El arte, en su esencia más pura, es una vibración, una frecuencia que resuena entre el creador y el espectador. Pocos artistas han encarnado esta verdad de manera tan literal y tan visualmente explosiva como Victor Vasarely, el padre del Op Art. Su obra no es para ser contemplada pasivamente; es para ser experimentada, para sentirla vibrar en la retina, para dejar que sus geometrías dancen y transformen el espacio plano en un universo de profundidades infinitas y movimientos ilusorios. Seguir las huellas de Vasarely no es simplemente visitar museos o ciudades; es emprender un peregrinaje a través de la percepción misma, un viaje que nos enseña a ver el mundo no como es, sino como podría ser, recompuesto en un alfabeto de formas y colores puros. Este recorrido nos lleva desde las brumas históricas del Danubio, en su Hungría natal, hasta la luz cegadora de la Provenza francesa, donde su visión encontró su manifestación más monumental. Es un viaje al corazón de la abstracción, una exploración de cómo la luz, el color y la forma pueden construir una nueva realidad, una «Cité Polychrome du Bonheur» (Ciudad Policromada de la Felicidad). Prepárense para ajustar su mirada, para dejar que sus ojos se conviertan en el lienzo, porque el camino de Vasarely es una invitación a desaprender la visión estática y abrazar el dinamismo puro del universo visual. Nuestro punto de partida, el epicentro de su legado tangible, se encuentra en el sur de Francia, un faro de su utopía artística.
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Pécs, Hungría: La Semilla de la Geometría a Orillas del Danubio

Todo viaje tiene un punto de partida, una fuente originaria de la cual fluyen todas las corrientes posteriores. Para Victor Vasarely, nacido como Győző Vásárhelyi, esa fuente es Pécs. Situada en el sur de Hungría, cerca de la sinuosa caricia del Danubio, Pécs es una ciudad de rica historia, donde las cúpulas de las mezquitas otomanas dialogan con las torres de las catedrales cristianas y los vestigios de un pasado romano reposan bajo sus calles. Nacer allí, en 1906, en el corazón de un imperio austrohúngaro que se desintegraba lentamente, significaba crecer en una encrucijada cultural, una superposición de geometrías arquitectónicas y patrones decorativos. Este es el primer lienzo, el subconsciente visual sobre el que Vasarely comenzaría a edificar su universo.
La Atmósfera de una Infancia Formativa
Pasear por Pécs hoy es sentir las capas de historia bajo los pies. Las calles empedradas del centro, como Király utca, serpentean entre edificios con fachadas color pastel, adornadas con los motivos florales y geométricos del Art Nouveau húngaro, conocido como Szecesszió. Se puede imaginar al joven Győző absorbiendo estas formas, no como simples adornos, sino como componentes de un lenguaje visual. El ritmo de las tejas Zsolnay, famosas por su brillo iridiscente y sus diseños orgánicos, que cubren los tejados de la ciudad, debió ser una lección temprana sobre cómo la luz y el color pueden transformar una superficie. No es casualidad que la cerámica Zsolnay, con su precisión técnica y su paleta vibrante, se produzca aquí. Este entorno de artesanía meticulosa y riqueza visual fue el caldo de cultivo para una mente que más tarde buscaría sistematizar la belleza en un «alfabeto plástico».
El Museo Vasarely de Pécs: Un Regreso a Casa
El verdadero corazón del recorrido en esta ciudad es el Museo Vasarely, ubicado en una calle tranquila cerca del centro histórico. A diferencia de otros grandes museos, este tiene un aire íntimo, casi personal. Se siente como un regreso a casa. Fundado por el propio artista, quien donó una parte significativa de su obra a la ciudad que lo vio nacer, el museo ofrece un recorrido cronológico y temático por su evolución. Aquí, en la quietud de estas salas, se puede seguir el hilo que conecta sus primeros trabajos gráficos, aún figurativos pero ya obsesionados con la línea y el patrón, hasta las explosiones cinéticas de su madurez. Es fascinante observar sus estudios iniciales, sus experimentos con el trompe-l’œil y los patrones textiles, y comprender que su revolución óptica no fue un destello momentáneo, sino el resultado de una investigación meticulosa y casi científica que duró décadas. Las obras de su serie «Zebra», consideradas a menudo el punto de partida del Op Art, se sienten especialmente poderosas aquí, en su tierra natal, como si el contraste básico del blanco y negro fuera una declaración fundamental antes de la inminente explosión de color.
