¡Hola, viajeros del alma y amantes del arte! Soy Sofía, y hoy os invito a un peregrinaje muy especial. No es un camino de templos antiguos ni de santuarios sagrados en el sentido tradicional, sino un viaje a través de los ojos de un maestro, un recorrido que disuelve la frontera entre el lienzo y el paisaje. Vamos a sumergirnos en el mundo de Utagawa Hiroshige, el poeta del ukiyo-e, el artista que capturó la lluvia, la nieve y el alma viajera del Japón del período Edo con una maestría que aún hoy nos deja sin aliento. Olvidad por un momento los mapas turísticos convencionales. Nuestro guía será una colección de grabados en madera: las «Cincuenta y tres estaciones del Tōkaidō» y las «Cien famosas vistas de Edo». Seguiremos sus pinceladas desde el bullicioso corazón de Tokio hasta la elegante serenidad de Kioto, descubriendo cómo los paisajes que él inmortalizó hace casi doscientos años siguen respirando en el Japón moderno. Este no es solo un tour; es una búsqueda del tiempo perdido, una conversación entre el pasado y el presente, un intento de ver el mundo con la misma sensibilidad poética de Hiroshige. Preparad vuestros sentidos, porque vamos a caminar sobre la historia, a sentir la brisa que meció los cerezos en sus grabados y a encontrar la belleza efímera que él supo hacer eterna. Este es nuestro ‘seichi junrei’ artístico, una peregrinación al corazón de la belleza japonesa.
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El Origen de un Maestro: El Edo de Hiroshige

Todo gran viaje comienza en algún lugar, y el nuestro empieza en Edo, la vibrante metrópolis que hoy conocemos como Tokio. Fue allí donde Hiroshige nació, vivió y encontró su inagotable fuente de inspiración. Antes de emprender el legendario camino de Tōkaidō, sus ojos y su pincel se dedicaron a capturar la vida cotidiana, los festivales, los rincones secretos y las vistas panorámicas de esta ciudad en constante ebullición. Las «Cien famosas vistas de Edo» no son un simple catálogo de lugares, sino un diario visual, un tapiz de estaciones y emociones. Para comprender a Hiroshige, primero debemos recorrer las calles que él transitó, sentir el pulso de la ciudad que moldeó su arte y descubrir los destellos del antiguo Edo que aún sobreviven entre los rascacielos de neón.
Nihonbashi: El Kilómetro Cero del Viaje y del Alma
Nuestro viaje físico y espiritual comienza aquí, en Nihonbashi, el “Puente de Japón”. En la época de Hiroshige, este no era solo un puente; era el corazón palpitante de Edo, el punto de partida de las cinco grandes rutas que conectaban la capital del shogun con el resto del país. El grabado de Hiroshige, «La mañana en Nihonbashi», nos muestra una escena llena de energía: un desfile de daimyō parte al amanecer, con los madrugadores vendedores de pescado ya en plena faena y el Monte Fuji asomándose a lo lejos. Era el epicentro del comercio, la política y la vida.
Hoy, el Nihonbashi que pisamos es una criatura diferente. El puente de madera ha sido reemplazado por una majestuosa estructura de piedra de estilo renacentista, coronada por imponentes estatuas de leones y kirin, las míticas criaturas que protegen la ciudad. La vista del Fuji está oscurecida, irónicamente, por una autopista elevada que ruge sobre el puente, un símbolo poderoso del progreso y de lo que se pierde en el camino. Sin embargo, la energía de Hiroshige no se ha desvanecido por completo. Si cierras los ojos, casi puedes oír el eco de los pasos de los samuráis y el murmullo de los comerciantes. El alma del lugar reside en el contraste: la elegante antigüedad del puente bajo la sombra de la modernidad. Para el fotógrafo, es un reto y un placer capturar esta yuxtaposición, la belleza resiliente de la historia frente a la implacable marcha hacia el futuro. No dejes de visitar los históricos grandes almacenes Mitsukoshi y Takashimaya, que flanquean el puente y que son en sí mismos instituciones con raíces en el período Edo. Para llegar, la estación de Mitsukoshimae o una corta caminata desde la Estación de Tokio te dejarán en el umbral de este viaje en el tiempo.
