El cine, en su forma más sublime, trasciende la pantalla para convertirse en geografía, en un mapa de emociones que podemos recorrer. La aclamada película de Ryusuke Hamaguchi, ‘Drive My Car’, no es solo un drama psicológico profundo, es una invitación a un viaje, una odisea a través de los paisajes físicos y anímicos de Japón. El protagonista silencioso de esta travesía es un Saab 900 de un rojo vibrante, un confesionario sobre ruedas que nos guía por carreteras que serpentean entre el dolor y la sanación. Este no es un simple recorrido por localizaciones de rodaje; es una peregrinación a los lugares donde el silencio habla, donde el pasado se encuentra con el presente y donde la belleza serena de Hiroshima y el Mar Interior de Seto se convierten en el bálsamo para heridas invisibles. Este viaje nos lleva al corazón de una historia, pero también al alma de una región que ha hecho de la resiliencia su más bello monumento. Es un itinerario para aquellos que buscan entender cómo el paisaje puede reflejar y, en última instancia, curar el alma humana. La experiencia que proponemos es una inmersión total en el universo estético y emocional que Hamaguchi construyó con tanta maestría, un camino que se debe recorrer con los ojos y el corazón bien abiertos, sintiendo el asfalto bajo las ruedas y la brisa salada del mar que todo lo acompaña.
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Hiroshima: El Corazón Resonante de la Narrativa

Contrario a lo que se podría suponer, ‘Drive My Car’ no escoge Tokio, la megalópolis incesante, como su escenario principal. La historia se traslada, de manera deliberada, hacia el oeste, hacia Hiroshima. Esta elección no es casual. Hiroshima no es solo una ciudad; es un símbolo universal de destrucción y renacimiento, un lugar que lleva las cicatrices de la historia con una dignidad conmovedora. Hamaguchi utiliza este telón de fondo no para hablar de la guerra, sino para explorar traumas personales. La ciudad se convierte en un espejo del alma de los personajes, un espacio donde las ruinas del pasado, tanto colectivas como individuales, pueden ser enfrentadas. El ambiente de Hiroshima, una combinación de solemnidad concurrida y vibrante modernidad, ofrece el lienzo perfecto para la lenta y minuciosa reconstrucción emocional de Yūsuke Kafuku, el protagonista. Es aquí donde el viaje realmente comienza, donde el Saab rojo comienza a acumular kilómetros de significado a través de una ciudad que comprende, mejor que ninguna otra, el complejo proceso de sanar.
El Parque Conmemorativo de la Paz: Un Santuario de Silencio y Memoria
El epicentro espiritual de la ciudad y uno de los escenarios más conmovedores de la película es, sin duda, el Parque Conmemorativo de la Paz. Este vasto espacio verde, donde antes se encontraba el bullicioso corazón comercial de la ciudad, es ahora un sitio de contemplación. En la película, vemos a Kafuku y a su joven chófer, Misaki Watari, recorrer sus senderos. Sus conversaciones son escasas, pero el entorno habla por ellos. La Cúpula de la Bomba Atómica, el esqueleto de un edificio que resistió el infierno, se yergue como un testigo silencioso al otro lado del río. Su presencia es constante, un recordatorio perpetuo de la fragilidad de la existencia. Caminar por este parque es una experiencia profundamente sensorial. Se siente la brisa que mueve las hojas de los árboles, se escucha el murmullo de los visitantes y el lejano tañido de la Campana de la Paz. Para el peregrino de ‘Drive My Car’, este lugar es una parada obligada. No se trata de revivir el horror, sino de comprender la paz que surge de su recuerdo. Es un lugar para caminar en silencio, para sentarse en un banco frente al Cenotafio, que alberga los nombres de las víctimas, y reflexionar sobre las propias pérdidas. La atmósfera no es de tristeza, sino de una serena y poderosa esperanza. La mejor hora para visitarlo es al amanecer, cuando la luz dorada ilumina la Cúpula y la quietud permite una conexión más íntima con el espíritu del lugar y, por extensión, con el viaje interior de los personajes.