Consejos para el Viajero Visual
Visitar Pécs requiere un ritmo pausado. La ciudad no revela sus secretos a gritos, los susurra. Dedique tiempo a perderse por sus patios escondidos. Observe cómo la luz del sol traza patrones cambiantes sobre los muros de la Necrópolis Paleocristiana, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Sienta la conexión entre la repetición de los arcos en la Catedral de San Pedro y San Pablo y la fascinación de Vasarely por la serie y la permutación. Para el viajero en busca de Vasarely, el consejo es mirar más allá del lienzo. Observe los patrones de las baldosas en el suelo, la retícula de las ventanas, el juego de sombras en una fachada. Pécs fue su primer libro de texto sobre la estructura del mundo visual. El acceso a la ciudad es más sencillo en tren desde Budapest, un viaje de aproximadamente tres horas que atraviesa la llanura húngara, un paisaje de horizontes amplios que invita a la contemplación. La mejor época para visitar es en primavera u otoño, cuando la luz es suave y la ciudad respira una tranquila melancolía que favorece la introspección.
Budapest: La Forja en la Mühely, el Crisol de la Vanguardia
Si Pécs fue la semilla, Budapest fue el invernadero donde esa semilla germinó en un ambiente de rigor intelectual y efervescencia vanguardista. La capital húngara en la década de 1920 era un hervidero de ideas. Tras la caída del imperio y en medio de una turbulencia política, el arte y el diseño se convirtieron en un refugio y un laboratorio para imaginar el futuro. Fue allí donde un joven Vasarely, después de un breve paso por la medicina, encontró su verdadera vocación y el método que definiría toda su carrera: la Bauhaus.
La Mühely de Sándor Bortnyik: La Bauhaus del Danubio
Vasarely no estudió en la famosa Bauhaus de Dessau, pero sí en su equivalente espiritual e intelectual en Budapest: la Mühely (que significa «El Taller»). Fundada por Sándor Bortnyik, un artista que mantuvo contacto directo con Walter Gropius y Theo van Doesburg, la Mühely era un centro de enseñanza basado en los principios de la Bauhaus: la síntesis de las artes y la artesanía, la funcionalidad y una fe inquebrantable en la geometría como lenguaje universal. Para Vasarely, este fue el momento de la revelación. Las ideas románticas sobre el artista como un genio solitario fueron reemplazadas por la visión del creador como un investigador, un técnico, un diseñador de la percepción. Allí aprendió tipografía, diseño gráfico y los fundamentos del constructivismo. La disciplina era rigurosa, el enfoque, analítico. Se le enseñó a descomponer la realidad en sus componentes básicos: el punto, la línea, el plano. Esta formación es clave para comprender por qué el Op Art de Vasarely, a pesar de su efecto deslumbrante y casi mágico, está siempre sustentado en una lógica estructural impecable.
Recorriendo la Budapest de la Vanguardia
Hoy, buscar la Mühely original es una tarea para arqueólogos urbanos, ya que la escuela como tal no existe. Sin embargo, su espíritu persiste en la arquitectura modernista que salpica la ciudad, especialmente en barrios como Újlipótváros o las laderas de Buda. Pasear por estas zonas es descubrir edificios que son manifiestos de la Bauhaus: balcones curvos, ventanas en franja, fachadas limpias y una funcionalidad elegante. La Casa de la Fotografía Húngara (Mai Manó Ház) o el Museo de Artes Aplicadas, con su espectacular cúpula de cerámica Zsolnay, aunque anteriores en estilo, también reflejan esa obsesión húngara por el diseño y la estructura que tanto influyó en Vasarely. Para conectar con este período de su vida, es imprescindible visitar el Museo Nacional Húngaro o la Galería Nacional, donde se pueden apreciar obras de Bortnyik y otros artistas de la vanguardia húngara, como Lajos Kassák. Es un ejercicio de inmersión en el contexto, para entender las conversaciones artísticas que moldearon la mente de Vasarely antes de su emigración a París. Se trata de sentir la tensión entre la tradición ornamental húngara y el impulso radical de la modernidad internacional.
