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Tras las Huellas de Francis Bacon: Un Peregrinaje por el Arte, la Vida y la Angustia en Londres y Dublín

Bienvenidos a un viaje que trasciende el turismo convencional, una inmersión profunda en el alma tormentosa y brillante de uno de los gigantes del siglo XX: Francis Bacon. Este no es un simple recorrido por museos y calles; es un peregrinaje a los epicentros sísmicos de una vida vivida al borde del abismo, una vida cuya cruda energía se decantó en lienzos que aún hoy nos gritan, nos seducen y nos perturban. Caminaremos por el Dublín de su gélida infancia y nos sumergiremos en el Londres bohemio y brutal que se convirtió en su escenario, su refugio y su crisol. Seguir las huellas de Bacon es aceptar una invitación a explorar los paisajes físicos y psicológicos que forjaron su visión única, a sentir el eco de sus pasos en los adoquines de un mews escondido, a oler el aguarrás y el champán en el aire de su caótico estudio, y a enfrentarse, finalmente, al reflejo de nuestra propia humanidad en la carne retorcida y la belleza descarnada de su obra. Prepárense para un viaje al corazón de la oscuridad creativa, un recorrido por los lugares que no solo vieron nacer al artista, sino que se convirtieron en parte inseparable de su leyenda y de su arte visceral. Un mapa de este territorio sagrado y profano les servirá de guía inicial en esta odisea existencial.

Si te ha cautivado este tipo de peregrinaje artístico, te invitamos a explorar otro viaje transformador en nuestro artículo sobre el peregrinaje tras las huellas de Masaccio.

目次

Dublín: El Origen del Tormento y la Memoria Reconstruida

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El alma de un artista se forja en los fuegos de sus primeros años, y en el caso de Francis Bacon, esos fuegos ardieron con una llama fría y distante en la capital irlandesa. Para él, Dublín no fue un hogar cálido, sino el escenario originario de un sentimiento de desarraigo que impregnaría toda su vida y su obra. Nacer en el 63 de Lower Baggot Street en 1909 significó llegar a un mundo de apariencias, en la rigidez de la alta sociedad angloirlandesa, un entorno tan pulcro en su fachada georgiana como asfixiante para un niño asmático y sensible que pronto descubriría su propia diferencia. La relación con su padre, un autoritario entrenador de caballos y veterano de guerra, fue un campo de batalla de incomprensión y rechazo. Esta tensión paterna, esta violencia latente en el hogar, se transformaría en un eco perpetuo, resonando en las figuras masculinas distorsionadas y en las jaulas invisibles que aprisionan a los sujetos de sus cuadros más emblemáticos. Pasear hoy por las elegantes calles de la Dublín georgiana es sentir esa dualidad: la belleza formal de la arquitectura y, bajo su superficie, una melancolía persistente, un aire cargado de historia y fantasmas personales. Aunque la casa natal de Bacon ya no es un museo dedicado a él, el simple hecho de estar allí, de respirar el aire de Merrion Square o de caminar junto al Grand Canal, nos acerca a la atmósfera que moldeó su percepción del espacio como algo opresivo, del cuerpo como vulnerable y de la existencia como una lucha constante.

La Galería Hugh Lane: Un Santuario del Caos Creativo

Si hay un lugar en el mundo que actúa como la piedra de Rosetta para descifrar el enigma de Francis Bacon, ese es, sin duda, la Galería Hugh Lane de Dublín. Aquí no solo se exhibe una impresionante colección de sus obras, sino que se guarda el corazón mismo de su universo: la relocalización y reconstrucción meticulosa de su legendario estudio del número 7 de Reece Mews, en Londres. Entrar en este espacio es una experiencia casi religiosa para cualquier amante del arte. Es un portal dimensional que nos transporta directamente al epicentro del proceso creativo de Bacon, un microcosmos de desorden sagrado que desafía toda lógica convencional. La visita a este santuario del caos es un acto de peregrinación imprescindible para comprender cómo de la anarquía material podía nacer un arte de tan implacable precisión emocional.

