Hay películas que se ven y hay películas que se habitan. ‘Nadie Sabe’ (‘Dare mo Shiranai’), la obra maestra de Hirokazu Kore-eda, pertenece innegablemente a la segunda categoría. No es un simple largometraje; es una ventana entreabierta a una realidad tan cruda y silenciosa que su eco perdura mucho después de que los créditos finales desaparecen. Basada en el desgarrador incidente del abandono de menores de Sugamo, la película no recurre a grandes dramas ni a una partitura musical que nos dicte qué sentir. Su poder reside en lo no dicho, en los gestos minúsculos, en la luz que se filtra por las cortinas de un apartamento abarrotado y, sobre todo, en los paisajes urbanos de un Tokio que rara vez acapara los focÁs. Este no es el Tokio de los rascacielos futuristas y los cruces de neón. Es el Tokio de los barrios residenciales, de las líneas de tren que serpentean entre edificios modestos, de las tiendas de conveniencia que zumban bajo una luz fluorescente y de los parques donde el tiempo parece transcurrir a un ritmo diferente. Realizar una peregrinación a los lugares de rodaje de ‘Nadie Sabe’ no es buscar el glamour de un plató de cine; es un acto de inmersión, una búsqueda contemplativa de la atmósfera, la melancolía y la increíble resiliencia que Kore-eda inmortalizó en el celuloide. Es caminar por las mismas aceras que caminó el joven Akira, sentir el peso del mundo sobre sus hombros infantiles y comprender que las historias más profundas de una ciudad a menudo se esconden a plena vista, en sus rincones más ordinarios. Acompáñenme en este viaje, no como turistas, sino como observadores silenciosos, para redescubrir la geografía emocional de una historia que Japón, y el mundo, nunca deberían olvidar.
Esta peregrinación contemplativa por los lugares de rodaje de Kore-eda comparte el espíritu de otros viajes cinematográficos, como el que explora la Toscana a través del cine.
El Apartamento de Nishi-Sugamo: El Epicentro de una Vida Secreta

El corazón palpitante de ‘Nadie Sabe’ es, sin duda, el pequeño apartamento donde los cuatro hermanos tejen su vida oculta. Aunque la dirección exacta se mantiene en discreción para proteger la privacidad de los actuales residentes, se sabe que el edificio está ubicado en el tranquilo barrio de Kita-Otsuka, en el distrito de Toshima, muy cerca de las estaciones Nishi-Sugamo y Otsuka. Este lugar no es un monumento, no cuenta con placas conmemorativas ni señales que indiquen su relevancia cinematográfica. Es precisamente esa anonimidad la que lo vuelve tan poderoso. Es un edificio de apartamentos más, como tantos en Tokio, con su fachada de azulejos en tonos tierra, sus estrechos balcones con ropa tendida y el constante zumbido de la vida urbana como fondo. Acercarse a esta zona es el primer paso para entender el universo de la película: un mundo que existe en paralelo al ritmo frenético de la metrópoli, invisible para la mayoría.
La Arquitectura de la Reclusión
Al pasear por las calles de Kita-Otsuka, uno comienza a notar los detalles que Kore-eda utilizó magistralmente para crear una atmósfera de aislamiento. Los edificios están pegados unos a otros, formando cañones de hormigón que en ocasiones bloquean la luz del sol. Las escaleras metálicas exteriores, como la que usan los niños en la película, son comunes; estructuras funcionales que se transforman en símbolos de escape y conexión con el exterior. El apartamento, llamado ficticiamente ‘Villa Heights’, representa miles de espacios reales. Imaginen su interior: el caos que crece de forma orgánica, los fideos instantáneos apilados, los dibujos infantiles pegados en la pared. El propio edificio es un personaje. Sus muros absorbieron risas, llantos y largos silencios de los niños. Su puerta marcaba la frontera entre ese frágil mundo y una sociedad que decidió no verlos. Estar cerca de él es sentir el peso de ese secreto. No se trata de intentar mirar dentro, sino de observar su presencia en la calle y reflexionar sobre las innumerables historias, de alegría y tristeza, que se desarrollan tras puertas cerradas en cualquier ciudad del mundo.