La Experiencia de la Ciudad
Budapest es una ciudad de dualidades: la señorial Buda y la bulliciosa Pest, separadas y unidas por el majestuoso Danubio. Esta tensión es, en sí misma, muy vasareliana. El contraste entre la solidez de los puentes y la fluidez del agua, la retícula de las calles de Pest y las curvas orgánicas de las colinas de Buda. Para el peregrino de Vasarely, un paseo en el tranvía número 2, que recorre la orilla de Pest, es una experiencia cinematográfica. Al anochecer, cuando las luces del Parlamento y el Castillo de Buda se reflejan en el agua, el río se convierte en un lienzo de Op Art en movimiento, un temblor de luces y sombras que parece sacado de una de sus composiciones. Es un recordatorio de que los principios que Vasarely exploró no eran abstractos, sino que están profundamente arraigados en la manera en que percibimos el mundo que nos rodea.
París: El Epicentro de la Abstracción y el Nacimiento del Op Art

En 1930, con la disciplina de la Mühely en mente y el sueño de la vanguardia en el corazón, Vasarely se trasladó a París. La Ciudad de la Luz no era solo un destino geográfico, sino el epicentro del arte mundial, el lugar donde un artista podía medirse con los grandes y consolidar un nombre. Sin embargo, sus primeros años estuvieron marcados por la lucha y el pragmatismo. Alejado de las bohemias tertulias de Montparnasse, trabajó incansablemente como artista gráfico para agencias publicitarias y compañías farmacéuticas. Este periodo, a menudo subestimado, fue fundamental. Le obligó a dominar la comunicación visual en su forma más directa, a comprender cómo una imagen puede captar la atención y transmitir un mensaje al instante. Fue un entrenamiento en la economía de medios y el impacto visual que resultaría invaluable.
Del Gráfico al Cinético: La Larga Gestación
Para Vasarely, París fue un laboratorio de casi dos décadas. Las obras de esta etapa, hoy exhibidas en lugares como el Centre Pompidou, reflejan una evolución fascinante. Se aprecia cómo lucha por liberarse de la representación, deconstruyendo figuras y paisajes hasta reducirlos a patrones rítmicos. Sus estudios sobre los reflejos en las estaciones de metro, las grietas en las paredes o el juego de luces en el agua del Sena constituyen ejercicios de abstracción a partir de la realidad. Fue un proceso lento y metódico. No fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial, en la década de 1950, cuando su lenguaje visual se consolidó plenamente. La Galerie Denise René, dirigida por su compatriota húngara, se convirtió en su plataforma de lanzamiento. Allí, en la exposición «Le Mouvement» de 1955, el término «arte cinético» se estableció, y Vasarely se posicionó como una de sus figuras centrales. El Op Art había nacido, y París fue su cuna.
Siguiendo la Estela en el París Actual
Recorrer el París de Vasarely es moverse entre el París de los grandes museos y el París cotidiano que inspiró sus primeras abstracciones. Una visita al Centre Pompidou es imprescindible. Su colección permanente alberga piezas clave que permiten entender su transición del grafismo al arte cinético. Ver un «Vega» o un «Zebra» en persona es una experiencia transformadora. La pintura parece respirar, la superficie se curva y palpita. El museo mismo, con su arquitectura radical que exhibe su estructura interna, se presenta como un edificio muy vasareliano en su filosofía de revelar el sistema que lo sostiene. Pero el verdadero peregrinaje también implica caminar con los ojos bien abiertos. Sentarse en un café de Saint-Germain-des-Prés e imaginar las discusiones artísticas que animaban el ambiente. Pasear por el Marais y observar cómo la luz atraviesa las antiguas ventanas, formando patrones geométricos en el suelo. Visitar la estación de metro Denfert-Rochereau, uno de los lugares que fascinó a Vasarely por sus baldosas agrietadas, y tratar de ver el mundo con su mirada: no como un conjunto de objetos, sino como una red de relaciones, tensiones y vibraciones visuales.
