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El Viaje Cromático de Mark Rothko: Un Peregrinaje por los Lugares que Definieron al Maestro del Color

Entrar en el universo de Mark Rothko no es simplemente observar un cuadro; es sumergirse en un océano de emoción pura, un abismo de color que respira y vibra con una intensidad casi sagrada. Sus lienzos no son ventanas a otro mundo, son el mundo mismo: espacios monumentales donde el color se convierte en sentimiento y la forma se disuelve en una experiencia trascendental. Para comprender verdaderamente la profundidad de su obra, para sentir el peso de sus rojos sangre, la melancolía de sus azules profundos y la luz temblorosa de sus amarillos, uno debe emprender un peregrinaje. No es un viaje a un único santuario, sino un recorrido a través de los paisajes físicos y emocionales que forjaron al hombre y al artista: desde los inviernos sombríos de su infancia en la Europa del Este hasta el santuario de silencio que construyó en el corazón de Texas. Este itinerario es un mapa del alma de Rothko, un viaje que nos lleva al epicentro de la tragedia, el éxtasis y la búsqueda espiritual que definen su legado. Seguir sus pasos es más que una lección de historia del arte; es una invitación a la introspección, a confrontar las grandes preguntas de la existencia que él mismo plasmó con una honestidad brutal y una belleza abrumadora. Prepárense para un viaje que trasciende la geografía y nos adentra en los territorios del espíritu humano, guiados por la mano de uno de los titanes del siglo XX.

Para profundizar en cómo otros artistas han plasmado la emoción humana a través de sus paisajes vitales, te invitamos a explorar el peregrinaje artístico de Francis Bacon.

目次

Los Orígenes: Ecos de Dvinsk en el Alma del Artista

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Todo viaje comienza en un punto de partida, un lugar donde se planta la primera semilla de la identidad. Para Mark Rothko, ese sitio fue Dvinsk, en el Imperio Ruso, hoy conocida como Daugavpils, en Letonia. Nacer como Markus Yakovlevich Rothkowitz en 1903, en el seno de una familia judía dentro de la Zona de Asentamiento, significaba una vida marcada por la precariedad y una temprana lección sobre la fragilidad de la existencia. Este no es un destino turístico habitual; no hay placas conmemorativas en cada esquina ni museos dedicados exclusivamente a sus primeros años. Visitar Daugavpils hoy es un ejercicio de imaginación y empatía, un intento por sentir el frío penetrante de los inviernos bálticos y la tensión palpable de una comunidad que vivía bajo la constante amenaza de los pogromos. El padre de Rothko, farmacéutico de profesión, temía que sus hijos fueran reclutados por el ejército zarista, un temor que finalmente llevó a la familia a buscar un nuevo comienzo en América. Sin embargo, la experiencia de Dvinsk nunca abandonó a Rothko; se incrustó en su psique, convirtiéndose en un subtexto silencioso que atraviesa toda su obra.

Daugavpils, Letonia: La Semilla de la Melancolía

Recorrer las calles de Daugavpils es buscar fantasmas. Es imaginar al joven Markus contemplando los vastos y, a menudo, grises cielos que se extendían sobre las llanuras, un horizonte infinito que más tarde encontraría eco en la monumentalidad de sus campos de color. La arquitectura de la ciudad, con sus fortalezas y sus edificios sobrios, habla de una historia de conflictos y resiliencia. El río Daugava fluye con una calma engañosa, testigo mudo de los cambios de fronteras y de las tragedias humanas. Para el viajero que busca a Rothko, el verdadero destino no es un edificio, sino una atmósfera. Es sentir el peso de la historia, la melancolía inherente a un lugar que ha sido encrucijada de imperios. Se dice que los primeros traumas, las primeras impresiones del mundo, son las más duraderas. En el caso de Rothko, la ansiedad y la solemnidad de su entorno infantil parecen haber sembrado la semilla de la seriedad con la que abordaría el arte. No pretendía simplemente decorar, sino comunicar emociones fundamentales: la tragedia, el destino, el éxtasis. Esas emociones no nacieron en un estudio de Nueva York; sus raíces son mucho más profundas, ancladas en la tierra oscura y fértil de su infancia letona. Un consejo para quien visite Daugavpils es dejar a un lado la guía turística por un momento y simplemente pasear, observar los rostros, sentir el ritmo de la ciudad y tratar de conectar con ese espíritu de supervivencia y profundidad que, de alguna manera, el joven Markus absorbió y llevó consigo al otro lado del mundo.

