Hay películas que se ven y hay películas que se habitan. Hay paisajes que sirven de fondo y hay paisajes que son el alma misma de la narración, un personaje silencioso y omnipresente que respira, sufre y espera junto a los protagonistas. El cine de Abbas Kiarostami pertenece a esta segunda categoría, y su obra maestra, «El Sabor de las Cerezas» (Ta’m-e gīlās), ganadora de la Palma de Oro en Cannes, es el ejemplo más puro y desoladoramente bello. Este no es un simple diario de viaje a localizaciones de rodaje; es una invitación a un peregrinaje, a una inmersión profunda en las colinas ocres y polvorientas de las afueras de Teherán, donde un hombre, el señor Badii, conduce su Range Rover en busca de algo tan simple y a la vez tan monumental: alguien que eche tierra sobre su cuerpo después de que él decida abandonar este mundo. El coche es el confesionario, el paisaje es el templo, y el viaje es una meditación en movimiento sobre la vida, la muerte y la delicada hebra que las une. Para el viajero que busca algo más que un destino, para el cinéfilo que anhela sentir la textura de la tierra que vio nacer una obra de arte, este es un llamado. Un llamado a conducir por caminos sin nombre, a sentir el sol iraní sobre la piel y a escuchar el susurro del viento que Kiarostami capturó con tanta maestría, buscando no un punto exacto en el mapa, sino un estado del alma. Bienvenidos a la geografía existencial de «El Sabor de las Cerezas».
Este viaje existencial a través del paisaje iraní encuentra un eco en el peregrinaje literario por los paisajes del alma americana de Don DeLillo.
El Paisaje como Protagonista: Descifrando las Colinas de Kiarostami
El primer error que podría cometer un peregrino de «El Sabor de las Cerezas» es buscar una ubicación exacta, un punto en un mapa digital. El genio de Kiarostami radica, precisamente, en su habilidad para transformar lo aparentemente trivial en algo universal. Las colinas que recorre el señor Badii no son un parque nacional ni un mirador turístico; son los márgenes de una metrópolis en expansión, terrenos baldíos, zonas en construcción, áreas de transición donde la naturaleza y la intervención humana entablan un diálogo silencioso y polvoriento. Estos no son lugares para visitar, sino para sentir. El verdadero peregrinaje consiste en salir de Teherán y adentrarse en estas arterias de tierra, en paisajes que parecen desprovistos de vida pero que, bajo una mirada atenta, revelan una belleza austera y una profunda carga filosófica.
La Paleta de Colores de la Desesperación y la Esperanza
Lo primero que envuelve al llegar a estas colinas es el color. La tierra iraní tiene una voz propia y aquí se expresa en tonos de ocre, siena, marrón y beige. Es una paleta monocromática que podría parecer monótona al primer vistazo, pero que resulta infinitamente rica. Cada curva del camino, cada pequeña loma, muestra una textura diferente, un nuevo matiz de aridez. Bajo el sol implacable del mediodía, los colores se vuelven casi blancos, deslumbrantes, reflejando el vacío interior del señor Badii. Sin embargo, al amanecer o al atardecer, la luz dorada baña la tierra y esas mismas colinas adquieren una calidez inesperada, un resplandor que parece susurrar la posibilidad de esperanza, la misma que el taxidermista turco, el señor Bagheri, intenta transmitir al protagonista con el recuerdo del sabor de las cerezas.
El viaje físico a este lugar es también un viaje cromático. Como especialista en senderismo, he aprendido que el color de la tierra narra la historia de un lugar: su geología, su clima, su alma. Aquí, la tierra es el lienzo de la condición humana. Sentarse en una de estas colinas, tomar un puñado de ese polvo fino y dejar que se escurra entre los dedos es conectar directamente con la esencia de la película. Es experimentar la fragilidad de la vida, la permanencia de la tierra y la danza constante entre ambas. El polvo que se levanta con cada paso, con cada ráfaga de viento, no es suciedad; es la materia misma de la que emergen las preguntas del filme.
El Laberinto de Caminos sin Nombre
La estructura narrativa del filme es un ciclo, un recorrido casi obsesivo por caminos que se bifurcan y retuercen sin un destino definido. Recrear esta experiencia es fundamental para el peregrinaje. Alquilar un vehículo, preferiblemente uno robusto que no tema al polvo, y conducir sin rumbo fijo por las afueras de la ciudad, es la forma más auténtica de rendir homenaje a la obra. Los caminos de tierra se entrelazan como un sistema nervioso, subiendo y bajando por las colinas, pasando junto a obras a medio construir, canteras abandonadas y campamentos de trabajadores. Se trata de un laberinto existencial.