Las Vistas Efímeras de Sumida: Donde el Cielo se Encuentra con el Agua
El río Sumida era la arteria vital de Edo, una vía de transporte, una fuente de sustento y un escenario para el ocio y la contemplación. Hiroshige le dedicó numerosos grabados, plasmando su esencia en todas las estaciones. Desde el famoso Templo Kinryūzan en Asakusa hasta el animado Puente Ryōgoku, el río era un personaje central en la vida de la ciudad. Sus obras nos muestran fuegos artificiales estallando en el cielo estival, barcas deslizándose suavemente bajo los sauces y multitudes disfrutando de la floración de los cerezos a sus orillas.
Un paseo por el actual Sumida es una de las experiencias más gratificantes para quien busca el espíritu de Hiroshige. El perfil de la ciudad ha cambiado drásticamente con la imponente presencia del Tokyo Skytree, una aguja de acero y cristal que se eleva hacia el cielo, pero la relación de la gente con el río perdura. Los cruceros fluviales (yakatabune) siguen ofreciendo una perspectiva única de la ciudad, especialmente por la noche, cuando las luces de los edificios se reflejan en el agua como un ukiyo-e contemporáneo. En primavera, las orillas del Parque Sumida se tiñen de rosa pálido, y la tradición del ‘hanami’ (la contemplación de los cerezos en flor) se vive con la misma alegría que en los tiempos del maestro. Te recomiendo comenzar tu exploración en Asakusa, después de visitar el Templo Sensō-ji. Desde allí, puedes caminar por la orilla del río o tomar un barco que te lleve hasta los Jardines Hamarikyu, un oasis de paz también retratado por Hiroshige. Es un lugar donde el tiempo parece ralentizarse, permitiéndote respirar y observar, justo como lo haría un artista de ukiyo-e.
Oji y sus Zorros de Año Nuevo: Un Folklore Congelado en el Tiempo
Alejándonos un poco del centro, nos adentramos en uno de los grabados más mágicos y misteriosos de Hiroshige: «Fuegos fatuos de zorros en la víspera de Año Nuevo junto al árbol Nio de Oji». La obra representa una antigua leyenda local que cuenta que los zorros (kitsune), considerados mensajeros de la deidad Inari, se reunían cada Nochevieja bajo un gran árbol en Oji para recibir sus órdenes para el año nuevo, y el número de fuegos fatuos que traían predecía la cosecha de arroz.
Visitar Oji hoy es descubrir un rincón de Tokio que ha sabido preservar su encanto folclórico. El gran árbol ya no existe, pero el Santuario Oji Inari, al que acudían los zorros, sigue siendo un lugar de profundo poder espiritual, con estatuas de kitsune por doquier. Lo más increíble es que la leyenda que Hiroshige inmortalizó ha cobrado nueva vida. Desde 1993, cada 31 de diciembre, se celebra el Desfile de Zorros de Oji. Cientos de personas, tanto locales como visitantes, se visten con kimonos, se maquillan como zorros y llevan linternas de papel en una procesión solemne y mágica que recrea la escena del grabado. Es una experiencia conmovedora, una prueba de que el arte no solo refleja la cultura, sino que también puede inspirarla y mantenerla viva a través de los siglos. Si viajas a Tokio en fin de año, no puedes perdértelo. Fuera de esa fecha, una visita al santuario sigue siendo un remanso de paz que te transporta a un Japón más místico y ancestral. Se accede fácilmente desde la estación de Oji, en la línea JR Keihin-Tohoku.
La Gran Ruta del Tōkaidō: Un Mosaico de Paisajes y Almas
Dejamos atrás el bullicio de Edo para adentrarnos en el corazón de nuestro peregrinaje: el Tōkaidō, la gran vía del este. Esta ruta de casi 500 kilómetros, que unía Edo con la capital imperial, Kioto, era la columna vertebral del Japón feudal. Recorrerla suponía una odisea de semanas, un desfile constante de samuráis, mercaderes, peregrinos y artistas. En 1832, Hiroshige tuvo la oportunidad de sumarse a una procesión oficial, y de esa experiencia surgió su obra maestra, «Las Cincuenta y tres estaciones del Tōkaidō». Cada grabado abre una ventana a un instante, un paisaje, una emoción. No se limitó a plasmar la geografía; capturó el clima, la atmósfera y el drama humano de la carretera. Seguir sus pasos por el Tōkaidō es emprender un viaje no solo a través del espacio, sino también por el alma de Japón.
