Hay películas que son meramente historias y hay otras que son universos enteros, laberintos de tiempo y memoria que nos invitan a perdernos en ellos. Érase una vez en América, la monumental obra final de Sergio Leone, pertenece a esta segunda categoría. Es más que un filme de gánsteres; es una elegía sobre la amistad traicionada, el amor perdido y la corrosiva naturaleza del tiempo. Su narrativa, fragmentada como los recuerdos de su protagonista, David «Noodles» Aaronson, nos transporta a través de décadas, desde las bulliciosas calles del Lower East Side de Nueva York en los años veinte hasta la melancolía opulenta de los años sesenta. La música inolvidable de Ennio Morricone no es solo una banda sonora, sino el alma misma de la película, el hilo invisible que cose las piezas de una vida rota. Realizar un peregrinaje a los lugares que dieron vida a esta saga no es simplemente visitar localizaciones de rodaje; es un intento de caminar sobre las huellas de fantasmas, de sentir el eco de sus risas, sus ambiciones y sus lamentos en el aire. Es buscar el punto exacto donde la realidad de una ciudad se fusionó con la visión de un maestro para crear un sueño cinematográfico eterno. Desde los adoquines de Brooklyn hasta los canales de Venecia, cada rincón es un portal a una época, a un sentimiento, a una pieza del rompecabezas que es la memoria de Noodles. Este viaje es una inmersión profunda en el corazón de una obra maestra, un diálogo silencioso con los espectros del cine.
Este viaje por los escenarios de Sergio Leone se une a otros peregrinajes cinematográficos, como el que explora los lugares de rodaje de ‘El Padrino’.
Nueva York: El Corazón Palpitante de la Saga

Nueva York no es solo un simple telón de fondo en Érase una vez en América; se convierte en un personaje por derecho propio, un organismo vivo que respira, envejece y se transforma junto a los protagonistas. Leone no filmó la Nueva York real de los años ochenta, sino que eliminó su modernidad para revivir el espíritu de tres épocas diferentes: la vibrante y humilde comunidad de inmigrantes de 1922, la próspera y corrupta era de la Prohibición de 1933, y la solitaria y fantasmal metrópolis de 1968 a la que regresa un envejecido Noodles. Cada calle, puente y ladrillo fue cuidadosamente escogido para construir este palacio de la memoria.
DUMBO, Brooklyn: El Cartel que Desafía el Tiempo
La imagen más icónica y duradera de la película, aquella que ha adornado millones de carteles y portadas, no es la de un rostro, sino la de un lugar. Es la vista desde Washington Street en el barrio de DUMBO (Down Under the Manhattan Bridge Overpass) en Brooklyn. Desde este ángulo, los imponentes edificios de ladrillo rojo que flanquean la calle forman un cañón urbano que enmarca perfectamente una de las torres del Puente de Manhattan. La estructura de acero se yergue como un coloso, un monumento al poder industrial y a la ambición que define tanto a la ciudad como al sueño americano que los jóvenes protagonistas persiguen con desesperada pasión.
Permanecer de pie en ese lugar exacto es una experiencia casi religiosa para cualquier cinéfilo. Se siente el peso de la historia del cine. El aire parece vibrar con la melodía de Morricone. Al contemplar el puente, es imposible no imaginar a Max, Patsy, Cockeye y un joven Noodles corriendo por estas calles, llenos de energía indomable y sueños tan grandes como el propio puente. La atmósfera del lugar, a pesar de su actual gentrificación y sus boutiques de moda, aún retiene un eco de su pasado industrial. Los adoquines bajo tus pies, conocidos como Belgian blocks, son los mismos que sintieron las pisadas del reparto. El estruendo del metro que cruza el puente por encima es una banda sonora constante, un recordatorio del pulso incansable de la ciudad.