El Sonido del Barrio: La Banda Sonora de lo Cotidiano
Para sumergirse completamente en la experiencia, hay que detenerse y escuchar. El Tokio de ‘Nadie Sabe’ no es silencioso. Está lleno de sonidos que conforman la textura de la vida cotidiana de los niños. El más destacado es el traqueteo de los trenes. La línea Yamanote de JR y la pintoresca línea de tranvía Toden Arakawa pasan cerca. Cierren los ojos e imaginen a Akira escuchando ese ritmo desde el balcón. Para él, cada tren que pasa es un recordatorio del mundo exterior, un mundo en movimiento, con destinos y propósitos, mientras él está atrapado, anclado a su responsabilidad. El sonido del tranvía, más lento y melancólico, con su campana característica, añade una capa de nostalgia y ternura al paisaje sonoro. Además de los trenes, están los sonidos del barrio: las conversaciones de los vecinos, el motor de una moto de reparto, el anuncio de un vendedor ambulante de batatas asadas en invierno. Estos no son solo ruidos de fondo, sino el pulso del mundo del que estaban excluidos pero que, paradójicamente, los envolvía por completo. Caminar por estas calles es como escuchar la banda sonora original de la película, compuesta no por instrumentos, sino por la vida misma.
Cómo Sentir el Lugar: Una Guía para el Visitante Respetuoso
La mejor forma de llegar a esta zona es tomando la línea JR Yamanote hasta la estación Otsuka o la línea Toei Mita hasta Nishi-Sugamo. Desde allí, un corto paseo te adentra en el laberinto de calles residenciales. Es fundamental recordar que este es un barrio donde las personas viven su día a día. La visita debe ser un acto de observación silenciosa y respetuosa. No es un lugar para tomar fotos de manera invasiva ni para formar grandes grupos. El objetivo es caminar, observar y sentir. Fíjense en los pequeños detalles: las macetas bien cuidadas en los balcones, las bicicletas estacionadas en las entradas, las máquinas expendedoras que brillan en la noche. Estos son los elementos que conforman el tapiz visual de la película. Un buen consejo es visitar la zona en distintos momentos del día. Por la mañana, la luz genera sombras alargadas y se puede percibir la energía de las personas que van a trabajar. Al atardecer, el cielo se tiñe de tonos anaranjados y melancólicos, muy acordes con la paleta de colores del film. Por la noche, la luz de las farolas y las ventanas ilumina las calles, creando una atmósfera de intimidad y misterio. Este es un lugar para la contemplación, no para el turismo masivo.
Los Escenarios de la Supervivencia y la Inocencia Perdida
La vida de los niños no se limitaba a las cuatro paredes del apartamento. Para sobrevivir, jugar y soñar, debieron aventurarse en el mundo exterior, transformando lugares cotidianos en escenarios de su lucha y de sus efímeros momentos de felicidad. Estos espacios, distribuidos por los alrededores de Sugamo e Ikebukuro, son paradas esenciales en esta peregrinación, pues cada uno revela una faceta diferente de su experiencia.
La Tienda de Conveniencia: Un Faro en la Oscuridad
En Japón, la tienda de conveniencia, o konbini, es mucho más que un simple comercio. Es un centro social, un refugio abierto las 24 horas, una fuente de comida caliente y un punto de referencia en cualquier barrio. Para Akira, el konbini se convierte en una línea vital. Es donde gasta el poco dinero que tienen en fideos y snacks, donde busca empleo, y donde mantiene breves y torpes interacciones con otros seres humanos. Es un espacio de normalidad en medio de su vida irregular. Aunque la tienda exacta de la película ya no exista o haya sido renovada, el espíritu se encuentra en cualquier 7-Eleven, FamilyMart o Lawson de la zona. Entren en uno. Sientan el contraste entre el aire acondicionado frío y el calor de la calle. Escuchen el tintineo de la puerta al abrirse, la música pop japonesa de fondo, el saludo monótono del empleado. Observen los estantes perfectamente ordenados, una abundancia de alimentos que contrasta con la escasez en el apartamento de los niños. Para ellos, este lugar era un oasis de luz y orden en un mundo que se desmoronaba. Comprar una botella de té o un onigiri en uno de estos establecimientos y consumirlo en un banco cercano puede ser una manera sencilla pero significativa de conectar con la experiencia de Akira, un instante de normalidad forzada en un día lleno de preocupaciones.