Hakone: La Fortaleza Montañosa y sus Vistas Místicas
Hakone era la estación más temida y respetada del Tōkaidō. Su lema, «Hakone Hachiri», hacía referencia a las ocho leguas de terreno montañoso y escarpado que desafiaban la resistencia de cualquier viajero. Era una barrera natural imponente y también un punto de control clave donde el shogunato vigilaba el tráfico, en especial el de armas que entraban a Edo y las esposas de los señores feudales que salían. El grabado de Hiroshige, «Vista del lago en Hakone», presenta un paisaje majestuoso y dramático: montañas escarpadas que se sumergen en las serenas aguas del Lago Ashi, con el imponente Monte Fuji presidiendo la escena a lo lejos.
La Hakone actual ha transformado su fama de obstáculo temible en un paraíso para los amantes de la naturaleza y el arte. La atmósfera mística, sin embargo, permanece intacta. En un día despejado, la vista del Fuji reflejado en el lago resulta tan impresionante como la que plasmó Hiroshige. Pero incluso con cielos nublados o niebla, Hakone muestra una belleza melancólica y etérea que encaja perfectamente con la estética japonesa del ‘yūgen’ (belleza profunda y misteriosa). Para revivir la experiencia del Tōkaidō, es posible caminar por un tramo bien conservado del antiguo camino empedrado, el «Hakone Kyu-kaido», entre Hatajuku y Moto-Hakone. Caminar bajo los imponentes cedros centenarios, sintiendo las piedras irregulares bajo tus pies, crea una conexión física directa con el pasado. No te pierdas el Santuario de Hakone, con su icónico torii rojo que parece flotar en las aguas del lago, un punto ideal para la fotografía y la contemplación. Para moverte, el Hakone Free Pass es una opción excelente, ofreciendo acceso a trenes, autobuses, un teleférico y hasta un barco pirata que cruza el lago, brindando perspectivas que ni siquiera Hiroshige pudo imaginar. Un consejo: hospédate en un ‘ryokan’ con ‘onsen’ (baño termal) para relajar tus músculos viajeros y sumergirte por completo en la hospitalidad japonesa.
Yui y la Bahía de Suruga: Un Espejo del Monte Fuji
Continuando nuestro recorrido, llegamos a una de las imágenes más emblemáticas y espectaculares de toda la serie del Tōkaidō: la vista desde el paso de Satta en la estación de Yui. El grabado de Hiroshige es una composición magistral que combina tensión y serenidad. En primer plano, viajeros se aferran a un acantilado vertiginoso que domina la bahía de Suruga. Las olas rompen abajo, mientras que al otro lado de la bahía el cono perfecto y nevado del Monte Fuji se alza con una calma divina. Es la representación perfecta de la pequeñez del hombre frente a la magnificencia de la naturaleza.
Encontrar este lugar hoy es una de las mayores recompensas para el peregrino de Hiroshige. El antiguo camino ha sido reemplazado por carreteras y vías de tren, pero un tramo del paso de Satta se conserva como ruta de senderismo. La caminata no es demasiado exigente y transcurre entre fragantes plantaciones de mandarinas ‘mikan’. El esfuerzo vale la pena al llegar al mirador: la vista es, simplemente, idéntica a la del grabado. La autopista Tōmei y la línea de tren Tōkaidō ahora serpentean por la costa, pero esto, lejos de arruinar la escena, añade una nueva capa de historia, un diálogo entre el Japón de Hiroshige y el Japón del siglo XXI. La sensación de estar en el mismo punto donde el maestro debió esbozar su obra resulta electrizante. Para el fotógrafo, el reto es encontrar el equilibrio perfecto entre mar, cielo, la curvatura de la costa y el siempre presente Fuji. El mejor momento para visitarlo es un día claro de invierno, cuando el aire es más nítido y la nieve en la cima del volcán más abundante. Para llegar, puedes tomar un tren hasta la estación de Yui o la de Okitsu y, desde allí, seguir las señales hacia el Satta Pass Trail. Yui también es famoso por sus ‘sakura ebi’, pequeñas gambas rosadas que se pescan en la bahía. Probar un plato de ‘kakiage’ hecho con estas gambas ofrece el sabor auténtico de este paisaje.