Para el visitante, la recomendación es llegar temprano, al amanecer si es posible. La luz dorada de la mañana baña los edificios y el puente, creando una atmósfera mágica y etérea, muy semejante a la paleta de colores de la película. A esa hora, las multitudes de turistas aún no han llegado y puedes tener la calle casi para ti solo, lo que permite una conexión más íntima con el espíritu del lugar. Es el momento perfecto para la contemplación, para sentir cómo el pasado y el presente convergen en una imagen poderosa. No se trata solo de tomar una foto; es absorber la energía, comprender por qué Leone eligió este encuadre para encapsular la grandeza, la promesa y la tragedia inherentes a su historia. La vista es una metáfora visual de la película entera: un camino que parece conducir a un futuro brillante y monumental, pero que está confinado por los muros de un pasado del que es imposible escapar.
El Lower East Side: El Ghetto Judío de la Memoria
Las escenas de la infancia, que constituyen el corazón emocional del film, se sitúan en el Lower East Side de Manhattan, el crisol de inmigrantes judíos a principios del siglo XX. Sin embargo, debido a los cambios arquitectónicos en Manhattan, Leone encontró el espíritu intacto de esa época en otras partes de la ciudad, sobre todo en Williamsburg, Brooklyn. La calle South 8th Street, con sus edificios de apartamentos de ladrillo, sus escaleras de incendio de hierro forjado que serpentean por las fachadas y sus antiguas sinagogas, sirvió como el escenario ideal para recrear el mundo de los jóvenes protagonistas.
Caminar por estas calles es como abrir un libro de historia. Aunque el barrio ha cambiado, la esencia permanece. Se puede percibir la atmósfera de una comunidad unida por la necesidad y la esperanza. El aire parece cargado de historias de lucha y supervivencia. Es ahí donde los chicos establecen su propio negocio, experimentan sus primeros amores y pérdidas, y forjan un vínculo que definirá sus vidas. El edificio que sirvió como la fachada exterior del restaurante de Fat Moe, punto de encuentro y ancla temporal de la narrativa, es un lugar de peregrinaje fundamental. Aunque el interior se filmó en un estudio en Roma, la fachada evoca inmediatamente la sensación de refugio y nostalgia que representa en la película.
Para sumergirse realmente en el contexto histórico, resulta muy recomendable visitar el Tenement Museum en el Lower East Side de Manhattan. Este museo preserva edificios de apartamentos tal y como eran a finales del siglo XIX y principios del XX, ofreciendo una visión vívida de la vida de los inmigrantes. Al recorrer sus estrechos pasillos y pequeños apartamentos, uno comprende la pobreza y las condiciones de hacinamiento de las que Noodles y sus amigos intentaban escapar desesperadamente. Esta experiencia enriquece enormemente la interpretación de la película, dándole una base de realidad tangible al sueño de ascenso social que impulsa a los personajes. Explorar esta zona no es solo seguir un mapa de locaciones, sino conectar con el alma de una generación de inmigrantes que construyó Nueva York desde abajo, ladrillo a ladrillo, sueño a sueño.
El Puente de Williamsburg: Cruces de Destino
Si el Puente de Manhattan es el icono visual, el Puente de Williamsburg es el escenario de momentos cruciales y un símbolo temático poderoso. Leone utiliza este puente, con su estructura de acero más cruda y menos ornamentada que la del Puente de Brooklyn, para representar el mundo duro y funcional de los personajes. Las escenas de los chicos caminando por las vías del tren a lo largo del puente son inolvidables, capturando su camaradería y su audaz desprecio por el peligro. El puente es su territorio, un no-lugar entre barrios, entre la ley y el desorden, entre la infancia y un futuro incierto.
Simbólicamente, los puentes en la película representan transiciones. Son caminos que conectan diferentes etapas de la vida, arterias que unen el pasado con el presente. El Puente de Williamsburg es el escenario del rito de paso de los chicos hacia el mundo del crimen, un cruce del que no hay retorno. La atmósfera al caminar hoy por el paso peatonal del puente sigue siendo industrial y algo áspera. El rugido de los trenes de las líneas J, M y Z al cruzar es ensordecedor, una fuerza metálica que sacude. Las vistas del skyline de Manhattan son espectaculares, pero diferentes a las que se obtienen desde el Puente de Brooklyn; son menos postales y más reales, mostrando el tejido urbano en toda su compleja extensión.
