En el vasto universo del arte, existen creadores que pintan imágenes y otros que dibujan el alma del tiempo. Cy Twombly pertenecía a esta segunda estirpe. No era un pintor en el sentido tradicional; era un sismógrafo de la historia, un poeta que reemplazó la tinta por el óleo y el grafito, un coreógrafo de gestos que danzaban entre el mito y la memoria. Seguir sus huellas no es un simple itinerario turístico, es una peregrinación a través de los paisajes físicos y emocionales que moldearon su lenguaje único, un viaje al corazón de la línea, el garabato y la mancha como receptáculos de la experiencia humana. Desde las colinas cargadas de historia de Virginia hasta la luz cegadora del mar Tirreno, cada lugar en la vida de Twombly fue más que un hogar o un estudio; fue un interlocutor en un diálogo que duró toda una vida. Este recorrido es una invitación a leer el mundo a través de sus ojos, a encontrar la poesía en un muro desconchado de Roma, la tragedia en una pincelada de carmesí y la eternidad en el ritmo de las olas de Gaeta. Es un viaje para aquellos que entienden que el arte más profundo no reside en lo que se ve, sino en lo que se siente, en la vibración que queda suspendida en el aire mucho después de que el artista se haya ido.
Para profundizar en cómo otros artistas han transformado paisajes en lienzos, explora nuestro viaje pictórico por el corazón de Flandes Tras las Huellas de Bruegel el Viejo.
Lexington, Virginia: El Eco de las Raíces Sureñas

Todo inicio tiene un sonido, una cadencia propia. El de Cy Twombly fue el murmullo pausado y denso del sur de Estados Unidos. Nacer en Lexington, Virginia, en 1928, es nacer en un paisaje cargado de historia, con una belleza melancólica y los fantasmas de un pasado que se resiste a desaparecer. No se trata del sur vibrante y bullicioso de Nueva Orleans, sino de uno más introspectivo, académico y profundamente arraigado en la tradición. Caminar por Lexington es percibir el peso de la Guerra Civil, la elegancia de la arquitectura anterior al conflicto y una formalidad que se respira en el ambiente. Fue en este entorno donde Twombly, cuyo padre fue entrenador en la Universidad Washington and Lee, trazó sus primeras líneas. Aún no eran los torbellinos emocionales de sus obras maduras, pero sí el germen de una sensibilidad única.
La atmósfera de Virginia resulta fundamental para comprender su obra. Existe una conexión palpable entre la pátina del tiempo en los viejos ladrillos de Lexington y su futura fascinación por las superficies antiguas de Roma. La cultura sureña, con su énfasis en la herencia, la narrativa y una inclinación hacia lo gótico y lo grandilocuente, parece resonar en su posterior inmersión en la mitología clásica. Se puede imaginar a un joven Twombly absorbiendo no solo la luz y el paisaje, sino también la cadencia de las historias, el sentido de un tiempo estratificado donde el pasado siempre está presente. Visitar Lexington hoy es buscar ese eco. No hay un museo dedicado a sus primeros años ni placas en cada esquina. La peregrinación aquí es más sutil. Consiste en pasear por el campus universitario, observar la interacción entre la naturaleza cuidada y la arquitectura imponente y sentir esa gravedad particular del sur. Es un ejercicio de imaginación: visualizar cómo este entorno de orden y tradición pudo despertar en un joven artista la necesidad primordial de garabatear, de romper la superficie pulcra con un gesto espontáneo y profundamente personal.
Para el viajero que busca el alma de Twombly en su lugar natal, el consejo es sencillo: desacelerar. Dedique tiempo a observar los detalles. Fíjese en las inscripciones de los monumentos antiguos, en las grietas de las aceras, en la forma en que la luz del atardecer se derrama sobre los Apalaches a lo lejos. Esas son las primeras texturas, el primer vocabulario visual que alimentó al artista. Lexington enseñó a Twombly sobre el peso de la historia mucho antes de que pusiera un pie en el Foro Romano. Fue allí donde la semilla de su diálogo con el pasado se plantó, en el suelo fértil y complejo del sur estadounidense. La visita es más enriquecedora en otoño, cuando los colores de los árboles añaden una capa dramática de melancolía al paisaje, un sentimiento que impregna gran parte de su obra.