El Estudio Reconstruido: El Big Bang de la Creación

El estudio de Francis Bacon, trasladado pieza por pieza desde Londres a Dublín en un esfuerzo arqueológico sin precedentes, es mucho más que una simple habitación. Es un autorretrato tridimensional, una topografía de su mente. Al asomarnos a través del cristal protector, enfrentamos una explosión detenida en el tiempo. Montañas de libros de arte, fotografías arrugadas de sus amantes, recortes de periódicos, catálogos de enfermedades bucales, imágenes de animales en movimiento de Eadweard Muybridge, todo ello compone un humus cultural y visual sobre el que germinó su obra. El suelo está cubierto por una costra de pigmentos, un registro geológico de décadas de trabajo febril. Lienzos rasgados, pinceles endurecidos y botes de pintura vacíos se apilan junto a cajas de champán y copas de vino, testigos mudos de un ciclo de creación y destrucción, de disciplina y exceso. La sensación es abrumadora: una mezcla de claustrofobia y asombro. Es aquí donde se comprende que el caos no era un obstáculo para Bacon, sino su método. En este aparente desorden, él sabía dónde estaba cada cosa, cada imagen capaz de detonar una idea. El polvo, las manchas y las salpicaduras en las paredes no son suciedad; son cicatrices de la batalla creativa, huellas de la energía pura que se desataba entre esas cuatro paredes. Permanecer frente al estudio es una lección magistral sobre la naturaleza del arte: no nace de la pulcritud, sino de la vida vivida, digerida y regurgitada con brutal honestidad.

Las Obras de Bacon en la Galería: Diálogos desde el Abismo

Después de ser bautizado en el caos del estudio, enfrentarse a las pinturas de Bacon expuestas en las salas contiguas de la Hugh Lane es una revelación. Las obras adquieren una nueva dimensión, una resonancia más profunda. De repente, comprendemos de dónde proceden esas texturas arenosas, esas formas que parecen emerger de un torbellino de materia. La galería alberga una colección significativa que abarca diferentes períodos de su carrera, permitiendo al visitante trazar la evolución de sus obsesiones. Ver un retrato de George Dyer, su amante y musa trágica, sabiendo que las fotografías arrugadas de su rostro yacen a pocos metros en el suelo del estudio, crea una conexión íntima y dolorosa. Las figuras aisladas en sus jaulas geométricas parecen ahora una extensión directa del espacio físico y mentalmente confinado del estudio. La experiencia es completa: primero presenciamos el laboratorio del alquimista y luego, el oro terrible y resplandeciente que fue capaz de transmutar. Un consejo práctico para el visitante es dedicar tiempo. No se apresuren. Observen el estudio desde todos los ángulos posibles, dejen que la marea de objetos los abrume. Luego, visiten las salas de pintura y regresen al estudio. Este vaivén entre el proceso y el resultado final es lo que hace de la visita a la Hugh Lane una experiencia transformadora y absolutamente única en el mundo del arte.

Londres: El Crisol de la Vanguardia y el Escenario de la Vida

Si Dublín fue el discreto prólogo de la vida de Bacon, Londres representó la ópera completa: ruidosa, brutal, decadente y espléndidamente vibrante. Fue en esta metrópoli donde, tras breves estancias en Berlín y París, Bacon halló su voz como artista y el escenario ideal para vivir a su manera. Londres, especialmente en los años de posguerra, era una ciudad de contrastes: la pompa de la tradición británica enfrentándose a una cultura bohemia emergente y vibrante, cuyo epicentro se encontraba en los pubs y clubes privados del Soho. Para Bacon, Londres no era solo un lugar para pintar; era el combustible de su obra. Las calles grises, la energía nerviosa de sus habitantes, las amistades peligrosas y las noches empapadas en alcohol se filtraron directamente en sus lienzos. Recorrer el Londres de Bacon es trazar un mapa de su psique, desde la intimidad claustrofóbica de su estudio en South Kensington hasta la anarquía social de sus garitos en el Soho. Es una ciudad que, pese a los cambios, aún conserva el eco de su risa, sus discusiones y el genio que acechaba en sus rincones más oscuros y elegantes.

