación al epicentro de la ansiedad moderna, una inmersión en un universo donde la lógica se quiebra y la belleza reside en lo inquietante. Caminar por Praga es leer a Kafka con los pies, sentir sus laberintos burocráticos en la intrincada red de sus calles y percibir su soledad en la mirada vacía de las estatuas que vigilan desde los tejados. Aquí, el escritor no es un personaje histórico, sino una presencia palpable, un susurro que te guía a través de un sueño del que quizás no quieras despertar. Este viaje es una invitación a perderse, a encontrar la esencia de su genio no en las placas conmemorativas, sino en el alma misma de una ciudad que fue, a la vez, su jaula y su musa inagotable.

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El Corazón de la Vieja Praga: El Reloj y la Sombra de Kafka

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El epicentro del universo de Kafka, el punto del que emanaba su existencia y al que siempre retornaba, es sin duda la Plaza de la Ciudad Vieja. Este amplio espacio abierto, rodeado por una arquitectura reminiscentede un cuento de hadas gótico y barroco, no representaba para él un simple lugar de paso. Era el escenario central de su vida, un observatorio desde donde contemplaba el perpetuo drama humano y la implacable mecánica del tiempo.

La Plaza de la Ciudad Vieja: Escenario de una Vida

Imaginar a un joven Kafka asomado a una de las ventanas de los edificios que rodean la plaza es el primer paso para comprender su vínculo con Praga. Su universo cabía en un radio de apenas unos cientos de metros. Aquí se encuentra la Casa del Minuto (Dům U Minuty), con su fachada renacentista decorada con esgrafiados bíblicos y clásicos, donde la familia Kafka residió durante su infancia. Es fácil imaginar sus ojos infantiles siguiendo el movimiento de la multitud, absorbiendo la atmósfera de un lugar que es a la vez majestuoso y opresivo. La plaza era su patio de juegos y su primera lección sobre la sociedad. El Reloj Astronómico, con su desfile de apóstoles y la figura de la Muerte marcando las horas, no es solo una maravilla de la ingeniería medieval. Para el peregrino kafkiano, representa un símbolo perfecto de la burocracia celestial, un sistema complejo, inmutable y aterrador en su precisión, muy similar a los tribunales y castillos que poblarían sus pesadillas literarias. Cada hora, la multitud se congrega para presenciar el espectáculo, un ritual que se repite con la misma inevitabilidad con la que los personajes de Kafka enfrentan su destino. Justo enfrente de la plaza está el imponente Palacio Kinský, una joya rococó de estuco rosa y blanco. En sus bajos, Hermann Kafka, su padre, dirigía una tienda de artículos de lujo. La relación de Franz con su padre fue una fuente constante de conflicto y angustia, y este edificio se convierte en un monumento a esa autoridad paterna, una elegante fachada que escondía una tensión familiar asfixiante. Además, en el mismo palacio, Kafka asistió al instituto de secundaria de lengua alemana. El contraste entre la opulencia del exterior y la rigidez de la educación en su interior es una metáfora perfecta de su vida: una existencia atrapada entre las expectativas externas y un mundo interior turbulento.

El Golem y el Gueto: Las Raíces Judías

A pocos pasos de la grandiosidad de la plaza se encuentra un mundo completamente distinto: Josefov, el antiguo gueto judío. Adentrarse en sus calles es como ingresar en otra dimensión temporal. Aunque gran parte del barrio fue demolido a finales del siglo XIX en una masiva operación de saneamiento urbano, el espíritu del antiguo gueto sigue presente en sus sinagogas centenarias y en el sobrecogedor Antiguo Cementerio Judío. Kafka, un judío de habla alemana en una ciudad mayoritariamente checa, vivió siempre en una encrucijada de identidades. Su relación con el judaísmo fue compleja y a menudo distante, pero la atmósfera de Josefov impregnó su obra de una manera innegable. La Sinagoga Staronová (Vieja-Nueva), la más antigua de Europa en funcionamiento, es una fortaleza gótica que parece hundirse en la tierra, un refugio frente a un mundo exterior frecuentemente hostil. La leyenda dice que en su ático se guardan los restos del Golem, el gigante de arcilla creado por el rabino Loew para proteger a la comunidad judía. Esta figura de un ser artificial, poderoso pero sin alma, es un precursor de los agentes anónimos y deshumanizados del poder que atormentan a los protagonistas de Kafka. El Antiguo Cementerio Judío es quizás el lugar más kafkiano de toda Praga. Un mar de lápidas de piedra, apiñadas y superpuestas a lo largo de los siglos, crea un paisaje caótico y conmovedor. No hay orden ni lógica aparente, solo una acumulación de memoria y tiempo. Caminar por sus senderos es sentir el peso de la historia y la arbitrariedad de la existencia, un sentimiento que recorre cada página de El Proceso. La falta de espacio que obligaba a enterrar los cuerpos en capas refleja la claustrofobia existencial que define la condición de sus personajes. La Sinagoga Española, con su deslumbrante interior de estilo morisco, ofrece un vibrante contraste. Su belleza casi matemática, sus patrones dorados y su elaborada ornamentación hablan de una identidad cultural rica y orgullosa, una faceta del judaísmo que Kafka exploró con curiosidad, aunque siempre desde cierta distancia. Este barrio, con sus leyendas, misticismo e historia de persecución y resiliencia, fue el subconsciente colectivo del que Kafka extrajo muchas de sus imágenes más poderosas.