Black Mountain College: La Forja de la Vanguardia en la Naturaleza
Si Lexington fue la cuna de su sensibilidad, Black Mountain College fue el crisol donde se forjó su espíritu artístico. Ubicado en las montañas Blue Ridge de Carolina del Norte, no era un college común. Era una utopía experimental, un epicentro de la vanguardia estadounidense de mediados del siglo XX donde las fronteras entre disciplinas desaparecían. Allí, un joven Twombly, gracias a una beca de un museo de Virginia, se sumergió en un torbellino de creatividad radical. Imaginen el escenario: un campus rústico rodeado por una naturaleza imponente, en el que profesores y compañeros de estudio eran figuras como Franz Kline, Robert Motherwell, John Cage y Merce Cunningham. El aire mismo debía vibrar con la energía de la innovación.
La experiencia en Black Mountain fue transformadora. Fue en este lugar donde conoció a Robert Rauschenberg, una amistad y colaboración que marcaría a ambos artistas para siempre. Juntos no solo compartieron estudios e ideas, sino que emprendieron un viaje fundamental para el desarrollo de Twombly. Con una beca, recorrieron Italia, España, Francia y el norte de África. Este fue el primer encuentro de Twombly con el Mediterráneo, sus ruinas y los museos del Viejo Mundo. Fue un bautismo de fuego. Las cartas que enviaba a casa reflejaban la emoción del descubrimiento, la presencia abrumadora de miles de años de arte e historia. Las obras que creó al regresar, exhibidas en Nueva York y recibidas con incomprensión, estaban impregnadas de esas vivencias: garabatos que rememoraban escrituras antiguas y formas primitivas inspiradas en el arte tribal que vio en Marruecos.
Hoy, el campus original de Black Mountain College ya no existe, pero su espíritu permanece vivo. Visitar el área alrededor de Asheville y el antiguo sitio del college es una peregrinación a la idea de comunidad artística y experimentación sin límites. Lake Eden, donde estaba el campus, sigue siendo un lugar de belleza serena y poderosa. Se puede sentar junto al lago e imaginar a Cage organizando su primer «Happening», a Cunningham ensayando una nueva coreografía, o a Twombly y Rauschenberg discutiendo el futuro del arte. La verdadera visita, sin embargo, se realiza en el Black Mountain College Museum + Arts Center, en el centro de Asheville. Allí, a través de exposiciones, archivos y programas, se puede percibir la magnitud del legado de esta institución. Es un espacio para entender el contexto intelectual y creativo que permitió a Twombly liberarse de las convenciones y encontrar el coraje de seguir su propio camino. Para el visitante, es una lección sobre la importancia del entorno y la comunidad en la formación de una voz artística. Es un recordatorio de que, para hallar un lenguaje completamente nuevo, a veces primero hay que encontrar el lugar donde se tiene permiso para balbucear.
Nueva York: El Vértigo del Expresionismo Abstracto y la Búsqueda de un Lenguaje Propio

En la década de 1950, Nueva York era el indiscutible epicentro del mundo del arte. El Expresionismo Abstracto predominaba con una energía masculina, monumental y frecuentemente agresiva. Jackson Pollock, Willem de Kooning y Mark Rothko eran los titanes que dominaban la escena. En medio de este torbellino de gestos heroicos y lienzos colosales, Cy Twombly surgió como una presencia casi silenciosa, un contrapunto poético. Junto a sus amigos Rauschenberg y Jasper Johns, formó una especie de trinidad alternativa, artistas que miraban más allá del expresionismo abstracto puro hacia un arte que integraba el objeto, el signo y una sensibilidad más lírica e intelectual.