En este laberinto, la sensación de estar perdido es, paradójicamente, el objetivo. Es en la desorientación donde uno comienza a prestar atención a los detalles: un árbol solitario que se aferra a la vida en la cima de una colina, el vuelo de un pájaro contra el cielo azul pálido, la silueta distante de la ciudad de Teherán, vibrante y caótica, que contrasta con la quietud absoluta del entorno. El señor Badii busca un lugar para morir, pero en su búsqueda, Kiarostami nos obliga a observar la vida en sus formas más tenaces y humildes. Conducir por estas rutas es una forma de meditación activa. El motor del coche se convierte en un mantra, el paisaje que fluye por las ventanillas es un flujo de conciencia visual. Cada elección, cada giro a la derecha o a la izquierda, se siente como una pequeña decisión existencial, un eco del dilema del protagonista.
El Sonido del Silencio y el Viento
Tan importante como lo que se ve es lo que se oye, o mejor dicho, lo que no se oye. Kiarostami es un maestro del sonido ambiental. En «El Sabor de las Cerezas», la ausencia de una banda sonora tradicional deja todo el espacio al paisaje sonoro natural. Al detener el coche y apagar el motor en medio de estas colinas, el peregrino es recibido por un silencio profundo y denso. No es un silencio vacío, sino uno lleno de texturas. El crujido de la grava bajo los pies, el zumbido lejano de la ciudad que a veces llega con el viento y, sobre todo, el propio viento. El viento es el narrador invisible de este lugar. A veces una caricia suave, otras una ráfaga que levanta nubes de polvo. Cierra los ojos y escucha. Ese es el sonido del tiempo que pasa, el sonido de la soledad, el sonido de la contemplación. Es el mismo sonido que envolvía al señor Badii en sus momentos de mayor introspección. Para un amante de la naturaleza como yo, este paisaje sonoro es una sinfonía minimalista de una belleza sobrecogedora. Es un recordatorio de que en los lugares más silenciosos suelen resonar las preguntas más importantes.
En la Piel del Señor Badii: La Experiencia del Peregrino
Emprender este viaje no es simplemente visitar un lugar, sino adoptar una perspectiva y un estado mental. Se trata de seguir la búsqueda del señor Badii, no desde su desenlace trágico, sino desde su enfoque contemplativo. Es un ejercicio de empatía radical con un personaje y un paisaje que, en esencia, son uno solo. El objetivo no es encontrar el árbol exacto bajo el cual quería ser enterrado, sino hallar nuestro propio árbol, nuestro propio lugar de reflexión en la inmensidad de esas colinas.
La Búsqueda del Lugar Perfecto: Un Acto de Meditación
El viaje del señor Badii es la búsqueda de un sitio específico, un hoyo ya cavado en la ladera de una colina. Tu búsqueda será diferente: será encontrar un lugar que te hable, un rincón donde el paisaje y tu estado de ánimo se armonicen plenamente. Dedica un día completo a esta exploración. Comienza temprano, cuando la luz es suave y el aire fresco. Conduce despacio, deteniéndote con frecuencia. Baja del coche, camina, sube a una pequeña colina. Siente el sol en tu rostro y el viento en tu cabello. Observa el juego de luces y sombras sobre la tierra. Este acto de búsqueda, de exploración sin un objetivo determinado, se convierte en una forma de meditación que te obliga a estar presente, a observar el mundo con la misma intensidad con que Kiarostami lo hacía a través de su cámara.
Preparativos para el Viaje Físico y Espiritual
Un viaje de esta naturaleza exige una preparación que va más allá de lo logístico. Desde el punto de vista práctico, es fundamental estar bien equipado. Las afueras de Teherán pueden ser implacables. En verano, el calor puede ser extremo, por lo que las mejores épocas para este peregrinaje son la primavera y el otoño, cuando las temperaturas son más suaves y el paisaje, especialmente en primavera, puede sorprenderte con un efímero toque de verdor. Lleva mucha agua, más de la que creas necesaria. La protección solar es imprescindible: sombrero, gafas de sol y crema protectora. El calzado debe ser resistente y cómodo, ideal para caminar por terrenos irregulares. Un par de botas de senderismo ligeras es la opción perfecta. Aunque gran parte del trayecto se realice en coche, serán las exploraciones a pie las que realmente te permitirán conectar con el lugar.
Sin embargo, la preparación más importante es la espiritual. Antes de partir, vuelve a ver la película y déjate impregnar por su ritmo pausado y sus largos silencios. Intenta dejar atrás las expectativas de un viaje turístico convencional. No esperes monumentos, señales ni multitudes. Prepárate para la soledad y la introspección. Lleva un cuaderno y un bolígrafo, no solo una cámara. Anota tus pensamientos y sensaciones. El propósito de este viaje no es acumular fotografías, sino coleccionar momentos de claridad. Prepárate para enfrentar el silencio y descubrir en él no un vacío, sino un espacio para el pensamiento.
