Bienvenidos, viajeros del arte y del espíritu. Soy Hiroshi Tanaka, y hoy los invito a un peregrinaje único, un viaje que trasciende el tiempo y el espacio para sumergirse en el universo tormentoso y vibrante de uno de los artistas más influyentes de la historia: Edvard Munch. Este no es un simple recorrido turístico por Noruega; es una inmersión en los paisajes que moldearon su alma, los lugares donde su angustia existencial, su amor apasionado y su profunda conexión con la naturaleza se plasmaron en lienzos que gritan verdades universales. Seguiremos las huellas de su vida, desde las calles de su infancia en Kristiania, la actual Oslo, hasta el refugio costero de Åsgårdstrand y el aislamiento final en Ekely. Caminaremos por los mismos senderos, sentiremos la misma brisa del fiordo y, quizás, si escuchamos con atención, podremos oír el eco de ese grito que resonó en un atardecer sangriento y cambió para siempre la historia del arte. Prepárense para sentir, para ver más allá de la pintura y conectar con la fuente misma de la inspiración de Munch. Este es un viaje al corazón de Noruega, pero sobre todo, un viaje al corazón de la condición humana.
Si te interesa explorar cómo otros artistas han plasmado su conexión con la naturaleza en su obra, te recomendamos nuestro artículo sobre el viaje por el corazón de la Inglaterra romántica de John Constable.
El Grito de la Naturaleza: Oslo, el Lienzo de su Angustia y Amor

Nuestra peregrinación comienza en Oslo, la ciudad que lo vio nacer, crecer y fallecer. Aunque hoy es una metrópolis moderna y vibrante, en tiempos de Munch, conocida como Kristiania, era un crisol de cambio social, pobreza y una estricta moralidad luterana contra la que el joven artista se rebelaría. Es aquí, en estas calles y en los paisajes que la rodean, donde se sembraron las semillas de su genio atormentado.
Kristiania: Cuna del Joven Artista
Para comprender a Munch, es esencial recorrer los barrios donde transcurrió su infancia, especialmente Grünerløkka. Actualmente un distrito bohemio y de moda, en el siglo XIX era una zona obrera, marcada por la enfermedad y la precariedad. Munch nació en una familia culta pero económicamente inestable. Su padre, un médico militar profundamente religioso, y un entorno familiar marcado por la muerte temprana de su madre y su hermana mayor, Sophie, a causa de la tuberculosis, dejaron una profunda huella en su psique. Caminen junto al río Akerselva y sientan la melancolía industrial que aún persiste en algunos de sus puentes y edificios de ladrillo. Imaginen al joven Edvard, un niño enfermizo, observando el mundo desde su ventana, percibiendo la fragilidad de la vida en cada rincón. Su obra temprana, como «La niña enferma», no es solo un retrato; es la transmutación del dolor por la pérdida de su hermana en un símbolo universal del sufrimiento. La atmósfera de Kristiania, con sus inviernos largos y oscuros y una sociedad represiva, se convirtió en el telón de fondo de su lucha interna y su posterior explosión creativa. Visitar estos barrios es entender que el arte de Munch no brotó de la nada, sino de la tierra misma de su dolor.
El Fiordo de Oslo y la Colina de Ekeberg: El Nacimiento de un Ícono
Ningún lugar en Oslo está tan íntimamente vinculado a Munch como la colina de Ekeberg. Este es el sitio sagrado donde nació «El Grito». Para llegar, pueden tomar un tranvía desde el centro de la ciudad, un breve viaje que los conduce a un parque boscoso con vistas espectaculares del fiordo de Oslo, la ciudad y sus islas. El ascenso a pie por los senderos del Ekebergparken es en sí mismo una experiencia preparatoria. El parque está salpicado de esculturas modernas, estableciendo un diálogo entre el arte contemporáneo y el espíritu de Munch que impregna el lugar.
Finalmente, llegarán al mirador, el punto exacto, señalizado hoy, donde Munch caminaba con dos amigos una tarde. No busquen una réplica exacta del cuadro; busquen la sensación. Miren hacia el fiordo, hacia las islas de Hovedøya y Gressholmen. Esperen, si es posible, al atardecer. Es entonces cuando la magia ocurre. Munch describió cómo el sol se ponía y el cielo se teñía de un rojo sangriento, sintiendo un «grito infinito que atravesaba la naturaleza». No era un sonido audible, sino una vibración existencial, la angustia del ser humano solo ante la inmensidad del universo. La barandilla del mirador, las dos figuras anónimas que se alejan al fondo, el paisaje distorsionado por la emoción… todo está ahí. La atmósfera del lugar es poderosa. En un día tranquilo, es un remanso de paz con vistas impresionantes. Pero si se dejan llevar por la historia, sentirán una corriente subterránea de inquietud, una energía que el artista supo captar como nadie. Es un lugar para el silencio y la introspección. No se apresuren. Siéntense en un banco, observen los colores cambiantes del cielo y del agua, y traten de conectar con esa sensación de vértigo cósmico que inspiró una de las obras de arte más potentes de todos los tiempos.
