MENU

El Peregrinaje al Abismo Sublime: Un Viaje por el Mundo de Barnett Newman

En el vasto lienzo de la historia del arte, pocas figuras resuenan con la intensidad sísmica de Barnett Newman. Un titán del Expresionismo Abstracto, un filósofo del color, un arquitecto de lo sublime. Sus obras no son meras pinturas; son portales. Portales a una confrontación directa con el ser, con el vacío, con la totalidad. Emprender un viaje a los lugares que marcaron su vida y que ahora custodian su legado no es un simple itinerario turístico; es una peregrinación. Es un acto de fe en el poder del arte para trascender lo mundano y tocar el infinito. Este no es un recorrido para el observador pasivo. Es una invitación a pararse frente al abismo, a sentir el vértigo del color puro, a caminar por el filo de sus «zips» —esas líneas verticales que rasgan el lienzo y, con él, nuestra percepción de la realidad—. Desde las calles bulliciosas de Nueva York que lo vieron nacer y crear, hasta los silenciosos santuarios de museos en Houston y Ámsterdam, cada parada es una estación en un viacrucis estético, un diálogo con un artista que se atrevió a preguntar: ¿qué es lo sublime, aquí y ahora? Este viaje nos llevará al corazón de esa pregunta, a los espacios físicos y espirituales que Newman habitó, transformando el lienzo en un lugar de encuentro existencial. Un lugar donde el color no se ve, se siente. Un lugar donde la línea no divide, une. Un lugar donde el arte se convierte en una experiencia tan profunda y personal como la fe misma. Prepárense para un viaje que no solo deleitará sus ojos, sino que sacudirá su alma, un peregrinaje al epicentro del sublime modernista.

Para profundizar en cómo otros artistas y pensadores exploraron estas cuestiones existenciales a través de su entorno, puedes seguir las huellas de Sartre en París.

目次

Nueva York: La Matriz del Cosmos Newmaniano

output-8

Nueva York no es simplemente un telón de fondo en la vida de Barnett Newman; es el crisol donde se forjó su visión, la matriz de su universo estético. Nació en el Lower East Side en 1905, hijo de inmigrantes judíos polacos, en un hervidero de culturas, lenguas y aspiraciones. Caminar por estas calles hoy es intentar escuchar los ecos de ese pasado, imaginar a un joven Newman absorbiendo la energía vertical de la ciudad, una energía que luego destilaría en sus icónicos «zips». La ciudad misma, con sus rascacielos que rasgan el cielo, es un lienzo premonitorio de su obra.

Los Años de Formación: La Art Students League

Nuestra primera parada espiritual nos lleva a la 215 West 57th Street, sede de la Art Students League. Allí, en este edificio histórico, un joven Newman comenzó a afinar su voz, aunque su relación con la educación formal siempre fue ambivalente. No buscaba dominar la técnica por sí misma, sino desaprenderla para alcanzar una forma de expresión más primigenia, más auténtica. El ambiente de la Liga, vibrante y lleno de debates, fue fundamental. Se puede sentir el peso de la historia en sus pasillos, el fantasma de las conversaciones artísticas que moldearon el siglo XX. Visitar este lugar es entender que el genio de Newman no surgió de la nada, sino de una lucha constante con la tradición, un deseo de romper con el pasado europeo para crear algo inequívocamente americano, algo nuevo, algo sublime. No es un museo, pero su atmósfera es la de un templo viviente del arte, donde la creación sigue latiendo día a día.

El Santuario Creativo: Los Estudios de Manhattan

Newman tuvo varios estudios en Manhattan a lo largo de su vida, cada uno un laboratorio sagrado para sus experimentos con el espacio y el color. Uno de los más significativos estaba en la calle White, en Tribeca. Estos no eran los lofts glamurosos que imaginamos hoy. Eran espacios de trabajo, crudos, funcionales, a menudo solitarios. Es aquí donde debemos imaginar al artista en su ritual diario, enfrentándose al lienzo en blanco. No con la furia gestual de un Pollock, sino con una intensidad meditativa, casi teológica. Pasaba horas, días, a veces semanas, simplemente mirando, preparando el lienzo, mezclando sus colores hasta alcanzar la saturación y tonalidad exactas. Pintar era el final de un largo proceso de contemplación. El peregrino que hoy recorre estas calles debe usar la imaginación para reconstruir estos santuarios perdidos. El verdadero estudio de Newman no era tanto un lugar físico como un estado mental, un espacio de concentración absoluta donde el cosmos se reduce a un campo de color y la posibilidad de una línea.