El estudio de Twombly en Fulton Street, en el bajo Manhattan, se convirtió en su laboratorio. Imaginen el contraste: afuera, el estruendo de la ciudad, el implacable pulso de la metrópolis moderna; adentro, un joven artista explorando un lenguaje de garabatos, con líneas que parecían tanto infantiles como arcaicas. Sus pinturas de esta época, a menudo llamadas sus «pizarras», son lienzos de fondo oscuro sobre los que traza líneas blancas y frenéticas, como si un profesor loco hubiera llenado una pizarra de fórmulas ininteligibles pero emocionalmente cargadas. Estas obras representan su respuesta a Nueva York. Mientras otros artistas absorbían la escala y energía de la ciudad, Twombly parecía sintonizar con su subconsciente: los grafitis en las paredes del metro, las marcas anónimas dejadas en el espacio público, la caligrafía nerviosa de una ciudad que nunca descansa.
No obstante, la relación de Twombly con Nueva York fue siempre ambivalente. A diferencia de sus contemporáneos, no se sentía del todo en casa en la grandilocuencia del momento. Su sensibilidad lo impulsaba hacia otro lugar, hacia un diálogo con una historia más profunda que la del arte moderno estadounidense. La ciudad representó una etapa crucial, un espacio para afinar su lenguaje en contraste con el ruido dominante, pero no era su destino final. Sentía la llamada de otro mundo, aquel que había vislumbrado en su viaje con Rauschenberg. La decisión de Twombly de abandonar Nueva York en 1957 para establecerse permanentemente en Italia no fue una huida, sino una elección consciente. Fue el acto de un artista que comprendió que su verdadera conversación no era con el presente inmediato de Manhattan, sino con el pasado eterno del Mediterráneo. Para el peregrino cultural que hoy explora el SoHo o el Greenwich Village, la presencia física de Twombly es casi inexistente. Su legado aquí es más conceptual: radica en la idea de resistir la corriente, de hallar la poesía en lo efímero y de entender que, a veces, para encontrar tu voz, es necesario alejarse del coro.
Italia: El Gran Diálogo con la Eternidad
Italia no fue para Cy Twombly un destino vacacional ni una fuente de inspiración exótica, sino su hogar, su estudio, su biblioteca y su interlocutor durante más de cincuenta años. Fue el lugar donde su arte encontró su verdadera resonancia, donde sus garabatos de Virginia y Nueva York adquirieron el peso de la mitología, la poesía y la historia. Recorrer la Italia de Twombly es adentrarse en el capítulo central de su peregrinaje, un viaje a través de tres lugares que definieron su obra madura: Roma, Gaeta y Bassano in Teverina.
Roma, el Estudio del Mundo
Llegar a Roma como lo hizo Twombly a finales de los años 50 era sumergirse en un palimpsesto vivo. La ciudad, con sus capas históricas visibles en cada rincón, desde las ruinas imperiales hasta las iglesias barrocas y los muros cubiertos de grafitis actuales, era el lienzo ideal para un artista obsesionado con el tiempo y la huella humana. Roma le brindó una libertad que Nueva York no ofrecía: la libertad de ser anacrónico, de dialogar directamente con emperadores y poetas, de ignorar las modas del arte contemporáneo.
Su vida en Roma giró en torno a un apartamento cerca del Campo de’ Fiori y, más adelante, un palacio en la Via di Monserrato. No eran solo hogares, sino espacios creativos donde la luz dorada de Roma penetraba, iluminando lienzos en proceso. Imaginen el ambiente: el sonido de las campanas mezclado con el bullicio de los mercados, el aroma del café y de la historia antigua. Twombly absorbía todo. Paseaba infatigablemente por la ciudad, especialmente por el Monte Palatino, donde los susurros del Imperio Romano se hacen más presentes. No buscaba temas para pintar literalmente; buscaba una conexión con el espíritu del lugar. Sus pinturas romanas son testigos de esta inmersión. Obras como la serie «Discourses on Commodus» no son ilustraciones históricas, sino explosiones de color y gesto que canalizan la violencia, locura y tragedia del emperador romano. El rojo de la sangre y el púrpura imperial se esparcen en el lienzo con una furia controlada. En otras piezas, garabatea nombres de dioses y héroes —Apolo, Venus, Aquiles— no como etiquetas sino como invocaciones, como si el mero acto de escribir sus nombres pudiera evocar su esencia.
