Hay artistas que pintan el mundo que ven y otros, como Agnes Martin, que dedican su vida a pintar el mundo que sienten por dentro. Seguir sus huellas no es un simple viaje turístico, es una peregrinación a los paisajes del alma, un recorrido por las geografías que moldearon una de las visiones más puras y trascendentales del arte abstracto. Es un camino que nos lleva desde las vastas y solitarias praderas de Canadá, pasando por el crisol vanguardista de Nueva York, hasta encontrar su verdadero santuario en la luz y el silencio del desierto de Nuevo México. Este no es un itinerario de lugares que ver, sino de atmósferas que respirar, de silencios que escuchar. Es una invitación a comprender cómo la soledad, la naturaleza en su forma más elemental y una disciplina casi monástica pueden convertirse en la fuente de una alegría serena y una belleza inefable. Acompáñame en este viaje al corazón de la obra y la vida de Agnes Martin, una búsqueda de la claridad en un mundo ruidoso, un peregrinaje hacia el horizonte infinito que ella tanto persiguió en su lienzo y en su vida.
Si te ha cautivado este viaje hacia el interior a través del arte, te invitamos a explorar otro peregrinaje artístico por los paisajes del alma.
Las Llanuras de Saskatchewan: El Eco de la Infancia

Todo comienza en un lugar de horizontes infinitos: Macklin, Saskatchewan. Para comprender la esencia de Agnes Martin, es fundamental comenzar aquí, en las praderas canadienses donde nació en 1912. No se trata de un paisaje de montañas imponentes ni de valles frondosos, sino de una tierra de sutileza abrumadora, una planicie que se extiende hasta donde la vista alcanza, dominada por un cielo inmenso que lo abarca todo. Es un lugar que enseña paciencia y exige observar con detenimiento para descubrir la belleza en las texturas de la hierba, en los matices del cielo al atardecer, en la línea casi perfecta que separa la tierra del firmamento. Fue en esta inmensidad silenciosa donde se sembraron las primeras semillas de su lenguaje artístico. La línea horizontal, ese elemento esencial en su obra, no es una abstracción intelectual, sino el recuerdo indeleble de las praderas de su infancia.
Imaginen a una joven Agnes creciendo en una granja, donde la vida estaba regida por los ciclos de la naturaleza y el trabajo constante. La soledad no era una elección, sino una condición del entorno. Sin embargo, esa soledad no era vacía; estaba llena del susurro del viento, del cambio de las estaciones, de una sensación de espacio que invita a la introspección. Sus pinturas posteriores, con sus delicadas cuadrículas y sus lavados de color tenue, evocan esa misma sensación: un espacio ordenado pero vivo, silencioso pero vibrante. No representan la pradera en sí, pero transmiten la emoción de estar en ella: una calma profunda, un orden dentro de una vastedad incontrolable, una humildad ante la inmensidad del mundo natural.
Visitar Saskatchewan hoy con la intención de conectar con el espíritu de Martin es un acto de imaginación y contemplación. No encontrarán un museo dedicado a ella ni una placa en su lugar de nacimiento. El peregrinaje aquí es más sutil: consiste en alquilar un coche en Saskatoon o Regina y conducir sin un destino fijo. Perderse por las carreteras secundarias que cruzan los campos de trigo y canola, como trazos de lápiz sobre un papel dorado. La mejor época es a fines del verano, cuando los campos están listos para la cosecha y el cielo vespertino se tiñe de tonos pastel que evocan directamente sus paletas. Detengan el coche, salgan y escuchen. El sonido que predomina es el del viento. Sientan el espacio a su alrededor. Es en esa experiencia sensorial, en esa inmersión en la quietud y la vastedad, donde resuena la infancia de Agnes Martin. Es un viaje que requiere un ritmo pausado, una mente abierta y la voluntad de encontrar la belleza en lo mínimo, tal como su arte nos invita.