Los Espacios de la Creación y el Tormento

Praga no fue únicamente el escenario de la vida de Kafka, sino también el laboratorio de su alma. En ciertos rincones de la ciudad, buscaba el silencio y la concentración indispensables para moldear sus visiones, mientras que otros lugares se convirtieron en la manifestación tangible de su angustia existencial.

El Callejón del Oro: Un Refugio Precario

Al subir la colina hacia el Castillo de Praga, se encuentra uno de los lugares más emblemáticos y paradójicos de la peregrinación kafkiana: el Callejón del Oro (Zlatá ulička). Esta fila de casitas de colores, adosadas a la muralla del castillo, parece sacada de un cuento de hadas. Sin embargo, para Kafka, la casa número 22, alquilada por su hermana Ottla, fue un refugio temporal y un espacio de febril creatividad durante los años 1916 y 1917. El contraste es radical. Hoy, la callejuela está invadida por turistas, pero si se la visita a primera hora de la mañana o al atardecer, cuando la multitud se ha disipado, casi puede sentirse el silencio que Kafka buscaba desesperadamente. La casa es minúscula, casi una celda. En esta atmósfera de reclusión voluntaria, alejado del ruido del hogar familiar, escribió la mayoría de los relatos que componen Un médico rural. El frío, la humedad y el aislamiento del lugar se filtran en la prosa de estas historias, repletas de personajes atrapados en situaciones inexplicables y paisajes desoladores. Estar en el Callejón del Oro es entender la necesidad que tenía Kafka de un espacio propio, por pequeño y precario que fuera, para sumergirse en las profundidades de su imaginación. La belleza pintoresca del lugar es un engaño; para él, fue una trinchera en su batalla contra el mundo exterior y sus propios demonios.

El Museo Franz Kafka: Una Inmersión en la Oscuridad

Ubicado en Malá Strana, a orillas del Moldava, el Museo Franz Kafka no es un museo convencional. Es una instalación, una experiencia sensorial diseñada para sumergir al visitante en el universo mental del escritor. La exposición, titulada «La Ciudad de K. Un Viaje al Mundo de Franz Kafka», se divide en dos partes: «Espacio Existencial» y «Topografía Imaginaria». Desde el momento de la entrada, la atmósfera es deliberadamente opresiva y desorientadora. Pasillos oscuros, archivos que se elevan hasta el techo, sonidos inquietantes y proyecciones de manuscritos crean la sensación de estar atrapado en uno de sus relatos. No se trata de exhibir objetos personales de forma reverencial, sino de recrear la sensación de alienación, absurdo y angustia que define su obra. La sección «Espacio Existencial» explora cómo la ciudad de Praga moldeó la personalidad y sensibilidad de Kafka, mientras que «Topografía Imaginaria» muestra cómo esa Praga real fue transformada en los paisajes oníricos y laberínticos de sus novelas. El museo utiliza la correspondencia de Kafka, sus diarios y dibujos para trazar un mapa de su psique. Es una experiencia intensa, a veces incómoda, pero absolutamente esencial para comprender la profundidad de su visión. En el patio exterior, una nota de humor negro y provocación nos recibe: la escultura «Proudy» de David Černý, dos figuras masculinas de bronce que orinan sobre un mapa de la República Checa. La irreverencia y el absurdo de la pieza encajan perfectamente con el espíritu de un escritor que supo encontrar lo ridículo en lo solemne y lo grotesco en lo cotidiano.