Una peregrinación a la Roma de Twombly hoy implica un tipo distinto de turismo. Más que seguir una ruta de monumentos, se trata de aprender a ver la ciudad a su modo. Comience en el Palatino, pero no se limite a admirar las ruinas; observe las texturas de los muros antiguos, los fragmentos de frescos, las inscripciones apenas visibles. Luego, piérdase por los callejones de Trastevere o del Ghetto. Fíjese en los grafitis modernos, las capas de carteles arrancados, las manchas en las paredes de estuco ocre. Es en esta superposición de lo antiguo y lo contemporáneo, lo sublime y lo cotidiano, donde reside el espíritu de Twombly. Visite la Galería Nacional de Arte Moderno y Contemporáneo o la Colección de la Fundación VAF en el MART de Rovereto para contemplar algunas de sus obras en persona, y luego vuelva a las calles. Verá cómo la ciudad misma se transforma en un lienzo de Twombly. La mejor época para esta experiencia es primavera u otoño, cuando la luz es suave y la ciudad no está saturada por el calor ni las multitudes, permitiendo una contemplación más profunda.
Gaeta, el Susurro del Mar Tirreno
Si Roma fue el cerebro y archivo histórico de Twombly, Gaeta fue su corazón y pulmón. Esta antigua ciudad portuaria, a medio camino entre Roma y Nápoles, se convirtió en su refugio y principal estudio desde la década de 1970. El trayecto desde la capital es en sí una transición. El caos urbano da paso gradualmente a un paisaje más abierto, hasta llegar a esta península que se adentra en el mar Tirreno, dominada por una fortaleza medieval y bañada por una luz de claridad casi mística.
La casa de Twombly en Gaeta, una villa con vistas panorámicas a la bahía, era su santuario. Allí construyó un estudio amplio y luminoso, un espacio donde trabajaba en los lienzos monumentales característicos de su obra tardía. La presencia del mar es constante en sus obras de Gaeta. No se trata de marinas tradicionales, sino de una internalización del ritmo, el color y la mitología mediterránea. Pensemos en la monumental serie «Four Seasons», pintada aquí. Cada lienzo es una sinfonía de color y gesto que captura la esencia de una estación: la explosión vital de la primavera, la sensualidad ardiente del verano, la melancolía del otoño y la quietud invernal. Las pinceladas fluyen como olas, los colores sangran como una puesta de sol sobre el agua.
Visitar Gaeta es buscar esa conexión sensorial. Camine por el paseo marítimo, suba a la parte medieval de la ciudad, conocida como Gaeta Vecchia, y contemple el mar desde las murallas. Sienta la brisa. Observe cómo cambia el color del agua a lo largo del día, desde un azul profundo hasta turquesa y plateado. Es este espectáculo elemental el que Twombly contemplaba a diario. Sus obras inspiradas en mitos marinos, como «Hero and Leandro», adquieren aquí una nueva resonancia. La trágica historia de los amantes separados por el mar se convierte en una meditación universal sobre el amor, la pérdida y la inmensidad de la naturaleza. Aunque su casa es privada y no visitable, la ciudad entera se convierte en su museo al aire libre. Un buen consejo para el viajero es alquilar un pequeño barco para ver la costa desde el mar, tal y como los antiguos marineros la habrían contemplado. Es desde esa perspectiva desde donde se comprende la escala épica y la belleza atemporal que cautivaron a Twombly y le permitieron crear algunas de las obras más líricas y poderosas del siglo XX.