El Museo Munch (Munch-museet): El Santuario de su Legado
Después de experimentar el origen de su obra más famosa, la siguiente parada obligatoria es el nuevo Museo Munch, inaugurado en 2021 en el moderno barrio de Bjørvika. Su arquitectura audaz, un edificio que se inclina sobre el fiordo como una figura reverente, es una declaración en sí misma. Este no es un museo cualquiera; es el testamento de Munch. Al morir, legó la totalidad de su obra a la ciudad de Oslo, un tesoro de más de 28,000 piezas, incluyendo pinturas, grabados, dibujos, fotografías e incluso sus herramientas de trabajo. Entrar en este edificio es adentrarse completamente en su mente.
El museo está organizado para llevar al visitante en un recorrido cronológico y temático a través de su vida y obra. Aquí hallarán varias versiones de sus obras maestras, incluyendo una de las versiones pintadas de «El Grito», una litografía y un dibujo al pastel. Verlas juntas permite comprender cómo exploraba obsesivamente los mismos temas. Podrán contemplar la sensualidad y el misterio de «Madonna», la turbulencia de los celos en obras como «Celos», y la hipnótica danza de la vida y la muerte en «El Baile de la Vida». La experiencia es abrumadora y profundamente conmovedora. No se limiten a sus piezas más conocidas. Dedique tiempo a sus autorretratos, que son una crónica brutalmente honesta de su envejecimiento y su lucha contra la enfermedad y la soledad. Observen sus paisajes, que demuestran su increíble capacidad para pintar la luz y la atmósfera del norte. Un consejo práctico: compren las entradas por internet con antelación, especialmente en temporada alta. Y no se pierdan las vistas desde los pisos superiores del museo; ofrecen una perspectiva única de la ciudad y el fiordo que tanto amó y pintó.
La Galería Nacional (Nasjonalgalleriet): Diálogos con el Pasado
Aunque el Museo Munch alberga la mayor colección, la Galería Nacional de Oslo (ahora parte del nuevo Museo Nacional) fue históricamente el hogar de la versión más icónica de «El Grito», la pintura al temple y óleo de 1893. Durante años, esta fue la imagen que el mundo asoció con Munch. Visitar esta galería permite situar a Munch en el contexto del arte noruego y europeo. Ver su obra junto a la de sus contemporáneos resalta su radicalismo y originalidad. Mientras otros pintores noruegos se centraban en el romanticismo nacionalista de paisajes majestuosos, Munch se atrevió a pintar el paisaje interior, el del alma. La Galería Nacional ofrece este diálogo crucial, mostrando cómo Munch rompió con la tradición para forjar un lenguaje visual completamente nuevo, que dio origen al Expresionismo. Es recomendable verificar la ubicación actual de las obras principales, ya que con la apertura del nuevo Museo Nacional, las colecciones han sido reorganizadas, pero la importancia histórica de la Galería Nacional como el primer gran escaparate de su genio permanece intacta.
Åsgårdstrand: El Refugio Idílico y el Tormento del Verano
Dejamos atrás el bullicio de la capital para dirigirnos hacia el sur, a unas dos horas en coche o tren, a la pequeña y encantadora ciudad costera de Åsgårdstrand. Para Munch, este lugar fue mucho más que un destino vacacional; fue su refugio, su laboratorio emocional y el escenario de algunas de sus obras más emblemáticas sobre el amor, la ansiedad, los celos y la separación. Aquí, el paisaje aparentemente idílico del fiordo se convierte en el telón de fondo de intensos dramas psicológicos.
La Casa de Munch: Un Portal al Pasado
El corazón de nuestro peregrinaje en Åsgårdstrand es la modesta casa de madera que Munch compró en 1898. Conservada tal como él la dejó, visitar esta casa es como entrar en una cápsula del tiempo. Resulta un lugar increíblemente humilde para un artista de su categoría. Una pequeña cabaña de pescadores con apenas dos habitaciones y un estudio anexo. Todo en ella refleja una vida sencilla, en contacto directo con la naturaleza. Se pueden ver sus muebles, sus caballetes y algunos objetos personales. Es un espacio íntimo que contrasta fuertemente con la intensidad emocional de las obras creadas aquí. Al mirar por la ventana hacia el jardín y el fiordo, se comprende por qué este lugar fue tan importante para él. Le ofrecía la paz y el aislamiento necesarios para enfrentarse a sus demonios internos. La casa museo es pequeña, de modo que la visita es breve, pero inmensamente poderosa. Es una conexión tangible y directa con el hombre detrás del artista.