Los Encuentros en el Camino: Ecos de los Personajes del Film
Una parte esencial de «El Sabor de las Cerezas» son los encuentros del señor Badii: el joven soldado kurdo, el seminarista afgano y el anciano taxidermista azerí. Cada uno ofrece una perspectiva distinta sobre la vida, la muerte, el deber y la fe. Es poco probable que encuentres personajes que encajen tan perfectamente en arquetipos, pero el espíritu de esos encuentros aún vive en los alrededores de Teherán. En tu recorrido, podrías cruzarte con pastores que guían sus rebaños, con trabajadores en campamentos de construcción o con familias que han escapado de la ciudad para disfrutar de un picnic en un lugar tranquilo. Estos encuentros, por breves que sean, son oportunidades para conectar con la humanidad del lugar.
Una sonrisa, un saludo («Salam»), un gesto de respeto pueden abrir puertas inesperadas. Aunque la barrera del idioma sea un desafío, la comunicación no verbal es un lenguaje universal. Observa la vida que persiste y prospera en este entorno aparentemente inhóspito. Cada persona que encuentres tiene su propia historia y su propia relación con esa tierra. Estos encuentros te recordarán que, aunque el paisaje parezca desolado, nunca está realmente vacío. Está lleno de las vidas y luchas de quienes lo habitan, un contrapunto vital a la búsqueda solitaria del señor Badii. Son estos destellos de conexión humana los que, como en la película, pueden ofrecer las perspectivas más profundas.
La Filosofía de Kiarostami Grabada en la Tierra
Para comprender realmente este peregrinaje, es necesario entender que cada elemento del paisaje fue seleccionado por Kiarostami con una intención filosófica. El director no solo filmó en esas colinas; dialogó con ellas. La tierra no era un simple telón de fondo, sino un interlocutor, un espejo de las complejidades del alma humana. Cada camino, cada árbol, cada montón de tierra removida, constituye una palabra en el poema visual que representa la película.
La Vida y la Muerte en un Paisaje Dual
El paisaje de «El Sabor de las Cerezas» encarna la dualidad. Es un lugar vinculado a la muerte, el escenario elegido para un suicidio, un posible cementerio. La aridez, el polvo y la escasez de vegetación abundante refuerzan esta idea. Sin embargo, al mismo tiempo, es un espacio vibrante de vida. Las obras de construcción, con sus máquinas y trabajadores, representan el impulso constante de crear, construir y expandirse. Son un símbolo de la vida que continúa, indiferente a los dramas particulares. Los campamentos de soldados, los pastores, los insectos que zumban en el aire… todo ello expresa una persistencia vital.
El propio señor Bagheri, el taxidermista, personifica esta dualidad. Su labor consiste en otorgar una apariencia de vida a lo que está muerto, y es él quien, a través del recuerdo del sabor de las cerezas, ofrece el argumento más poderoso a favor de la vida. Esta tensión entre la vida y la muerte está presente en cada centímetro de estas colinas. Al recorrerlas, se percibe ese latido. Se siente la fragilidad de la propia existencia y, simultáneamente, la fuerza arrolladora de la vida que se abre camino en las circunstancias más adversas. Es un lugar que invita a reflexionar sobre la propia posición en este espectro, a ponderar la desesperanza y la esperanza, el final y la continuidad.
La Ventana del Coche: El Encuadre de la Realidad
Gran parte de la película sucede dentro del Range Rover del señor Badii, utilizando el parabrisas y las ventanillas laterales como un marco cinematográfico. Este recurso no es casual. Kiarostami nos sitúa en el punto de vista del protagonista, limitando nuestra visión del mundo a lo que él ve desde su burbuja móvil. Este encuadre genera una sensación de aislamiento, pero también de intimidad. El mundo exterior se presenta como una serie de viñetas, paisajes y personas que entran y salen del campo visual.
Como peregrino, puedes y debes jugar con esta perspectiva. Conduce y observa el mundo a través del parabrisas. Fíjate en cómo el marco de la ventanilla recorta el paisaje, creando composiciones inesperadas. Detente y mira por la ventanilla lateral a un trabajador solitario o un árbol a lo lejos. Este ejercicio te ayuda a ver el paisaje no como un conjunto abrumador, sino como una serie de momentos, imágenes poéticas. Es una manera de apropiarte de la mirada del director, de aprender a encontrar lo extraordinario en lo cotidiano. El coche deja de ser solo un medio de transporte para convertirse en tu propia cámara, tu dispositivo personal para encuadrar e interpretar la realidad de este lugar único.
