Hay artistas que pintan paisajes y hay artistas cuyos paisajes internos definen geografías enteras. Leonora Carrington pertenece a la segunda estirpe. Trazar su vida es embarcarse en un viaje que trasciende mapas y fronteras, un peregrinaje a través de los escenarios que forjaron su espíritu indomable y nutrieron su universo surrealista, un cosmos poblado por diosas celtas, criaturas híbridas y cocinas alquímicas. Seguir sus pasos no es simplemente turismo, es un acto de cartografía psíquica, un intento de comprender cómo una mansión gótica en Lancashire, un manicomio en Santander y una casa bulliciosa en la Ciudad de México se convirtieron en los crisoles donde fundió una de las obras más singulares y poderosas del siglo XX. Este no es un recorrido por museos, sino una inmersión en los lugares que respiran su memoria, desde los bosques brumosos de su infancia hasta el sol vibrante que la adoptó como una de sus hijas más queridas. Para entender a la hechicera, a la rebelde, a la visionaria, debemos caminar por sus tierras, sentir el eco de sus risas y susurros en las paredes que la albergaron y descubrir, en cada rincón, un portal a su imaginación desbordante. Prepárense para un viaje que comienza en el norte de Inglaterra y encuentra su destino final, su verdadero hogar, en el corazón mágico de México.
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Inglaterra: El Grito Primigenio en un Castillo de Fábulas

Todo universo posee un punto de origen, una explosión inicial de energía. Para Leonora Carrington, esa génesis ocurrió en la campiña inglesa, un paisaje de verdes intensos y cielos plomizos que moldearon su sensibilidad desde la infancia. Su Inglaterra no era la de los salones de té y la flema victoriana, sino una tierra ancestral, dicha de mitos susurrados y una rebeldía latente que bullía bajo la superficie de una educación aristocrática.
Crookhey Hall, Lancashire: La Cuna de la Rebelión
Imaginemos por un momento a una niña de imaginación desbordante, atrapada entre los muros de una imponente mansión neogótica, Crookhey Hall. Este no era un simple hogar; era un personaje más en su vida, un laberinto de pasillos oscuros, torreones y jardines salvajes que se convertían en el escenario perfecto para sus fantasías. El edificio, con su aire de castillo encantado, fue tanto su jaula dorada como su primer lienzo en blanco. Fue aquí donde su nana irlandesa le relató las antiguas leyendas celtas, historias de la diosa Dana y los Tuatha Dé Danann, seres mágicos capaces de cambiar de forma y habitar un mundo paralelo. Esas historias no fueron simples cuentos para dormir; se impregnaron en su subconsciente y se convirtieron en el ADN de su iconografía artística. El caballo, ese ser majestuoso y libre que aparece repetidamente en sus obras, no es solo un animal, sino un símbolo de su propio deseo de escapar, un eco de los galopes soñados más allá de los límites de Crookhey Hall. La atmósfera del lugar, una mezcla de opulencia asfixiante y misterio ancestral, sembró en ella la semilla de la insumisión. Cada cena formal, cada lección de etiqueta, alimentaba su fuego interno. Fue en la soledad de su habitación, rodeada de fantasmas y leyendas, donde Leonora comenzó a dibujar su propio mundo, un lugar donde las reglas de la lógica no tenían cabida y ella era la única soberana.
Florencia y Londres: Despertar en el Arte
La jaula, por grande que fuera, no pudo contenerla. Su padre, un magnate industrial, esperaba que se convirtiera en una debutante ejemplar, pero Leonora tenía otros planes. Su determinación la llevó a estudiar arte, primero en Florencia, donde el Renacimiento italiano le abrió los ojos a la maestría técnica, aunque no sacudió su alma. El verdadero terremoto sucedió en Londres. En 1936, su madre le regaló un ejemplar del libro de Herbert Read, «Surrealism», con una obra de Max Ernst en la portada. Fue una revelación, un reconocimiento. Poco después, visitó la Exposición Surrealista Internacional en las New Burlington Galleries. Allí, frente a las obras de Dalí, Miró y, especialmente, Ernst, sintió que había encontrado su lenguaje, su tribu. El surrealismo no era solo un estilo; era una filosofía, una liberación, un permiso para explorar los rincones más oscuros y extraños de la mente. Londres, con su mezcla de tradición y vanguardia, se convirtió en el trampolín desde el que saltaría hacia el continente, hacia el epicentro del movimiento que transformaría su vida para siempre.