El Puente de las Doncellas (Pikene på broen): Símbolo de Vida y Melancolía
Muy cerca de su casa se encuentra otro de los lugares sagrados del universo de Munch: el gran muelle de piedra que protagoniza su famosa serie de pinturas «Las muchachas en el puente». Hoy en día, el sitio es perfectamente reconocible. Caminar por ese mismo muelle es una experiencia evocadora. Las figuras de las jóvenes en la pintura, mirando las aguas profundas y misteriosas, evocan temas como la pubertad, la expectación, el paso del tiempo y la fugacidad de la juventud. El puente se convierte en una metáfora del tránsito de una etapa de la vida a otra. Al estar allí, uno puede sentir la atmósfera que Munch capturó: la quietud del agua, la luz del verano noruego que parece suspender el tiempo y una subyacente sensación de melancolía. Es un lugar para pasear sin prisa, observar los barcos y reflexionar sobre los temas que Munch exploró con tanta profundidad: la vida, la espera y lo que depara el futuro incierto.
Las Noches Blancas y la Costa Rocosa: Lienzos de Amor y Celos
El verdadero espíritu de Åsgårdstrand se revela durante las noches de verano, las famosas «noches blancas» nórdicas, cuando el sol apenas desciende bajo el horizonte y una luz azulada y mágica baña el paisaje durante horas. Esta luz es la verdadera protagonista de muchas de las obras que Munch pintó aquí. Pasear por la costa rocosa al anochecer, por el sendero que discurre entre el bosque y el mar, permite situarse en el escenario exacto de obras maestras como «El Baile de la Vida» y «La Voz». La línea sinuosa de la costa, que Munch pintaba de forma tan característica, se extiende ante ustedes. El reflejo de la luna (o de esa luz crepuscular perpetua) en el agua, que él representaba como una columna fálica de luz, crea una atmósfera cargada de erotismo y tensión. Fue aquí donde vivió sus tumultuosos romances de verano, especialmente con Tulla Larsen, una relación que inspiró algunas de sus representaciones más poderosas del amor, el deseo y los celos destructivos. La belleza serena del paisaje resulta engañosa. Para Munch, esta costa era un escenario fundamental donde se escenificaban los grandes dramas de la existencia. Sentir la brisa fresca del mar, oler los pinos del bosque y contemplar esa luz irreal sobre el fiordo es entender la dualidad de su obra: la belleza de la naturaleza como espejo de las tormentas del alma humana.
Entre la Crisis y la Calma: Un Viaje por Europa y el Regreso a Noruega

La vida de Munch no se restringió a Noruega. Fue un artista cosmopolita que pasó largos períodos en el extranjero, especialmente en Alemania y Francia. Estos viajes fueron esenciales para su desarrollo artístico y personal, exponiéndolo a las corrientes intelectuales y artísticas más vanguardistas de su época, y culminaron en una crisis nerviosa que transformaría su arte para siempre.
Berlín y el Círculo de «El Cerdito Negro»
Un recorrido por los lugares de Munch no estaría completo sin mencionar su tiempo en Berlín. En 1892, una invitación para exponer en la ciudad provocó un gran escándalo. Su estilo crudo y emocionalmente intenso fue considerado una afrenta por el conservador establishment artístico, y la exposición fue clausurada en menos de una semana. Sin embargo, el escándalo lo catapultó a la fama dentro de la vanguardia. Berlín se convirtió en su residencia intermitente durante varios años. Frecuentaba la taberna «Zum schwarzen Ferkel» (El Cerdito Negro), donde se reunía un grupo de intelectuales y artistas nórdicos, incluyendo al dramaturgo sueco August Strindberg. Las discusiones sobre el amor libre, la psicología y la filosofía de Nietzsche que tenían lugar en este círculo influyeron de manera profunda en su obra. Fue en este periodo intenso cuando concibió y desarrolló su gran proyecto, «El Friso de la Vida», un ciclo de pinturas que exploran las etapas fundamentales de la existencia: el amor, la ansiedad y la muerte. Aunque la taberna ya no existe, pasear por el barrio de Mitte en Berlín, imaginando a un joven Munch absorbiendo la energía eléctrica de la metrópolis, es clave para entender la génesis de su proyecto más ambicioso.