El Nuevo Mundo: La Forja de una Identidad en América

La llegada a América en 1913 no significó un borrón y cuenta nueva, sino el inicio de una compleja negociación entre el viejo y el nuevo mundo. El viaje transatlántico representó una fractura, una transición desde la opresión del shtetl hacia la promesa, a menudo abrumadora, de la libertad estadounidense. La familia se estableció en Portland, Oregón, un lugar que no podía ser más diferente de Dvinsk. Era una ciudad joven, fronteriza, rodeada de una naturaleza exuberante y salvaje. Allí, Markus se convirtió en Mark, un joven intelectualmente voraz, políticamente activo y profundamente consciente de su condición de inmigrante y de outsider. América le brindó un idioma, una educación y, finalmente, el escenario para su revolución artística, pero también intensificó su sensación de alienación, un tema recurrente en su vida y su obra.

Portland, Oregón: Los Años Formativos

Portland fue el crisol de la adolescencia de Rothko. La ciudad, con sus puentes de acero cruzando el río Willamette y los imponentes bosques de coníferas en el horizonte, le ofreció un lienzo lleno de posibilidades. Se graduó con honores en la Lincoln High School, donde destacó en el debate y manifestó un temprano interés por el teatro y la literatura. Fue allí donde comenzó a forjar su visión del mundo, una perspectiva marcada por un idealismo radical y una profunda preocupación por la justicia social. Un paseo por el barrio de South Park Blocks, cerca de donde vivía su familia, permite imaginar a un joven Rothko discutiendo sobre política y filosofía con sus amigos, sintiendo el pulso de una nación en plena efervescencia. Aunque su carrera artística florecería en la costa este, Portland fue fundamental. Fue en este lugar donde experimentó por primera vez la tensión entre la ambición personal y el compromiso comunitario, y donde aprendió a navegar las complejidades de la identidad americana siendo un inmigrante judío. Para el visitante, recorrer la Lincoln High School o simplemente caminar por el centro de Portland significa conectar con la energía de esos años formativos, un período de intensa búsqueda intelectual que sentó las bases para el artista pensador en que se transformaría. No existen grandes monumentos a Rothko en Portland, pero su espíritu perdura en el carácter independiente y progresista de la ciudad.

Nueva York: El Crisol del Expresionismo Abstracto

Si Dvinsk fue el origen y Portland la formación, Nueva York representó la consumación. La ciudad en las décadas de los 30, 40 y 50 era un imán para los artistas más audaces del mundo, un laboratorio de ideas donde las viejas reglas del arte europeo eran demolidas y reconstruidas. Rothko llegó a Nueva York en 1923 y, salvo por breves periodos, la convirtió en su hogar y en el epicentro de su universo creativo. La frenética energía de la ciudad, su diversidad cultural y su brutal competencia alimentaron su ambición y agudizaron su visión. Fue allí donde abandonó la figuración para embarcarse en un viaje hacia la abstracción pura, integrándose a un grupo de revolucionarios que cambiarían para siempre el curso del arte: la Escuela de Nueva York.

Greenwich Village y la Art Students League

El corazón bohemio de Nueva York, Greenwich Village, fue el primer hogar artístico de Rothko. Se inscribió en la Art Students League, una institución legendaria que ofrecía una alternativa más libre a la academia tradicional. Bajo la tutela de artistas como Max Weber, Rothko absorbió las enseñanzas del modernismo europeo, siempre con una mirada crítica. Las calles del Village, con sus cafés llenos de humo, librerías de viejo y galerías improvisadas, se extendían como una prolongación del aula. El ambiente estaba impregnado de una constante efervescencia intelectual. Hoy, aunque el Village se ha gentrificado, aún es posible sentir un eco de esa era dorada. Caminar por MacDougal Street o sentarse en Washington Square Park es evocar la imagen de Rothko y sus contemporáneos, jóvenes artistas ansiosos de cambio, discutiendo apasionadamente sobre Cézanne, el surrealismo y el futuro del arte estadounidense. La atmósfera del Village, con su mezcla de anarquía creativa y rigor intelectual, fue el caldo de cultivo ideal para que Rothko comenzara a cuestionar los fundamentos mismos de la pintura.