Francia: El Corazón Surrealista y la Fractura del Mundo
Si Inglaterra fue el prólogo, Francia representó el primer acto de su vida adulta, un torbellino de amor, creación y caos que la definió tanto como artista como mujer. París y el sur de Francia no fueron solo lugares geográficos, sino estados del alma, escenarios de una pasión arrolladora y de una fractura que la llevó al borde del abismo.
París: Amor y Vanguardia
París en 1937 era el epicentro del universo artístico. Al llegar, Leonora, con apenas veinte años, no solo conoció a los surrealistas, sino que se sumergió completamente en su órbita. En una cena, conoció a Max Ernst, el hombre cuya imagen la había cautivado en un libro. La conexión fue instantánea, eléctrica, una colisión de dos mundos creativos. Para ella, él no era solo un amante; era un mentor, un cómplice, la llave que le abrió las puertas a un círculo que incluía a André Breton, Paul Éluard, Man Ray y Salvador Dalí. Imaginemos los cafés de Montparnasse, llenos de humo y conversaciones febriles sobre el automatismo psíquico, los sueños y la revolución. Para Leonora, ese ambiente era oxígeno puro. Se sintió vista y validada, no como musa de Ernst, sino como creadora por derecho propio. París le dio la confianza para pintar con una ferocidad y originalidad que sorprendió incluso a los veteranos del movimiento. Sus obras de este período, como «El albergue del caballo del alba», están impregnadas de esa energía parisina, una mezcla de elegancia onírica y una crudeza casi salvaje. La ciudad de la luz se convirtió en el crisol donde su talento innato se encontró con la teoría y la camaradería surrealista.
Saint-Martin-d’Ardèche: Un Nido de Creación y Desgracia
Buscando refugio ante la creciente agitación política en París, Leonora y Max se trasladaron a una casa de campo en Saint-Martin-d’Ardèche, en el sur de Francia. Este lugar se transformó en su obra de arte conjunta. Lejos del ruido urbano, convirtieron su hogar en una escultura viva, decorando las paredes con relieves de criaturas fantásticas, guardianes mitológicos que protegían su idilio. Fue un período de simbiosis creativa increíblemente fértil. Leonora pintó algunas de sus obras maestras, y la influencia del paisaje rocoso y la vegetación exuberante de Ardèche es evidente en sus lienzos. Era un paraíso precario, un nido construido al borde de un volcán. Estalló la Segunda Guerra Mundial, y la realidad brutal irrumpió en su santuario. Max Ernst, como ciudadano alemán, fue arrestado dos veces por las autoridades francesas. La segunda detención y su posterior envío a un campo de internamiento fue el golpe que destrozó el mundo de Leonora. La separación forzosa, la desesperación y el terror de la guerra la llevaron a un colapso nervioso. El nido de amor y creación se convirtió en el escenario de su primera gran pérdida, un dolor tan profundo que fracturó su psique y la obligó a huir, sola y a la deriva.
España: El Descenso al Inframundo de Santander

La huida de Francia la condujo a España, pero en vez de hallar un refugio, encontró el capítulo más oscuro y aterrador de su vida. España no fue un destino, sino un descenso, una caída libre hacia la locura y el desamparo que, paradójicamente, se convertiría en una de las fuentes más poderosas y aterradoras de su obra posterior. Este no es un lugar para visitar con alegría, sino un espacio para comprender la resiliencia del espíritu humano.
Madrid y el Vértigo de la Fuga
Llegó a Madrid en un estado de angustia extrema. La ciudad, todavía marcada por las cicatrices de la Guerra Civil, reflejaba su propio caos interior. Desorientada, sin noticias de Max y consumida por la ansiedad, su comportamiento se volvió cada vez más errático. Creía poseer poderes mágicos para liberar a Europa del fascismo y veía conspiraciones en cada esquina. Sus amigos, preocupados, contactaron a su familia en Inglaterra. Su padre, desde la distancia y sin entender su condición, tomó una decisión que la marcaría para siempre: autorizó su internamiento en un sanatorio psiquiátrico.