La Planta de Incineración de Naka: Arquitectura que Purifica el Alma
Uno de los lugares más singulares y visualmente impactantes de la película es la Planta de Incineración de Naka. Diseñada por el renombrado arquitecto Yoshio Taniguchi, quien también dirigió la renovación del MoMA en Nueva York, esta instalación es mucho más que un simple centro de tratamiento de residuos. Es una obra de arte arquitectónica. Hamaguchi la emplea como un purgatorio moderno, un lugar de purificación. A través de una inmensa pasarela de cristal, el ‘Ecorium’, los visitantes pueden observar el proceso de incineración, la transformación de los desechos en energía, sin el ruido ni el olor. La escena en la que Kafuku se encuentra aquí es crucial. Contempla el fuego a través del cristal, un acto que simboliza la necesidad de procesar y transformar su propio dolor, su basura emocional. La atmósfera del lugar es aséptica, ordenada, casi celestial. La luz inunda el corredor, y el contraste entre la pulcritud del espacio y la violenta combustión que ocurre al otro lado del cristal es una metáfora visual de una potencia extraordinaria. Para el visitante, conocer esta planta es una experiencia inesperada. Es importante verificar los horarios de visita, ya que se trata de una instalación en pleno funcionamiento. La visita no solo ofrece una perspectiva única sobre la gestión de residuos en Japón, sino que también permite habitar, por un momento, uno de los espacios simbólicos más potentes del cine contemporáneo. Es un lugar que invita a reflexionar sobre los ciclos de destrucción y creación, sobre lo que desechamos y lo que elegimos conservar.
Grand Prince Hotel Hiroshima: El Refugio con Vistas al Mar Interior
El alojamiento de la compañía de teatro durante su residencia en Hiroshima es el Grand Prince Hotel. Su icónica estructura triangular, ubicada en la península de Ujina, le confiere una presencia imponente y unas vistas panorámicas espectaculares del Mar Interior de Seto y sus islas. En la película, el hotel funciona como una especie de torre de marfil, un espacio moderno y algo aislado del resto de la ciudad donde los actores conviven, ensayan y enfrentan sus propios demonios. El muelle privado del hotel es escenario de varias conversaciones importantes, un lugar donde los personajes contemplan el horizonte acuático como si buscasen respuestas en la inmensidad del mar. La atmósfera del hotel es de una elegancia funcional, un lujo discreto que contrasta con la intensidad emocional de las obras de Chéjov que ensayan. Para el peregrino, alojarse aquí es la forma más directa de sumergirse en el ambiente del film. Despertar con la misma vista que Kafuku, sentir la brisa marina en el balcón o caminar por el muelle al atardecer son experiencias que conectan directamente con la narrativa. Si el presupuesto no lo permite, una visita al lobby o a uno de sus restaurantes puede brindar una experiencia similar, permitiendo disfrutar de esas vistas que enmarcan tantos momentos de introspección en la película. El hotel, con su ubicación estratégica, actúa como un faro desde donde se puede contemplar el paisaje que pronto se convertirá en el verdadero protagonista: las carreteras costeras.
Las Carreteras de Akinada Tobishima Kaido: Donde el Viaje es el Destino
Si Hiroshima es el corazón, las carreteras de Akinada Tobishima Kaido son las arterias que impulsan la vida en la narrativa de ‘Drive My Car’. Aquí es donde la película encuentra su ritmo y su cadencia hipnótica. El ritual cotidiano del viaje entre el hotel y el teatro, con Misaki al volante y Kafuku repasando sus líneas en el asiento trasero, convierte el Saab rojo en un espacio sagrado, un santuario móvil. Este rosario de islas, unidas por impresionantes puentes al sureste de la ciudad de Kure, es un paraíso para amantes de la conducción y la fotografía. Recorrer esta ruta es la encarnación literal del título de la película. No se trata de llegar a un destino, sino del acto mismo de conducir, de desplazarse por un paisaje que parece diseñado para la meditación. La belleza escénica de estas carreteras costeras, con el mar a un lado y las laderas cubiertas de limoneros al otro, crea un contraste poético con la tensión contenida dentro del vehículo.
Cruzando el Puente Akinada: La Puerta a un Mundo Diferente
El recorrido comienza cruzando el majestuoso Puente Akinada, una impresionante estructura colgante que une el continente con la primera isla, Shimokamagari. En la película, cada vez que el Saab rojo atraviesa este puente, se siente como si entrara en una dimensión distinta. El bullicio de la ciudad queda atrás y se adentran en un mundo de calma y tiempo ralentizado. Para quien decide seguir la ruta, este instante es electrizante. Se recomienda pagar el peaje (es una carretera de pago) sin dudarlo, ya que la experiencia lo justifica plenamente. La sensación de ascender por la rampa del puente y ver cómo el paisaje se abre, revelando el archipiélago en todo su esplendor, es inolvidable. El puente no es solo una obra de ingeniería, sino un portal simbólico. Es el punto de no retorno, donde Kafuku cede el control de su coche y, metafóricamente, de su vida, a Misaki. La travesía por el puente es el primer compás de la sinfonía visual y emocional que está por desplegarse.
