Bienvenidos a Viena, una ciudad donde cada adoquín susurra historias de imperios, donde el aire vibra con las notas de Mozart y Strauss, y donde, en el crepúsculo del siglo XIX, un hombre transformó el arte en un torbellino de oro, erotismo y profunda emoción. Este no es solo un viaje a la capital de Austria; es una inmersión, un peregrinaje sagrado al universo de Gustav Klimt. Seguir sus huellas es desentrañar el alma de la Viena del fin de siècle, una época de brillantez febril y decadencia exquisita, donde la belleza florecía en el borde del abismo. Klimt no fue simplemente un pintor; fue el sumo sacerdote de una nueva religión estética, el líder de la Secesión vienesa, un movimiento que rompió audazmente con las cadenas del academicismo para forjar un arte para su tiempo. Nuestro recorrido nos llevará desde los salones imperiales que albergan sus obras más icónicas hasta los tranquilos retiros veraniegos donde su espíritu encontraba consuelo, pasando por los cafés bohemios donde se gestaban las revoluciones intelectuales. Prepárense para ver más allá del brillo del oro y descubrir al hombre, al visionario y al genio que pintó los sueños y las ansiedades de una era. Este es un mapa no solo de lugares, sino de momentos, de inspiraciones y del legado eterno de un artista que nos enseñó que todo arte es, en esencia, un beso apasionado a la vida.
Para continuar explorando el legado de artistas que, como Klimt, forjaron su camino a través de viajes y movimientos artísticos, descubre el fascinante peregrinaje artístico de Angelica Kauffman por Europa.
Viena, el Lienzo de una Revolución Dorada

Caminar por Viena es como hojear un libro de historia del arte vivido. La majestuosidad barroca del Hofburg, la elegancia gótica de la Catedral de San Esteban y la grandeza neoclásica de los edificios de la Ringstrasse narran la historia de un imperio poderoso. Pero entre estas imponentes fachadas, a finales del siglo XIX, latía una corriente subterránea de cambio. La sociedad vienesa, aparentemente rígida y conservadora, era en realidad un caldo de cultivo para las ideas más radicales de la modernidad. Aquí, Sigmund Freud exploraba el subconsciente, Arnold Schönberg descomponía la armonía musical y Adolf Loos proclamaba que el ornamento era un delito. En este epicentro de fermento intelectual y artístico, Gustav Klimt emergió como la figura central de la pintura, el catalizador que canalizó el espíritu de la época en lienzos que ardían con una intensidad inédita.
El Palacio Belvedere: Donde el Oro se Vuelve Eterno
Nuestra peregrinación comienza en un lugar que es en sí mismo una obra de arte: el Palacio Belvedere. Este complejo barroco, con sus dos magníficos edificios (el Belvedere Superior y el Inferior) conectados por jardines geométricos en cascada, fue la residencia de verano del Príncipe Eugenio de Saboya. Hoy, el Belvedere Superior alberga la colección de arte austriaco más importante del mundo, y en su corazón, la mayor antología de obras de Gustav Klimt. La atmósfera aquí es de una opulencia sobrecogedora. Mármoles resplandecientes, frescos celestiales en techos y salones dorados preparan el espíritu para el encuentro con el genio.
Al entrar en la sala dedicada a Klimt, el mundo exterior se desvanece. Y allí está, presidiendo el espacio con una autoridad casi divina: El Beso (Der Kuss, 1907-1908). Ver esta obra en persona es una experiencia transformadora. Ninguna reproducción puede captar la tridimensionalidad del pan de oro, ni cómo la luz danza sobre las túnicas de los amantes, fusionándolos en un aura sagrada. Es más grande de lo que uno imagina, un cuadrado casi perfecto que envuelve al espectador. La figura masculina, coronada de hiedra, se inclina con fuerza protectora, mientras que la femenina, con flores en el cabello, se arrodilla en un prado, receptiva y con el rostro en éxtasis. Es un icono universal del amor, pero también una obra profundamente simbólica que representa la unión del principio masculino (con sus rectángulos duros y geométricos) y femenino (con sus círculos y espirales florales). Se pueden pasar horas descifrando los patrones, sintiendo la tensión entre pasión y ternura, al borde de un precipicio florido que simboliza la fragilidad de la felicidad.