El «Club» y la Escuela de Nueva York

Después de la guerra, Nueva York se consolidó como la capital indiscutible del mundo del arte. Rothko fue un actor central en el movimiento conocido como Expresionismo Abstracto. Él y sus colegas —Jackson Pollock, Willem de Kooning, Barnett Newman, Clyfford Still— formaban un grupo diverso pero unido por un objetivo común: crear un arte monumental, personal y profundamente americano. Su punto de encuentro no oficial era el «Club», un espacio arrendado en la Calle 8 donde se celebraban acalorados debates y conferencias, y la Cedar Tavern, un bar legendario donde las discusiones continuaban hasta altas horas, a menudo alimentadas por el alcohol y una pasión desbordante. Estos encuentros no eran simples eventos sociales, sino foros cruciales donde se forjaba la ideología del movimiento. La atmósfera era intensa, competitiva y, en ocasiones, volátil. Los artistas se veían a sí mismos como pioneros, exploradores de territorios inexplorados de la psique humana. Para Rothko, estas interacciones eran esenciales, aunque también reafirmaban su necesidad de soledad. Consideraba la creación artística como un acto profundamente íntimo y solitario, una lucha que se libraba en el silencio del estudio.

El Estudio: Un Espacio Sagrado

Los distintos estudios que Rothko ocupó en Nueva York, especialmente el último y más famoso —una antigua capilla en el Upper East Side y un gimnasio en el Bowery—, eran mucho más que meros lugares de trabajo. Eran santuarios, laboratorios donde realizaba sus experimentos alquímicos con el color y la luz. En particular, el estudio del Bowery, con sus techos altos y amplio espacio, le permitió trabajar en la escala monumental que su visión requería. Allí, rodeado de sus lienzos, Rothko llevaba a cabo un trabajo meticuloso, aplicando innumerables capas finas de pintura para lograr la luminosidad y profundidad que caracterizan sus obras maestras. Su proceso era lento, meditativo y casi ritualista. Controlaba la iluminación obsesivamente, a menudo trabajando con poca luz para que los colores manifestaran su propia luminiscencia interna. Un visitante del estudio describió la experiencia como entrar en un lugar sagrado, donde los lienzos no estaban colgados en la pared, sino que parecían flotar en el espacio, respirando. Estos estudios eran espacios privados y casi inaccesibles, pero la esencia y la intensidad de la creación que tuvo lugar dentro está impregnada en cada uno de sus cuadros. Cuando nos detenemos frente a un Rothko en un museo, en cierto modo, somos invitados a entrar en la intimidad y el silencio de su estudio.

La Consagración y la Búsqueda Espiritual

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A medida que la fama de Rothko aumentaba, también crecía su desdén hacia el mundo del arte comercial. Anhelaba que sus pinturas se experimentaran en entornos específicos, contextos que conservaran su poder emocional y espiritual, alejados de la frivolidad de las galerías y los comedores lujosos. Esta búsqueda de un espacio ideal para su obra culminó en dos de los proyectos más ambiciosos y significativos de su carrera: los murales de Seagram y la Capilla Rothko. Ambos marcan un punto de inflexión, un momento en que el artista intentó trascender el lienzo individual para crear entornos completos, experiencias inmersivas que envolvieran al espectador por entero.

Los Murales de Seagram: Un Acto de Rebelión Artística

La historia de los murales de Seagram es una de las leyendas más fascinantes del arte del siglo XX. En 1958, a Rothko se le encargó crear una serie de murales para decorar el exclusivo restaurante Four Seasons, ubicado en el nuevo y prestigioso Seagram Building de Park Avenue. Era el encargo más prestigioso de su carrera y económicamente muy lucrativo. Sin embargo, desde el inicio, Rothko tenía intenciones subversivas. Su objetivo, según sus propias palabras, era crear algo que arruinara el apetito a cada “hijo de puta” que comiera en esa sala. Quería pintar cuadros que hicieran que los comensales se sintieran atrapados en una habitación sin puertas ni ventanas. Trabajó durante meses en su estudio del Bowery, elaborando una serie de pinturas con una paleta sombría de rojos oscuros, marrones y negros. Las formas rectangulares flotantes se tornaron cada vez más claustrofóbicas, parecidas a portales o ventanas cerradas. Tras un viaje a Europa y una visita al restaurante ya terminado, Rothko tomó una decisión drástica: canceló el contrato y devolvió el adelanto. No podía soportar la idea de que sus obras, que él consideraba portadoras de un contenido trágico y profundo, se convirtieran en mera decoración para los ricos y poderosos. Este acto de integridad artística definió su carrera. Años después, donó un conjunto de estos murales a la Tate Gallery de Londres, con la condición de que siempre se exhibieran juntos en una sala propia. Visitar la Sala Rothko en la Tate Modern hoy es experimentar la visión del artista tal como la concibió: un entorno envolvente y opresivo que nos obliga a confrontar emociones complejas. La atmósfera es solemne, casi fúnebre, y el poder de los lienzos resulta innegable. Es un testimonio de un artista que valoraba su visión por encima del dinero y la fama.