El Paisaje Insular: Un Mosaico de Puentes, Mar y Cítricos
Tras cruzar el Puente Akinada, la ruta se convierte en un deleite constante. Se suceden las islas: Shimokamagari, Kamikamagari, Toyoshima y Osaki Shimojima, cada una conectada con la siguiente por un puente de diseño singular. Las carreteras, estrechas y sinuosas, abrazan la costa ofreciendo vistas cambiantes del mar y de pequeñas aldeas de pescadores. El sol brilla sobre el agua salpicada de criaderos de ostras, y el aire huele a sal y a cítricos, ya que esta región es famosa por sus limones y mandarinas. El ritmo de vida aquí es pausado, y esa tranquilidad se contagia. Resulta fácil comprender por qué Hamaguchi eligió este escenario. La monotonía rítmica del viaje diario a través de este paraíso sereno permite que afloren los pensamientos y emociones de los personajes. Para recrear la experiencia, alquilar un coche es imprescindible. No hay que tener prisa. Es necesario permitirse detenerse en pequeños miradores, descender a playas desiertas y sentir la textura de un paisaje que es, a la vez, real y cinematográfico. La luz, especialmente durante la ‘hora mágica’ del amanecer o el atardecer, transforma el entorno en una acuarela de tonos pastel, evocando la paleta de colores de la propia película. Conducir por el Tobishima Kaido es sentir la película en la piel, comprender la terapia del movimiento constante.
Mitari: Un Puerto Congelado en el Tiempo
En la isla más grande y remota de la ruta, Osaki Shimojima, se encuentra el distrito de Mitari, una joya oculta. Este antiguo puerto, que prosperó en el periodo Edo como parada estratégica para barcos en espera de mareas favorables, ha sido designado como un importante distrito de preservación histórica. Sus calles estrechas, flanqueadas por casas de comerciantes y antiguas casas de té, parecen sacadas de un grabado ukiyo-e. Aunque no es un escenario principal en ‘Drive My Car’, su atmósfera encapsula la sensación de un pasado que perdura, un tema recurrente en la película. Se puede imaginar a Misaki, cuya historia personal está anclada en la dureza de la vida rural, caminando por estas calles. Para el visitante, aparcar el coche y explorar Mitari a pie es como viajar en el tiempo. La ausencia de cables eléctricos a la vista y la cuidadosa restauración de los edificios crean una atmósfera inmersiva. Es un lugar para perderse, descubrir pequeños templos, santuarios y el encanto de una vida que sigue un compás antiguo, ajena al frenesí del mundo moderno. Mitari representa esa capa profunda de la historia japonesa que subyace bajo la superficie contemporánea, un eco del pasado que resuena en el presente de los personajes.
Los Ecos de Kure y la Vida Local

Aunque Hiroshima es el epicentro, la cercana ciudad portuaria de Kure también juega un papel crucial en la geografía emocional de la película. Kure, conocida por su historia como una de las bases navales más importantes de Japón, ofrece un contrapunto más áspero y terrenal frente a la pulcra solemnidad de Hiroshima. Es el ancla que conecta a los personajes con una realidad más cruda y cotidiana, especialmente en el caso de Misaki, cuya historia personal está profundamente arraigada en esta región.
El Bar de Kure: Un Espacio de Confesiones Inesperadas
Una de las escenas más intensas y reveladoras ocurre en un pequeño y modesto bar. Es ahí donde el joven y problemático actor, Takatsuki, le hace una confesión escalofriante a Kafuku. El bar, con su iluminación tenue, mobiliario sencillo y ambiente íntimo, es el arquetipo del ‘sunakku’ (snack bar) japonés, un lugar donde las barreras sociales se diluyen con el alcohol y pueden surgir verdades incómodas. Aunque el bar exacto de la película podría ser una localización adaptada o un set, el espíritu del lugar puede encontrarse en los numerosos bares que salpican los callejones de Kure. Para el visitante que busca autenticidad, la recomendación es aventurarse por las zonas de ocio nocturno de la ciudad, como Rengadori, y entrar en uno de estos pequeños establecimientos. La experiencia será genuina: un mostrador, un ‘master’ (dueño) que sirve y escucha, y una clientela local. Es en estos espacios sin pretensiones donde late el verdadero corazón de la vida japonesa, lejos de los focos turísticos. Es el sitio ideal para tomar una copa de whisky japonés y reflexionar sobre los secretos y mentiras que, como en la película, a menudo se revelan en la penumbra de un bar.