Pero el Belvedere es mucho más que El Beso. Aquí también se encuentra Judith y la cabeza de Holofernes (1901), una de sus obras más audaces y polémicas. La Judith de Klimt no es la heroína bíblica virtuosa, sino una femme fatale vienesa, con mirada lánguida y labios entreabiertos en un gesto de éxtasis post-asesinato. Su collar dorado parece casi una extensión de la decapitación, uniendo placer y peligro en una imagen inolvidable que escandalizó a la sociedad de la época. Además se pueden admirar retratos deslumbrantes como el de Sonja Knips o Fritza Riedler, donde Klimt inmortalizó a las damas de la alta sociedad vienesa, envolviéndolas en mosaicos ornamentales que revelaban tanto como ocultaban su psicología interna. Y no olvidemos sus paisajes, como Amapolas, que muestran una faceta diferente de su arte, más serena y contemplativa.
Un consejo práctico: la popularidad del Belvedere es enorme. Para evitar las multitudes frente a El Beso, es esencial comprar las entradas en línea con antelación, eligiendo una franja horaria. Las primeras horas de la mañana o las últimas de la tarde suelen ser las más tranquilas. No hay que apresurarse. Tras maravillarse con Klimt, pasee por la Sala de Mármol, imagine los bailes imperiales que allí se celebraron y luego descienda a los jardines. Desde la terraza superior, la vista de Viena, con las agujas de San Esteban a lo lejos, es simplemente espectacular. Es el lugar perfecto para digerir esta sobredosis de belleza dorada y reflexionar sobre cómo un artista pudo capturar la eternidad en un instante.
El Pabellón de la Secesión: Un Templo para el Arte Nuevo
Si el Belvedere representa la consagración de Klimt dentro de un marco histórico, el Pabellón de la Secesión es el monumento a su espíritu rebelde. Situado cerca del bullicioso Naschmarkt, este edificio blanco y cúbico, coronado por una cúpula de hojas doradas conocida cariñosamente como el «repollo dorado» (goldenes Krauthappel), es un faro de la modernidad. Fue construido en 1897 como espacio de exposición para el grupo de artistas liderado por Klimt que se separó (o «secesionó») de la conservadora Asociación de Artistas Austriacos. Su lema, inscrito sobre la entrada, es una declaración de intenciones: «A cada tiempo su arte, a cada arte su libertad» (Der Zeit ihre Kunst, der Kunst ihre Freiheit).
El exterior resulta fascinante, un manifiesto arquitectónico de Joseph Maria Olbrich, pero la verdadera joya se encuentra en el sótano. Allí, en una sala especialmente diseñada, se exhibe una de las obras más ambiciosas y filosóficas de Klimt: el Friso de Beethoven (1902). Creado para la XIV Exposición de la Secesión, en homenaje al compositor, este friso monumental de 34 metros es una interpretación visual de la Novena Sinfonía. Estar en esa sala es sumergirse en una narrativa épica. La obra se lee de izquierda a derecha, comenzando con el anhelo humano de felicidad, representado por genios flotantes. Luego, el Caballero de la Armadura Dorada, símbolo de la humanidad, inicia su lucha enfrentándose a las Fuerzas Hostiles: el gigante Tifeo, sus tres hijas gorgonas (Enfermedad, Locura, Muerte) y un séquito de figuras que representan la Lujuria, la Impudicia y la Gula. Es una visión aterradora y poderosa. Pero la lucha da paso a la redención a través de las artes, con la Poesía trayendo consuelo. El friso culmina en un abrazo extático de toda la humanidad, un coro de figuras celestiales que cantan el «Himno a la Alegría». El beso final, rodeado por el coro, cierra el ciclo. Es una obra total, que fusiona pintura, arquitectura y música en una experiencia inmersiva. Sentarse en el banco central y dejar que la mirada recorra lentamente las paredes es una meditación sobre la condición humana: la lucha contra nuestros demonios internos para alcanzar la gracia mediante la creatividad y el amor.
