En el panteón del cine de suspense, pocas películas resuenan con la cruda y visceral energía de «The French Connection» (1971). La obra maestra de William Friedkin no es solo un thriller; es una cápsula del tiempo, un documental casi accidental de dos ciudades en un punto de inflexión de su historia: Marsella, Francia, y Nueva York, Estados Unidos. Para el cinéfilo devoto, para el peregrino de lugares sagrados del celuloide, seguir los pasos de Jimmy «Popeye» Doyle no es simplemente un viaje turístico. Es una inmersión en la atmósfera granulada de los años 70, un acto de arqueología urbana que desentierra los fantasmas de una de las persecuciones más legendarias jamás filmadas. Este no es un recorrido por lugares de postal. Es una expedición al corazón de la jungla de asfalto y a los sinuosos callejones del viejo mundo, un mapa trazado por el chirrido de neumáticos, el estruendo de un tren elevado y el eco inolvidable de un disparo solitario en la oscuridad. Acompáñenme en esta peregrinación para conectar con el alma de una película que definió un género y que, más de cincuenta años después, sigue latiendo con una fuerza implacable en las calles que la vieron nacer.
Si te fascina este tipo de arqueología urbana cinematográfica, no te pierdas nuestro viaje a las locaciones de «Ciudad de Dios».
Marsella: La Cuna de la Conexión Francesa

Nuestra peregrinación comienza donde se origina la trama, en la ciudad portuaria más antigua de Francia: Marsella. Friedkin nos muestra una ciudad a la vez hermosa y peligrosa, un crisol de culturas bañado por el sol mediterráneo, pero con un submundo oscuro que se mueve justo bajo la superficie. Es el dominio de Alain Charnier, el sofisticado y escurridizo antagonista. Caminar hoy por Marsella, con la película en mente, permite percibir esta dualidad en cada esquina.
El Puerto Viejo y la Sombra de Charnier
El Vieux-Port, el Puerto Viejo, es el corazón palpitante de Marsella y el escenario de nuestras primeras visiones de la red criminal. La película se inicia con el detective francés asignado al caso siguiendo a Charnier por sus calles. Actualmente, el puerto es una marina bulliciosa, repleta de yates y restaurantes turísticos, pero la esencia que Friedkin capturó aún persiste. Para conectar de verdad, hay que llegar temprano por la mañana, cuando el mercado de pescado, el Marché aux Poissons, cobra vida. El aroma salado del mar, los gritos de los vendedores, el brillo plateado de las escamas bajo el sol… es un festín sensorial que transporta al instante. Imagínese a Charnier, interpretado con una elegancia glaciar por Fernando Rey, moviéndose entre la multitud, un depredador en su hábitat natural, mientras el detective lo observa desde la distancia, una presencia casi invisible.
Camine por el Quai des Belges, sienta el pavimento irregular bajo sus pies. Aunque los edificios han sido renovados y las tiendas han cambiado, la geografía fundamental sigue igual. Mire hacia las colinas donde se asienta el barrio de Le Panier y perciba la historia que emana de las antiguas murallas. La Marsella de «The French Connection» no es la que muestran las guías turísticas. Es una Marsella de miradas furtivas, de tratos cerrados en cafés con olor a anís y de peligros que acechan tras fachadas centenarias. El ambiente es palpable; es una ciudad que ha visto de todo, y la película apenas arañó su superficie.
El Castillo de If y el Eco de la Ficción
Una de las escenas más memorables en la sección marsellesa muestra a Charnier y su secuaz, Pierre Nicoli, reuniéndose en una terraza con una vista imponente del Castillo de If. Esta fortaleza insular, inmortalizada por Alejandro Dumas en «El Conde de Montecristo», añade una capa de resonancia literaria y mítica a la escena. La elección de este telón de fondo no es casual. El castillo simboliza encarcelamiento, escape y venganza, temas que subyacen en la película. Para el peregrino, tomar el ferry desde el Vieux-Port hasta la isla de If es una experiencia esencial. El corto viaje en barco aísla del bullicio urbano y envuelve en el azul profundo del Mediterráneo. Una vez en la isla, la fortaleza se alza imponente. Desde sus murallas, la vista de Marsella es espectacular. Es fácil encontrar un lugar que evoque la reunión de Charnier. Sienta la brisa marina, escuche el graznido de las gaviotas y contemple la ciudad a lo lejos. En ese momento, se comprende el poder y el aislamiento de Charnier. Él ve la ciudad no como un hogar, sino como un tablero de juego, y desde esa distancia, él es el rey. La visita no solo conecta con la película, sino también con siglos de historia y literatura, creando una experiencia rica y multifacética.