El Hogar de Misaki: Un Paisaje de Resiliencia
El lugar donde se encontraba la casa de Misaki, destruida por un deslizamiento de tierra, es un escenario que solo se menciona, pero su peso emocional es enorme. La película nos muestra el paisaje rural de las afueras de Kure: colinas escarpadas y valles estrechos, una geografía hermosa pero también peligrosa, propensa a desastres naturales. Esta tierra, que le dio la vida y se la quitó a su madre, es el origen del carácter estoico y resiliente de Misaki. Su habilidad para conducir con precisión y calma por carreteras difíciles refleja su capacidad para navegar por los terrenos traicioneros de su propia vida. Para el viajero, explorar las zonas rurales que rodean Kure ofrece una visión de un Japón distinto, alejado de las grandes ciudades. Es un paisaje de pequeñas granjas, bosques de bambú y comunidades unidas por una historia compartida de trabajo duro y superación. Conducir por estas carreteras secundarias, imaginando la vida que Misaki dejó atrás, añade una capa de profundidad a su personaje y al tema central de la película: cómo las personas sobreviven a la tragedia y siguen adelante, paso a paso, kilómetro a kilómetro.
Breves Pinceladas de Tokio y el Renacer en Hokkaido
El viaje de ‘Drive My Car’ no se restringe a la región de Hiroshima. Inicia en la metrópoli de Tokio y finaliza en los paisajes nevados de la isla norteña de Hokkaido, completando un arco geográfico que refleja la evolución emocional de sus protagonistas, desde la opresión hasta la liberación.
Tokio: El Prólogo de la Tragedia
La primera parte de la película transcurre en Tokio. Observamos el apartamento moderno y elegante de Kafuku y su esposa Oto, un espacio que parece perfecto en apariencia, pero que oculta secretos y una comunicación rota. Las calles de Tokio, con su tráfico denso y luces de neón, funcionan como un laberinto que refleja el estado de confusión y dolor de Kafuku tras la repentina muerte de su esposa. Tokio es el escenario de la herida inicial, un entorno urbano impersonal y asfixiante del cual él busca escapar. Para el espectador, los destellos de Tokio en la película (teatros, autopistas elevadas, bares sofisticados) representan el punto de partida, el ‘antes’ en la transformación del protagonista. Sirven como un fuerte contraste con la apertura y serenidad que descubrirá más adelante en los paisajes de Hiroshima.
El Paisaje Nevado de Hokkaido: Un Lienzo en Blanco
La escena final nos traslada a un lugar totalmente distinto: un supermercado en medio de un paisaje cubierto por una densa capa de nieve en Hokkaido. Misaki, ahora viviendo una nueva etapa, sale de la tienda y se sube al Saab rojo, que lleva una pequeña cicatriz como recuerdo de su pasado. La elección de Hokkaido y la nieve tiene un significado profundamente simbólico. La nieve cubre la tierra, borrando imperfecciones y creando un lienzo en blanco. Representa purificación, paz y un nuevo comienzo. El entorno es deliberadamente cotidiano —un supermercado— lo que enfatiza que la vida continúa no en grandes gestos dramáticos, sino en la rutina diaria. El hecho de que Misaki esté ahora al volante de su propia vida, con el Saab como un compañero fiel más que como un recuerdo del dolor, cierra el ciclo de su viaje y el de Kafuku. Para el espectador, este epílogo sugiere que el viaje no termina en Hiroshima. La sanación es un proceso constante, y el destino final es la capacidad de vivir una vida común, en paz consigo mismo. Aunque la localización exacta en Hokkaido es genérica, el paisaje invernal de la isla transmite esa misma sensación de renovación y amplitud, un lugar perfecto para contemplar el fin de un viaje y el inicio de otro.