El Parque Solitario: Ecos de Risas Infantiles
Todo niño necesita un lugar para jugar. Para los protagonistas de ‘Nadie Sabe’, el parque del barrio era su santuario, el único espacio donde podían ser simplemente niños. En la película, vemos un parque modesto, con columpios, un tobogán y un arenero. Es allí donde Yuki juega con una alegría desbordante, donde los hermanos comparten momentos de complicidad y donde recogen agua de la fuente pública cuando se les corta en casa. Estos pequeños parques públicos, o jidō kōen, salpican todos los barrios residenciales de Tokio. Visitar uno en la zona de Toshima es fundamental. No busquen uno idéntico al de la película, sino la esencia de lo que representa. Siéntense en un banco y observen. Vean a los niños de hoy jugar. Escuchen sus gritos y risas. Es un sonido agridulce. Por un lado, es la alegre banda sonora de la infancia, pero por otro, nos recuerda la inocencia que los protagonistas de la película se vieron obligados a abandonar prematuramente. Fíjense en la fuente de agua, un elemento tan simple que para ellos se convirtió en una cuestión de supervivencia. El parque es un espacio de dualidades: escenario de alegría y juego, pero también recordatorio de abandono y responsabilidades asumidas. Es un lugar para reflexionar sobre la importancia del juego y la libertad en la vida de un niño.
Los Grandes Almacenes de Ikebukuro: Un Espejismo de Abundancia
Ikebukuro, con su estación laberíntica, sus multitudes y sus imponentes grandes almacenes como Seibu y Tobu, representa un mundo completamente distinto al de su tranquilo barrio residencial. Para los niños, es un lugar de asombro y anhelo. En una escena memorable, visitan la azotea de uno de estos grandes almacenes, un espacio que en Japón suele albergar áreas de juego y pequeños parques de atracciones. Desde allí, observan la ciudad que se extiende a sus pies, un vasto universo al que no pertenecen. Visitar una de estas azoteas, conocidas como okujō yūenchi, es una experiencia reveladora. Aunque muchas han desaparecido, algunas aún conservan un aire retro y nostálgico. Suban al ascensor, sientan cómo se alejan del bullicio de las plantas comerciales y emergen al aire libre, con vistas panorámicas de la ciudad. Es un lugar donde el consumismo se mezcla con el ocio familiar. Para los niños de la película, era un paraíso inalcanzable. Podían mirar, pero no tocar. Podían ver a otras familias comprando, comiendo helado, disfrutando de una vida ‘normal’. Esta visita a los grandes almacenes subraya su invisibilidad social de la forma más cruel. Estaban físicamente presentes en el corazón de la abundancia, pero eran fantasmas, ignorados por una sociedad demasiado ocupada para notar su desesperada situación. Caminar por los pasillos de comida gourmet en el sótano (depachika), con sus exquisitos productos perfectamente expuestos, tras haber estado en el modesto konbini de su barrio, es un ejercicio de contraste que evidencia la profunda desigualdad que la película explora con tanta sutileza.
El Viaje Final: El Monorraíl y el Aeropuerto de Haneda

El tramo final de la película nos aleja del claustrofóbico entorno del barrio y nos lleva a un viaje hacia el borde de la ciudad, un recorrido cargado de un simbolismo abrumador. El monorraíl de Tokio y el aeropuerto de Haneda se convierten en los escenarios de una despedida silenciosa y de la culminación de la tragedia. Estos lugares, vinculados con el movimiento, la partida y los sueños de volar lejos, adquieren un significado doloroso y profundo dentro del contexto de la historia.
Vistas Fugaces desde el Monorraíl de Tokio
El viaje en el monorraíl de Tokio, que conecta Hamamatsucho con el aeropuerto de Haneda, es una experiencia cinematográfica en sí misma. El tren se desliza elevado sobre la ciudad, ofreciendo vistas panorámicas que contrastan con la perspectiva a nivel de calle que habíamos tenido hasta entonces. Para Akira y Saki, este trayecto es un escape momentáneo. A medida que el tren se aleja del centro, el paisaje urbano denso da paso a zonas industriales, almacenes, canales y finalmente a la vasta extensión de la bahía de Tokio. Kore-eda utiliza este recorrido para marcar una transición. Es un movimiento literal, pero también un viaje hacia una decisión terrible. Como pasajero, replicar este trayecto resulta una experiencia profundamente conmovedora. Siéntense junto a la ventana y observen el paisaje cambiante. Vean los barcos en la bahía, las grúas industriales y los complejos de apartamentos que parecen interminables. Imaginen lo que pasaba por la mente de Akira, un niño forzado a tomar una decisión de adulto, mientras el mundo pasaba a toda velocidad ante sus ojos. El movimiento constante del monorraíl contrasta brutalmente con la inmovilidad y el estancamiento de sus vidas. El tren avanza hacia un destino, pero para ellos, el futuro es un abismo de incertidumbre. No es un simple traslado; es un pasaje a través de la psique de un niño al borde del abismo.