South Kensington y el 7 Reece Mews Original: La Cueva del Minotauro

Ubicado en el corazón del elegante y opulento barrio de South Kensington, Reece Mews es un pequeño callejón empedrado, un susurro de discreción en medio del bullicio de la gran ciudad. Y en el número 7 de este modesto mews se encontraba el hogar y taller que Bacon habitó durante más de treinta años. Aunque el estudio físico ahora se encuentra en Dublín, visitar Reece Mews sigue siendo un acto esencial de peregrinación. Hay una energía palpable en el ambiente, una sensación de espacio sagrado. Imaginar al artista, a menudo vestido con un traje de Savile Row manchado de pintura, entrando y saliendo por esa pequeña puerta es conectar con la geografía íntima de su vida. El contraste entre la modestia del exterior y la intensidad volcánica de lo que ocurría dentro es la metáfora perfecta de su propia existencia: un hombre de gustos refinados y apetitos primarios, un dandi que pintaba como un carnicero.

La Vida en el Mews: Entre el Lienzo y la Botella

El estudio en Reece Mews era diminuto, apenas un antiguo establo reformado. Contaba con una sala de estar en la planta baja y una sola habitación en la planta superior que funcionaba como estudio y, a veces, dormitorio. Esta compresión del espacio es clave para comprender su obra. Las figuras de Bacon con frecuencia parecen atrapadas, confinadas en cubos o espacios desnudos, y es imposible no ver en estas composiciones un reflejo de su propio entorno de trabajo. El mews era a la vez santuario y prisión. Allí recibía a modelos, amantes y amigos, pero también enfrentaba en soledad el terror del lienzo en blanco. Sus rutinas fueron legendarias: pintar frenéticamente por las mañanas, a menudo con la luz del alba y bajo los efectos de la resaca, para luego sumergirse en la vida social de Londres, comiendo, bebiendo y apostando hasta altas horas. El mews era el punto de partida y el refugio final de estas correrías. Caminar hoy por el callejón, con el eco de los pasos rebotando en los adoquines, es un ejercicio de imaginación. Casi se puede escuchar el tintineo de las botellas, el roce del pincel contra la tela y las conversaciones apasionadas que flotaban en el aire. Para enriquecer la visita, se recomienda un paseo hasta el cercano Victoria and Albert Museum. Bacon era un visitante habitual, buscando inspiración no solo en las grandes obras maestras, sino también en los textiles, el mobiliario y, sobre todo, en los libros de la biblioteca, donde consultaba las fotografías de Muybridge que tanto le fascinaban.

El Soho Bohemio: El Escenario del Exceso y la Inspiración

Si Reece Mews era el espacio privado de la creación, el Soho representaba el teatro público de la vida de Bacon. Este laberinto de calles en el corazón del West End londinense era, en la época de Bacon, un hervidero de artistas, escritores, músicos, actores, aristócratas y delincuentes. Era un lugar donde las estrictas normas de la sociedad británica se disolvían en una neblina de alcohol, humo y conversación brillante. Para Bacon, el Soho no era una distracción del trabajo, sino parte integral de él. Era su territorio social, el espacio donde observaba la comedia y la tragedia humanas en su estado más puro, una fuente inagotable de energía que luego volcaba en su estudio. Las caras que veía, las historias que escuchaba, la tensión, violencia y ternura que presenciaba en sus bares y clubes favoritos se transformaron en la materia prima de su arte.

The Colony Room Club: El Infierno Verde Esmeralda

El núcleo del universo social de Bacon era, sin duda, The Colony Room Club. Situado en el 41 de Dean Street, este pequeño y notoriamente sórdido club privado era dirigido por la imponente Muriel Belcher, una mujer cuya lengua afilada y generosidad selectiva lo convirtieron en leyenda. Las paredes, pintadas de un verde esmeralda que parecía absorber la luz y el humo, creaban una atmósfera íntima y claustrofóbica, casi uterina. Allí, Bacon reinaba sin discusión. Presidía la corte de marginados brillantes, gastando fortunas en champán para todos, participando en debates feroces sobre arte y filosofía y protagonizando altercados que a menudo acababan en violencia. El club era un microcosmos de su visión del mundo: un lugar de intensidad extrema donde brillantez y autodestrucción danzaban un tango apasionado. Artistas como Lucian Freud, Frank Auerbach y el fotógrafo John Deakin eran habituales, y sus rostros, deformados por el alcohol y la conversación, se convirtieron en temas recurrentes en la obra de Bacon. Aunque The Colony Room Club cerró en 2008, su leyenda perdura. Pararse frente al edificio en Dean Street, hoy con otro uso, es sentir el peso de esa historia bohemia. Para captar algo de esa atmósfera, se puede explorar la zona, visitar un pub tradicional como The French House, otro de los favoritos de Bacon, e imaginar el Soho en su apogeo de decadencia creativa, un mundo nocturno y peligroso donde arte y vida se fundían inseparablemente.