Planificando su Peregrinaje: Consejos Prácticos para el Viajero

Embarcarse en un recorrido por los escenarios de ‘Drive My Car’ requiere una planificación cuidadosa para capturar fielmente la esencia de la película. No es simplemente una lista de lugares, sino una inmersión en una atmósfera y un ritmo específicos. Aquí presentamos algunas claves para que su peregrinación sea tan profunda y reveladora como la de los propios personajes.
Cómo Moverse: El Coche como Protagonista
No hay duda: para vivir la experiencia completa, alquilar un coche es esencial. El acto de conducir, de sentir la carretera, es el corazón de la película. Un coche le permitirá explorar el Akinada Tobishima Kaido a su propio ritmo, detenerse donde la vista le atraiga y perderse por carreteras secundarias. Para conductores extranjeros, es imprescindible obtener un Permiso de Conducir Internacional antes de viajar a Japón. Las agencias de alquiler en ciudades como Hiroshima o Kure son numerosas y el proceso es ágil. Aunque no encuentre un Saab 900 rojo clásico, cualquier vehículo funcionará como su propio confesionario móvil. Para quienes no conduzcan, es posible llegar a Hiroshima y Kure fácilmente en tren (el Japan Rail Pass es una opción excelente). Desde allí, se pueden utilizar autobuses locales para explorar algunas zonas, aunque la experiencia en las islas será más limitada. La combinación ideal es usar el tren para los trayectos largos y un coche de alquiler para la exploración local.
La Mejor Época para Viajar
La película transcurre en una estación que parece ser otoño, con una luz suave y colores cálidos. La primavera (marzo a mayo) y el otoño (octubre a noviembre) son, de hecho, las mejores épocas para visitar esta región. El clima es agradable, perfecto para conducir con las ventanillas abajo y pasear por el Parque de la Paz o el distrito de Mitari. En primavera, los cerezos en flor aportan una belleza efímera al paisaje. En otoño, los colores otoñales crean una atmósfera melancólica y poética. El verano puede ser muy caluroso y húmedo, además de ser temporada de tifones. El invierno es más frío, pero ofrece una luz nítida y menos turistas, ideal para una experiencia más introspectiva, similar al epílogo en Hokkaido.
Más Allá de la Pantalla: Sumergiéndose en la Cultura de Hiroshima
Un viaje de peregrinación debe satisfacer todos los sentidos. Más allá de seguir los pasos de Kafuku y Misaki, es fundamental sumergirse en la rica cultura de Hiroshima. La gastronomía local es un excelente punto de partida. No puede irse sin probar el okonomiyaki al estilo Hiroshima, una deliciosa “pizza” o crepe japonesa cocinada sobre una base de fideos. Los restaurantes especializados, con sus planchas calientes (teppan), son un espectáculo en sí mismos. La región también es famosa por sus ostras (kaki), que pueden disfrutarse frescas, a la parrilla o fritas. Además de la gastronomía, considere extender su viaje para visitar la icónica isla de Miyajima, a un corto trayecto en ferry. Su famoso torii flotante y sus ciervos amigables brindan una experiencia cultural y espiritual que complementa la solemnidad del Parque de la Paz. Experimentar Hiroshima en su totalidad, con su historia, su comida y su gente, es la mejor forma de comprender por qué esta ciudad fue el escenario perfecto para una historia de profunda humanidad y redención.
El viaje a través de los paisajes de ‘Drive My Car’ es, en definitiva, mucho más que una búsqueda de localizaciones. Es una oportunidad para la introspección, un ejercicio de escucha atenta, no solo a los diálogos de Chéjov que resuenan en el casete, sino también al lenguaje silencioso del paisaje. Es sentir la historia bajo los pies en el Parque de la Paz, la promesa de purificación en la arquitectura de la Planta de Incineración, y la liberación rítmica en las curvas de las carreteras costeras. Seguir la estela del Saab rojo es embarcarse en un camino que serpentea entre la belleza sobrecogedora del Mar Interior de Seto y la complejidad del corazón humano. Es un peregrinaje que nos recuerda que, a veces, para encontrarnos a nosotros mismos, primero debemos ponernos en movimiento, ceder el volante y dejar que el viaje nos guíe. Y al final del camino, como en la película, quizá no encontremos todas las respuestas, pero sí un horizonte más claro y un lienzo en blanco sobre el cual comenzar a dibujar nuestro propio futuro.