El Altar Mayor: El Museum of Modern Art (MoMA)

Si Nueva York es la diócesis de Newman, el MoMA es su catedral. Allí, el peregrino encuentra algunas de sus obras más monumentales y puede experimentar de primera mano el impacto abrumador de su visión. La visita al MoMA no debe ser apresurada. Requiere tiempo y una disposición a la contemplación silenciosa. Hay que buscar las salas dedicadas al Expresionismo Abstracto y prepararse para el encuentro.

El Encuentro con Vir Heroicus Sublimis

Pararse frente a Vir Heroicus Sublimis (1950-51) es una experiencia que redefine la relación del espectador con la pintura. Con casi ocho pies de alto y dieciocho de ancho, la obra no se observa, sino que te envuelve. Te sumerge en un campo infinito de rojo cadmio, un color que parece respirar y pulsar. Newman insistía en que sus obras debían verse de cerca, tan cerca que el color llenara todo el campo visual, eliminando cualquier distracción del mundo exterior. Es en esa proximidad donde ocurre la magia. Los cinco «zips» que puntúan la superficie no son interrupciones, sino anclajes. Son presencias: unos nítidos, otros borrosos, vibran con una energía propia. El título, «Hombre, heroico y sublime», nos ofrece una pista. Newman no pintaba paisajes ni retratos; pintaba sentimientos, ideas, estados del ser. Esta obra es una declaración sobre el potencial humano, sobre la capacidad de estar erguido y solo frente a la inmensidad del universo. Es un acto de afirmación existencial. El peregrino debe permitirse ser vulnerable ante la obra, dejar que el color lo inunde, sentir el vértigo y, quizá, atisbar ese sentimiento de lo sublime que el artista buscaba evocar.

La Presencia de Broken Obelisk

En el jardín de esculturas del MoMA, el Abby Aldrich Rockefeller Sculpture Garden, se alza otra de sus obras maestras: Broken Obelisk (1963-69). Esta escultura monumental es un testimonio del poder del arte para dialogar con la historia, la política y la espiritualidad. Un obelisco de acero corten, símbolo del poder y la antigüedad, está fracturado, invertido, y su punta se equilibra precariamente sobre el ápice de una pirámide. La tensión es palpable. La obra habla de la fragilidad de los imperios, del fracaso de las aspiraciones humanas, pero también de la posibilidad de un equilibrio imposible, de una conexión entre cielo y tierra, entre lo antiguo y lo moderno. La versión de Houston fue dedicada a Martin Luther King Jr., añadiendo una capa de significado sobre la lucha por los derechos civiles y el sacrificio. Verla en el contexto de Nueva York, rodeada por la arquitectura de la ciudad, le confiere una resonancia particular. Es un momento de pausa, de reflexión sobre la impermanencia y la resiliencia en el corazón de la metrópolis moderna. El consejo para el visitante es sentarse cerca, observar cómo la luz del día cambia la pátina oxidada del acero, cómo la escultura interactúa con su entorno, con las nubes que pasan, con el murmullo de la ciudad. Es una meditación en acero.

Otros Templos Neoyorquinos: El Guggenheim y el Whitney

El peregrinaje neoyorquino no estaría completo sin visitar otros dos templos del arte moderno. El Solomon R. Guggenheim Museum, con su arquitectura espiral de Frank Lloyd Wright, ofrece una experiencia visual completamente distinta. Ver las obras de Newman en este espacio curvo, donde las paredes se inclinan, crea un nuevo diálogo entre la geometría estricta del artista y la fluidez orgánica del edificio. Es un desafío perceptivo que Newman, probablemente, habría disfrutado. El Whitney Museum of American Art, ubicado ahora en el Meatpacking District, también alberga una colección fundamental. El Whitney se centra en el arte estadounidense, por lo que contemplar a Newman en este contexto subraya su papel como uno de los padres fundadores de una escuela artística auténticamente americana, que finalmente desplazó a París como centro del mundo del arte. La visita a estos museos complementa la experiencia del MoMA, ofreciendo una visión más amplia del ecosistema artístico en el que Newman vivió, luchó y finalmente triunfó.