Callejones y Escaleras: El Laberinto Marsellés
La persecución a pie del detective francés tras Nicoli nos lleva al laberinto de Le Panier, el barrio más antiguo de Marsella. Esta es una de las zonas más fascinantes para el peregrino. Sus calles son estrechas y empinadas, sus escaleras parecen interminables y sus edificios de colores pastel se apiñan unos contra otros. Friedkin usa este entorno a la perfección para crear una secuencia claustrofóbica y desorientadora. Hoy, Le Panier es un barrio bohemio, lleno de talleres de artistas, boutiques y cafés con encanto. Sin embargo, su trazado laberíntico sigue intacto. Perderse aquí es parte de la experiencia. Deje el mapa a un lado y simplemente deambule. Suba por la Montée des Accoules, una de las calles más antiguas, y sienta el esfuerzo en sus piernas, imaginando la desesperación del detective. Descubra pequeñas plazas escondidas, arte callejero vibrante y vistas inesperadas del puerto. La Marsella de la película se sentía peligrosa en estas calles; hoy se sienten vibrantes y llenas de vida, pero la sensación de estar en un mundo aparte, un enclave con sus propias reglas, aún existe. Es aquí donde la conexión francesa se siente más tangible, en el pulso de la historia que late en cada piedra y recoveco de su geografía urbana.
Nueva York: El Campo de Batalla de Popeye Doyle
Si Marsella fue el prólogo elegante y soleado, Nueva York representa la ópera principal, una sinfonía disonante de acero, hormigón y suciedad. La Nueva York de 1971 que Friedkin nos presenta es una ciudad al borde del colapso: sucia, peligrosa, en bancarrota, pero indiscutiblemente viva. Para Popeye Doyle, interpretado por un Gene Hackman que ganaría el Oscar, esta ciudad no es un hogar, sino un territorio de caza. Cada calle es una trinchera, cada bloque una posible emboscada. Rastrear sus localizaciones hoy es presenciar la asombrosa transformación de la ciudad, pero también descubrir que, bajo las capas de gentrificación y renovación, el espíritu indomable de la Nueva York de Popeye aún perdura.
Brooklyn: El Primer Encuentro
El primer acto de la cacería de Popeye se desarrolla en los barrios periféricos, lejos de los rascacielos de Manhattan. En el Brooklyn de clase trabajadora, Popeye y su compañero, Buddy «Cloudy» Russo, establecen su vigilancia sobre Salvatore «Sal» Boca y su esposa Angie. La película nos sumerge en un mundo de bares de barrio, restaurantes modestos y calles residenciales comunes.
El Sabor de la Vigilancia
La base de operaciones de Sal Boca es su bar-restaurante. Aunque el lugar exacto de la película, «The Chez», fue una ubicación real, hoy ha desaparecido. Sin embargo, la esencia de estos barrios de Brooklyn, como Canarsie y Bensonhurst, donde se rodaron muchas de estas escenas, aún puede sentirse. El peregrino debe aventurarse fuera de las rutas turísticas habituales. Tome el metro hasta estas zonas y camine por sus calles. Observe la arquitectura de las casas de ladrillo, los pequeños negocios familiares y los parques locales. La película capturó una textura muy específica: la vida de los italoamericanos y otras comunidades de clase trabajadora. Hoy, la demografía ha cambiado en muchos de estos lugares, pero la sensación de comunidad y la separación, tanto física como psicológica, de Manhattan sigue siendo una característica definitoria. Visite un restaurante local, pida un café en una panadería del barrio. Es en estos actos sencillos donde se conecta con el mundo que Popeye estaba observando, un universo de rutinas diarias que ocultaba una operación masiva de narcotráfico.
