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Peregrinación a la Roma de ‘La Dolce Vita’: Un Viaje Cinematográfico al Corazón de la Eternidad

Hay un pulso en Roma que late diferente antes del amanecer. Es un silencio cargado de ecos, donde el murmullo del mármol y el agua se convierten en la banda sonora de la ciudad que despierta. Imaginen por un momento la luz pálida de la luna acariciando los adoquines, el aire fresco de la noche que se retira y el sonido atronador de una fuente que no es solo una fuente, sino un escenario, un altar, un sueño líquido. Es en este instante suspendido en el tiempo donde comienza nuestro viaje, no solo a una ciudad, sino al alma de una película que redefinió el cine y la propia imagen de Roma: ‘La Dolce Vita’ de Federico Fellini. Estrenada en 1960, esta obra no es simplemente una narración; es un fresco monumental, un poema visual sobre la belleza, la decadencia, el anhelo y el vacío existencial en la Roma de la posguerra, un lugar que se debatía entre la tradición milenaria y un hedonismo febril y moderno. Seguir los pasos de su protagonista, el periodista Marcello Rubini, interpretado por el inolvidable Marcello Mastroianni, es embarcarse en una peregrinación a través de los salones aristocráticos, las bulliciosas avenidas, las ruinas antiguas y las fiestas interminables que componen el laberinto emocional de la Ciudad Eterna. Este no es un simple tour turístico; es una inmersión en la psique de una era, una búsqueda de la ‘dulce vida’ que, como Marcello descubre, es tan seductora como elusiva. Acompáñenme a descorrer el velo de los años y a encontrar la magia, la melancolía y la verdad que aún resuenan en las localizaciones de este clásico inmortal, lugares que Fellini transformó para siempre en lienzos de la memoria cinematográfica.

Para descubrir cómo otras películas han inmortalizado sus propias ciudades, explora nuestro peregrinaje cinematográfico por los escenarios de ‘The Lunchbox’ en Mumbai.

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El Amanecer en la Fontana di Trevi: El Icono Inmortal

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La Escena que Desafió al Tiempo

Todo peregrinaje felliniano debe, casi por mandato divino, comenzar aquí, en el corazón acuático de Roma. La Fontana di Trevi no es solo el escenario de la escena más icónica de ‘La Dolce Vita’; es su espíritu bautismal. La imagen de Sylvia, la diva americana interpretada por una radiante Anita Ekberg, adentrándose en las aguas de la fuente con su vestido de noche negro, es uno de los momentos más impactantes en la historia del cine. Es un acto de pura libertad, un ritual pagano en medio de una Roma católica. Llama a Marcello con una voz que casi es un susurro: «Marcello! Come here! Hurry up!». Y él, hechizado, fascinado, sigue a esta diosa moderna hacia el agua, aunque nunca llega a tocarla. La cámara de Fellini captura la escena con una reverencia casi religiosa. El agua, iluminada desde abajo, crea un halo alrededor de Sylvia, transformándola en una aparición, un sueño inalcanzable. El sonido dominante no es el diálogo, sino el estruendo del agua cayendo de las esculturas barrocas de Océano y los tritones, una fuerza natural que parece bendecir y magnificar ese instante de efímera perfección. Fellini rodó en pleno invierno, y la leyenda cuenta que Mastroianni tuvo que usar un traje de neopreno bajo su esmoquin y beber vodka para soportar el frío, mientras que Ekberg aguantó las gélidas aguas sin quejas. Este detalle subraya la dedicación para crear un momento que trasciende la narrativa; es pura poesía visual, un símbolo del deseo, la belleza fugaz y la promesa de una felicidad que siempre parece estar al alcance, dentro del agua, pero fuera de nuestro toque.