El Sanatorio del Dr. Morales: Escribiendo «Memorias de Abajo»
Fue llevada a la fuerza a un sanatorio en Santander, dirigido por el Dr. Luis Morales. Lo que vivió allí fue un infierno. Sometida a tratamientos brutales, como la terapia de choque con Cardiazol que provocaba convulsiones violentas, fue despojada de su autonomía, identidad y humanidad. El sanatorio no era un lugar de curación, sino una prisión para la mente. La experiencia fue tan traumática que la llevó hasta el centro mismo del sufrimiento. Sin embargo, incluso en las profundidades de ese abismo, su instinto de artista y narradora perseveró. Años después, con una lucidez escalofriante, relataría esta experiencia en su libro «Memorias de Abajo» («Down Below»). Este texto se convirtió en uno de los testimonios más crudos y poderosos sobre la enfermedad mental y el abuso psiquiátrico del siglo XX. El sanatorio de Santander fue su inframundo personal, un lugar de desintegración que, mediante la alquimia del arte y la escritura, transformó en una obra de conocimiento y supervivencia. Para el viajero que quiera entender a Carrington, Santander no es solo un punto en el mapa, sino la lectura indispensable de este libro, un acto de empatía hacia la joven que tuvo que morir simbólicamente para renacer.
México: El Renacimiento y la Construcción de un Universo Propio
Tras la tragedia en España y una breve parada en Lisboa y Nueva York, Leonora Carrington llegó a México en 1942. No buscaba un paraíso, sino un refugio. Sin embargo, lo que encontró fue mucho más: un hogar. México no solo la salvó, sino que la acogió, la nutrió y le brindó el terreno fértil donde su arte, su pensamiento y su vida echaron raíces profundas y florecieron de manera extraordinaria durante casi setenta años. Este no es un capítulo más de su vida; es todo su libro.
La Llegada: Un Exilio que se Convierte en Hogar
El México de los años cuarenta era un imán para artistas e intelectuales que huían de la devastación europea. Era un país vibrante, caótico, lleno de un sincretismo cultural fascinante donde lo prehispánico convivía con lo colonial y lo moderno. Para Leonora, llegar a México fue como despertar de una pesadilla y entrar en un sueño febril y colorido. El contraste era total. Dejó atrás un continente en ruinas y encontró una tierra donde la vida y la muerte danzaban juntas en los mercados, donde la magia no era solo una metáfora literaria, sino una creencia popular. México le ofreció una libertad desconocida hasta entonces. Aquí, ser excéntrica no era motivo de internamiento, sino una cualidad casi celebrada. Se sintió inmediatamente conectada con la cosmogonía indígena, la riqueza de sus mitos y la cercanía con lo sobrenatural. El exilio se transformó casi de inmediato en una decisión voluntaria de arraigo profundo.
Colonia Roma: El Epicentro de una Vida Mágica en Chihuahua 194
El corazón de su universo mexicano fue su casa en la calle Chihuahua número 194, en la Colonia Roma. Este barrio, con sus casonas porfirianas y sus plazas arboladas, se convirtió en su territorio. Hoy, al pasear por la Roma, aún se percibe ese aire bohemio e intelectual. Su casa no era solo un domicilio; era un laboratorio, un santuario, un centro de operaciones mágicas. Las paredes vieron crecer a sus hijos, Gabriel y Pablo, y la cocina se volvió su estudio alquímico. Allí no solo cocinaba, sino que mezclaba pigmentos, estudiaba el tarot, escribía novelas y recibía a sus amigos. Imaginar esa casa es evocar el olor a aguarrás mezclado con hierbas para un guiso, el murmullo de conversaciones en varios idiomas y la presencia constante de gatos, sus familiares espirituales. Hoy, esa casa se ha conservado casi intacta y ha sido abierta al público bajo el nombre Casa Estudio Leonora Carrington, gracias a la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Visitarla es un peregrinaje esencial. No es un museo frío; es una cápsula del tiempo. Se pueden ver su cocina, sus libros, sus pinceles y los pequeños objetos que coleccionaba. Es una experiencia íntima y profundamente conmovedora, un acceso directo al corazón de su proceso creativo. Un consejo para el visitante: tómese su tiempo, observe los detalles, sienta la energía del lugar. Es lo más cercano a conversar con ella.