El Puente de Brooklyn: Un Símbolo de Tensión
El Puente de Brooklyn aparece en una escena clave de vigilancia, cuando los detectives siguen el coche de los traficantes hacia Manhattan. Este puente no es solo una hazaña de la ingeniería; es un ícono cinematográfico, un símbolo de la transición entre mundos. Para el peregrino, cruzar el Puente de Brooklyn a pie es una experiencia imperdible. La sensación difiere totalmente a la de cruzarlo en coche. Se sentirá el viento del East River, escuchará el zumbido del tráfico debajo y, sobre todo, disfrutará de unas vistas inigualables del skyline del Bajo Manhattan. Mientras camina, imagine la tensión de Popeye, la concentración en el coche que va delante, consciente de que un movimiento en falso podría arruinar meses de trabajo. El puente, con su majestuoso estilo gótico, contrasta de forma rotunda con la sordidez del trabajo policial. Es un instante de belleza en medio de la suciedad, un recordatorio de la grandeza de la ciudad que Popeye intenta, a su manera retorcida, proteger. La experiencia de recorrer hoy el puente, rodeado de turistas y neoyorquinos, es más tranquila, pero si se detiene un momento y observa hacia el horizonte, podrá casi sentir la intensidad de aquella vigilancia cinematográfica suspendida en el tiempo.
Manhattan: El Corazón de la Cacería
Manhattan alberga el centro neurálgico de la operación de narcotráfico y es donde el juego del gato y el ratón entre Popeye y Charnier alcanza su máxima tensión. La película nos lleva desde la opulencia de los grandes hoteles hasta el caos de las terminales de transporte, pintando un retrato completo de la isla como un ecosistema complejo e implacable.
Grand Central Terminal: El Juego del Gato y el Ratón
La escena en la que Popeye sigue a Charnier a través de la red de metro y finalmente lo pierde en la Grand Central Terminal es una clase magistral de suspense y montaje. Grand Central no es solo una estación; es una catedral del transporte, un universo en sí misma. Visitarla hoy impresiona tanto como en 1971. Al entrar en el vestíbulo principal, sorprende la escala. El techo abovedado, pintado con un firmamento de constelaciones, se eleva a una altura vertiginosa. El bullicio de los viajeros es una corriente constante de energía humana. Para el peregrino, el objetivo es recrear la ruta de Popeye. Baje a los niveles del metro, sienta la ráfaga de aire caliente que precede a la llegada de un tren. Camine por los pasillos laberínticos, imaginando a Popeye buscando frenéticamente a su presa. Luego regrese al vestíbulo principal. Encuentre un lugar en alguna de las balaustradas superiores y simplemente observe. Vea las miles de historias que convergen cada minuto. Aquí se hace evidente la genialidad de Charnier: utiliza el anonimato de la multitud como su mejor arma. La estación es tan vasta y caótica que una persona puede, como él demuestra, simplemente desvanecerse. La Grand Central de hoy está más limpia y restaurada que la de la película, pero su energía, su capacidad para abrumar y esconder, permanece intacta. Es un testimonio de la atemporalidad de ciertos espacios urbanos.
El Lujo y la Sordidez
Charnier, el refinado criminal europeo, se aloja en un hotel de lujo, creando un marcado contraste con el mundo de Popeye. Aunque el hotel específico de la película ya no existe tal cual, el área alrededor de Grand Central y Midtown East sigue albergando algunos de los hoteles más clásicos de Nueva York. Caminar por calles como Park Avenue o Madison Avenue permite al peregrino sentir esta atmósfera de riqueza y poder. Es un mundo de porteros uniformados, coches lujosos y fachadas de mármol. Este es el Nueva York que Popeye desprecia, pero que, irónicamente, es el destino final del producto que intenta interceptar. La película expone la hipocresía de la ciudad, donde la ostentosa riqueza puede estar financiada por la miseria más profunda. Este contraste es fundamental para entender al personaje de Popeye y su resentimiento. Él es el barrendero de la ciudad, limpiando la suciedad para que los ricos mantengan sus ilusiones, una dinámica que sigue vigente en la Nueva York de hoy.
La Persecución Legendaria: Bajo el Tren Elevado
Llegamos al clímax de la acción, la secuencia que grabó a «The French Connection» en la historia del cine: la persecución automovilística. No es una persecución cualquiera. Es un ballet caótico de casi diez minutos, rodado con un realismo aterrador bajo las vías del tren elevado en Brooklyn. Rastrear esta ruta es el santo grial para el peregrino de la película, un viaje al núcleo de la audacia cinematográfica de William Friedkin.