Para el viajero, cruzar el Puente de Williamsburg a pie o en bicicleta ofrece una perspectiva distinta de la ciudad. Es una experiencia menos turística y más auténtica. Permite sentir la magnitud de la metrópolis y la conexión vital entre sus distritos. Al hacerlo, uno puede reflexionar sobre los viajes de los personajes: el viaje de Noodles de la pobreza a la riqueza y de regreso a la soledad, el viaje de Max hacia la autodestrucción, el viaje de una amistad a través del tiempo y la traición. El puente no es solo una estructura de acero; es una metáfora de los caminos que elegimos y de cómo estos nos definen para siempre.
Venecia, Italia: Un Sueño de Opulencia y Melancolía
En un inesperado giro geográfico, Leone nos transporta desde la cruda realidad de Nueva York hasta la belleza onírica y decadente de Venecia. Este cambio de escenario no es fortuito; simboliza un interludio de ensueño, un momento de lujo y romance que parece intencionalmente fuera de lugar en la vida de Noodles. Venecia es el marco de su cita extravagante y finalmente desastrosa con Deborah, el amor de su vida. Es un espacio donde la realidad se suspende, pero donde emergen las verdades más dolorosas.
El Hotel Excelsior en el Lido: El Refugio de Noodles
El imponente Hotel Excelsior, ubicado en la isla del Lido de Venecia, es el principal escenario de estas escenas. Este palacio de estilo morisco, con su fachada majestuosa y sus interiores lujosos, representa el nivel de riqueza y poder que Noodles ha alcanzado. Alquila todo el restaurante del hotel solo para cenar con Deborah, un gesto grandioso que revela tanto su profundo amor como su inseguridad esencial. No sabe cómo expresar sus sentimientos más que a través del dinero y el poder.
Visitar el Hotel Excelsior es como retroceder en el tiempo hasta la Belle Époque. Inaugurado en 1908, ha sido durante mucho tiempo un refugio para la realeza, las estrellas de cine y la alta sociedad, especialmente durante el Festival de Cine de Venecia que se celebra cada año en el Lido. La atmósfera es de una elegancia atemporal y una serenidad marcada, en fuerte contraste con el caos de Nueva York. El aire huele a sal y a historia; el suave romper de las olas en la playa privada del hotel es la única banda sonora. Uno puede sentarse en la terraza, tomar un Bellini y casi escuchar el eco de la orquesta que tocaba para Noodles y Deborah.
Para el amante del cine, aunque alojarse en el Excelsior puede ser costoso, es posible visitar su bar o restaurante para absorber su ambiente. Pasear por sus salones, admirar su arquitectura y luego caminar por la playa del Lido permite revivir la sensación de la película. La playa, con sus famosas cabañas de rayas, tiene un aire nostálgico y melancólico, especialmente fuera de la temporada alta. Es el escenario perfecto para la conversación agridulce entre los dos amantes, donde chocan sus sueños y realidades de manera inevitable. Venecia, y en particular el Excelsior, funciona como un sueño febril del que Noodles debe despertar, un paraíso artificial que no puede protegerlo de su propia naturaleza violenta ni de la dolorosa verdad de que él y Deborah pertenecen a mundos distintos.
Canales y Puentes: Ecos de un Amor Perdido
Aunque el Hotel Excelsior es el punto focal, Leone emplea breves pero evocadoras tomas de los canales y la arquitectura veneciana para establecer el tono. Vemos a Noodles y Deborah en un taxi acuático, deslizándose por aguas tranquilas mientras los antiguos palacios se reflejan en la superficie. Estas imágenes refuerzan la sensación de estar en un mundo aparte, un laberinto de agua y piedra tan hermoso como confuso.