Un Consejo Práctico
El mejor momento para experimentar el París artístico es durante la «Nuit Blanche» en octubre, cuando la ciudad se transforma en una galería al aire libre, o durante las exposiciones temporales en espacios como el Palais de Tokyo o la Fondation Cartier. Estos eventos capturan el espíritu de vanguardia que atrajo a Vasarely. Además, no se limite a los museos. Visite las librerías de arte del Barrio Latino, busque carteles y grabados de la época. Sumérjase en la cultura visual que rodeó al artista. París enseñó a Vasarely a pensar en grande, a concebir el arte no como un objeto de lujo, sino como una fuerza capaz de transformar el entorno social.
Gordes y el Sur de Francia: La Revelación de la Luz Provenzal
Si París representó el laboratorio intelectual, el sur de Francia fue la epifanía sensorial. En 1948, Vasarely descubrió Gordes, un pueblo encaramado en una colina del Luberon, en el corazón de la Provenza. Este encuentro fue tan transformador como su contacto con la Bauhaus. La luz mediterránea, famosa por su intensidad y claridad, actuó como un catalizador químico sobre su arte. Esta luz no solo ilumina los objetos; los define, los esculpe, aplana las sombras y reduce el paisaje a una serie de formas geométricas puras y colores contrastantes. Fue aquí donde Vasarely tuvo lo que él denominó su «revelación de Gordes».
El Período Cristal y la Geometría de la Naturaleza
Al recorrer las callejuelas empedradas y laberínticas de Gordes, resulta fácil comprender lo que vio Vasarely. Las casas de piedra seca, apiladas unas sobre otras como una cascada de cubos y rectángulos, conforman una composición abstracta a gran escala. El sol implacable del mediodía elimina los medios tonos, generando un contraste fuerte entre la luz brillante y la sombra profunda. Vasarely advirtió que la perspectiva elipsoidal que había estado explorando teóricamente estaba presente aquí, en la naturaleza. El ángulo de una pared, la curva de un arco, el óvalo de un guijarro pulido por el tiempo… todo era geometría. Así nació su «período Cristal». Sus pinturas se volvieron más arquitectónicas, explorando la ambigüedad espacial mediante cubos y poliedros que parecen avanzar y retroceder al mismo tiempo. Gordes le enseñó que la abstracción más radical podía arraigarse en la observación más detallada del mundo natural.
El Château de Gordes: Un Museo en el Cielo
Durante muchos años, el imponente castillo renacentista que corona el pueblo albergó un museo didáctico dedicado a Vasarely. Aunque la colección principal se trasladó tiempo después, el espíritu del artista sigue impregnando el lugar. Visitar Gordes es, en sí mismo, entrar en una obra de Vasarely. La experiencia resulta casi tangible. Sienta el calor de la piedra bajo sus manos, admire el azul intenso del cielo enmarcado por una ventana de piedra, escuche el canto de las cigarras que parece marcar el vibrante pulso del calor. Desde el mirador del pueblo, la vista sobre el valle del Luberon se despliega como un tapiz de verdes y ocres, una paleta de colores terrosos que contrasta con los tonos puros y sintéticos que usaría más adelante. Para una experiencia completa, visite el Village des Bories, un antiguo asentamiento de cabañas de piedra seca en las afueras de Gordes. Sus formas cónicas y orgánicas son testimonio de una arquitectura anónima y funcional que dialoga a la perfección con la búsqueda de Vasarely de formas universales.
Vivir la Provenza como Vasarely
Alquilar un coche y explorar la región es imprescindible. Conduzca por carreteras sinuosas que atraviesan campos de lavanda (en flor a principios de verano) y olivares. Visite otros pueblos en la colina, como Roussillon, con sus canteras de ocre que ofrecen una paleta de colores impresionante, o Bonnieux. La clave está en observar la interacción entre la arquitectura vernácula y el paisaje. Cada pueblo es una lección de integración, de cómo las formas construidas por el hombre pueden dialogar con las formas de la naturaleza. Este es el núcleo de la utopía social de Vasarely: la idea de que el arte y la arquitectura deben fusionarse para crear un entorno armonioso para la humanidad. El sur de Francia no fue solo una inspiración estética; fue la prueba de que su sueño era alcanzable.