El Círculo Mágico: Remedios Varo y Kati Horna
En México, Leonora encontró a su familia elegida. Su amistad con la pintora surrealista española Remedios Varo fue una de las alianzas creativas más importantes del siglo XX. No eran rivales; eran cómplices, hermanas en el arte y la magia. Junto con la fotógrafa húngara Kati Horna, formaron un triunvirato de mujeres creadoras, exiliadas y visionarias. Sus encuentros eran legendarios. Se reunían en sus respectivas cocinas para compartir sueños, recetas (culinarias y mágicas) y para debatir teorías sobre el psicoanálisis de Jung, el misticismo tibetano, la alquimia y Gurdjieff. Se leían las cartas, ideaban formas de molestar a sus enemigos con hechizos irónicos y, sobre todo, se brindaban un apoyo intelectual y emocional incondicional en un mundo artístico dominado todavía por hombres. Crearon un surrealismo propio, más introspectivo, feminista y centrado en lo doméstico como espacio de poder. Pasear por la Colonia Roma es imaginar a Leonora y Remedios caminando hacia el mercado de Medellín, discutiendo el significado oculto de las verduras o buscando ingredientes para alguna pócima. Su amistad fue un refugio y un motor creativo que definió el trabajo de ambas.
El Arte que Floreció en Tierra Mexicana: Lienzos, Bronces y Letras
La influencia de México permeó cada fibra de su obra. Los colores vibrantes de los textiles, la iconografía de los códices prehispánicos, la fauna local (como los xoloitzcuintles) y la flora exuberante se integraron en su vocabulario visual. Sus cuadros se poblaron de seres que parecían surgir de un Popol Vuh reinventado. No fue una apropiación superficial; fue una asimilación profunda, un diálogo entre su mitología celta y el rico tapiz mitológico mexicano. Además de la pintura, desarrolló en México su faceta escultórica. Sus bronces, a menudo tridimensionales, representan seres semejantes a los de sus cuadros y tienen una presencia totémica. Una de sus obras públicas más conocidas es la escultura «Cocodrilo», situada en un pequeño parque sobre la avenida Paseo de la Reforma, una de las principales arterias de la Ciudad de México. Ver esa criatura fantástica, una barca en forma de cocodrilo tripulada por otros seres híbridos, en medio del tráfico y el bullicio urbano, es una metáfora perfecta de cómo su mundo mágico se integró en la vida cotidiana de la ciudad. Otra obra monumental es el mural «El Mundo Mágico de los Mayas», pintado para el Museo Nacional de Antropología. Este enorme lienzo sintetiza su investigación sobre la cosmogonía maya, reinterpretada desde su mirada surrealista. Visitar el museo y contemplar este mural es una experiencia abrumadora; una inmersión en un universo sincrético que solo ella pudo concebir.
El Legado Póstumo: Los Museos que Salvaguardan su Magia

La muerte de Leonora Carrington en 2011 no supuso un final, sino una transformación. Su espíritu y su obra permanecen más vivos que nunca, en gran parte gracias a la creación de espacios dedicados exclusivamente a su legado. Para el verdadero peregrino, el recorrido no termina en la Ciudad de México; debe continuar hacia el corazón del país, donde dos museos resguardan la mayor colección de su trabajo.
San Luis Potosí: El Corazón del Acervo Carrington
La ciudad de San Luis Potosí, con su imponente arquitectura barroca y su pasado minero, podría parecer un lugar inesperado para albergar el principal museo dedicado a una artista surrealista británica. Sin embargo, el Museo Leonora Carrington, inaugurado en 2018 dentro del Centro de las Artes de San Luis Potosí (situado en una antigua penitenciaría magníficamente restaurada), es el santuario definitivo de su obra. La colección es impresionante, donada en su mayoría por su hijo, Pablo Weisz. Cuenta con esculturas monumentales en bronce que dan la bienvenida al visitante en sus patios, además de pinturas, bocetos, joyas y objetos personales. Recorrer sus salas equivale a realizar un viaje cronológico y temático por su mente. Se puede observar la evolución de su técnica y la presencia recurrente de sus obsesiones: la Diosa Blanca, la alquimia, el mundo animal y la crítica al patriarcado. El museo no solo muestra su arte, sino que lo contextualiza, explicando sus complejas referencias mitológicas y esotéricas. Gracias a este museo, San Luis Potosí se ha convertido en un punto de peregrinaje internacional para los amantes del surrealismo. Es un lugar ideal para pasar todo un día, dejándose envolver por la extraña y maravillosa belleza de su universo.