Venecia, con su historia de máscaras, secretos y pasiones ocultas, es el escenario perfecto para este capítulo de la historia. La ciudad misma funciona como un personaje que refleja el estado interno de Noodles: una superficie de belleza deslumbrante que oculta corrientes de tristeza y decadencia. La naturaleza laberíntica de sus calles y canales es una metáfora de la mente de Noodles, perdida en los recovecos de su propia memoria.
Para quien la visita, la mejor forma de conectar con estas escenas es simplemente perderse. Dejar el mapa a un lado y vagar por las calli (callejuelas) y campi (plazas) menos concurridos. Un paseo en góndola al atardecer, aunque cliché turístico, puede ser una experiencia profundamente conmovedora, sobre todo si se le pide al gondolero navegar por canales más pequeños y silenciosos. Es en esos momentos de quietud, lejos de las multitudes de San Marcos, donde se siente el verdadero alma de Venecia, esa mezcla de romance y melancolía que Leone capturó con brillantez en la pantalla. Es un lugar que obliga a confrontar la belleza y la fugacidad de la vida, temas centrales en la obra maestra de Leone.
Otros Escenarios Clave: Tejiendo la Telaraña de la Memoria

La ambición de Leone era tan inmensa que su búsqueda de escenarios perfectos lo llevó más allá de Nueva York y Venecia. Para completar su mosaico de épocas y lugares, recurrió a localizaciones en Canadá y Florida, demostrando así su meticulosa atención al detalle y su empeño por encontrar la atmósfera exacta para cada momento de la historia, aunque ello implicara cruzar fronteras.
Saint-Jean-Baptiste, Quebec: La Estación de Tren de un Nuevo Comienzo
Una de las escenas más significativas de la película es cuando Noodles, tras salir de la cárcel en 1933, es recibido por Max en una imponente estación de tren. Este instante simboliza un nuevo inicio, la entrada a la era dorada de su imperio criminal. Curiosamente, esta estación no está en Nueva York, sino que la localización real es la Gare du Palais en la ciudad de Quebec, Canadá. Construida al estilo de un castillo francés (Châteauesque), su arquitectura histórica y excelente estado de conservación ofrecían la autenticidad de época que Leone no hallaba fácilmente en Estados Unidos.
La elección de la Gare du Palais es una muestra del perfeccionismo de Leone. La grandiosidad del edificio, con sus torres y su techo de cobre, refleja la magnificencia de los planes de Max y la opulencia que los aguarda. La estación se transforma en un portal hacia el éxito y el poder. Para el fan más dedicado, visitar Quebec y conocer esta estación resulta una desviación fascinante. La propia ciudad de Quebec, con su encanto del Viejo Mundo, refuerza la sensación de viajar en el tiempo. La atmósfera de la estación, aun hoy como centro de transporte activo, conserva un aire de nostalgia y la grandeza de los viajes en tren de antaño. Es un recordatorio de que, en el cine, la geografía emocional pesa más que la geografía real.
The Don CeSar Hotel, Florida: El Espejismo de la Costa
Otro cambio geográfico nos traslada a las soleadas playas de St. Pete Beach, Florida. El icónico hotel The Don CeSar, conocido como el «Palacio Rosa» por su distintiva fachada de estuco rosado, sirve como el lujoso resort de playa donde Noodles se encuentra con Carol durante la era de la Prohibición. Este escenario representa un contraste deliberado y chocante con las oscuras y gélidas calles de Nueva York. Simboliza el lado hedonista y superficial del éxito de la banda, un paraíso artificial construido sobre una base de violencia y corrupción.