La Capilla Rothko en Houston: El Santuario del Silencio

Si los murales de Seagram fueron un acto de rechazo, la Capilla Rothko fue la afirmación definitiva de su visión artística y espiritual. Este proyecto, encargado por los mecenas John y Dominique de Menil, brindó a Rothko la oportunidad de su vida: diseñar un espacio completo, un entorno total donde su arte pudiera experimentarse en sus propios términos. La Capilla, ubicada en Houston, Texas, es un edificio octogonal de ladrillo, deliberadamente sobrio y sin pretensiones en su exterior. No hay símbolos religiosos que la identifiquen con una fe particular; fue concebida como un espacio ecuménico, un lugar para la meditación y contemplación abierto a personas de todas las creencias y a quienes no profesan ninguna. Pero es al entrar cuando se revela la verdadera magnitud del logro de Rothko. Las paredes están cubiertas con catorce lienzos monumentales. Tres paredes presentan trípticos, mientras que las otras cinco muestran pinturas individuales. La paleta de colores es muy oscura: negros, morados y granates tan profundos que, al principio, parecen absorber toda la luz de la sala. Sin embargo, cuando los ojos se adaptan, comienzan a emerger modulaciones sutiles de color y textura. La luz natural, filtrada a través de un lucernario central cuidadosamente diseñado, juega un papel crucial, modificando la apariencia de las pinturas a lo largo del día y las estaciones. La atmósfera dentro de la Capilla es de un silencio profundo y resonante. No es el silencio vacío de un museo, sino un silencio cargado de presencia, que invita a la introspección. Sentarse en uno de los bancos y dejarse envolver por los lienzos es una experiencia profundamente conmovedora y, para muchos, abrumadora. Las pinturas actúan como espejos del alma, reflejando los estados emocionales del espectador. Pueden parecer desoladoras, pacíficas, amenazantes o trascendentes. Rothko trabajó en estos lienzos durante los últimos años de su vida, una época marcada por la creciente depresión y enfermedad. Se suicidó en 1970, antes de que la Capilla fuera inaugurada oficialmente en 1971. Por ello, este espacio es su testamento final, la culminación de su búsqueda de un arte que pudiera comunicar las verdades más fundamentales de la condición humana sin la necesidad de imágenes o narrativas. Un consejo práctico para el visitante: tómese su tiempo. No intente «ver» las pinturas de inmediato. Siéntese, respire y permita que el espacio y los lienzos actúen sobre usted. La Capilla Rothko no es un destino para ser simplemente tachado de una lista, sino un lugar para ser, sentir y reflexionar. Es, sin duda, el peregrinaje definitivo para quien busque comprender el corazón y el alma de Mark Rothko.

El Legado Cromático: Dónde Encontrar el Alma de Rothko Hoy

Aunque la Capilla de Houston representa la experiencia más pura y concentrada de Rothko, su legado se encuentra distribuido en los principales museos del mundo. Seguir sus obras es continuar el viaje, observando cómo su visión evolucionó y se manifestó en distintas etapas de su vida. Cada museo aporta una pieza del rompecabezas, un capítulo diferente en la épica historia de su exploración del color y la emoción.

La Galería Nacional de Arte en Washington D.C.