Más Allá de la Pantalla: El Teherán que Rodea el Film
El peregrinaje hacia las colinas de Kiarostami no estaría completo sin comprender el contexto que las rodea: la ciudad de Teherán. La película obtiene gran parte de su fuerza del contraste entre la quietud de las afueras y el caos implícito de la metrópolis de la cual el señor Badii busca escapar. Dedica tiempo a explorar Teherán. Sumérgete en el bullicio de sus bazares, admira la belleza de sus palacios y mezquitas, conversa con sus habitantes en las casas de té. Siente la energía vibrante y, a veces, abrumadora de la vida urbana.
Después de experimentar la ciudad, tu regreso a las colinas tendrá un significado más profundo. La paz, el silencio y el espacio abierto se valorarán aún más. Comprenderás mejor por qué alguien podría buscar refugio y sentido en esa vastedad árida. Verás las colinas no como un lugar aislado, sino como el pulmón, el contrapunto necesario a la intensidad de la vida urbana. Esta experiencia dual, ciudad y naturaleza, caos y tranquilidad, es fundamental para captar la complejidad del mundo que Kiarostami plasmó. Es un recordatorio de que la búsqueda de sentido muchas veces ocurre en los márgenes, en los espacios intermedios entre nuestros distintos modos de existencia.
Consejos Prácticos para el Explorador Contemplativo
Aunque se trata de un viaje del espíritu, la mente y el cuerpo deben estar preparados para afrontarlo de la manera más segura y enriquecedora posible. A continuación, algunos consejos basados en la experiencia en terrenos que demandan tanto respeto físico como mental.
Navegando el Terreno: La Importancia de un Guía Local
Aunque la idea de perderse en un laberinto de caminos resulta poética, la realidad pide prudencia. Estos no son lugares turísticos señalizados. Contratar a un conductor o guía local que conozca bien la zona es altamente recomendable, sobre todo para quienes visitan Irán por primera vez. Un buen guía no solo garantiza seguridad y evita que ingreses a áreas restringidas o propiedades privadas, sino que también puede enriquecer profundamente tu experiencia. Busca a alguien que conozca no solo las carreteras, sino que tenga sensibilidad hacia el cine y el arte. Un guía que comprenda que tu intención no es simplemente llegar de un punto A a un punto B, sino vivir la esencia del lugar. Quizá conozca anécdotas del rodaje o te lleve a miradores que solo los locales conocen. Esta inversión no es un lujo, sino una manera de profundizar en el viaje y de mostrar respeto hacia la comunidad local.
La Fotografía como Recuerdo, no como Objetivo
En la era de las redes sociales, la tentación de lograr la imagen perfecta puede ser abrumadora. Sin embargo, este lugar invita a hacer justamente lo contrario. Usa la cámara con moderación. En lugar de buscar la foto icónica, intenta capturar la atmósfera, las texturas. Fotografía los detalles: la grieta en la tierra seca, la sombra de una nube solitaria, el polvo suspendido en un rayo de sol. Pero, sobre todo, dedica tiempo a observar sin el filtro de una lente. Guarda el teléfono o la cámara y simplemente siéntate. Absorbe el paisaje con todos tus sentidos. Los recuerdos más poderosos que te llevarás no serán las imágenes en una tarjeta de memoria, sino la sensación del viento, el peso del silencio y la inmensidad del cielo. La fotografía debe complementar la experiencia, no ser su razón principal.
El Respeto por el Entorno y la Cultura
Como especialista en actividades al aire libre, mi lema siempre es el mismo: no dejes más que huellas, no te lleves más que recuerdos. Esto resulta especialmente importante en un entorno tan frágil. Lleva toda tu basura contigo. No perturbe la flora ni la fauna local. Respeta la propiedad privada y las zonas de trabajo. Además, recuerda que estás en Irán, un país con una cultura y normas sociales profundamente arraigadas y ricas. Viste con modestia, sé respetuoso en tus interacciones y muestra siempre una actitud de humildad y aprendizaje. Tu peregrinaje es un acto personal, pero ocurre en un espacio compartido. Ser un visitante consciente y respetuoso es la mejor forma de honrar tanto al lugar como a la obra de arte que te ha traído hasta él.
Este viaje a la geografía de «El Sabor de las Cerezas» es, en última instancia, un viaje hacia el interior. Las colinas ocres de Teherán son un espejo que refleja las preguntas que todos llevamos dentro acerca del propósito de nuestra existencia, del valor de los pequeños placeres y de nuestra relación con el mundo natural. No llegues aquí buscando respuestas definitivas. Kiarostami nunca las ofreció. En cambio, ven a buscar el espacio y el silencio necesarios para formular tus propias preguntas con mayor claridad. Al final del día, cuando el sol se ponga y tiña la tierra con colores imposibles, puede que no sepas si el señor Badii eligió la vida o la muerte, pero de pie en esa inmensidad, sintiendo el pulso del planeta bajo tus pies, experimentarás la abrumadora y maravillosa certeza de tu propia vida. Y ese, quizás, sea el sabor más dulce de todos.