Nueva York: El Crisol de la Vanguardia y la Huida
Si Saskatchewan representaba el subconsciente, Nueva York era el campo de batalla consciente donde Agnes Martin forjó su identidad artística. Llegó a la ciudad en una época de efervescencia creativa, un torbellino de ideas nuevas que estaban redefiniendo el arte. Sin embargo, Martin nunca fue una artista que siguiera las corrientes imperantes. Se sumergió en ese caos para encontrar su propio orden, su propio silencio en medio del ruido más ensordecedor.
Coenties Slip: Una Comunidad en el Caos
A finales de los años 50, Martin se estableció en Coenties Slip, una zona de antiguos almacenes y talleres marítimos en el extremo sur de Manhattan. Hoy forma parte del distrito financiero, un área de rascacielos y poder corporativo, pero entonces era una suerte de tierra de nadie, un lugar olvidado donde los artistas podían permitirse vivir y trabajar en amplios lofts industriales. Allí formó parte de una comunidad extraordinaria de creadores que cambiarían la historia del arte: Robert Indiana, Ellsworth Kelly, Jasper Johns y Robert Rauschenberg. Vivían puerta con puerta, compartiendo ideas, materiales y una visión de futuro.
El contraste entre su entorno y su obra no podía ser más radical. Afuera, el estruendo del puerto, el caos de la ciudad, la energía cruda y la ambición desbordante. Adentro, en la soledad de su estudio, Martin comenzaba a tejer sus universos de calma. Fue aquí, rodeada por la cuadrícula de calles de Manhattan, las ventanas de los almacenes y la estructura de acero de los puentes, donde desarrolló su icónica cuadrícula. Pero para ella, la cuadrícula no era una estructura fría y matemática, como la veían algunos minimalistas. Era una red, una malla para atrapar la emoción pura, la belleza y la verdad. Representaba una metáfora de un orden subyacente en el universo, un espacio para la meditación.
Visitar Coenties Slip hoy exige un acto de abstracción. Los lofts han desaparecido, reemplazados por una arquitectura impersonal. Sin embargo, se puede caminar por las mismas calles estrechas, sentir la brisa del East River y mirar hacia el puente de Brooklyn. Se puede imaginar a esa comunidad de artistas viviendo y trabajando al margen de la sociedad, creando un nuevo lenguaje visual. El parque Jeannette, donde solían reunirse, sigue allí. Sentarse en un banco y observar el ir y venir de la gente, el reflejo del sol en los edificios, es una forma de conectar con ese pasado vibrante. Es un recordatorio de que la serenidad del arte de Martin no nació en un vacío, sino que fue una respuesta deliberada, una conquista espiritual en medio del epicentro del caos moderno.
La Ruptura y el Renacimiento
En 1967, en la cima de su reconocimiento en Nueva York, Agnes Martin hizo algo impensable. Regaló sus materiales de arte, abandonó su loft, compró una camioneta y un remolque Airstream, y desapareció. Dejó atrás el mundo del arte que la había aclamado pero que también la estaba asfixiando. Este acto no fue un capricho, sino una necesidad existencial. Había sido diagnosticada con esquizofrenia paranoide y sufría crisis que la dejaban incapacitada. El ruido, la presión y las expectativas del mercado del arte se habían vuelto insoportables.
Destruyó gran parte de sus obras en un acto de purga radical. Sentía que el camino que había seguido se había agotado y que, para seguir creando y vivir, necesitaba un reinicio total. Su huida de Nueva York no fue simplemente un cambio de escenario, sino el comienzo de su peregrinaje más importante: un viaje hacia el interior, en busca de un lugar donde su mente y su espíritu pudieran encontrar la paz necesaria para florecer. Este momento de ruptura es fundamental para entender su trayectoria. Revela su increíble coraje y su compromiso inquebrantable con su visión artística, inseparable de su bienestar espiritual. La década de los sesenta en Nueva York le proporcionó las herramientas y el reconocimiento, pero fue su valiente decisión de abandonarlo todo lo que le permitió construir su verdadero legado.