El Sanatorio del Dr. Jacobson en Copenhague: La Terapia a través del Arte
El estilo de vida bohemio, el consumo excesivo de alcohol y las tormentosas relaciones sentimentales finalmente pasaron factura. En 1908, tras una pelea en un bar que terminó con un disparo en su mano, Munch sufrió un colapso nervioso y se internó voluntariamente en la clínica del Dr. Daniel Jacobson en Copenhague. Este periodo de ocho meses marcó un punto de inflexión crucial. Lejos de abandonar el arte, Munch lo utilizó como terapia. Los dibujos y grabados realizados durante su estancia, incluido el célebre retrato del Dr. Jacobson, muestran una nueva objetividad y una línea más firme. Sometido a tratamientos de electroterapia y a una dieta estricta, Munch encontró una renovada fuerza y una perspectiva más serena sobre la vida. Salió de la clínica como un hombre transformado, decidido a dejar atrás su pasado autodestructivo y a regresar a Noruega para encontrar la paz en su tierra natal.
Kragerø y la Luz del Sur de Noruega
Tras su recuperación, Munch rechazó la idea de volver al ambiente bohemio de Kristiania y se estableció en la pintoresca ciudad costera de Kragerø, en el sur de Noruega. Describió la ciudad como un lugar de «luz y colores vibrantes». Este cambio de escenario se reflejó de inmediato en su paleta. Sus obras se volvieron más coloridas, optimistas y llenas de una energía vitalista. En Kragerø, se enfrentó a la naturaleza con una nueva monumentalidad. Se levantaba al amanecer para pintar el sol emergiendo sobre el mar, una experiencia que culminaría en su obra magna para el Aula de la Universidad de Oslo, «El Sol». Visitar Kragerø hoy es un deleite. Es una ciudad de callejuelas estrechas y casas de madera blanca que descienden hasta el mar, rodeada por un archipiélago de pequeñas islas. Se puede seguir una ruta señalizada por los lugares donde Munch pintó. La luz aquí es diferente a la de Åsgårdstrand, más clara y brillante. Es un lugar que habla de renacimiento y de la capacidad del arte para sanar y celebrar la vida, demostrando que Munch no fue solo el pintor de la oscuridad, sino también un maestro en capturar la fuerza radiante de la naturaleza.
Ekely: Los Últimos Años en Aislamiento Creativo
El capítulo final de la vida de Munch transcurrió en Ekely, una amplia propiedad que adquirió en 1916 en las afueras de Oslo. Allí vivió y trabajó en relativo aislamiento durante los últimos 27 años de su existencia, fortaleciendo su legado y explorando nuevos horizontes artísticos hasta su fallecimiento en 1944.
El Estudio al Aire Libre: La Naturaleza como Último Confidente
En Ekely, Munch se rodeó de naturaleza, convirtiendo la propiedad en su universo privado. Construyó varios estudios al aire libre que le permitían trabajar bajo cualquier condición climática, dejando a menudo sus lienzos expuestos a la intemperie para que la lluvia, la nieve y el sol interactuaran con la pintura, en lo que él llamaba su «cura de caballo». Su principal modelo en esos años fue su entorno: el jardín, los caballos y los paisajes invernales. Su arte se volvió más áspero y experimental. La casa principal fue demolida polémicamente en la década de 1960, pero su estudio de invierno de ladrillo se conserva y puede visitarse con cita previa. Estar en ese espacio es sentir la presencia de un artista completamente entregado a su oficio, indiferente a las modas y al mundo exterior. Sus últimos autorretratos, como «Autorretrato entre el reloj y la cama», pintados allí, son testimonios desgarradores de su conciencia sobre la vejez y la cercanía de la muerte. Ekely representa la culminación de su viaje: un retorno a la soledad, aunque una soledad elegida, productiva y en profunda comunión con la naturaleza, que siempre fue su fuente de inspiración y consuelo.
El Legado de Ekely: Un Testamento a la Ciudad de Oslo
Fue en Ekely donde Munch tomó la decisión trascendental de legar toda su colección a la ciudad de Oslo. Consciente de la importancia de su obra y temeroso de que se dispersara o cayera en manos de los ocupantes nazis (quienes habían calificado su arte de «degenerado»), redactó un testamento que aseguraba que su legado permanecería unido y accesible para el pueblo noruego y para el mundo. Este acto de generosidad monumental es la razón por la que hoy podemos disfrutar de una visión tan completa y profunda de su universo artístico en el Museo Munch. Su muerte en Ekely en enero de 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, marcó el fin de una era, pero el inicio de su inmortalidad. La tranquilidad que hoy reina en Ekely, un barrio residencial apacible, contrasta con la intensidad de la obra que allí se produjo, recordándonos que las mayores tormentas creativas a menudo tienen lugar en los refugios más serenos.