La visita al Pabellón de la Secesión es una experiencia más íntima y cerebral que la del Belvedere. Es un lugar para la contemplación silenciosa. La entrada es asequible y rara vez está abarrotado, lo que permite una conexión profunda con la obra. Es el testimonio tangible del coraje de un grupo de artistas que se atrevieron a soñar con un futuro distinto y construyeron su propio templo para albergarlo.
El Museo Leopold y el MuseumsQuartier: El Legado de un Coleccionista
Nuestro recorrido por la Viena de Klimt nos conduce ahora al MuseumsQuartier (MQ), un vibrante complejo cultural erigido en lo que fueran antiguos establos imperiales. Aquí, entre cafés de moda y espacios de arte contemporáneo, se halla el Museo Leopold. Este cubo de piedra caliza blanca alberga una de las colecciones más relevantes del arte austriaco de principios del siglo XX, reunida gracias a la visión apasionada de un solo hombre, Rudolf Leopold.
Aunque el museo es mundialmente reconocido por poseer la mayor colección de obras de Egon Schiele, protegido y amigo de Klimt, también cuenta con una pieza fundamental del maestro: Muerte y Vida (Tod und Leben, c. 1910, retocada en 1915). Esta obra monumental es una de las alegorías más poderosas de Klimt. A la izquierda, la Muerte, representada como una figura esquelética envuelta en un oscuro sudario adornado con cruces, observa con una mueca macabra. A la derecha, un conglomerado de humanidad: la Vida. Madres con sus hijos, amantes abrazados, ancianos y jóvenes, todos entrelazados en un torbellino de color y vitalidad, ignorantes o desafiantes ante la presencia sombría que los acecha. Es una reflexión sobre el ciclo de la existencia, la fragilidad de la vida y la inevitabilidad de la muerte. Klimt trabajó años en esta pintura e incluso la modificó después de haber ganado un premio, cambiando el fondo dorado original por uno gris, quizá reflejando el oscurecimiento del clima europeo en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Verla de cerca permite apreciar la increíble textura, los rostros cargados de emoción y la tensión palpable entre los dos lados del lienzo.
El Museo Leopold también nos ayuda a comprender a Klimt en su entorno, al ponerlo en diálogo directo con Schiele. Se percibe la influencia del maestro en el joven rebelde, pero también cómo Schiele llevó la exploración del yo y la sexualidad a territorios aún más crudos y existenciales. La visita al Leopold, y por extensión al MQ, ofrece una visión completa del modernismo vienés. Es un lugar para pasar una tarde entera, combinando contemplación artística y vibrante vida urbana. Tras la visita, uno puede relajarse en los famosos bancos de colores del patio del MQ, tomando un café y observando el fluir de la gente, sintiéndose parte de la escena cultural que Klimt ayudó a crear.
La Viena Cotidiana de Klimt: Cafés, Talleres y Escándalos
Para comprender realmente a un artista, no basta con admirar sus obras maestras en los museos; es necesario recorrer sus calles, imaginarlo en sus lugares de trabajo y entender los conflictos que forjaron su carácter. La Viena de Klimt no era solo una ciudad de palacios y galerías, sino también de cafés bulliciosos, talleres bañados en luz y polémicas públicas que sacudieron los cimientos de su sociedad.