Kanbara y la Nieve Silenciosa: La Poesía de una Noche Invernal
Aquí hallamos una de las obras más enigmáticas y hermosas de Hiroshige: «Noche de nieve en Kanbara». El grabado nos introduce en un mundo de absoluto silencio. La nieve cae densa y pesada, cubriendo el paisaje con un manto blanco. Figuras solitarias, encorvadas contra el frío, avanzan lentamente por un pueblo dormido. La composición es minimalista, casi monocromática, y transmite una sensación de quietud y melancolía que es pura poesía visual.
Lo fascinante de este grabado es que muy probablemente es una invención del artista. Kanbara se ubica en la prefectura de Shizuoka, una región conocida por su clima templado donde las nevadas intensas son extremadamente raras. Hiroshige no se limitó a documentar la realidad; pintó una emoción, un ideal de belleza invernal. Visitar Kanbara hoy es una lección sobre la diferencia entre la verdad geográfica y la verdad artística. El pueblo es una tranquila localidad costera, sin grandes monumentos ni atracciones turísticas masivas. Y es precisamente en eso donde radica su encanto. Pasear por sus calles es como entrar en un Japón que ha olvidado el bullicio. Puedes visitar el Shida-tei, una antigua posada ‘hatago’ de la era Edo que ha sido restaurada y convertida en un pequeño museo. Allí, en la quietud de sus salas de tatami, puedes sentarte e imaginar la escena que Hiroshige creó en su mente. No vengas a Kanbara esperando encontrar el paisaje del grabado; ven en busca del silencio y la paz que lo inspiraron. Es un lugar para la introspección, para entender que el viaje de Hiroshige no era solo exterior, sino también profundamente interior. La estación de Shin-Kambara te deja a un corto paseo del antiguo distrito postal, un desvío perfecto para el viajero que busca autenticidad lejos de las multitudes.
El Destino Final: Kyoto, la Cuna de la Elegancia

Tras semanas de viaje, superando montañas, cruzando ríos y descansando en posadas a lo largo del camino, los viajeros del Tōkaidō finalmente llegaban a su destino: Kyo, la capital imperial, la ciudad de los mil templos y el corazón cultural de Japón. Para Hiroshige, este momento de llegada representaba la culminación de su viaje y el clímax de su serie de grabados. La llegada a Kioto no era solo el final de un recorrido físico, sino la entrada a un mundo de refinamiento, historia y belleza atemporal, que contrastaba con la energía mercantil de Edo. Aquí, el espíritu del ukiyo-e se encuentra con la estética milenaria de la corte imperial.
El Puente Sanjō Ōhashi: El Fin y el Comienzo de Todo
La estación número 53, la última del Tōkaidō, es Sanjō Ōhashi, el gran puente que cruza el río Kamo y marca la entrada al corazón de Kioto. El grabado de Hiroshige nos muestra el bullicio de la llegada. El puente está lleno de gente, una mezcla de viajeros fatigados pero aliviados y de locales que van y vienen en sus actividades cotidianas. El ambiente es de celebración y normalidad al mismo tiempo. El viaje ha concluido.