Haneda: El Rugido de los Aviones y el Silencio de una Despedida
El aeropuerto de Haneda es el destino final del viaje y el escenario de una de las secuencias más desgarradoras del cine contemporáneo. Akira y Saki no están allí para tomar un vuelo, sino para observar. Van a la plataforma de observación, un lugar popular para familias y entusiastas de la aviación. El contraste es insoportable. Están rodeados por la emoción de los viajes, las despedidas y los reencuentros, el sueño de volar a lugares lejanos. Y en medio de todo eso, llevan a cabo su propio ritual sombrío y silencioso. Visitar la plataforma de observación de Haneda es una experiencia sensorial abrumadora. Sientan la vibración del suelo cuando un jumbo despega. Escuchen el rugido ensordecedor de las turbinas, un sonido que lo consume todo. Observen la increíble coreografía de los aviones en las pistas. Ahora, imaginen la escena de la película en este contexto. El ruido atronador de los aviones sirve para ahogar el grito silencioso de los personajes. El avión que despega, símbolo universal de libertad y escape, se vuelve aquí un testigo mudo de su tragedia. Representa todo lo que ellos no pueden tener: una salida, un futuro, una madre que regresa. Es el clímax de su aislamiento. Están en uno de los lugares más conectados del mundo, un nexo global de movimiento humano, y sin embargo, nunca han estado más solos. Permanecer en esa plataforma, viendo un avión tras otro surcar el cielo, es una reflexión sobre la esperanza y la desesperación, sobre la partida y el abandono, temas centrales que resuenan a lo largo de toda la película.
El Tokio de Kore-eda: Más Allá de los Neones
Realizar esta peregrinación nos permite comprender un aspecto fundamental del cine de Hirokazu Kore-eda: su profunda relación con el espacio y el lugar. Para él, Tokio no es solo un telón de fondo, sino un protagonista activo en sus relatos. Su cámara no persigue la espectacularidad, sino la verdad oculta en lo cotidiano. Es un Tokio que frecuentemente pasa desapercibido para el visitante, pero que constituye el auténtico corazón de la ciudad.
La Estética de lo Cotidiano
Kore-eda es un maestro en descubrir la belleza en lo ordinario. En ‘Nadie Sabe’, su lente se detiene en detalles que otros pasarían por alto: la textura del hormigón, el óxido en una barandilla, los cables eléctricos que forman complejas geometrías en el cielo, el reflejo de las nubes en un charco. Al recorrer los lugares de rodaje, debemos adoptar esta misma mirada. En lugar de buscar el encuadre perfecto de la película, intentemos encontrar esos pequeños instantes de poesía visual. Observen cómo la luz del sol de la tarde se filtra entre los edificios, creando patrones sobre el asfalto. Fíjense en las malas hierbas que brotan en las grietas de una pared. Estos detalles, aparentemente insignificantes, son los que construyen la atmósfera realista y lírica del filme. El Tokio de Kore-eda es un Tokio tangible, lleno de texturas, sonidos y olores. Es una ciudad vivida, no solo contemplada. Esta peregrinación invita a ralentizar el paso, a dejar de lado los mapas turísticos y a comenzar a mirar la ciudad con los ojos de un poeta de lo cotidiano.
El Incidente Real de Sugamo: Un Contexto Doloroso
Hablar de ‘Nadie Sabe’ es imposible sin mencionar el hecho real en el que se basa: el caso de abandono de menores en Sugamo en 1988. Kore-eda tardó más de una década en elaborar el guion, transformando un titular sensacionalista de periódico en una exploración humana y compasiva. Conocer este trasfondo añade una capa de seriedad y urgencia a la visita de estos lugares. No estamos simplemente siguiendo las huellas de personajes ficticios, sino rindiendo un homenaje silencioso a las víctimas reales de una tragedia que conmocionó a Japón. Este conocimiento debe inspirar un respeto profundo. Las calles de Toshima no son solo un plató de cine; son el escenario de un sufrimiento real. Por tanto, la peregrinación se convierte en un acto de memoria. Es un recordatorio de que detrás de las estadísticas y las noticias hay vidas humanas, y de que la responsabilidad social es cuidar a sus miembros más vulnerables. Es una oportunidad para reflexionar sobre cómo las comunidades, a veces, fallan en la tarea de ver lo que sucede justo frente a sus ojos. La película no juzga, y nosotros tampoco deberíamos. En su lugar, debemos observar, recordar y meditar.