Washington D.C.: El Viacrucis Espiritual

Abandonamos el bullicio de Nueva York y nos dirigimos a un espacio de solemnidad distinta: la National Gallery of Art en Washington D.C. Allí, el visitante se enfrenta a una de las series más profundas y espiritualmente intensas del siglo XX: The Stations of the Cross: Lema Sabachthani (1958-1966). Este no es un lugar para una visita superficial; es un santuario que exige silencio, introspección y una entrega emocional completa.

The Stations of the Cross: Lema Sabachthani

Newman dedicó ocho años a esta serie de catorce pinturas. El título alude a las catorce estaciones del Vía Crucis cristiano, el camino de Cristo hacia la crucifixión. Sin embargo, Newman, de ascendencia judía, no buscaba ilustrar un evento bíblico. Utilizaba esta estructura narrativa como medio para explorar el sufrimiento humano universal. El subtítulo, Lema Sabachthani, corresponde a las palabras arameas de Cristo en la cruz: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Esta es la clave de la serie. No se centra en la crucifixión en sí, sino en ese grito de angustia, esa pregunta existencial que resuena en cualquier ser humano en sus momentos más oscuros. La serie es un recorrido por el sufrimiento, pero también un testimonio de la resistencia del espíritu humano.

La Experiencia en la Galería

La National Gallery of Art exhibe la serie en una capilla dedicada, un espacio diseñado para la contemplación. Las pinturas, realizadas en una paleta austera de blanco y negro, envuelven al espectador. Cada lienzo presenta una variación del mismo tema: un campo de blanco crudo, sin imprimar, surcado por uno o varios «zips» negros o blancos. La aparente simplicidad es engañosa. Cada estación es única en su composición, en el ritmo de sus líneas y en la emoción que transmite. Algunas son nítidas y violentas, como un grito; otras, difusas y tenues, como un susurro de dolor. El lienzo en bruto absorbe la luz, dotándolo de una textura táctil, casi como piel o tela mortuoria. Al pasar de una estación a otra, el visitante participa en un ritual. Se percibe el peso acumulativo del viaje, la progresión desde la angustia inicial hasta una posible, aunque no definitiva, catarsis. Newman añadió una decimoquinta pintura, una «coda» no oficial titulada Be II, que suele exhibirse con la serie, sugiriendo una especie de resurrección o trascendencia. Pasar tiempo en esta sala es una experiencia profundamente conmovedora. Es enfrentar la tragedia sin sentimentalismo, hallar una belleza austera en el dolor y meditar sobre la pregunta fundamental que Newman planteaba a sí mismo y a nosotros: ¿cómo soportar el sufrimiento y seguir adelante? Para el visitante, el consejo es sencillo: apague el teléfono, siéntese en el banco central y déjese llevar por el ritmo de las obras. No intente «entenderlas» intelectualmente al principio. Siéntalas. Permita que el silencio y las líneas hablen. Es una de las peregrinaciones artísticas más intensas que se pueden vivir.

Houston: El Equilibrio entre lo Terrenal y lo Trascendente

output-9

Nuestro viaje nos conduce ahora hacia el sur, a Houston, Texas. Aquí, en un entorno urbano muy distinto al de la costa este, descubrimos un lugar único donde el arte de Newman conversa con el de su contemporáneo, Mark Rothko, dando lugar a un oasis de meditación y contemplación. La Capilla Rothko y la plaza contigua, que alberga una versión de Broken Obelisk, son una parada imprescindible para cualquier peregrino de Newman.

La Capilla Rothko y el Broken Obelisk

La Capilla Rothko no es una capilla en el sentido religioso convencional. Es un espacio interconfesional, un santuario para personas de todas las creencias y para quienes no profesan ninguna. En su interior, catorce murales monumentales de Mark Rothko, en tonos oscuros y sombríos, invitan a una profunda introspección. Sin embargo, nuestro interés se centra justo afuera, en el centro de un estanque reflectante: Broken Obelisk. La escultura fue adquirida por los mecenas John y Dominique de Menil con la intención de dedicarla a la memoria del Dr. Martin Luther King Jr. La elección de la obra de Newman no fue casual. El obelisco roto, con su frágil equilibrio y su aspiración frustrada pero persistente, se convirtió en un símbolo poderoso de la lucha inacabada por la justicia social y los derechos civiles. La presencia del agua añade una nueva dimensión. El reflejo de la escultura ondula y se distorsiona con el viento, recordándonos la inestabilidad y fluidez de la historia. La combinación entre la escultura al aire libre de Newman y las pinturas interiores de Rothko crea una experiencia integral. Afuera, la batalla del mundo —la historia, la política— encarnada en el acero de Newman. Adentro, el refugio del alma, la contemplación silenciosa, el viaje interior de Rothko. Es un lugar para pasar varias horas. El visitante debe contemplar la escultura desde todos los ángulos, observar cómo la luz del sol texano interactúa con su superficie. Luego, entrar a la capilla, permitir que los ojos se adapten a la penumbra y sumergirse en la meditación que propone Rothko. Al salir, el Broken Obelisk se percibe con nuevos ojos. La experiencia conjunta supera la suma de sus partes. Habla de la dualidad de la existencia humana: la necesidad de actuar en el mundo y la necesidad de retirarse de él para hallar la paz interior. Newman y Rothko, amigos y rivales en vida, aquí mantienen un diálogo eterno, ofreciendo al peregrino un espacio de sanación y reflexión.