El Desierto de Nuevo México: El Santuario del Alma

Después de dejar Nueva York, Agnes Martin pasó casi dos años vagando por Estados Unidos y Canadá. No buscaba un destino, sino una sensación. Finalmente, la encontró en Nuevo México. Esta tierra, con su luz intensa, sus paisajes austeros y su profundo sentido de la historia espiritual, se convirtió en su hogar por más de tres décadas. Fue allí donde halló el silencio y la soledad que necesitaba, y donde su arte alcanzó su máxima expresión de serenidad y trascendencia.
La Odisea Solitaria: Un Viaje sin Mapa
Es importante detenerse en ese viaje de dieciocho meses. No fue un trayecto directo desde Nueva York a Nuevo México, sino un deambular errático, un proceso de desprenderse de todo lo superfluo. Vivir en un remolque, sin un estudio ni las presiones del mundo del arte, la obligó a enfrentarse a sí misma de manera fundamental. Este período nómada fue una especie de meditación en movimiento. Cada amanecer en un nuevo paisaje y cada noche bajo un cielo diferente eran oportunidades para vaciar la mente de las «ideas destructivas» y abrirse a una percepción más directa y pura de la existencia. Este viaje no constituyó una interrupción en su vida artística, sino una parte esencial de ella; fue el crisol donde purificó su visión, preparándola para la obra que realizaría en el desierto.
Taos: La Tierra del Encanto y la Inspiración
Cuando finalmente se estableció en Nuevo México, eligió los alrededores de Taos. No es sorprendente, pues Taos ha sido durante mucho tiempo un imán para artistas y buscadores espirituales, atraídos por su belleza escarpada y su atmósfera única. La imponente presencia de la montaña de Taos, las profundas gargantas del río Grande y la arquitectura de adobe, que parece surgir de la misma tierra, crean un entorno que inspira reverencia.
Pero, más que el paisaje, fue la luz lo que la cautivó. La luz en el norte de Nuevo México tiene una cualidad especial: es clara, nítida y cambia constantemente, revelando colores y texturas sutiles en la tierra. Esta luz se filtra en sus pinturas de aquella época, no como una representación directa, sino como una luminosidad interior. Sus paletas se suavizan y se llenan de rosas pálidos, azules celestiales y amarillos arenosos, evocando la atmósfera del desierto al amanecer o al atardecer.
El ambiente de Taos también le proporcionó el equilibrio perfecto entre soledad y comunidad. Podía llevar una vida retirada, pero estaba rodeada de personas que entendían y respetaban su necesidad de independencia y espacio creativo. La rica mezcla de culturas —nativa americana, hispana y anglosajona— crea un tejido social que valora la tradición, la espiritualidad y una conexión profunda con la tierra. Martin encontró allí un lugar donde podía ser ella misma, sin máscaras ni exigencias externas.
La Vida en el Adobe: Construyendo un Mundo Propio
La vida de Martin en Taos fue un ejemplo de simplicidad y disciplina deliberadas. Construyó sus propias casas de adobe, un proceso físico y laborioso que la conectaba directamente con su entorno. Su rutina diaria era casi monástica: se levantaba temprano, meditaba, trabajaba en su estudio durante horas específicas y luego se detenía. Creía firmemente que la inspiración no se puede forzar. Como ella misma dijo, la inspiración llega cuando la mente está en calma. «La belleza es la recompensa de la vida», escribió, y para ella, la belleza residía en un estado de quietud mental, libre de ego y distracciones.
Su estudio era un espacio sagrado, un lugar de concentración absoluta. Allí, con una regla y un lápiz, trazaba sus cuadrículas y aplicaba finas capas de gesso y pintura acrílica. El proceso era metódico y repetitivo, una forma de meditación activa. Sus pinturas, que a primera vista parecen simples, son increíblemente complejas en su construcción y efecto emocional. Requieren una observación lenta y paciente. Al pasar tiempo con ellas, las líneas parecen vibrar, los colores sutiles cambian con la luz y emerge una profunda sensación de paz.