El Origen: Bensonhurst, Brooklyn
La persecución empieza cuando el sicario de Charnier, Nicoli, intenta asesinar a Popeye desde la azotea de un edificio y escapa subiendo a un tren elevado en la línea BMT West End (hoy la línea D del metro). Popeye, en un acto de pura desesperación y rabia, requisa un Pontiac LeMans de 1971 y comienza la persecución del tren. La mayor parte de esta secuencia se filmó en el barrio de Bensonhurst, a lo largo de un tramo de 26 manzanas bajo las vías del tren que corren por Stillwell Avenue, 86th Street y New Utrecht Avenue. Para el peregrino, la mejor manera de experimentarlo es tomando el tren D. Desde sus ventanas, se puede observar la calle debajo, imaginando el coche de Popeye zigzagueando entre el tráfico. Pero para sentirlo plenamente, es necesario bajar a la calle. Camine por la 86th Street, bajo la imponente estructura de acero del tren elevado. El ruido es ensordecedor cada vez que pasa un tren. La luz del sol se filtra a través de las vías, creando un patrón estroboscópico en el pavimento. Este entorno es un personaje por sí mismo, y Friedkin lo utilizó magistralmente. La estructura metálica genera una sensación de opresión, como si la ciudad misma presionara a Popeye. Hoy, el barrio es una mezcla vibrante de comunidades, pero la estructura del tren elevado sigue dominando el paisaje sonoro y visual, un monumento involuntario a esta pieza de la historia del cine.
El Caos Desatado: La Ruta de la Muerte
Lo que convierte esta persecución en legendaria es su autenticidad. Gran parte de lo que se ve en pantalla fue real. Friedkin y su equipo filmaron sin permisos adecuados, utilizando tráfico real. El legendario especialista Bill Hickman condujo el coche a velocidades de hasta 145 km/h. Los casi accidentes, los bocinazos, las miradas sorprendidas de los peatones… mucho de ello no fue actuado. El momento más infame, cuando Popeye casi choca con una mujer que empuja un cochecito de bebé, fue una acrobacia planeada, pero la sensación de peligro inminente es palpable durante toda la secuencia. Seguir la ruta exacta a pie o en coche es una lección de geografía urbana. Comienza cerca de la estación Bay 50th Street y se desplaza hacia el norte. El peregrino puede identificar puntos de referencia, como los pilares de soporte del tren, las intersecciones y las fachadas de las tiendas, que, sorprendentemente, a veces parecen inalteradas desde hace décadas. Este viaje no es apto para cardíacos; es una inmersión en una forma de hacer cine que ya no existe, una época en la que los directores estaban dispuestos a arriesgarlo todo por lograr la toma perfecta. Es sentir el pulso de una ciudad que era, en sí misma, salvaje e impredecible.
El Final en la Estación 62nd Street
La persecución culmina cuando el tren secuestrado choca con otro y Nicoli, herido, intenta escapar. Popeye lo acorrala en las escaleras de la estación de 62nd Street (hoy, la estación New Utrecht Avenue, en el cruce de las líneas D y N) y le dispara. Es un final abrupto y brutal para una secuencia implacable. La estación sigue ahí, un nudo de vías y plataformas elevadas. Para el peregrino, pararse en la esquina de New Utrecht Avenue y 62nd Street es un momento culminante. Mire hacia las escaleras de la estación. Imagine la figura de Nicoli descendiendo, herida y desesperada, y a Popeye abajo, con el arma levantada, la encarnación de una justicia obsesiva y despiadada. Es un sitio sin glamour, una intersección funcional de Brooklyn. Pero para quien conoce la película, está cargado de una energía cinematográfica imborrable. Es el fin de la caza, el lugar donde la furia de Popeye finalmente encuentra su objetivo, aunque, como la película nos muestra, la victoria es vacía y la guerra está lejos de terminar.