El Burgtheater y los Primeros Triunfos
Mucho antes de convertirse en el revolucionario del oro, un joven Gustav Klimt, junto a su hermano Ernst y su amigo Franz Matsch, fundó la «Compañía de Artistas». Eran pintores academicistas talentosos que recibieron encargos importantes para decorar los imponentes edificios de la Ringstrasse. Uno de los más destacados fue el Burgtheater, el teatro nacional de Austria. Entre 1886 y 1888 pintaron los techos de las dos escaleras monumentales del teatro. Estas obras, que representan la historia del teatro desde la antigüedad hasta la era moderna, son una joya del historicismo. Aquí se muestra a un Klimt más formal, aunque ya demostrando una maestría asombrosa en la composición y el retrato. De hecho, uno de los paneles, que representa el antiguo teatro de Taormina, incluye un autorretrato de los tres artistas. Otro panel, que muestra el Globe Theatre de Shakespeare, contiene el único autorretrato conocido del propio Klimt. Estas obras le valieron la Cruz de Oro al Mérito del Emperador Francisco José I, consagrándolo como una de las jóvenes promesas del arte oficial. Para el viajero curioso, es fascinante contemplar este trabajo temprano y compararlo con la radicalidad de su producción posterior. El Burgtheater ofrece visitas guiadas que permiten admirar estas pinturas de cerca, un testimonio de los orígenes de un genio antes de su propia rebelión.
Las Pinturas de la Facultad: El Escándalo que Forjó a un Genio
El punto de inflexión en la carrera de Klimt, el momento en que rompió definitivamente con el establishment, fue el encargo para decorar el techo del Aula Magna de la Universidad de Viena. Le solicitaron tres pinturas alegóricas: Filosofía, Medicina y Jurisprudencia. Lo que entregó, entre 1900 y 1907, no fue lo que la universidad esperaba. En lugar de ensalzar la razón y la ciencia, Klimt presentó una visión oscura, simbólica y profundamente pesimista del conocimiento humano. En Filosofía, una corriente de cuerpos desnudos y sufrientes flota en un cosmos indiferente. En Medicina, Higía, la diosa de la salud, le da la espalda a la humanidad, mientras una columna de cuerpos entrelazados representa el ciclo de la vida y la muerte, un proceso que la medicina parece incapaz de dominar. En Jurisprudencia, la Justicia aparece rígida e implacable, rodeada por la Verdad, la Ley y un anciano atormentado por un pulpo. Las obras fueron consideradas pornográficas, perversas y pesimistas. El escándalo fue enorme, con 87 profesores presentando una protesta formal. Klimt, herido en su orgullo artístico, devolvió el dinero del encargo y retuvo las pinturas. Este amargo episodio lo liberó de los encargos públicos y lo impulsó hacia el mecenazgo privado de la burguesía judía liberal de Viena, que sí comprendió y apoyó su visión. Fue esta libertad la que le permitió desarrollar su «Fase Dorada». Lamentablemente, las tres pinturas fueron destruidas en un incendio provocado por las SS en retirada en 1945. Hoy solo quedan fotografías en blanco y negro y algunos estudios, lo que solo aumenta su leyenda. Aunque no podemos verlas, conocer su historia es fundamental para entender la valentía de Klimt y la intensidad con la que defendió su libertad artística.
La Cultura del Café Vienés: El Salón de la Ciudad
No se puede hablar de la Viena del fin de siècle sin mencionar sus cafés. No eran simples lugares para tomar una bebida caliente, sino «el salón de la ciudad», oficinas, salas de lectura y centros de debate intelectual. Cada café tenía su propia clientela: el Café Griensteidl para los literatos, el Café Central para los revolucionarios y los intelectuales (se dice que Trotsky jugaba al ajedrez allí) y el Café Museum, diseñado por el arquitecto radical Adolf Loos, para los artistas de la Secesión. Aquí, entre el humo de los cigarros y el aroma del café recién hecho, Gustav Klimt, Egon Schiele, Oskar Kokoschka y otros debatían apasionadamente sobre el futuro del arte. Imaginar a Klimt, vestido con su característica túnica azul, discutiendo sus ideas mientras dibujaba en una servilleta, es transportarse al corazón creativo de la época. Para el viajero actual, visitar uno de estos cafés históricos es un ritual imprescindible. Pida un Melange (el capuchino vienés) y una porción de Sachertorte o Apfelstrudel, siéntese en una de las butacas de terciopelo y simplemente observe. Lea los periódicos internacionales que cuelgan de los soportes de madera, escuche el murmullo de las conversaciones y el tintineo de las cucharillas de plata. Es una experiencia que trasciende lo gastronómico; es un acto de inmersión cultural, un sorbo del alma de Viena.