Guía Práctica para el Viajero Contemplativo

Emprender esta peregrinación requiere una mentalidad distinta a la de un recorrido turístico habitual. Es un viaje tanto interior como exterior. A continuación, algunos consejos prácticos para que la experiencia sea lo más significativa y respetuosa posible.
Planificando tu Ruta: Un Itinerario Emocional
Una ruta lógica sería comenzar en el corazón de la historia. Dedica una mañana completa a explorar los barrios de Kita-Otsuka y Nishi-Sugamo. Empieza en la estación de Otsuka (línea JR Yamanote) y camina sin rumbo fijo, absorbiendo la atmósfera. Recorre la zona del apartamento, busca un pequeño parque local y siéntate un rato. Visita la línea de tranvía Toden Arakawa, que cuenta con una encantadora parada en Koshinzuka, cerca del animado mercado de Jizo-dori, donde podrás observar la vida local de personas mayores, en contraste con la juventud de los protagonistas. Por la tarde, dirígete a Ikebukuro. Vive el choque sensorial de la estación y los grandes almacenes. Sube a la azotea de Seibu o Tobu para disfrutar de una vista panorámica. Finalmente, si el tiempo y el ánimo lo permiten, completa el viaje tomando el monorraíl desde Hamamatsucho hasta el aeropuerto de Haneda. Este último tramo es emocionalmente intenso, por lo que conviene reservarlo para el final del día, quizá al atardecer, para una experiencia aún más profunda.
La Mejor Época para Visitar: Las Estaciones del Sentimiento
La película transcurre durante casi un año, mostrando el paso de las estaciones, un elemento esencial en la narrativa visual. Cada estación ofrece una perspectiva distinta para el peregrino. El verano, con su calor húmedo y el incesante canto de las cigarras, permite sentir la opresión y el malestar que vivieron los niños en el apartamento sin aire acondicionado. Es la estación más dura, pero también la que refleja con mayor fidelidad los momentos más difíciles de la película. El otoño, con su luz dorada y suave y su aire melancólico, es quizás la estación que mejor captura el tono general del film. El invierno, con sus días cortos y frío penetrante, intensifica la sensación de soledad y desolación. La primavera, con la explosión de cerezos en flor, crea un contraste casi doloroso entre la renovación de la naturaleza y la tragedia inmutable de los niños. No existe una temporada «mejor»; cada una ofrece una lente emocional diferente para vivir la experiencia.
Consejos de una Local: Observar y Absorber
Para esta peregrinación, lo más importante es llevar calzado cómodo. Caminarás mucho, y a menudo por calles que no aparecen en las guías. Lleva una botella de agua, tal como hacían los niños, aunque hoy día puedes rellenarla o comprar una bebida fría en cualquier máquina expendedora. Apaga la música de tus auriculares y escucha la ciudad. Guarda el teléfono en el bolsillo de vez en cuando y simplemente observa. Presta atención a los detalles: una cortina que se mece en una ventana abierta, un gato durmiendo sobre el capó de un coche, el aroma a incienso de un pequeño templo del barrio. Para descansar, evita las cadenas de cafeterías y busca un kissaten local, una tradicional cafetería japonesa. Estos lugares son cápsulas del tiempo, con una atmósfera tranquila y un café preparado con cuidado, ideales para sentarte a escribir en un diario o simplemente reflexionar sobre lo que has visto y sentido. Y, sobre todo, sé respetuoso. Eres un invitado en los espacios de vida de otras personas. Una sonrisa y una leve inclinación de cabeza hacia un residente que cruces pueden marcar una gran diferencia.
Al término de este viaje, uno no regresa con souvenirs ni con fotos espectaculares para las redes sociales. Regresa con algo mucho más intangible y valioso: una comprensión más profunda de una obra de arte y de la ciudad que la inspiró. Has caminado por las mismas calles, respirado el mismo aire y, quizás, sentido una fracción del peso y la belleza de la historia de esos cuatro niños. Nadie Sabe nos enseña que las historias más universales no se encuentran en los grandes monumentos, sino en los espacios intermedios, en los barrios anónimos y en los corazones resilientes de quienes los habitan. Esta peregrinación es un homenaje a esa verdad, un recordatorio de que para conocer verdaderamente una ciudad, a veces hay que aprender a ver lo invisible para los demás.