Aix-en-Provence: La Cité Polychrome du Bonheur, el Legado Monumental

Todos los caminos del peregrinaje de Vasarely confluyen aquí, a las afueras de Aix-en-Provence, en un edificio que parece llegado de otro planeta. La Fondation Vasarely no es un museo tradicional. Es el legado del artista, la culminación de su filosofía, un manifiesto construido en hormigón, aluminio anodizado y vidrio. Inaugurada en 1976, la fundación materializa su concepto de la «Cité Polychrome du Bonheur» (la Ciudad Policromada de la Felicidad), un espacio donde el arte se integra plenamente en la arquitectura para enriquecer la vida cotidiana de todos.
La Arquitectura como Lienzo
La primera impresión es imponente. El edificio, diseñado por el propio Vasarely, está formado por dieciséis módulos hexagonales, o «alvéolos», que se entrelazan creando una estructura que resulta a la vez futurista y orgánicamente extraña, similar a un cristal gigante o una colmena. La fachada está compuesta por enormes paneles de aluminio anodizado, algunos negros y otros blancos, adornados con gigantescos círculos que juegan con la percepción de escala y distancia. Según la luz del día y el ángulo desde donde se observe, la construcción parece cambiar, vibrar, casi desmaterializarse. Es una pieza de Op Art a escala arquitectónica, un anticipo de la experiencia inmersiva que aguarda en su interior.
Inmersión Total en el Universo Vasarely
Entrar en la Fondation Vasarely es como ser digitalizado y transportado al centro de una de sus obras. El espacio es monumental. Siete de los alvéolos hexagonales albergan cuarenta y dos «integraciones» monumentales, murales que pueden alcanzar hasta ocho metros de altura. Cada alvéolo es un mundo en sí mismo, explorando distintas facetas de su alfabeto plástico. En uno, las esferas de colores vibrantes parecen flotar en un espacio cósmico. En otro, las estructuras cúbicas crean laberintos de profundidad imposible. No existen barreras ni marcos. El arte no está colgado en la pared; es la pared. El visitante se coloca en el centro de la obra, completamente rodeado por ella. La escala es abrumadora y consciente: Vasarely quería que el espectador se sintiera pequeño, que perdiera sus referencias espaciales habituales y se entregara por completo a una experiencia óptica pura. Se puede pasar horas aquí, moviéndose lentamente y observando cómo las composiciones varían a medida que uno se desplaza. Los colores (oro, plata, azules profundos, rojos intensos) poseen una cualidad luminosa, casi de vidriera, que transforma el espacio en una suerte de catedral secular dedicada a la percepción.
Más Allá de la Ilusión Óptica
La fundación no es solo un espectáculo visual. En las plantas superiores, exposiciones didácticas explican la teoría detrás de la práctica artística. Ahí se puede profundizar en su «alfabeto plástico», un sistema de 30 formas y 30 colores que, según él, podían combinarse de manera infinita para crear un lenguaje visual universal, accesible a todos más allá de las barreras culturales. Se exhiben sus maquetas, estudios y escritos. Se comprende que detrás de cada efecto óptico hay un sistema riguroso, casi una investigación científica sobre la psicología de la percepción. Su objetivo no era simplemente engañar al ojo, sino activarlo, hacer consciente el propio proceso de ver. Su utopía era social: creía que al rodear a las personas con un entorno visualmente estimulante y armonioso se podría elevar la calidad de vida y fomentar la creatividad. La fundación representaba el prototipo, el laboratorio para esta ciudad del futuro.