Bassano in Teverina, el Refugio Secreto
Menos conocido que Roma o Gaeta, Bassano in Teverina representaba otro aspecto de la vida italiana de Twombly: el refugio en el campo, la conexión con la tierra y un tiempo aún más pausado. Este pequeño pueblo en la región del Lacio, encaramado en una colina, le ofrecía un santuario de tranquilidad. Su casa aquí, un palacio del siglo XV, era un espacio para la contemplación, alejado del bullicio de la capital y de la inmensidad del mar. Fue en este entorno rústico donde trabajó en esculturas, a menudo ensamblando objetos encontrados con yeso, creando formas que parecían reliquias de una civilización perdida. Bassano revela el amor de Twombly por lo humilde, lo terrenal y lo olvidado, un contrapunto necesario frente a la grandeza de sus temas romanos y la escala de sus lienzos de Gaeta.
Houston: El Santuario de la Luz y la Memoria

El último destino de nuestra peregrinación no es un lugar donde Twombly vivió, sino el sitio donde su obra perdura para siempre, justo como él deseaba que fuera contemplada. La Galería Cy Twombly en Houston, Texas, parte de la excepcional Menil Collection, representa la culminación de su viaje artístico. Diseñada por el arquitecto Renzo Piano en estrecha colaboración con el propio artista, esta galería no es un simple museo; es un templo dedicado a su visión, un espacio donde la luz, la arquitectura y el arte se entrelazan para crear una experiencia trascendental.
Entrar en la galería es como adentrarse en la mente de Twombly. La luz natural, filtrada a través de un ingenioso sistema en el techo, inunda las salas con una luminosidad suave y difusa que recuerda a la luz del Mediterráneo. No es la luz intensa y directa de Texas, sino una luz transfigurada, idealizada, perfecta para sus lienzos. Las paredes son de un blanco cálido y los suelos de pino claro, generando un ambiente de serenidad y concentración. El edificio mismo es una obra de arte, modesto en su exterior pero sublime en su interior, diseñado para realzar las obras que alberga sin competir con ellas.
El recorrido por las salas es un viaje cronológico y temático a lo largo de su carrera. Aquí, las obras tienen espacio para respirar. Los enormes lienzos de Gaeta, como el ciclo «The Analysis of the Rose as Sentimental Despair», pueden observarse desde la distancia adecuada, permitiendo que sus gestos monumentales envuelvan al espectador. Las esculturas, dispuestas con exquisita precisión, dialogan con las pinturas y con la luz. Se pueden pasar horas en la sala que alberga «Say Goodbye, Catullus, to the Shores of Asia Minor», una pintura épica que resume su obsesión con el viaje, la historia y la pérdida. Es aquí, en la quietud de estas salas, donde todas las etapas de nuestro viaje —la melancolía de Virginia, la experimentación de Black Mountain, el caos de Roma y la luz de Gaeta— convergen. La galería de Houston es el testamento final de Twombly, un lugar donde su diálogo con la historia se vuelve eterno. Para cualquier amante de su arte, la visita no es opcional; es la conclusión necesaria, el momento en que todas las piezas del rompecabezas encajan y la magnitud de su genio se revela en todo su esplendor.
Seguir los pasos de Cy Twombly es, en esencia, aprender un nuevo alfabeto, uno formado por gestos, manchas y silencios. Es un viaje que nos enseña que un garabato puede contener la furia de Aquiles, que una salpicadura de pintura puede evocar el mar Egeo, y que una línea temblorosa puede trazar el mapa del corazón humano. Desde las colinas de su infancia hasta el santuario final de su obra en Houston, su vida fue una búsqueda constante de la poesía oculta bajo la superficie de las cosas. Al recorrer estos paisajes, no solo honramos la memoria de un artista extraordinario, sino que también abrimos nuestros propios ojos a la historia oculta en las paredes que nos rodean y a la emoción latente en cada gesto, por pequeño que sea. El peregrinaje termina, pero el diálogo que Twombly inició, entre el pasado y el presente, entre la palabra y la imagen, sigue resonando, invitándonos a añadir nuestra propia línea a la gran conversación del tiempo.