Xilitla: Un Diálogo con el Jardín Surrealista de Edward James
Para completar la inmersión, existe una segunda sede del museo en el pueblo mágico de Xilitla, en la Huasteca Potosina. La elección de este sitio no es casual. Xilitla es mundialmente conocido por Las Pozas, el jardín escultórico surrealista creado por el excéntrico mecenas y poeta inglés Edward James, amigo de Carrington. La apertura de un museo de Leonora aquí forma un corredor surrealista único en el mundo. El museo de Xilitla es más pequeño, pero la experiencia se enriquece por el entorno. La selva húmeda, la niebla y la atmósfera onírica del pueblo hacen que sus esculturas parezcan surgir directamente de la tierra. Visitar el museo y luego perderse entre las estructuras de concreto de Las Pozas, que se funden con la vegetación, es como entrar físicamente en un cuadro surrealista. Es un diálogo entre dos visiones del surrealismo, la de Carrington y la de James, unidas por el paisaje mágico de la Huasteca.
Consejos para el Viajero Alquimista
Emprender un viaje siguiendo los pasos de Leonora Carrington demanda una preparación que va más allá de simplemente reservar vuelos y hoteles. Es una inmersión que se enriquece con sensibilidad y conocimiento previos. Aquí algunos consejos para convertir su viaje en una verdadera experiencia alquímica.
Primero, lea. Antes de partir, sumérjase en sus palabras. «Memorias de Abajo» es fundamental para entender la fractura y resiliencia que definieron su vida. Su novela «La Trompetilla Acústica» («The Hearing Trumpet») es una entrada perfecta a su humor anárquico, su feminismo y su imaginación desbordante. Viajar con sus historias en mente hará que los lugares adquieran una nueva dimensión.
En la Ciudad de México, no se limite a visitar la Casa Estudio. Camine sin rumbo por la Colonia Roma y la Condesa. Siéntese en el Parque México o en la Plaza Río de Janeiro, espacios que ella seguramente frecuentó. Visite el mercado de Medellín para absorber los colores y aromas que la inspiraron. Busque sus esculturas públicas. El viaje no solo está en los destinos señalados, sino en la atmósfera del barrio que fue su hogar.
Para el viaje a San Luis Potosí, considere combinar la visita al museo con un recorrido por el centro histórico de la ciudad. La majestuosidad de la arquitectura colonial crea un contraste fascinante con la modernidad del Centro de las Artes. Si decide ir a Xilitla, prepárese para un entorno de naturaleza exuberante y un ritmo de vida más pausado. Es un viaje que pide tiempo y disposición para la aventura, pero la recompensa es una experiencia surrealista total.
Finalmente, viaje con los ojos abiertos a lo inesperado. El universo de Carrington está lleno de sincronicidades y detalles ocultos. No busque solo ver, busque sentir. Permita que la magia de los lugares le hable. Como ella misma creía, la realidad es mucho más extraña y maravillosa de lo que parece a simple vista. Su viaje es una invitación a mirar más allá del velo.
Seguir la ruta de Leonora Carrington es mucho más que un itinerario biográfico; es un mapa para explorar los territorios de la imaginación, la resiliencia y la libertad. Desde las brumas de Lancashire hasta la luz incandescente de México, cada lugar fue un ingrediente en la gran poción alquímica que fue su vida y obra. Ella nos enseñó que el hogar no siempre es donde uno nace, sino donde puede construir su propio universo sin pedir permiso. Su espíritu no reside solo en los museos o en las páginas de los libros; vive en la atmósfera de la Colonia Roma, en el silencio elocuente de sus esculturas bajo el sol de San Luis Potosí y en la memoria de una mujer que se negó a ser definida por otros. Viajar por sus paisajes es recordarnos que todos tenemos una mitología personal esperando ser descubierta, y que la cocina, el lugar más humilde del hogar, puede ser el laboratorio más poderoso para la transformación.