Consejos para la Visita a la Fundación
La Fondation Vasarely se encuentra a las afueras de Aix, en la zona del Jas de Bouffan, no lejos del antiguo estudio de Cézanne, un guiño a otro gran revolucionario de la forma. Es fácilmente accesible en autobús desde el centro de la ciudad o en coche. Reserve al menos medio día para la visita. Visítela en un día soleado si es posible; la forma en que la luz natural interactúa con la fachada y se filtra en el interior forma parte esencial de la experiencia. No se apresure. Siéntese en los bancos y permita que las obras ejerzan su efecto. Camine hacia adelante y hacia atrás, de lado a lado. Descubra cómo el más mínimo movimiento transforma toda la composición. Es una experiencia meditativa. La fundación también organiza exposiciones temporales de artistas contemporáneos cuyo trabajo dialoga con el legado de Vasarely, convirtiéndola en un centro vivo y no solo en un mausoleo. Sin duda, es el santuario definitivo para quienes se interesan por el arte del siglo XX y el poder del arte para moldear nuestro mundo.
El Eco de la Utopía: El Arte Integrado en el Mundo
El peregrinaje siguiendo las huellas de Vasarely no concluye en la entrada de un museo o una fundación. Su mayor sueño consistía en sacar el arte del espacio sagrado de la galería y llevarlo a la vida cotidiana de las personas, integrándolo en el tejido urbano. Su concepto de «integración plástica» lo impulsó a colaborar con arquitectos en proyectos alrededor del mundo. Su arte no estaba pensado como un objeto de especulación, sino como un elemento funcional y estético del entorno construido. Para Vasarely, la fachada de un edificio, el suelo de una estación de tren o el logotipo de una empresa eran lienzos tan legítimos como los tradicionales.
De la Fachada de la Radio a los Coches Renault
Uno de los ejemplos más reconocidos de esta filosofía es su trabajo para la sede de la Radio RTL en París durante la década de 1970 (aunque el edificio ha sido remodelado). Creó paneles murales para el exterior e interior que transformaban la estructura en una obra de arte cinética de escala urbana. Quizás su colaboración más famosa fue con Renault. En los años 70, diseñó el icónico logotipo de la marca, un rombo tridimensional que ejemplifica su maestría en la ilusión óptica. Este logotipo no era solo una marca comercial; era una pieza de Op Art que millones de personas veían diariamente en las carreteras, democratizando radicalmente el arte.
Buscando las Integraciones Perdidas
Encontrar las integraciones arquitectónicas de Vasarely hoy puede ser todo un reto, una especie de búsqueda del tesoro para el peregrino ferviente. Algunas han sido destruidas o modificadas, víctimas de la renovación urbana y cambios en las preferencias estéticas. Sin embargo, otras permanecen. En Francia, se pueden hallar obras en el vestíbulo de la estación de Montparnasse en París o en el campus de la Universidad de la Sorbona. Fuera de Francia, su obra está presente en edificios de Alemania, Israel e incluso Venezuela. Cada uno de estos hallazgos recuerda la ambición de su proyecto: crear un folclore planetario, un lenguaje visual que pudiera ser comprendido y disfrutado por todos. Esta parte del recorrido requiere investigación y a veces algo de suerte, pero recompensa al viajero con la certeza de que el legado de Vasarely está, literalmente, a nuestro alrededor, frecuentemente oculto a plena vista.
Un Cierre de Círculo: La Vibración Continúa

Recorrer el camino de Victor Vasarely, desde la histórica Pécs hasta la luminosa Aix-en-Provence, es algo más que una lección de historia del arte. Es un entrenamiento para la mirada. Es aprender a descubrir la estructura en el caos, el ritmo en la repetición y la belleza en la lógica pura de la forma y el color. Vasarely nos enseñó que la superficie de las cosas nunca es estática, que el espacio es maleable y que nuestra percepción es un acto creativo. Su obra, a veces criticada por su aparente frialdad o su carácter sistemático, revela en este viaje su profunda humanidad: un anhelo utópico de crear un entorno más bello, estimulante y feliz para todos mediante el poder universal del arte. Al final de este peregrinaje óptico, no solo se ha visto el mundo de Vasarely. Se empieza también a mirar el propio mundo a través de sus ojos, encontrando sus ritmos, contrastes y vibraciones en la rejilla de una ventana, el patrón de las olas o el destello de las luces de la ciudad por la noche. La vibración continúa, y ahora, nosotros también formamos parte de ella.