La atmósfera del Don CeSar es de lujo relajado y escapismo. El sol radiante de Florida, el azul del Golfo de México y la arquitectura extravagante del hotel crean un mundo de ensueño. No obstante, en la película este paraíso está teñido por la tensión y la tragedia latentes. Aquí se revelan grietas en la lealtad y la violencia del mundo gánster invade incluso este idílico refugio. El hotel, inaugurado en el apogeo de los locos años veinte, posee su propia historia de glamour y decadencia, lo que lo convierte en el escenario ideal. Para los visitantes, el Don CeSar sigue siendo un resort de lujo en funcionamiento. Se puede pasear por sus jardines, disfrutar de la playa pública y admirar su particular arquitectura, imaginando el drama que se desarrolló bajo el sol de Florida. Es un lugar que simboliza la fachada del sueño americano: brillante y atractiva por fuera, pero a menudo hueca y frágil por dentro.
El Alma de la Película: Más Allá de las Localizaciones Físicas
Un peregrinaje por los escenarios de Érase una vez en América demuestra que el impacto de la película trasciende la geografía física. Hay dos elementos intangibles tan esenciales para su universo como cualquier edificio de ladrillo o puente de acero: la música de Ennio Morricone y la visión única de Sergio Leone. Comprender estos aspectos es fundamental para apreciar plenamente el genio de la obra.
La Música de Ennio Morricone: La Banda Sonora del Recuerdo
Es imposible hablar de esta película sin mencionar su banda sonora. La colaboración entre Leone y Morricone fue una de las más legendarias en la historia del cine, y esta película representa su máxima expresión. La música no es un simple acompañamiento; es la columna vertebral narrativa y emocional del film. De hecho, Leone solía poner la música de Morricone en el set durante el rodaje para que los actores pudieran sumergirse en el estado de ánimo adecuado. La banda sonora es, en sí misma, una localización, un paisaje sonoro que nos guía a través de las complejidades del tiempo y la memoria.
Temas como «Deborah’s Theme» son la encarnación musical de la nostalgia, el amor inalcanzable y el arrepentimiento. Su melodía se adhiere al alma y evoca la belleza trágica de la relación entre Noodles y Deborah, sin importar si la escena ocurre en una calle de Nueva York o en una playa de Venecia. El tema principal, con su melancólica flauta de pan, se convierte en la voz del propio tiempo, un lamento por la juventud perdida y las decisiones irrevocables. Escuchar la banda sonora mientras se camina por DUMBO o el Lido de Venecia es una experiencia transformadora. La música llena el espacio entre lo que fue y lo que es, conectando al visitante directamente con la visión del director y la esencia emocional de la historia. Es un lenguaje universal que traduce los paisajes visuales en sentimientos profundos y puros. El peregrinaje no está completo sin dejar que la música de Morricone sea tu guía.
La Visión de Sergio Leone: Reconstruyendo un Pasado Americano
Sergio Leone, un italiano enamorado de los mitos americanos, dedicó más de una década al desarrollo de este proyecto. Su visión no era la de un documentalista que buscaba la precisión histórica absoluta, sino la de un poeta en busca de la verdad emocional. No estaba filmando la América real; estaba construyendo la América de sus sueños y pesadillas, una América filtrada por la memoria y el cine. Su decisión de mezclar localizaciones de distintas ciudades e incluso países no fue por conveniencia, sino por la intención de crear un mundo coherente en su atmósfera, aunque no lo fuera geográficamente.
Leone era un maestro en la creación de lo que podría llamarse «hiperrealidad». Cada encuadre está cuidadosamente compuesto, cada detalle de producción (vestuario, vehículos, decorados) rigurosamente investigado. Sin embargo, el resultado final se siente más grande que la vida, como un recuerdo magnificado por la distancia del tiempo. Recreó el Lower East Side en Brooklyn porque esas calles sentían más auténticas para su visión que el Lower East Side real de los años ochenta. Llevó a sus personajes a una Venecia de ensueño porque necesitaba ese contraste poético para resaltar la brutalidad de su realidad. Comprender esta filosofía es clave para valorar el viaje. No se trata de hallar el lugar exacto, sino de encontrar el sentimiento preciso que Leone quiso transmitir. Sus localizaciones se han convertido en espacios sagrados no por su exactitud histórica, sino porque fueron el lienzo donde un genio plasmó su obra maestra final, un testimonio épico sobre Estados Unidos, la amistad y el implacable paso del tiempo.