La Galería Nacional de Arte en Washington D.C. alberga una de las colecciones más relevantes de la obra de Rothko, en gran parte gracias a las generosas donaciones del propio artista. El museo cuenta con piezas que cubren toda su trayectoria, desde sus primeras escenas urbanas y sus experimentos surrealistas de los años 40 hasta la majestuosidad de sus campos de color maduros. El punto culminante para muchos visitantes es la Torre Este del museo, donde frecuentemente se dedica una sala o espacio específico a sus lienzos de gran formato. Estar en una sala rodeado de varias de estas obras monumentales permite una inmersión casi tan intensa como la de la Capilla. Allí se puede apreciar la increíble sutileza de su técnica, las capas de color que parecen brillar desde el interior y los bordes vibrantes y difusos que hacen que sus rectángulos parezcan flotar. La colección de Washington es fundamental para comprender la evolución de Rothko, y observar cómo se despojó de todo lo superfluo hasta alcanzar la esencia pura de su lenguaje pictórico.

El Museo de Arte Moderno (MoMA) en Nueva York

Como epicentro del Expresionismo Abstracto, el MoMA de Nueva York tuvo un papel crucial en la consagración de Rothko y sus contemporáneos. El museo posee algunas de sus obras más emblemáticas, lienzos que se han convertido en símbolos del poder emocional del color. Ver un Rothko en el MoMA es contemplarlo dentro del contexto de la revolución artística que él ayudó a liderar. Sus cuadros dialogan con los de Pollock, Newman y Still, creando una narrativa poderosa sobre la ambición y la audacia del arte estadounidense de mediados del siglo XX. Aunque el bullicio de un museo tan concurrido puede dificultar la contemplación silenciosa que sus obras requieren, encontrar un momento de calma frente a uno de sus cuadros es una experiencia inolvidable. Es un recordatorio de que, incluso en el corazón de la metrópoli que lo vio triunfar, su arte genera un espacio de quietud y reflexión profunda.

La Tate Modern en Londres: Un Eco de Nueva York

La Tate Modern de Londres ofrece una de las experiencias Rothko más singulares fuera de los Estados Unidos. Como se mencionó, el museo alberga la famosa Sala Rothko, donde se exhibe un conjunto de murales originalmente destinados al restaurante Four Seasons. Entrar en esta sala es ser transportado al ambiente que el artista deseaba crear. Los lienzos, con sus tonos profundos de rojo y marrón, envuelven al espectador en un abrazo solemne y melancólico. La iluminación tenue y el diseño de la sala respetan la intención del artista, permitiendo que las pinturas ejerzan su poder hipnótico. Es un espacio que exige silencio y reverencia. La experiencia en la Tate Modern contrasta de manera fascinante con la de la Capilla de Houston. Mientras la Capilla es un espacio de luz espiritual y trascendencia, la sala de la Tate se siente más terrenal, más conectada con la tragedia y el drama humano. Juntas, estas dos instalaciones representan los dos polos de la visión de Rothko: el éxtasis y la desesperación, lo sagrado y lo profano.

Un Viaje Hacia el Interior

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Seguir los pasos de Mark Rothko, desde las calles de Daugavpils hasta el silencio de la Capilla en Houston, representa mucho más que un recorrido geográfico. Es un viaje hacia el interior del alma de un artista que luchó incansablemente por expresar lo inexpresable. Cada lugar de este peregrinaje revela una faceta de su compleja personalidad: la melancolía de sus orígenes, la ambición forjada en la promesa de América, la furia intelectual de la vanguardia neoyorquina y, finalmente, la profunda necesidad de trascendencia espiritual. Rothko creía que sus cuadros eran dramas y que sus formas, los actores. Visitar los lugares que lo formaron y los espacios que él mismo creó es como entrar en el escenario de ese gran drama. Ya sea sintiendo el frío báltico en Letonia, el pulso eléctrico de Nueva York o la paz abrumadora de Houston, nos acercamos a comprender la fuente de esas emociones universales que plasmó en sus lienzos. Al final, el viaje no concluye en un museo o en una capilla, sino en el espacio silencioso que se abre dentro de nosotros cuando nos detenemos frente a una de sus obras y dejamos que su color nos inunde. Rothko nos ofrece un espejo, y el verdadero peregrinaje es el que emprendemos al mirarnos en él, confrontando nuestra capacidad para la tragedia, el éxtasis y la maravilla.

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この記事を書いた人

A food journalist from the U.S. I’m fascinated by Japan’s culinary culture and write stories that combine travel and food in an approachable way. My goal is to inspire you to try new dishes—and maybe even visit the places I write about.

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