Peregrinaciones Internacionales: La Expansión del Sublime

El impacto de Barnett Newman trascendió los Estados Unidos. Su visión resonó internacionalmente, y algunas de sus obras más significativas se encuentran actualmente en museos europeos, donde continúan desafiando y conmoviendo al público. Para el viajero global, estas paradas son esenciales para comprender la universalidad de su lenguaje.

Ámsterdam: El Drama de Who’s Afraid of Red, Yellow and Blue III

Nuestra primera parada europea nos lleva al Stedelijk Museum en Ámsterdam. Este museo, un baluarte del arte moderno y contemporáneo, alberga una de las piezas más famosas y controvertidas de Newman: Who’s Afraid of Red, Yellow and Blue III (1967). Esta pintura monumental es una declaración de principios. En un mundo artístico donde el neoplasticismo de Mondrian, con su uso controlado y armónico de los colores primarios, era casi sagrado en los Países Bajos, Newman lanzó un desafío directo. Su uso del rojo, amarillo y azul no es equilibrado ni armonioso; es abrumador, visceral y casi violento. Un inmenso campo de rojo vibrante domina el lienzo, flanqueado por dos «zips», uno amarillo y otro azul. El título es una burla a la idea de que los colores primarios son simples o seguros. Newman demuestra que, utilizados en su máxima pureza e intensidad, pueden ser aterradores, capaces de evocar emociones primarias como la pasión, la ira o la alegría extática. La historia de esta pintura en el Stedelijk es dramática. En 1986, fue acuchillada por un visitante que afirmó que la obra lo había provocado. La restauración fue prolongada y polémica, convirtiendo la pintura no solo en una obra de arte, sino también en un símbolo de la vulnerabilidad del arte y del poder que puede ejercer sobre la psique humana. Verla hoy en el Stedelijk es ser testigo de esa historia. La pintura conserva sus cicatrices, visibles solo para el ojo atento, lo que añade una capa de pathos a la experiencia. Es una obra que exige una respuesta emocional; no es posible permanecer indiferente ante ella. El peregrino en Ámsterdam debe acercarse a ella como Newman quería: sin miedo, listo para dejarse consumir por el poder puro del color.

Londres: El Diálogo Primigenio en la Tate Modern

Cruzando el canal, llegamos a la Tate Modern en Londres. En esta antigua central eléctrica transformada en un coloso del arte moderno, encontramos un par de obras que nos remiten a los fundamentos de la mitología de Newman: Adam (1951) y Eve (1950). Exhibidas frecuentemente juntas, estas dos pinturas conforman un díptico conceptual sobre los orígenes de la humanidad. Adam es un campo de rojo tierra, profundo y oscuro, dividido por tres «zips»: uno rojo más claro, uno amarillo y otro que apenas se distingue del fondo. La pintura evoca la tierra, la arcilla de la que, según el mito, fue formado el primer hombre. Es densa, pesada, terrenal. Por otro lado, Eve es más luminosa. Un campo de magenta más claro, con un solo «zip» que la atraviesa. Si Adam es la tierra, Eve es quizás la primera luz, la conciencia. Juntas, no son retratos, sino encarnaciones de principios arquetípicos. Son la afirmación de Newman de que el arte abstracto puede abordar los temas más grandes y antiguos de la existencia humana. Ver estas obras en el contexto industrial y vasto de la Tate Modern es impresionante. Los techos altos y los espacios abiertos permiten que las pinturas respiren y que su escala monumental se sienta plenamente. Es un recordatorio de que la búsqueda de lo sublime de Newman no era un ejercicio formalista, sino un intento por crear un nuevo tipo de pintura histórica, una que no representara mitos, sino que los encarnara. Para el visitante, es una oportunidad para reflexionar sobre estos temas universales en el corazón de una de las ciudades más cosmopolitas del mundo, uniendo el pasado más remoto con el presente más vibrante.