Visitando la Fontana Hoy: Consejos para una Experiencia Mágica

Visitar la Fontana di Trevi durante el día es enfrentar una realidad muy distinta a la del film. Una marea humana se agolpa en la pequeña plaza, acompañada por un coro de clics de cámaras y murmullos en decenas de idiomas. La magnificencia de la obra de Nicola Salvi permanece intacta, pero la intimidad se ha perdido. Por eso, el consejo más valioso para el peregrino moderno es imitar a Fellini: desafíen al sol. Levántense cuando la ciudad aún duerme y caminen por las calles vacías hasta llegar a la plaza. La experiencia de tener la fuente casi para ustedes solos, mientras las primeras luces del alba tiñen el travertino de tonos rosados y dorados, es transformadora. El sonido del agua recupera su protagonismo, y pueden casi percibir el eco de la voz de Sylvia. Es en ese silencio relativo donde la fuente revela su verdadera magia. Por la noche, la iluminación artificial le otorga otro tipo de dramatismo, igualmente espectacular. Busquen un pequeño escalón para sentarse y simplemente observen. Vean cómo la luz juega con el agua en movimiento, cómo las sombras dan vida a las estatuas. Y, por supuesto, participen en el ritual: de espaldas a la fuente, lancen una moneda con la mano derecha sobre el hombro izquierdo. La tradición dice que así aseguran su regreso a Roma. Quizás, en el fondo, también sea una ofrenda a los dioses del cine, un agradecimiento por haber inmortalizado este rincón del mundo. Para completar la experiencia, aléjense un poco del bullicio inmediato y busquen el Antico Forno di Fontana di Trevi, una panadería histórica donde pueden tomar un café y un cornetto mientras el recuerdo de la escena se asienta en su memoria.

Via Veneto: El Epicentro de la Noche Romana y el Glamour Decadente

El Desfile de Celebridades y Paparazzi

Si la Fontana di Trevi simboliza un sueño, Via Vittorio Veneto representa la cruda, vibrante y caótica realidad de ‘La Dolce Vita’. En las décadas de los 50 y 60, esta elegante avenida arbolada era el epicentro de la vida social romana. Era Hollywood junto al Tíber, una pasarela al aire libre donde estrellas de cine, directores, aristócratas y aspirantes a la fama se mostraban en sus terrazas y cafés. Fellini no tuvo que crear nada; simplemente colocó su cámara y capturó el espectáculo que ocurría cada noche. Aquí conocemos a Paparazzo, el fotógrafo amigo de Marcello, cuyo nombre se volvió el término universal para referirse a los fotógrafos de prensa agresivos. La película documenta el nacimiento de esta cultura de la celebridad, esa simbiosis voraz entre la estrella que necesita ser vista y el fotógrafo que vive de congelar su imagen. Los emblemáticos cafés de la época, como el Café de Paris o Harry’s Bar, eran los principales escenarios de este teatro social. En sus mesas se sentaban Frank Sinatra, Audrey Hepburn o el rey Faruq de Egipto. Fellini recrea esta atmósfera con una habilidad inigualable, mostrando las noches interminables de Marcello, que deambula de fiesta en fiesta, de conversación vacía en conversación vacía, en busca de una historia, una conexión, algo que dé sentido a aquel desfile de opulencia y soledad.

Recorriendo Via Veneto en el Siglo XXI

Hoy en día, Via Veneto ha cambiado. La frenética energía de la ‘dolce vita’ se ha calmado, dando lugar a una atmósfera de lujo sereno y cierta nostalgia. Los paparazzi han migrado a otros territorios, y las estrellas de cine ya no frecuentan sus terrazas con la misma regularidad. No obstante, la avenida mantiene su elegancia. Está flanqueada por algunos de los hoteles más lujosos de Roma, como el Westin Excelsior o el Grand Hotel Palace, junto a boutiques de alta costura. Caminar por sus amplias aceras es como recorrer un museo de una época dorada. El verdadero placer está en sentarse en una de las terrazas de esos cafés históricos. Sí, un café o aperitivo aquí costará considerablemente más que en cualquier otro lugar de Roma, pero no solo se paga la bebida, sino también el privilegio de ocupar un asiento en la historia. Pidan un Negroni en Harry’s Bar, reclínense en la silla y observen. Imaginen a Marcello Mastroianni en la mesa contigua, con su cigarrillo y su mirada melancólica. Piensen en las historias que esas paredes han escuchado, en los escándalos que han presenciado. Aunque la calle es más tranquila, si se visita al atardecer, cuando las luces de los hoteles comienzan a encenderse y los romanos elegantes salen a su ‘passeggiata’, aún se puede captar un destello de aquel glamour perdido, un eco de risas y el destello de cámaras que una vez llenaron la noche.