Cruzar el puente Sanjō Ōhashi hoy sigue siendo un momento simbólico. Aunque el puente ha sido reconstruido en varias ocasiones, algunos de sus pilares ornamentales, los ‘giboshi’, son réplicas exactas o incluso contienen piezas originales, marcadas por las cicatrices de batallas pasadas. Al poner un pie en el extremo oeste del puente, te sumerges en el vibrante centro de Kioto. A tu derecha, la calle Ponto-chō, una estrecha y encantadora callejuela llena de restaurantes y casas de té, se ilumina al anochecer con farolillos de papel. A tu izquierda, las orillas del río Kamo se convierten en punto de encuentro para parejas, estudiantes y familias, especialmente en verano, cuando los restaurantes instalan plataformas de madera sobre el río, una tradición conocida como ‘kawayuka’. La sensación es muy distinta a la de Nihonbashi. Si Edo era el centro del poder y el comercio, Kioto es el centro del alma y la cultura. Detente en medio del puente, siente la brisa que desciende de las montañas del norte y observa el fluir del agua y de la gente. Es un lugar para reflexionar sobre la distancia recorrida, tanto en kilómetros como en la experiencia cultural que implica el viaje de Tokio a Kioto.
Gion en la Lluvia: Ecos de Geishas y Linternas
Aunque el Tōkaidō termina oficialmente en Sanjō Ōhashi, el espíritu de Hiroshige nos invita a adentrarnos en los distritos cercanos, especialmente en Gion, el famoso barrio de las geishas. Hiroshige dedicó varios grabados a las vistas emblemáticas de Kioto, y la atmósfera de Gion, con su arquitectura tradicional y su belleza melancólica, encaja a la perfección con su sensibilidad artística. De hecho, uno de sus trípticos más conocidos representa el barrio de Gion bajo los cerezos en flor.
Explorar Gion es como caminar dentro de un grabado. Las calles empedradas como Shirakawa Lane o Hanamikoji, flanqueadas por casas de madera de dos pisos (‘machiya’) con sus delicadas celosías, son un festín para los sentidos. La atmósfera es especialmente mágica al atardecer, cuando los farolillos de papel comienzan a brillar y, con un poco de suerte y mucho respeto, puedes ver a una geiko (el término de Kioto para geisha) o a una maiko (aprendiz de geisha) deslizándose silenciosamente hacia una de sus citas en una casa de té. La experiencia se vuelve aún más poética en un día de lluvia, un fenómeno que Hiroshige amaba retratar. El sonido de la lluvia sobre los tejados, el brillo de las piedras mojadas y los reflejos de las luces en los charcos crean una escena de una belleza efímera y profunda. Es el Japón que muchos viajeros sueñan con descubrir. Un consejo importante: Gion es un barrio residencial y laboral, no un parque temático. Sé respetuoso, no persigas ni bloquees el paso a las geiko o maiko, y evita fotografiar en las calles privadas. La mejor manera de disfrutarlo es pasear sin rumbo, dejándote llevar por la belleza y la historia que emana de cada rincón.
Más Allá del Tōkaidō: Otros Mundos de Hiroshige
El genio de Hiroshige no se limitó únicamente a la ruta del Tōkaidō ni a las vistas de Edo. Su espíritu viajero y su insaciable curiosidad lo impulsaron a explorar otras regiones de Japón, documentando sus paisajes y tradiciones con igual maestría. Para el viajero contemporáneo, seguir estas rutas alternativas significa sumergirse en capítulos menos conocidos pero igualmente fascinantes de su obra, descubriendo un Japón más rural, montañoso y alejado de los principales centros de poder.
Kiso Kaidō: La Ruta Alternativa entre Montañas
Mientras que el Tōkaidō era la vía costera, el Kiso Kaidō (o Nakasendō) era su contraparte interior, una ruta más exigente que atravesaba los valles de los Alpes Japoneses. Hiroshige, junto con el artista Keisai Eisen, inmortalizó este camino en la serie «Las Sesenta y Nueve Estaciones del Kiso Kaidō». Estas estampas nos presentan un Japón distinto: pueblos de postas enclavados en profundos valles, viajeros cruzando puentes precarios sobre gargantas fluviales y la imponente presencia de las montañas en el horizonte.