Los Cafés de Praga: Círculos de Intelecto y Soledad

La vida intelectual de Praga a principios del siglo XX giraba en torno a sus cafés. Eran salones de debate, salas de lectura y refugios para artistas y pensadores. Kafka, aunque de naturaleza introvertida, participaba activamente en esta cultura. Visitar los cafés que frecuentaba es sentarse, literalmente, en los espacios donde se gestaron algunas de las ideas más importantes de la modernidad.

Café Louvre

Fundado en 1902 en la avenida Národní, el Café Louvre es un espléndido ejemplo de la elegancia de la Belle Époque. Con sus techos altos, grandes ventanales y su salón de billar, era un lugar de encuentro para la élite intelectual checa y alemana. Kafka venía aquí con su círculo más cercano de amigos, entre ellos Max Brod, el hombre que salvaría su obra de la destrucción. Era un espacio para la socialización, el debate filosófico y el intercambio de ideas. Sentarse hoy en una de sus mesas, pedir un café vienés y un trozo de tarta Sacher, es viajar a una época en la que la conversación era un arte. Aquí, Kafka podía observar y escuchar, participando en un mundo que, aunque le resultaba ajeno internamente, le ofrecía el estímulo intelectual que necesitaba.

Café Arco

Cerca de la actual estación de tren Masaryk, el Café Arco era el epicentro del «Círculo de Praga», un grupo de escritores judíos de lengua alemana. El ambiente aquí era menos opulento que en el Louvre, más enfocado en el debate literario y político. Kafka, junto a figuras como Franz Werfel o Egon Erwin Kisch, participaba en lecturas y discusiones que definieron el panorama cultural de la ciudad. Aunque el café original ya no existe, el edificio sigue en pie, y su sola presencia evoca la intensidad de aquellos encuentros. Fue en lugares como el Arco donde Kafka consolidó su identidad como escritor, en constante diálogo y tensión con sus contemporáneos.

Grand Hotel Europa

En la Plaza de Wenceslao, la fachada Art Nouveau del Grand Hotel Europa (antes Hotel Archiduque Esteban) es una de las más bellas de Praga. En su café, Kafka no solo era cliente, sino también espectador. Asistió a lecturas de otros autores, absorbiendo las corrientes literarias de su época. Este lugar representa la faceta más pública y artística de la vida de Kafka, un espacio donde la literatura se convertía en espectáculo. Aunque su interior ha cambiado, la magnificencia de su exterior sigue siendo un recordatorio de una época de esplendor cultural que contrastaba fuertemente con la creciente oscuridad que se cernía sobre Europa.

La Praga Burocrática: El Engranaje del Sistema

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Para comprender el origen de los laberintos administrativos y las jerarquías impenetrables que recorren la obra de Kafka, es esencial conocer la otra faceta de su vida: la del empleado de seguros. Durante catorce años, Kafka trabajó en un entorno de informes, reglamentos y reclamaciones, una realidad que alimentó directamente sus ficciones más angustiosas.

El Palacio de Seguros de Accidentes de Trabajo

En la calle Na Poříčí se yergue un edificio monumental y austero, el antiguo Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia. Allí, Kafka desempeñó sus funciones como un abogado diligente y competente, ascendiendo en la jerarquía y ganándose el respeto de sus superiores. Sin embargo, esta vida diurna era solo una máscara. Por la noche, se transformaba en el escritor que luchaba por dar forma a sus pesadillas. El edificio mismo es una metáfora perfecta de la burocracia: sólido, imponente, anónimo y deshumanizado. Sus largos pasillos, sus innumerables oficinas y la lógica implacable de su propósito inspiraron directamente la atmósfera de El Proceso y El Castillo. Kafka conocía desde dentro la maquinaria del sistema, y cómo las reglas y los procedimientos pueden aplastar al individuo. Caminar frente a este edificio hoy implica sentir el peso de esa doble vida, la tensión entre el deber y la vocación, la realidad prosaica y la imaginación desbordante. El contraste entre la fachada funcional del instituto y la complejidad barroca de la antigua Praga refleja el mismo contraste existente entre el Dr. Kafka, el abogado, y Franz, el artista atormentado.

La Universidad Carolina: El Fundamento de la Ley

La formación jurídica de Kafka se desarrolló en la Universidad Carolina, una de las más antiguas de Europa. Estudió en la sección alemana de la universidad, ubicada en el histórico edificio del Carolinum, cerca del Teatro de los Estamentos. Su elección de estudiar derecho fue, en gran medida, una concesión a las expectativas de su padre, pero sus estudios le brindaron las herramientas intelectuales para construir sus mundos literarios. El lenguaje preciso y en ocasiones abstruso de la ley, la lógica de los procedimientos judiciales y el concepto de una justicia inalcanzable se convirtieron en los pilares que sustentaron sus parábolas sobre la condición humana. El Carolinum, con su patio gótico y su aura de solemnidad académica, representa el lugar donde Kafka adquirió el conocimiento de un sistema al que luego se dedicaría a subvertir y cuestionar desde la ficción. Su comprensión de la ley no era la de un cínico, sino la de alguien que veía en ella un reflejo de las fuerzas invisibles y a menudo absurdas que rigen la existencia humana.