La Cúpula de San Pedro: Un Vértigo Divino y Existencial

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El Ascenso de Marcello: Una Búsqueda Espiritual Inconclusa

En una de las secuencias más emblemáticas de la película, Marcello se une a un grupo para subir a la cúpula de la Basílica de San Pedro. Este ascenso físico funciona como una metáfora perfecta de su búsqueda espiritual. A medida que avanzan por las estrechas y claustrofóbicas escaleras que serpentean en el interior de la obra maestra de Miguel Ángel, el mundo exterior desaparece, y el esfuerzo se convierte en una especie de penitencia. Marcello, el cínico cronista de la vida nocturna, se halla en el corazón del catolicismo, buscando algo que ni él mismo sabe nombrar. Al llegar a la cima, la recompensa es una vista panorámica de Roma que deja sin aliento. La Piazza San Pietro, diseñada por Bernini, se extiende abajo como un abrazo de piedra, y toda la ciudad se despliega hasta el horizonte. Sin embargo, para los personajes, esta visión sublime no aporta ni revelación ni consuelo. Bromean, coquetean, se fotografían. La magnificencia del paisaje solo acentúa su pequeñez espiritual y su incapacidad para conectar con algo mayor que ellos mismos. La vista divina se convierte en un simple telón de fondo para sus dramas cotidianos. Fellini nos muestra que la cercanía física a lo sagrado no garantiza ni salvación ni claridad. Marcello mira hacia abajo, a la ciudad que es su patio de recreo y su prisión, y en su rostro no hay paz, solo un vértigo tanto físico como existencial.

La Experiencia de Subir a la Cúpula

Recrear el ascenso de Marcello es una de las experiencias más memorables que un visitante puede vivir en Roma. Es fundamental planificarlo con anticipación. Lo más recomendable es llegar a primera hora de la mañana para evitar las largas filas que se forman posteriormente. Hay dos opciones: subir los 551 escalones a pie o tomar un ascensor que cubre la primera parte del trayecto, dejando ‘solo’ 320 escalones para el tramo final. Sea cual sea la elección, la última sección es inevitable: un pasillo estrecho e inclinado que sigue la curva de la cúpula. No es apto para claustrofóbicos, pero el esfuerzo vale la pena. Primero, se llega a la galería interior, desde donde se puede admirar el interior de la basílica desde una altura impresionante, con los mosaicos de la cúpula prácticamente al alcance de la mano. Luego, se continúa hacia la cima. Al salir al aire libre, en la linterna de la cúpula, el impacto es total. La vista panorámica de 360 grados sobre Roma, el Vaticano y las colinas circundantes es simplemente espectacular. Es un momento para el silencio y la contemplación. Busquen los puntos de referencia: el Coliseo, el Panteón, el río Tíber serpenteando por la ciudad. Mientras recuperan el aliento, piensen en la escena de Fellini. ¿La vista les ofrece una sensación de paz o, como a Marcello, les hace sentir la inmensidad del mundo y la complejidad de su propio lugar en él? Es una experiencia que supera el turismo; es una oportunidad para una profunda reflexión personal, suspendidos entre el cielo y la tierra.

Las Termas de Caracalla: Ecos de una Grandeza Perdida

El Baile Nocturno entre Ruinas Imperiales

Fellini emplea las imponentes ruinas de las Termas de Caracalla como telón de fondo para una de las escenas nocturnas más extrañas y evocadoras de la película. Marcello y Sylvia, junto a otros personajes, vagan por los restos de este antiguo complejo de baños públicos bajo la luz de la luna. La atmósfera resulta onírica y ligeramente inquietante. Las enormes bóvedas de ladrillo y los arcos deteriorados se alzan como esqueletos de un pasado glorioso, haciendo que las figuras modernas, que bailan y ríen entre ellas, parezcan diminutas. El contraste es brutal y consciente. Por un lado, la permanencia y la escala sobrehumana del Imperio Romano; por otro, la fugacidad y frivolidad de la sociedad actual. Los personajes parecen fantasmas que juegan en un cementerio de gigantes. Fellini no requiere diálogos para transmitir su mensaje: la grandeza del pasado funciona como un espejo que refleja la vacuidad del presente. El eco de sus voces se pierde en la inmensidad del espacio, subrayando su insignificancia. Esta escena es una reflexión sobre la decadencia, no solo de un imperio, sino de una cultura que ha perdido su vínculo con la historia y la trascendencia, prefiriendo la distracción momentánea al legado duradero.