Attersee, el Refugio Azul del Alma

Tras la intensidad intelectual y social de Viena, incluso un genio necesita un respiro. Para Gustav Klimt, ese refugio era el lago Attersee, ubicado en la idílica región de Salzkammergut, a unas tres horas de la capital. Cada verano, entre 1900 y 1916, Klimt intercambiaba el bullicio de la ciudad por la tranquilidad de estas aguas turquesas y sus frondosos bosques. Allí, lejos de los encargos de retratos y las controversias, se dedicó a un género a menudo subestimado pero crucial para comprender su evolución artística: el paisaje.
Un Verano de Luz, Color y Paz
Llegar a Attersee es como adentrarse en una de las pinturas de Klimt. El agua del lago presenta tonalidades que varían del azul zafiro al verde esmeralda, reflejando el cielo y las montañas alrededor. El aire es puro, y el silencio solo se interrumpe por el canto de los pájaros y el suave murmullo de las olas. Klimt pasaba sus días con una disciplina casi monástica. Madrugaba, salía a remar en su barca para hallar la composición perfecta y pasaba horas pintando al aire libre (en plein air), frecuentemente usando un telescopio o unos binoculares teatrales para encuadrar y aplanar la perspectiva, creando así esas composiciones cuadradas tan características y modernas. Sus paisajes de Attersee difieren radicalmente de sus obras alegóricas. No hay figuras humanas, ni dorados, ni simbolismo complejo. Son exploraciones puras del color, la luz y la forma. Obras como La Iglesia de Cassone o El Castillo Kammer en el Attersee transforman la realidad en un mosaico de pinceladas vibrantes. Los árboles se convierten en estampados decorativos y los reflejos en el agua en tapices abstractos. Es un Klimt más íntimo y meditativo, que encuentra en la naturaleza una fuente de renovación espiritual y experimentación artística. Son pinturas que transmiten paz.
El Centro Gustav Klimt en Schörfling
Para profundizar en esta faceta del artista, una visita al Centro Gustav Klimt en Schörfling, en la orilla norte del lago, es imprescindible. Este moderno centro de documentación no es un museo tradicional con obras originales, sino un espacio inmersivo que, mediante reproducciones de alta calidad, cartas, fotografías y materiales audiovisuales, reconstruye la vida y el trabajo de Klimt en la zona. Se encuentra estratégicamente situado junto a la avenida del castillo que el propio Klimt pintó en varias ocasiones. Desde el centro parte un sendero temático, el «Klimt-Weg», que conduce a los visitantes por un recorrido de varios kilómetros a lo largo de la orilla del lago. En el camino, paneles informativos indican los puntos exactos desde donde Klimt pintó algunas de sus obras más conocidas. Estar en el lugar mismo, comparando el paisaje real con la interpretación del artista, es una experiencia reveladora. Se comprende cómo seleccionaba, recortaba y transformaba la naturaleza para ajustarla a su visión única. Es una forma activa y hermosa de conectar con su proceso creativo.
Navegando el Lienzo de Klimt
La mejor manera de experimentar el Attersee como lo hizo Klimt es desde el agua. Es posible alquilar pequeñas barcas eléctricas o tomar uno de los barcos de vapor que recorren el lago, haciendo paradas en pueblos pintorescos como Unterach, Steinbach o Weyregg. Un paseo en barco brinda una perspectiva cambiante de los paisajes que lo cautivaron: la imponente silueta del macizo de Höllengebirge, la encantadora iglesia de peregrinación en la orilla opuesta, las villas señoriales ocultas entre los árboles. El verano es la estación ideal para visitar, cuando todo está en plena floración y se puede disfrutar de un baño en las aguas cristalinas del lago. La región es también un paraíso para los senderistas. Para el viajero que busca un contraste con la opulencia urbana de Viena, una escapada al Attersee resulta la manera perfecta de completar el peregrinaje, conectando no solo con el artista, sino también con la fuente natural de su inspiración más serena.