Consejos Prácticos para el Peregrino Cinematográfico

Embarcarse en un viaje para seguir los pasos de Noodles y Max es una experiencia sumamente gratificante. No obstante, para aprovecharla al máximo, es útil considerar algunos consejos prácticos que pueden convertir un simple recorrido turístico en una auténtica inmersión cinematográfica.
Planificando tu Viaje
La mayoría de las localizaciones clave en Nueva York se encuentran en Brooklyn y Manhattan, y pueden recorrerse con facilidad en dos o tres días utilizando el transporte público. La primavera y el otoño ofrecen el clima más agradable para pasear por la ciudad. Para obtener la icónica foto en DUMBO, la paciencia es fundamental; espera a que las multitudes se disuelvan o, como se mencionó, ve al amanecer. Si tu devoción te lleva a Venecia, considera viajar en temporada baja (de octubre a marzo) para experimentar una ciudad más tranquila y melancólica, mucho más acorde con el tono de la película. Un viaje que abarque varios países requiere una planificación más extensa, pero para el verdadero aficionado, conectar los puntos entre Nueva York, Quebec y Venecia puede resultar la peregrinación definitiva.
Inmersión Total: Viviendo la Película
Para profundizar la conexión emocional con los lugares, la preparación es esencial. Revisa la película justo antes de tu viaje. Descarga la banda sonora de Ennio Morricone en tu teléfono y escúchala con auriculares mientras recorres Washington Street o te relajas en la playa del Lido. Este sencillo acto puede disolver las décadas y transportarte directamente al universo de Leone. Busca experiencias que resuenen con las distintas épocas de la película. En Nueva York, visita un deli judío tradicional como Katz’s Delicatessen para probar los sabores del Lower East Side. En Venecia, disfruta de un aperitivo en un bar tranquilo, alejado de las zonas turísticas. Se trata de involucrar todos los sentidos para vivir la película, no solo de contemplar sus escenarios.
Fotografía y Respeto
Capturar la esencia de estos lugares con una cámara es uno de los objetivos para muchos. Para la foto del Puente de Manhattan, un objetivo ligeramente gran angular puede ayudar a captar la magnitud de los edificios. Atiende los detalles: la textura de los adoquines, el óxido en una escalera de incendios, el reflejo de un palacio en el agua. Estos pequeños elementos suelen contar una historia más amplia. Sin embargo, es fundamental recordar que estos no son sets de filmación abandonados, sino barrios vivos y hogares para muchas personas. Mantén siempre una actitud respetuosa con los residentes locales. No bloquees las aceras, modera tu tono de voz en las zonas residenciales y pide permiso antes de fotografiar personas o propiedades privadas de cerca. El mejor peregrino es aquel que camina con admiración y respeto, dejando solo huellas y llevándose únicamente recuerdos.
Este viaje a través de los escenarios de Érase una vez en América va mucho más allá de una simple búsqueda de localizaciones. Es un ejercicio de arqueología emocional. Es desenterrar las capas de tiempo, historia y arte que conforman una de las películas más complejas y conmovedoras jamás realizadas. Al pararse en una esquina de Brooklyn y escuchar el eco de la flauta de pan de Morricone en la mente, uno se da cuenta de que el tiempo no ha borrado la magia. Los fantasmas de Noodles, Max, Deborah y el resto de la pandilla siguen ahí, esperando en las calles, los puentes y las orillas lejanas, invitándonos a recordar, a soñar y a reflexionar sobre el tiempo, que, como dice la película, es una de las pocas cosas que todo lo arregla. El viaje te espera, un diálogo silencioso con la inmortalidad del cine.