Explorando las Ruinas Monumentales

Visitar hoy las Termas de Caracalla es una experiencia profundamente atmosférica. A diferencia del bullicioso Foro Romano o el Coliseo, este vasto complejo arqueológico suele estar mucho más tranquilo, lo que permite una exploración más íntima y reflexiva. Al entrar, lo primero que impresiona es su magnitud. Resulta difícil imaginar que esto fuera un complejo de baños públicos. Las paredes que aún permanecen en pie alcanzan la altura de varios pisos de un edificio, y uno puede pasar horas caminando por los antiguos vestíbulos del ‘caldarium’, ‘tepidarium’ y ‘frigidarium’, así como por las palestras donde los romanos hacían ejercicio. El suelo conserva fragmentos de los magníficos mosaicos que alguna vez lo cubrieron. El mejor momento para visitar es por la tarde, cuando el sol bajo proyecta largas y dramáticas sombras a través de los arcos, y la luz dorada realza la textura rojiza de los ladrillos. Siéntense en la hierba, cierren los ojos e intenten imaginar el bullicio de la antigua Roma: el sonido del agua, las conversaciones, el eco de los pasos sobre el mármol. Luego abran los ojos y contemplen la quietud actual. Es un lugar que invita a meditar sobre el paso del tiempo y el destino de las civilizaciones. En verano, el Teatro dell’Opera di Roma utiliza las ruinas como un escenario espectacular al aire libre para sus representaciones, ofreciendo una oportunidad única para experimentar este lugar de una manera completamente nueva y vibrante, fusionando la grandeza ancestral con el arte vivo.

El Apartamento de Steiner: La Tragedia de la Burguesía Intelectual

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Un Refugio de Cultura y Desesperación

Steiner es uno de los personajes más complejos y trágicos de ‘La Dolce Vita’. Intelectual y hombre de familia, está rodeado de arte, música y amigos brillantes. Su apartamento, donde organiza una velada sofisticada a la que asiste Marcello, parece un oasis de calma y cultura en medio del caos hedonista de Roma. Hay libros por todas partes, se escucha a Bach en un órgano de iglesia, y la conversación es elevada y estimulante. Para Marcello, Steiner representa una posible vía de escape, un modelo de vida más profundo y significativo. Sin embargo, bajo esta superficie de perfección, Steiner está profundamente atormentado por el miedo al futuro y un nihilismo paralizante. Le confiesa a Marcello su terror a la paz, que considera una fachada de la verdadera naturaleza caótica de la vida. La elección de cómo Fellini ubica su apartamento es crucial. No está en el centro histórico, sino en el moderno y austero distrito de EUR (Esposizione Universale Roma), un área construida durante la era de Mussolini. La arquitectura racionalista y monumental de EUR, con sus líneas duras, su simetría imponente y su frialdad marmórea, refleja perfectamente el paisaje interior de Steiner: ordenado, impresionante, pero carente de calidez y verdadera vida. La tragedia final de Steiner, que sacude a Marcello hasta la médula, demuestra que ni la cultura, ni la inteligencia, ni la familia son un refugio seguro contra el vacío existencial.

Un Paseo por el Distrito EUR: La Otra Cara de Roma

Para el peregrino cinematográfico, una visita al distrito EUR es esencial para comprender la paleta visual y temática completa de Fellini. Es como viajar a una Roma completamente distinta. Se puede llegar fácilmente en metro (línea B, paradas EUR Palasport o EUR Fermi). Al salir de la estación, el ambiente cambia radicalmente. El caos encantador del centro se sustituye por amplias avenidas, parques meticulosamente cuidados y edificios monumentales que parecen sacados de un cuadro de De Chirico. El icono del distrito es el Palazzo della Civiltà Italiana, conocido popularmente como el ‘Colosseo Quadrato’ (Coliseo Cuadrado). Este edificio, con sus hileras de arcos simétricos, es una obra maestra del racionalismo fascista y un símbolo de la estética del poder. Caminen por el Viale della Civiltà del Lavoro hacia el lago artificial y observen los edificios que los rodean: el Palazzo dei Congressi, el Museo della Civiltà Romana. Hay una sensación de orden y grandiosidad, pero también de desolación, especialmente en un día tranquilo. Esta es la Roma de la metafísica, no la de la ‘sprezzatura’. Este paseo no es solo una visita a una localización de la película; es una lección de historia y arquitectura que revela una capa de la identidad romana a menudo ignorada por los turistas. Es la Roma que mira hacia un futuro utópico (o distópico), en marcado contraste con la Roma que vive perpetuamente en su glorioso pasado.