Las Grandes Galerías: El Legado Institucional y la Confrontación Pública

La vida de Bacon pudo haber sido un torbellino de caos privado y exceso social, pero su carrera artística fue manejada con astucia y ambición formidables. Supo navegar el mundo del arte, logrando que su obra, tan radical y perturbadora, fuera aceptada y celebrada por las instituciones más prestigiosas. Visitar las grandes galerías de Londres completa el peregrinaje, transitando de los espacios íntimos de la creación a los públicos de la consagración. Es aquí donde se enfrentan sus obras en toda su monumentalidad, donde el grito silencioso de sus figuras resuena en las paredes de los museos más importantes del mundo.

Tate Britain: El Santuario de los Trípticos

La Tate Britain, en Millbank, a orillas del Támesis, alberga una de las colecciones más relevantes de la obra de Francis Bacon. Entrar en la sala dedicada a él es una experiencia imponente y profundamente conmovedora. Allí uno se enfrenta directamente a la fuerza bruta de sus grandes trípticos. Estar frente a «Three Studies for Figures at the Base of a Crucifixion» (1944) es un momento decisivo. Esta obra, con sus figuras biomórficas y aulladoras, fue la que lanzó a Bacon a la fama y al escándalo. Vivir su impacto en persona, su violencia formal y su angustia existencial, es muy distinto a verla en una reproducción. La textura de la pintura, el uso audaz del color, la escala abrumadora, todo contribuye a una experiencia visceral. La Tate también posee otras obras maestras, como el tríptico «In Memory of George Dyer» (1971), una desgarradora elegía a su amante fallecido. Aconsejo al visitante sentarse en un banco y dejar que las obras respiren. No intentar analizarlas de inmediato, sino permitir que la emoción te invada, observar cómo la luz del museo incide sobre los empastes y los fragmentos de polvo y tela que Bacon a veces mezclaba en sus piezas. Es una comunión silenciosa con el genio en su estado más puro y destilado.

Más Allá de las Ciudades: Ecos e Inspiraciones en el Viaje del Artista

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Aunque Dublín y Londres fueron los dos polos magnéticos alrededor de los cuales giró la vida de Francis Bacon, su espíritu inquieto y su insaciable curiosidad lo condujeron a otros lugares que, aunque visitados de manera más esporádica, dejaron una huella indeleble en su vida y en su obra. Estos destinos, como París y Tánger, no fueron simplemente escapadas, sino catalizadores de momentos cruciales, revelaciones artísticas y tragedias personales que resonarían en sus lienzos durante décadas. Explorar estos ecos de su biografía es añadir capas de comprensión a un personaje complejo, un hombre que se alimentaba tanto de la estabilidad de su estudio como del desarraigo del viaje.