Wards Island: El Desolado Enfrentamiento Final

Tras la adrenalina frenética de la persecución, la película nos conduce a su acto final en un lugar sorprendentemente desolado y melancólico: Wards Island. Esta isla, ubicada en el East River entre Manhattan, Queens y el Bronx, ha sido históricamente un sitio para instituciones que la ciudad prefería mantener fuera de la vista: hospitales psiquiátricos, centros de tratamiento y refugios. Friedkin escoge este paisaje industrial y abandonado como escenario para el enfrentamiento final, un telón de fondo ideal para la conclusión sombría y ambigua de la película.
La Fábrica Abandonada y el Sonido de un Disparo
El clímax transcurre en un complejo de edificios abandonados en Wards Island, donde los traficantes se congregan para cerrar el trato. La atmósfera evoca decadencia y aislamiento. Los edificios están en ruinas, el entorno es desolado. La redada policial que sigue resulta caótica y confusa, filmada en penumbra. El clímax no representa una victoria clara. Popeye, obsesionado con atrapar a Charnier, persigue una sombra en la oscuridad y dispara, matando por error a un agente federal. La película finaliza abruptamente con el sonido de otro disparo de Popeye en la oscuridad, seguido de un texto que informa que los traficantes recibieron sentencias leves y que Charnier nunca fue capturado. Es uno de los finales más desalentadores en la historia del cine.
Visitando Wards Island Hoy
El visitante que se acerque a Wards Island hoy encontrará un lugar muy distinto. Los edificios en ruinas que se ven en la película han sido demolidos. Gran parte de la isla ha sido transformada en parques y campos deportivos, conectados a Manhattan a través del Wards Island Bridge, un puente peatonal. No obstante, el espíritu del lugar que Friedkin capturó aún puede percibirse. Al cruzar el puente desde East Harlem, se experimenta una transición inmediata del denso entorno urbano hacia un espacio más abierto y extrañamente silencioso. Pasee por los senderos junto al río. La vista del puente Triborough (ahora llamado Robert F. Kennedy Bridge) es imponente y remite a las tomas de la película. Aunque la fábrica ya no existe, la sensación de aislamiento perdura. La isla continúa en la periferia de la conciencia de la ciudad. Aquí, en esta tranquilidad melancólica, se puede reflexionar sobre el final de la película. La búsqueda obsesiva de Popeye lo llevó a este lugar desolado y, al final, quedó solo con su violencia, sin una victoria real. Visitar Wards Island no es buscar un edificio, sino conectar con un estado de ánimo: la desolación, la ambigüedad moral y la comprensión de que algunas batallas, aunque parezcan ganadas, se pierden en la oscuridad.
El Legado de The French Connection en el Paisaje Urbano
Recorrer esta peregrinación por los escenarios de «The French Connection» es mucho más que un mero ejercicio de localización de filmaciones. Es una lección de historia urbana, un análisis sobre cómo las ciudades evolucionan y un homenaje a una obra de arte que capturó la esencia de su época con una brutal honestidad. Desde los soleados muelles de Marsella hasta las sombrías ruinas industriales de Wards Island, la película nos ofrece un mapa de dos mundos que, aunque transformados por el tiempo, aún conservan el eco de la historia que Friedkin narró.
Nueva York, en particular, ha cambiado profundamente. La ciudad, que alguna vez estuvo al borde de la quiebra, es ahora un símbolo global de riqueza y renovación. Las calles por donde Popeye conducía de manera temeraria son ahora más limpias, seguras y, en muchos casos, irreconocibles. Sin embargo, el espíritu de la película, su energía cruda y su determinación, siguen siendo parte del ADN de la ciudad. El estruendo del tren elevado en Brooklyn, el caos organizado de Grand Central, la imponente silueta del Puente de Brooklyn… estos elementos permanecen eternos.
Pasear por estas calles es sentir las capas de historia bajo nuestros pies. Es imaginar el Pontiac LeMans pasando a toda velocidad, escuchar el eco de los pasos de Popeye en una escalera del metro y percibir la brisa del Mediterráneo en un callejón de Marsella. «The French Connection» no solo usó estas ciudades como escenario; las convirtió en personajes centrales, con sus propias personalidades, defectos y belleza. Para el peregrino actual, el viaje es un diálogo entre el pasado cinematográfico y el presente vibrante, un recordatorio de que las grandes historias nunca mueren, sino que se incrustan en el tejido de los lugares que las inspiraron, esperando a que alguien vuelva a escucharlas.