La Escena del «Milagro» y el Castillo de los Príncipes: Falsas Esperanzas y Nobleza Decadente

El Castillo de Bassano di Sutri: Una Fiesta Aristocrática Vacía

En su constante búsqueda de experiencias, Marcello asiste a una fiesta en el castillo de una familia aristocrática en las afueras de Roma. La ubicación real de esta escena es el imponente Palazzo Odescalchi en Bassano Romano, un pequeño pueblo en la provincia de Viterbo. La escena es una lección magistral sobre la decadencia. Los nobles, descendientes de familias poderosas, vagan por los salones señoriales como espectros. El castillo, repleto de obras de arte y antigüedades, se siente más como un mausoleo que como un hogar. Realizan una sesión de espiritismo, intentando comunicarse con los fantasmas de sus antepasados, sin percatarse de que ellos mismos son los verdaderos fantasmas, atrapados en un pasado que ya no existe. La atmósfera es opresiva y melancólica. La grandeza de la arquitectura y la decoración contrasta con la vacuidad espiritual de sus habitantes. Fellini retrata a una clase social que ha perdido su propósito, reducida a llevar a cabo rituales vacíos y a vivir de glorias pasadas. Para Marcello, esta inmersión en el mundo aristocrático es otra desilusión más; en lugar de encontrar la sustancia y la tradición que podría desear, descubre solo una forma distinta de vacío, más antigua y polvorienta que la de la Via Veneto.

Visitando Bassano Romano: Un Escape al Lacio Profundo

Una visita a Bassano Romano es una maravillosa excursión de un día desde Roma y una oportunidad para conocer el Lacio rural que Fellini frecuentemente exploraba en sus filmes. La mejor manera de llegar es en coche, ya que ofrece mayor flexibilidad. El pueblo en sí es encantador, un laberinto de calles medievales que culmina en el espléndido Palazzo Odescalchi. Aunque el palacio no siempre está abierto al público (es necesario consultar los horarios o eventos especiales), la vista exterior y el ambiente del pueblo justifican por sí solos el viaje. La zona que rodea Bassano Romano posee una belleza serena, con colinas boscosas y lagos volcánicos, como el cercano Lago di Bracciano. Esta excursión brinda un respiro al ajetreo de Roma y una visión de un ritmo de vida más pausado y tradicional. Es el tipo de lugar donde se puede disfrutar de un almuerzo largo y tranquilo en una ‘trattoria’ local, saboreando la auténtica gastronomía regional. Estando allí, en el silencio de un antiguo pueblo, es fácil comprender por qué Fellini eligió este escenario para representar un mundo en vías de desaparición. Hay una belleza innegable, pero también una sensación palpable de tiempo suspendido, de un esplendor que susurra relatos de un pasado remoto.

El Epílogo en la Playa de Fregene: El Monstruo Marino y la Inocencia Perdida

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El Amanecer Después de la Orgía

La película concluye con una de las escenas más desoladoras y contundentes en la historia del cine. Tras una noche de fiesta desenfrenada y carente de sentido en una villa junto al mar en Fregene, un suburbio costero de Roma, los juerguistas, agotados y resacosos, salen a la playa al amanecer. El ambiente es gris, frío y lúgubre. El jolgorio nocturno resulta patético bajo la cruda luz del día. En ese momento, unos pescadores extraen del mar una criatura extraña: una enorme mantarraya, hinchada y grotesca. La multitud se congrega alrededor, fascinada y repelida a la vez. El monstruo marino funciona como un espejo. Su ojo vidrioso y muerto parece devolverles la mirada, reflejando su corrupción moral y su monstruosidad interior. Es una criatura de las profundidades, un símbolo de todo lo primario, irracional y perturbador que emerge para confrontar a esta sociedad superficial. Marcello observa al animal con una mezcla de curiosidad y cansancio. Ya no hay glamour, solo el amargo sabor de la resaca y la constatación de su propia bancarrota espiritual.