Para el peregrino que visita Taos hoy, la clave es buscar esa misma experiencia de quietud. El Harwood Museum of Art alberga una galería octogonal dedicada permanentemente a su obra, un espacio creado para la contemplación, un santuario donde se puede experimentar el poder de sus pinturas tal como ella deseaba. Pero más allá del museo, el verdadero peregrinaje consiste en sumergirse en el paisaje. Conduzcan por la High Road to Taos, una ruta panorámica que serpentea entre pequeños pueblos hispanos y paisajes impresionantes. Visiten el Taos Pueblo, un testimonio viviente de una cultura milenaria en armonía con su entorno. Caminen por el West Rim Trail a lo largo de la garganta del río Grande y maravíllense ante la inmensidad del paisaje. No busquen la casa de Agnes Martin; busquen la sensación que la mantuvo allí. Sientan el sol en la piel, respiren el aire seco con olor a salvia y piñón, y observen cómo la luz transforma las montañas a lo largo del día. Eso es encontrar a Agnes Martin en Taos.
Galisteo: La Recta Final en la Soledad Elegida
En 1993, en busca de una soledad aún mayor, Martin se mudó más al sur, a una comunidad de retiro en Galisteo, un pequeño pueblo situado en medio de una cuenca desértica aún más vasta y abierta. Si Taos está dominado por las montañas, Galisteo está definido por el horizonte. El paisaje aquí es minimalista, reducido a sus elementos más esenciales: tierra, cielo y luz. Fue el escenario perfecto para la fase final de su carrera.
Sus últimas obras, creadas en Galisteo, muestran una nueva libertad. Las cuadrículas a lápiz a menudo desaparecen, reemplazadas por bandas horizontales de colores más audaces o por formas geométricas simples. Hay una sensación de alegría y ligereza en estas pinturas, como si, tras una vida de disciplina, finalmente se permitiera jugar. Títulos como «Happy Holiday» o «Little Ducks» reflejan un espíritu optimista y una inocencia recuperada.
Visitar Galisteo es una experiencia de profunda tranquilidad. Es poco más que unas pocas casas de adobe y una iglesia histórica. El verdadero atractivo es el paisaje circundante. Conducir por la carretera que atraviesa la cuenca de Galisteo es como entrar en una de sus pinturas. Las líneas horizontales de las mesas distantes, los colores sutiles de la tierra y la inmensidad del cielo forman una composición viva que resuena con su trabajo. Es un lugar que invita a la reflexión silenciosa, un recordatorio de que en la simplicidad y el vacío se puede encontrar la plenitud más profunda. Es el testamento final de una vida dedicada a la búsqueda de la belleza en su forma más pura.
El Legado en el Lienzo: Peregrinaje a través de su Obra
Aunque recorrer los lugares geográficos relacionados con Agnes Martin es una experiencia enriquecedora, el peregrinaje definitivo se vive frente a sus lienzos. Sus pinturas no son ventanas hacia un paisaje, sino espejos del alma. No están hechas para un análisis intelectual, sino para ser sentidas. Martin insistía en que su tema no era la línea ni el color, sino la emoción. Pintaba sobre la felicidad, la inocencia, la gratitud, el amor y la alegría. Buscaba evocar en el espectador esos estados emocionales puros que todos experimentamos, pero que suelen ser fugaces y difíciles de conservar.
Para emprender este peregrinaje visual, es fundamental encontrar el entorno adecuado. Afortunadamente, varios museos alrededor del mundo han reconocido la importancia de exhibir su obra en espacios que favorezcan la contemplación silenciosa. El ya mencionado Harwood Museum en Taos es el lugar que más conexión espiritual tiene con su vida. Dia:Beacon, en el estado de Nueva York, ofrece varias salas dedicadas a su obra, permitiendo una inmersión profunda en diferentes etapas de su carrera. El Museo Guggenheim de Nueva York, con su arquitectura en espiral, realizó una retrospectiva inolvidable que mostró cómo su trabajo mantiene su serenidad incluso en el corazón de la metrópoli. La Tate Modern de Londres también cuenta con una importante colección, presentando su visión a un público global.
