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Tras los Pasos de un Gato Parisino: Un Viaje por el Mundo de Tsuguharu Foujita

Hay artistas que pintan lienzos y hay artistas cuyas vidas son, en sí mismas, un lienzo. Tsuguharu Foujita, o Léonard Foujita como eligió renacer, pertenece a esta última estirpe. Un hombre puente entre Oriente y Occidente, un alma felina que danzó con una gracia inaudita entre el delicado trazo de la tinta japonesa y la carnalidad del óleo europeo. Seguir sus huellas no es solo visitar museos o antiguas residencias; es embarcarse en un peregrinaje a través de geografías y épocas, desde el Tokio efervescente de la era Meiji hasta el corazón bohemio del París de los locos años veinte, culminando en un santuario de paz y color en la campiña francesa. Este viaje es una inmersión en la psique de un genio nómada, un dandi de corte de pelo inolvidable y pendientes dorados, cuya obra más profunda fue, quizás, la construcción de su propia identidad. Acompáñenme en este recorrido rítmico, una exploración de los espacios sagrados que moldearon al hombre y al mito, al pintor de gatos y de madonas, a Tsuguharu Foujita, el eterno extranjero, el hijo adoptivo de Montparnasse.

Para profundizar en la conexión entre el arte japonés y su influencia en artistas que navegaron entre culturas, explora la historia de Tawaraya Sotatsu, el genio fantasma de Kioto.

目次

El Eco de Tokio: Cuna de un Genio Inquieto

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Todo viaje tiene un punto de inicio, un kilómetro cero donde el alma del futuro artista comienza a absorber los colores y las formas del mundo. Para Tsuguharu Foujita, ese origen vibraba en el corazón de un Japón en plena transformación, un país que se abría al mundo con la misma avidez con la que un joven pintor ansiaba descubrirlo. Tokio no fue solo su lugar de nacimiento; fue su primer taller, la primera galería, y también la primera jaula dorada de la que sintió una imperiosa necesidad de escapar.

Shinjuku, el Origen del Trazo

Nacido en 1886 en el distrito de Ushigome, que hoy forma parte del bullicioso Shinjuku, el Tokio de la infancia de Foujita era un crisol de tradición y modernidad. Imaginen por un momento las calles: el susurro de los kimonos de seda mezclándose con el traqueteo de los primeros tranvías, las antiguas casas de madera proyectando sus sombras sobre edificios de ladrillo de estilo occidental. Su padre, un distinguido general médico del ejército imperial, le brindó una educación esmerada y un entorno culto. Sin embargo, en el joven Tsuguharu latía una sensibilidad distinta, una mirada que no se conformaba con seguir el camino honorable que se esperaba de él. Desde niño, su vocación era clara: el arte. Se dice que desde muy temprana edad ya declaraba su intención de convertirse en pintor, un deseo que su familia, afortunadamente, no reprimió.

Hoy, caminar por Shinjuku es sumergirse en un océano de neón, rascacielos y multitudes. Es difícil encontrar rastros físicos del Ushigome de Foujita. Sin embargo, el espíritu del lugar persiste. Esa energía de constante reinvención, esa coexistencia de lo antiguo y lo futurista, es la misma tensión que alimentaría la obra de Foujita. Él mismo era una paradoja andante: un japonés que dominaba las técnicas ancestrales de la pintura `sumi-e` pero que soñaba con la revolución pictórica que se gestaba en París. Para conectar con su origen, hay que mirar más allá de los edificios. Hay que visitar los pequeños santuarios escondidos entre las masas de hormigón, pasear por el jardín nacional Shinjuku Gyoen, que ya era un remanso de paz en su época, e imaginar a un joven Foujita observando la delicadeza de una flor de cerezo, memorizando la línea perfecta de una rama, un trazo que más tarde definiría su arte.

Ueno y la Semilla del Arte

El siguiente paso en su formación lo llevó al parque de Ueno, el corazón cultural de Tokio. Allí se encuentra la prestigiosa Universidad Nacional de Bellas Artes y Música de Tokio, donde ingresó en 1905. Ueno era, y continúa siendo, un enclave mágico. Un vasto parque que alberga templos, un estanque cubierto de lotos y algunos de los museos más importantes de Japón. Era el epicentro del mundo artístico oficial, el lugar donde se dictaban las normas del buen gusto y la técnica correcta.