Más Allá de Praga: Los Sanatorios y el Silencio Final

Aunque Praga fue su centro de gravedad, la tuberculosis, enfermedad de Kafka, lo obligó a buscar refugio en sanatorios dispersos por toda Europa Central. Estos lugares de tratamiento se convirtieron en etapas de un doloroso vía crucis, espacios de introspección, correspondencia febril y confrontación con la mortalidad.

Merano, Italia: Un Respiro Alpino

En la primavera de 1920, Kafka se trasladó a Merano, un balneario en los Alpes italianos. El contraste entre la belleza del paisaje alpino, el aire puro y el sol primaveral, y su progresivo deterioro físico, resulta conmovedor. Se hospedó en una pensión del tranquilo barrio de Maia Bassa. Fue allí donde comenzó su apasionada y epistolar historia de amor con Milena Jesenská, una traductora checa casada que residía en Viena. Sus cartas desde Merano están cargadas de una mezcla de esperanza, desesperación y una vulnerabilidad desgarradora. Relatan la belleza de sus paseos por los viñedos y las montañas, pero también la soledad y la conciencia de su enfermedad. Visitar Merano es buscar los ecos de esa pasión en un paisaje que promete salud y vida, un marco irónico para un hombre que se sentía cada vez más cercano a la muerte.

Tatranské Matliare, Eslovaquia: La Sombra de la Montaña

A finales de ese mismo año, en busca de un clima más riguroso considerado beneficioso para la tuberculosis, Kafka ingresó en un sanatorio en Matliare, en las montañas de los Altos Tatras, en la actual Eslovaquia. El entorno era más salvaje y austero que el de Merano. La imponente y a veces amenazante majestuosidad de los picos nevados reflejaba su estado anímico. El aislamiento era casi total. En este retiro forzoso, siguió escribiendo, aunque con dificultad. Los paisajes de los Tatras, con sus bosques oscuros y cimas inalcanzables, podrían haber inspirado el escenario de El Castillo. La sensación de ser un extraño en un lugar remoto, intentando acceder a una autoridad invisible y todopoderosa, resuena con la experiencia de estar en un sanatorio, a merced de médicos y de una enfermedad incontrolable.

Kierling, Austria: El Último Capítulo

El destino final de Kafka fue el Sanatorio Hoffmann en Kierling, un pequeño pueblo en los Bosques de Viena, a las afueras de la capital austriaca. Llegó en abril de 1924, gravemente enfermo. La tuberculosis afectó su laringe, haciéndole casi imposible hablar y comer. En sus últimos días estuvo acompañado por su último amor, Dora Diamant, y por su amigo, el estudiante de medicina Robert Klopstock. Fue un período de sufrimiento atroz, pero también de una extraña serenidad. Incapaz de hablar, Kafka se comunicaba mediante notas escritas, sus últimas «obras». La crueldad final fue que la voz del escritor silenciara físicamente antes de su muerte. Falleció el 3 de junio de 1924. El edificio del sanatorio aún existe, convertido hoy en un bloque de apartamentos. Una pequeña habitación conmemorativa, la «Gedenkraum», rinde homenaje a sus últimos días. Visitar Kierling es un acto de meditación sombría sobre la fragilidad del cuerpo y la persistencia del espíritu. El ambiente tranquilo y boscoso contrasta con la agonía que allí tuvo lugar, un silencio final que abrió paso a la inmortalidad literaria.

El Legado Póstumo: Un Fantasma en el Cementerio

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La historia de Kafka no concluye con su muerte. De hecho, su vida como uno de los gigantes de la literatura mundial comenzó justo después, gracias a un acto de desobediencia que transformó el rumbo de la cultura del siglo XX.