Hoy en día, recorrer una parte del Kiso Kaidō es una de las experiencias más auténticas y gratificantes que se pueden vivir en Japón. Varios de los antiguos pueblos de postas, llamados ‘juku’, han sido impecablemente conservados. Narai-juku, conocido como «Narai de las Mil Casas», es la ‘juku’ más extensa y transporta directamente al período Edo con su calle principal de más de un kilómetro flanqueada por edificios de madera oscura. No obstante, el tramo más famoso para caminar es el que conecta Magome-juku y Tsumago-juku, un sendero de cerca de 8 kilómetros que cruza bosques de cedros, campos de arroz y pequeños arroyos. Tsumago, en especial, ha hecho un esfuerzo notable para preservar su aspecto histórico, ocultando cables eléctricos y prohibiendo el paso de coches en su calle principal durante el día. Caminar por estas calles, especialmente temprano en la mañana o al atardecer, cuando los turistas de día se han ido, resulta una experiencia profundamente evocadora. Sientes que eres un personaje de un grabado de Hiroshige, esperando al anochecer para descansar en una posada tradicional. El acceso a esta zona es más sencillo a través de las estaciones de tren de Nagiso o Nakatsugawa, desde donde autobuses locales conducen a los pueblos.
El Legado Vivo: Museos para Sumergirse en su Arte
Después de recorrer los paisajes que inspiraron a Hiroshige, no hay nada mejor que contemplar sus obras originales para completar la experiencia. Ver los grabados en persona permite apreciar la sutileza de los colores, la delicadeza de las líneas y la increíble destreza técnica del proceso de impresión en madera. Afortunadamente, Japón cuenta con varios museos excepcionales dedicados al ukiyo-e.
En Tokio, el Museo Conmemorativo de Arte Ota, ubicado en el vibrante barrio de Harajuku, es una visita imprescindible. Alberga una de las colecciones de ukiyo-e más importantes del mundo, y sus exposiciones rotan mensualmente, a menudo centradas en temas específicos o en artistas como Hiroshige o Hokusai. Su ambiente íntimo favorece una contemplación cercana de las obras. También en Tokio, el Museo Nacional de Tokio en Ueno posee una vasta colección de arte japonés que incluye numerosos grabados de ukiyo-e de primer nivel. Fuera de la capital, el Museo de Arte Tōkaidō Hiroshige, situado en Yui (Shizuoka), cerca del paso de Satta, es un lugar de peregrinación en sí mismo. Está dedicado exclusivamente a la serie del Tōkaidō y ofrece una inmersión profunda en esta obra maestra. Ver los grabados de Yui, Kanbara y otras estaciones cercanas justo después de visitar los lugares reales es una experiencia reveladora que une arte y lugar de modo inolvidable.
El Eco de la Pincelada: Un Viaje que Transforma la Mirada

Nuestro extenso viaje siguiendo los pasos de Utagawa Hiroshige llega a su conclusión, pero la impresión que deja permanece viva. Recorrer el Japón de Hiroshige es mucho más que una simple excursión turística; es una lección sobre cómo observar, cómo encontrar la belleza en los detalles más sutiles y en los instantes más efímeros. Hemos comprobado que los lugares que él pintó han cambiado, a veces de manera radical, pero el espíritu y la atmósfera que supo capturar a menudo perduran. Se halla en la niebla que abraza las montañas de Hakone, en el silencio de un pueblo costero como Kanbara, en la elegancia de una calle de Gion bajo la lluvia.
Este viaje nos muestra que el arte de Hiroshige no era una simple representación, sino una interpretación poética del mundo. Nos enseñó a ver la belleza en una lluvia inesperada, la melancolía en una noche nevada, el dinamismo en un puente lleno de gente. Al seguir su trayectoria, no solo descubrimos el Japón del siglo XIX, sino que también aprendemos a mirar nuestro propio entorno con una sensibilidad renovada. El legado de Hiroshige no reside solo en los museos; está vivo en el paisaje, esperando ser redescubierto por viajeros de alma curiosa. Por eso, la próxima vez que camines por una calle concurrida o contemples un paisaje sereno, detente un instante. Intenta ver el mundo como lo haría Hiroshige. Quizás entonces descubras que tus propias vistas famosas, tus propios momentos dignos de un ukiyo-e, están a tu alrededor, esperando ser enmarcados por tu mirada.