Planificando tu Peregrinaje Munchiano: Consejos Prácticos

Embarcarse en un viaje siguiendo los pasos de Edvard Munch es una experiencia sumamente gratificante. Para que tu peregrinación sea lo más fluida y enriquecedora posible, aquí tienes algunos consejos prácticos que te ayudarán a recorrer los paisajes físicos y emocionales de Noruega.
La Mejor Época para Viajar
La elección de la estación del año puede transformar por completo tu percepción de los lugares relacionados con Munch. El verano, de junio a agosto, es la temporada más popular y, en muchos aspectos, la ideal. Disfrutarás de días largos y luminosos, temperaturas agradables y podrás experimentar las mágicas «noches blancas» en la costa, especialmente en Åsgårdstrand, tan importantes para su obra. La naturaleza estará en su máximo esplendor, y todos los museos y atracciones tendrán horarios extendidos. No obstante, no descartes viajar en otras estaciones. El otoño ofrece una paleta de colores melancólicos y una luz dorada que resuena con muchos de los estados de ánimo de Munch. El invierno, aunque frío y oscuro, brinda una belleza austera y poderosa. Ver el fiordo de Oslo cubierto de nieve desde la colina de Ekeberg puede convertirse en una experiencia igual de intensa, conectándote con los temas de soledad y resistencia tan presentes en su trabajo. La primavera, con el deshielo y el renacer de la naturaleza, refleja el ciclo de crisis y renovación que marcó la vida del artista.
Cómo Moverse entre los Lugares Sagrados
Noruega posee un sistema de transporte público excelente y eficiente. En Oslo, la red de tranvías (trikk), autobuses y metro (T-bane) te llevará a casi todos los lugares importantes. La colina de Ekeberg es fácilmente accesible en tranvía desde el centro, y el Museo Munch se encuentra a un corto paseo desde la Estación Central de Oslo. Para llegar a Åsgårdstrand, puedes tomar un tren desde Oslo a Tønsberg y de allí un autobús local, o un autobús directo que te dejará en el pueblo. El viaje es pintoresco y te permite observar cómo el paisaje cambia de urbano a rural y costero. Alquilar un coche te brinda mayor flexibilidad, especialmente si deseas explorar la costa a tu propio ritmo y visitar otros pueblos como Kragerø, al sur. Las carreteras noruegas son de excelente calidad, aunque es importante tener en cuenta los peajes y los límites de velocidad. Planifica tus rutas con antelación y disfruta del trayecto, ya que el recorrido por bosques y fiordos forma parte esencial de la experiencia munchiana.
Más Allá de Munch: Sumergiéndose en la Cultura Noruega
Tu peregrinación será aún más enriquecedora si te tomas el tiempo para sumergirte en la cultura noruega que rodeó a Munch. Aprovecha para degustar la gastronomía local: salmón fresco, mariscos, y no te vayas sin probar un «kanelbolle» (rollo de canela) en una acogedora cafetería. Explora el concepto de «friluftsliv», el amor noruego por la vida al aire libre. Realiza una caminata por los bosques que rodean Oslo («Oslomarka») o toma un ferry hacia alguna de las islas del fiordo. Visita otros museos de Oslo, como el Museo Folclórico Noruego (Norsk Folkemuseum) en la península de Bygdøy, para comprender mejor la historia y tradiciones del país. Al hacerlo, descubrirás que la profunda conexión de Munch con la naturaleza no era solo una elección artística, sino una parte esencial de su identidad noruega. Entender este contexto cultural te proporcionará una apreciación más profunda de su singularidad y de cómo, siendo un artista universal, estaba irremediablemente arraigado en su tierra natal.
Este viaje a través de los paisajes de Edvard Munch es, en esencia, un mapa de sus emociones. Cada lugar visitado representa una página de su diario visual. Desde la angustia urbana de Oslo hasta la pasión costera de Åsgårdstrand, y la calma redentora de Kragerø, seguir sus pasos es comprender que su arte no era mera representación, sino una extensión directa de su experiencia vivida. Al caminar por sus mismos senderos, respirar el mismo aire y contemplar las mismas vistas, no solo nos acercamos a la obra del gran maestro noruego, sino que también nos invita a mirar nuestro propio paisaje interior. Este peregrinaje te dejará con algo más que simples fotografías; te dejará una resonancia, un eco de la profunda y a veces dolorosa belleza que Munch encontró en el mundo y que nos enseñó a ver a todos nosotros. Que tu viaje sea tan revelador como el suyo.