La Filosofía del Peregrino: Cómo Acercarse a Newman

output-10

Un peregrinaje a los lugares de Barnett Newman no es solamente un viaje físico, sino también una preparación interior. Para conectar verdaderamente con su obra, el espectador debe adoptar una actitud particular, una apertura hacia una experiencia que va más allá de la mera observación estética. Aquí se presentan algunas claves para enriquecer este recorrido.

La Proximidad y la Inmersión

Newman fue muy claro acerca de cómo deseaba que se experimentara su trabajo. Rompió con la tradición de contemplar las pinturas desde una distancia respetuosa. Invitaba al espectador a acercarse, a situarse a unos pocos centímetros del lienzo. El propósito era que el campo de color llenara completamente la visión periférica, eliminando el contexto de la galería y creando una experiencia de inmersión total. Así, el espectador deja de mirar una «imagen» de algo; se encuentra en medio de una «presencia». El color deja de ser un atributo de una forma para convertirse en un entorno, un espacio que se puede percibir. En su próximo encuentro con un Newman, intente este ejercicio: acérquese hasta que los bordes del lienzo casi desaparezcan. Respire profundamente y simplemente permanezca allí. Sienta las vibraciones del color, la tensión del «zip». Es una forma de meditación visual que puede transformar radicalmente la percepción.

El «Zip» como Encuentro

La línea vertical, el «zip», es el elemento más distintivo de Newman. No es una línea divisoria que separa dos áreas de color, sino una entidad en sí misma. Newman la creaba a menudo retirando cinta adhesiva del lienzo, dejando bordes a veces nítidos, a veces irregulares y vibrantes. El «zip» es una interrupción, sí, pero también una conexión. Representa la presencia humana en la vastedad del cosmos. Es un rayo de luz en la oscuridad, un instante de revelación. Para Newman, el «zip» simbolizaba el acto mismo de la creación, el momento del «fiat lux», hágase la luz. Al observar un «zip», no lo considere como una mera línea, sino como un evento: un acontecimiento que sucede en el lienzo en ese preciso instante. Es la chispa de la conciencia, la afirmación del yo frente al infinito.

Abrazar el Silencio y el Tiempo

Las obras de Newman no revelan sus secretos al primer vistazo. Vivimos en una cultura de consumo visual acelerado, de desplazamiento infinito por pantallas. El arte de Newman es el antídoto a todo eso. Exige tiempo. Exige silencio. El peregrino debe estar dispuesto a sentarse frente a una sola obra durante diez, veinte, treinta minutos. Es en ese tiempo prolongado donde sucede algo. Los ojos se aclimatan. Emergen sutiles variaciones de color y textura. La relación entre el campo de color y el «zip» comienza a crear una energía palpable. La obra deja de ser un objeto estático en la pared y se transforma en una experiencia dinámica que se despliega en el tiempo. Busque los bancos que los museos suelen colocar frente a las obras importantes. Úselos. Considere la visita no como una carrera para verlo todo, sino como una oportunidad para tener uno o dos encuentros profundos y significativos.

Este viaje a través del mundo de Barnett Newman es, en definitiva, un viaje hacia el interior de uno mismo. Sus lienzos son espejos. Reflejan nuestras propias ansiedades, esperanzas, nuestra capacidad para la maravilla y el asombro. Al seguir sus pasos, desde las calles de Nueva York hasta las galerías de Europa, no solo rastreamos la vida de un gran artista, sino que buscamos esos raros y preciosos momentos de trascendencia, esos instantes en que el arte nos saca de lo cotidiano y nos enfrenta con lo sublime. Es un camino exigente, pero la recompensa es nada menos que una nueva forma de ver, y quizás, una nueva forma de ser. El peregrinaje ha comenzado. El abismo sublime espera.

  • URLをコピーしました!
  • URLをコピーしました!

この記事を書いた人

Decades of cultural research fuel this historian’s narratives. He connects past and present through thoughtful explanations that illuminate Japan’s evolving identity.

目次