El Legado Final: De la Villa Klimt a la Eternidad
Nuestro recorrido siguiendo los pasos de Gustav Klimt está llegando a su fin, llevándonos a los lugares que marcaron sus últimos años. Tras una vida llena de luchas y triunfos, Klimt halló un remanso de paz en las afueras de Viena, un sitio donde pudo trabajar rodeado de naturaleza hasta su prematura muerte en 1918, víctima de la pandemia de gripe española.
La Villa Klimt: El Último Taller
En el frondoso y elegante distrito de Hietzing se encuentra la Villa Klimt, el último estudio del artista. No se trata de la villa original, que fue modificada tras su muerte, sino de una reconstrucción fiel de la casa de jardín que utilizó desde 1911 hasta 1918. El estudio ha sido restaurado basándose en fotografías de la época, y entrar en él es como viajar en el tiempo. La luz inunda la amplia sala principal a través de grandes ventanales. Se puede observar la recreación de su mobiliario, sus caballetes, su colección de arte japonés y africano, y, por supuesto, sus famosas túnicas. El jardín, que él mismo cuidaba con esmero, era una fuente constante de inspiración para los motivos florales de sus últimas obras. En este espacio, rodeado de miles de flores, Klimt creó algunas de sus pinturas más coloridas y optimistas, como El Jardín de la Granja o La Dama con Abanico. Visitar la Villa Klimt es una experiencia conmovedora. Es un lugar sorprendentemente modesto para un artista de su fama, reflejando su deseo de una vida sencilla y enfocada en su obra. Es sentir la presencia del hombre detrás del mito, imaginándolo en silencio, concentrado frente a un lienzo, en el último capítulo de su prolífica vida.
Un Descanso Final en el Cementerio de Hietzing
A poca distancia de la villa se halla el Cementerio de Hietzing (Hietzinger Friedhof), el lugar de descanso final de Gustav Klimt. Lejos del panteón de músicos ilustres del Cementerio Central, la tumba de Klimt es sencilla y discreta, frecuentemente cubierta de flores dejadas por admiradores de todo el mundo. Encontrar su lápida, bajo la sombra de los árboles, es un momento para la reflexión silenciosa. Es el punto culminante de nuestro peregrinaje físico, un lugar para rendir homenaje a un artista cuya obra, llena de vida, color y pasión, ha demostrado ser inmortal. La simplicidad de su tumba contrasta poderosamente con la opulencia dorada de su arte, recordándonos que, al final, la grandeza reside en el legado que se deja atrás.
Viena, un Poema Dorado en la Memoria

Seguir los pasos de Gustav Klimt es mucho más que un simple paseo turístico. Es un viaje emocional y estético hacia el corazón de una época fascinante y la mente de un artista extraordinario. Desde el esplendor imperial del Belvedere hasta la rebelión intelectual del Pabellón de la Secesión, pasando por el bullicio de los cafés vieneses y la paz sublime del lago Attersee, cada lugar nos revela una nueva faceta del hombre y su obra. Hemos visto su oro brillar con la promesa del amor eterno, sentido su ira ante la incomprensión y encontrado su tranquilidad en la contemplación de la naturaleza. Viena no es solo la ciudad que Klimt pintó; es una urbe moldeada por su visión. Su espíritu perdura en la elegancia de sus edificios, la pasión de su vida cultural y la audacia de su pensamiento. Al concluir este peregrinaje, uno se lleva no solo imágenes de obras maestras, sino también una comprensión más profunda de la belleza como fuerza redentora, de la libertad como derecho inalienable del artista y del amor como tema central de la existencia humana. Viena, gracias a Klimt, permanece en la memoria como un poema dorado, un beso eterno al arte y a la vida.