El Nuevo Cementerio Judío: El Descanso Final

En el distrito de Žižkov, alejado del bullicio turístico, se encuentra el Nuevo Cementerio Judío. Es un lugar de paz y melancolía, un amplio campo de lápidas cubierto de hiedra y sombreado por grandes árboles. Aquí, en una parcela familiar, está la tumba de Franz Kafka. El monumento es sorprendentemente sencillo y moderno para su época: un obelisco hexagonal de piedra oscura. Comparte la tumba con sus padres, Hermann y Julie. La simplicidad de la lápida contrasta con la complejidad de su legado. Visitantes de todo el mundo llegan a rendirle homenaje, siguiendo la tradición judía de dejar pequeñas piedras sobre la tumba como símbolo de respeto y recuerdo. Es un lugar para la reflexión silenciosa. Aquí yace el hombre que pidió a su amigo Max Brod que quemara todos sus manuscritos sin leerlos. Brod, angustiado por esta petición, decidió traicionar la última voluntad de su amigo y publicar sus obras. Gracias a este acto de lealtad a la literatura por encima de la lealtad al hombre, hoy conocemos El Proceso, El Castillo y América. Por tanto, el cementerio no es solo un lugar de descanso, sino el punto de partida de su fama póstuma, el sitio donde el hombre murió y nació la leyenda.

Consejos Prácticos para el Peregrino Kafkiano

Abordar Praga en búsqueda de Kafka requiere una mentalidad particular. No se trata de una simple caza del tesoro, sino de una inmersión en la atmósfera misma. La ciudad es el texto, y hay que aprender a interpretarlo.

Navegando la Praga de Kafka

La mejor manera de descubrir la Praga de Kafka es a pie. Sus mundos estaban confinados en un área relativamente pequeña, lo que permite un recorrido coherente. Un itinerario sugerido podría empezar en la Plaza de la Ciudad Vieja, explorando las diversas casas donde vivió y el Palacio Kinský. Desde allí, adentrarse en el laberinto de Josefov, el antiguo gueto judío. Luego, cruzar el emblemático Puente de Carlos, imaginando los paseos nocturnos de Kafka sobre sus adoquines, con las estatuas barrocas como silenciosos testigos. En la otra orilla, en Malá Strana, se encuentra el Museo Kafka. El ascenso final al Castillo de Praga para visitar el Callejón del Oro completa tanto la ruta física como la simbólica. Para desplazarse a lugares más alejados como el Nuevo Cementerio Judío, el eficiente sistema de tranvías de Praga es ideal. Por ejemplo, el tranvía número 9 te dejará cerca del cementerio.

Sentir, no Solo Ver

La clave para una verdadera peregrinación kafkiana es ir más allá de los hechos y las placas conmemorativas. El mejor momento para explorar es en otoño o invierno. La niebla que a menudo envuelve la ciudad, los días más cortos y la menor afluencia de turistas crean una atmósfera que se acerca mucho más al espíritu de su obra. Levántate temprano, antes de que las multitudes inunden las calles. Piérdete deliberadamente en las callejuelas secundarias. La verdadera Praga de Kafka no está en las tiendas de souvenirs, sino en un portal oscuro, en una escalera de caracol inesperada o en el rostro de una gárgola que te observa desde lo alto. Busca un café tranquilo, pide un «becherovka» y lee uno de sus cuentos cortos, como La Condena o Ante la Ley. Deja que las palabras y el entorno se fusionen. Presta atención a los detalles: la textura de la piedra, el juego de luces y sombras, los sonidos de la ciudad. Se trata de cultivar una sensibilidad, de aprender a ver el mundo a través de sus ojos: con una mezcla de asombro, ironía y una profunda sensación de extrañeza.

Al final del viaje, uno se da cuenta de que buscar a Kafka en Praga es, en última instancia, buscar una parte de nosotros mismos. Su genio reside en haber dado voz a la ansiedad universal del individuo frente a un mundo incomprensible, a la sensación de culpa sin pecado y al anhelo de un sentido que siempre parece estar fuera de nuestro alcance. Praga no ofrece respuestas, al igual que los relatos de Kafka no brindan soluciones. Lo que proporciona es un espejo. Al caminar por sus calles, no solo seguimos los pasos de un hombre que vivió hace un siglo, sino que también recorremos los laberintos de nuestra propia conciencia. Salir de Praga es como cerrar uno de sus libros: la historia termina, pero el eco de su inquietante verdad permanece, resonando mucho después de haber regresado a casa. La ciudad te ha transformado, te ha dejado una marca, una pregunta suspendida en el aire, tan bella y tan terrible como la propia vida. Y esa, quizás, es la esencia de toda gran peregrinación.

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この記事を書いた人

Guided by a poetic photographic style, this Canadian creator captures Japan’s quiet landscapes and intimate townscapes. His narratives reveal beauty in subtle scenes and still moments.

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