La Mirada de Paola y la Renuncia Final

En este momento de desolación se alcanza el clímax emocional de la película. Al otro lado de un pequeño estuario, Marcello divisa a Paola, la joven y angelical camarera que conoció brevemente en una trattoria junto al mar. Ella representa todo lo que él ha perdido: la inocencia, la pureza, la simplicidad, la promesa de una vida distinta. Ella le sonríe y lo llama, pero el sonido del viento y las olas apaga sus palabras. Él no puede oírla. Hace un gesto de impotencia, como indicando que no comprende. Por un instante duda. Parece que podría intentar cruzar hacia ella. Pero la brecha es demasiado amplia, no solo físicamente sino también espiritualmente. Con un encogimiento de hombros, una sonrisa resignada y agotada, se da la vuelta y regresa con su grupo de amigos decadentes, eligiendo el ruido familiar del vacío en lugar del silencio prometedor de la redención. Es un final devastador. Marcello renuncia conscientemente a su última oportunidad de salvación. Se aleja de la inocencia y se sumerge nuevamente en su ‘dolce vita’, que ahora se revela por completo como una condena. La película termina con la mirada pura y directa de Paola, que nos observa a nosotros, los espectadores, como si nos preguntara qué camino elegiríamos.

Fregene Hoy: El Litoral Romano

Visitar Fregene en la actualidad es una experiencia agridulce para quienes aman ‘La Dolce Vita’. Lo que en la película era una playa desierta y melancólica es hoy un animado balneario, especialmente concurrido por los romanos durante el verano. La costa está salpicada de ‘stabilimenti balneari’ (clubes de playa), restaurantes y bares. La atmósfera es de ocio y diversión, muy lejos de la desolación que cierra la película. Sin embargo, la esencia del lugar se mantiene. El mar Tirreno conserva su color plateado bajo el cielo a menudo nublado, y los pinares que bordean la playa (la Pineta di Fregene) siguen ofreciendo un refugio sombreado y fragante. Para reconectar con el espíritu del filme, lo ideal es visitar Fregene fuera de temporada, en un día otoñal o invernal. Paseen por la orilla desierta, sientan el viento salado en el rostro y observen el vaivén de las olas. Encuentren un restaurante de mariscos, como el famoso La Scialuppa da Salvatore, y pidan un plato de ‘spaghetti alle vongole’. Mientras comen mirando al mar, es inevitable reflexionar sobre ese final inolvidable. Fregene es el lugar donde el viaje de Marcello termina, no con una resolución, sino con una renuncia. Y nos recuerda que, a veces, la ‘vida dulce’ consiste en decidir a qué lado de la orilla queremos estar.

Conclusión: La Búsqueda de la Dolce Vita en la Roma Moderna

Recorrer las localizaciones de ‘La Dolce Vita’ va mucho más allá de un simple ejercicio de nostalgia cinéfila. Es entablar un diálogo con el fantasma de una Roma que fue y que, en muchos aspectos, sigue siendo. Es comprender que Fellini no solo filmó una ciudad, sino que la interpretó, soñó y proyectó al mundo como un estado del alma. La Roma de Marcello es un laberinto de belleza sublime y profunda soledad, un escenario donde lo sagrado y lo profano bailan un tango eterno. Hoy, al caminar por estas mismas calles, subir estas mismas escaleras y sentarnos en estas mismas plazas, nos convertimos en parte de ese fresco. La búsqueda de la ‘dolce vita’ no terminó en 1960; es una condición humana universal. Es el anhelo de belleza, de conexión y de sentido en un mundo que a menudo nos ofrece distracciones brillantes pero vacías. Quizás la lección de Marcello no sea una de fracaso, sino una advertencia. Nos invita a mirar más allá de la superficie, a escuchar las voces que realmente importan por encima del ruido, y a reconocer la belleza no solo en las grandes fuentes y fiestas glamurosas, sino también en una sonrisa inocente al otro lado de la orilla. Vayan a Roma, piérdanse en sus calles, permitan que la ciudad les hable en su lenguaje de piedra y agua, y busquen su propia versión de esa vida dulce, una que, con suerte, sea tan rica en verdad como en belleza.

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この記事を書いた人

A food journalist from the U.S. I’m fascinated by Japan’s culinary culture and write stories that combine travel and food in an approachable way. My goal is to inspire you to try new dishes—and maybe even visit the places I write about.

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