París y Tánger: Escapadas de Placer y Dolor

París ocupa un lugar esencial en la narrativa de Bacon. Fue en la capital francesa, durante una visita en su juventud, donde una exposición de Picasso en la galería Paul Rosenberg le impactó tanto que decidió dedicarse a la pintura. Fue una epifanía, la visión de una libertad formal que él llevaría hasta sus últimas consecuencias. París, sin embargo, también se convertiría en el escenario de su dolor más profundo. En 1971, apenas 36 horas antes de la inauguración de su gran retrospectiva en el Grand Palais, su amante George Dyer fue encontrado muerto en la habitación de su hotel. Este evento traumático dio lugar a los llamados «Trípticos Negros», obras de una belleza sombría y una potencia emocional devastadora, en las que Bacon exorciza su culpa y su duelo. Tánger, por otro lado, representaba la libertad en un sentido muy diferente. En las décadas de los 50 y 60, la ciudad marroquí era un enclave internacional, un paraíso hedonista y sin ley que atraía a artistas y escritores como William Burroughs y Paul Bowles. Bacon se sintió atraído por esta atmósfera de permisividad, donde podía dar rienda suelta a sus pasiones por el juego y las relaciones sin las restricciones de la sociedad londinense. Aunque no pintó mucho allí, la luz, el color y la intensidad de la vida en Tánger sin duda se filtraron en su paleta y en su percepción del cuerpo y el deseo. Estos lugares, aunque no sean destinos de peregrinación directa como su estudio, son capítulos esenciales de su historia, recordándonos que su arte se nutría de una vida vivida sin ninguna red de seguridad, en una búsqueda constante de experiencias límite.

El Arte que lo Inspiró: Un Peregrinaje Visual a través de sus Ojos

Para comprender plenamente a Francis Bacon, no solo debemos seguir sus pasos físicos, sino también los de su mirada, el recorrido de sus ojos a través de la historia del arte. Bacon era un caníbal visual, un artista profundamente culto que devoraba imágenes de todas las épocas y disciplinas para luego transformarlas en una síntesis completamente original. Un peregrinaje a su mundo, por tanto, debe incluir una visita a los maestros que lo obsesionaron, muchos de los cuales se encuentran en las mismas galerías londinenses que hoy exhiben su obra.

Velázquez en la National Gallery: La Obsesión por el Papa Inocencio X

La relación de Bacon con el «Retrato del Papa Inocencio X» de Diego Velázquez es una de las historias más fascinantes del arte del siglo XX. Bacon estaba completamente obsesionado con esta pintura, que conocía únicamente a través de reproducciones. A lo largo de su carrera, pintó más de cuarenta y cinco variaciones sobre este tema, trasformando la imagen del pontífice poderoso y astuto de Velázquez en una figura aullante, atrapada en una jaula de cristal, símbolo de la angustia existencial y el poder corrupto. Lo más extraordinario es que, a pesar de tener múltiples oportunidades de ver el original en la Galería Doria Pamphilj de Roma, Bacon siempre se negó, temiendo que la fuerza de esta obra maestra lo paralizara. Por ello, una visita a la National Gallery de Londres adquiere un significado especial. Aunque no alberga el Inocencio X, sí posee otras obras maestras de Velázquez, como «La Venus del espejo». Estar frente a un Velázquez en persona, sentir la maestría de su pincelada, su dominio de la psicología y la textura, nos permite imaginar el calibre del genio con el que Bacon decidió enfrentarse. Es un acto que nos conecta con su ambición, su audacia y su profundo, aunque tortuoso, diálogo con la tradición.

Un Viaje al Corazón de la Oscuridad Humana

Nuestro peregrinaje tras las huellas de Francis Bacon llega a su fin, pero la resonancia de su vida y obra continúa. Hemos recorrido las calles de su infancia en Dublín, percibiendo el germen de su alienación. Nos hemos asomado al abismo creativo de su estudio en Reece Mews, un universo de caos ordenado. Hemos brindado con su fantasma en los rincones oscuros del Soho y enfrentado el silencio atronador de sus trípticos en las solemnes salas de la Tate. Este viaje ha sido más que un recorrido; ha sido una inmersión en la psique de un hombre que se atrevió a mirar directamente al siglo XX y a pintar lo que vio: la belleza en la brutalidad, la desesperación en la carne y la fragilidad humana en un mundo despojado de certezas. Seguir a Bacon es aprender que el arte más poderoso no surge de la comodidad, sino de la fricción, el riesgo y una honestidad sin concesiones. Al abandonar estos lugares, no solo llevamos recuerdos, sino una percepción transformada, una invitación a mirar bajo la superficie de nuestras propias vidas. Porque el gran legado de Francis Bacon no reside solo en sus lienzos, sino en su capacidad para abrir una jaula dentro de nosotros mismos, liberando emociones crudas y verdades incómodas que, como sus figuras retorcidas, ansían ser vistas y reconocidas en toda su terrible y magnífica humanidad.

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