La clave para «visitar» una obra de Agnes Martin es el tiempo. No puede apreciarse de pasada. Es necesario sentarse frente a un lienzo y dejar que la mente se serene. Al principio puede parecer simple, incluso vacío. Pero poco a poco los ojos se acostumbran. Se comienzan a notar las imperfecciones sutiles: la mano temblorosa que trazó la línea, las variaciones en la presión del lápiz, las capas translúcidas de color que crean una luminosa profundidad. La cuadrícula deja de ser una jaula y se transforma en un mantra visual. La pintura empieza a respirar. Es en ese momento de conexión silenciosa cuando ocurre la magia. El lienzo se convierte en un portal hacia un estado de calma y claridad, un refugio del ruido del mundo. Este es el verdadero regalo de Agnes Martin: no solo nos legó bellos objetos para observar, sino que nos brindó herramientas para la contemplación, espacios donde encontrar nuestra propia paz interior.
Consejos para el Viajero Contemplativo

Emprender un viaje inspirado en Agnes Martin, ya sea explorando los paisajes de Nuevo México o frente a sus lienzos en un museo, es una invitación a adoptar una manera distinta de vivir y de viajar. Es un antídoto contra el turismo acelerado y la sobrecarga informativa. Se trata de calidad sobre cantidad, de profundidad sobre amplitud.
Primero, abracen el silencio. En un mundo que nos inunda constantemente de estímulos, el silencio es tanto un lujo como una necesidad. Apaguen el teléfono. Guarden la cámara por un tiempo. Simplemente siéntense y escuchen los sonidos del entorno, o el ritmo de su propia respiración frente a una pintura. El silencio agudiza la percepción y permite que afloren pensamientos y emociones más profundas.
Viajen despacio. En lugar de intentar abarcar todo en Taos o Santa Fe, elijan uno o dos lugares y dedíquenles tiempo. Pasen una tarde completa en el Harwood Museum. Dedíquense una mañana a caminar sin rumbo por el desierto. La filosofía de Martin se basaba en la rutina y la familiaridad. Al reducir el ritmo, dejamos que un lugar se nos revele en sus propios términos.
Lleven un diario o un cuaderno de bocetos. No para registrar todo, sino para captar impresiones, sentimientos e ideas. La propia Martin fue una escritora prolífica, y sus textos ofrecen una perspectiva profunda de su pensamiento. Anotar sus propias reflexiones es una forma de dialogar con su legado y hacer el viaje verdaderamente personal.
Lean sus escritos. Una colección de sus ensayos y conferencias, titulada «Writings/Schriften», es una guía esencial para entender su filosofía. Leer sus palabras en los lugares que la inspiraron añade significado a la experiencia. Su lenguaje es tan claro, directo y poético como sus pinturas.
Finalmente, sean respetuosos. Respeten la privacidad de los lugares donde vivió, que ahora son hogares de otras personas. Respeten las culturas locales que hacen de Nuevo México un lugar tan especial. Y, sobre todo, respeten su propio proceso interior. Este viaje no garantiza un resultado. Es una práctica, una forma de estar en el mundo con mayor atención y apertura.
Seguir las huellas de Agnes Martin es, en última instancia, un viaje hacia uno mismo. Es la búsqueda de esa línea del horizonte interior donde la mente se encuentra con el espíritu, donde la emoción se une a la forma. Es un camino que nos recuerda que la belleza no reside en los objetos, sino en la mente. Es un recordatorio de que la felicidad no es un destino al que se llega, sino un estado de ser que se cultiva, línea a línea, día a día, en el vasto y silencioso paisaje de nuestra propia conciencia. Ya sea bajo el cielo infinito de Nuevo México o en la quietud de una galería, el viaje que Agnes Martin nos invita a emprender es siempre un regreso a casa, a la serena y luminosa verdad que habita en nuestro interior.