Foujita fue un estudiante brillante, pero también un rebelde. Aprendió con maestría las técnicas de la pintura occidental (`yōga`), especialmente el academicismo que dominaba el currículo. Sin embargo, sentía una profunda insatisfacción. El ambiente artístico japonés de la época, a pesar de su apertura, era conservador. Se esperaba que los artistas imitaran los estilos europeos sin cuestionarlos, creando obras que a menudo carecían de alma propia. Foujita deseaba algo más. Quería fusionar, no imitar. Soñaba con hallar una voz genuinamente suya, una síntesis de sus dos herencias.

Visitar Ueno hoy es una experiencia que nos acerca a esa encrucijada. Uno puede pasar la mañana en el Museo Nacional de Tokio, admirando los rollos de tinta y las cerámicas que Foujita estudió, y por la tarde cruzar al Museo Nacional de Arte Occidental para contemplar las obras de los maestros europeos que él anhelaba superar. En ese paseo entre dos mundos reside la clave de su conflicto y su futura genialidad. El aire de Ueno, cargado del peso de la tradición y la promesa de la innovación, fue el caldo de cultivo donde germinó su deseo de partir. Sentado junto al estanque Shinobazu, es fácil imaginarlo frustrado, dibujando en su cuaderno, consciente de que los lienzos que quería pintar no cabían en las salas de exposiciones de Tokio. Necesitaba un escenario más grande, un lugar donde las reglas estuvieran hechas para romperse. Ese lugar era París.

Montparnasse, el Rugido de la Creación

Si Tokio fue el prólogo, Montparnasse constituyó el cuerpo de la novela que fue la vida de Foujita. En 1913, con veintiséis años y un corazón lleno de ambición, arribó a París. No llegó simplemente a una ciudad, sino a un mito en plena efervescencia. Montparnasse, situada en la orilla izquierda del Sena, no era solo un barrio; era el epicentro de la vanguardia mundial, un imán para artistas, escritores y soñadores de todos los rincones del planeta que llegaban para reinventar el arte del siglo XX. Foujita no venía a observar, sino a conquistar.

El Desembarco en un Sueño Bohemio

El impacto debió ser abrumador. París se presentaba como una fiesta de estímulos para el joven artista japonés: la libertad en el aire, la informalidad en las relaciones y la pasión por el debate artístico en cada esquina. Pronto se sumergió en ese torbellino. La leyenda narra que, a los pocos días de su llegada, conoció a Picasso en una galería. El malagueño, al ver sus dibujos, le habría dicho: «No tienes nada que aprender aquí». Fue un reconocimiento entre genios. Foujita rápidamente se ganó un nombre en aquel universo cosmopolita. Se instaló en el corazón de Montparnasse y se convirtió en uno de sus personajes más emblemáticos. Su apariencia era una declaración de intenciones: el corte de pelo `okappa` (un flequillo recto y melena corta), sus pendientes y su vestimenta excéntrica. Era un dandi y un asceta a la vez, un espectáculo ambulante que fascinaba a todos.

El Montparnasse actual conserva un eco de esa época dorada. Aunque los elevados precios de los alquileres han expulsado a los artistas con bolsillos vacíos, el trazado de sus calles, la arquitectura de sus edificios y, sobre todo, los cafés legendarios, permanecen. Pasear por el Boulevard du Montparnasse o el Boulevard Raspail es caminar sobre las huellas de gigantes. La atmósfera es más burguesa, pero si uno se detiene y cierra los ojos, casi puede oír el murmullo de conversaciones apasionadas, el tintinear de las copas de absenta y la risa de Kiki de Montparnasse, la reina de aquel reino bohemio.

5 Rue Delambre: El Nido del Artista

Todo artista necesita un santuario, un espacio donde la magia sucede. Para Foujita, durante sus años más gloriosos, ese lugar fue su pequeño estudio en el número 5 de la rue Delambre. Era un espacio modesto, que se convirtió en uno de los centros neurálgicos de la vida social y artística del barrio. Foujita, que al principio vivió con estrecheces, alcanzó un éxito fulgurante en la década de 1920. Sus exposiciones en el Salón de Otoño causaban sensación, y pronto se convirtió en uno de los artistas mejor pagados de París.

Su estudio era famoso por sus fiestas legendarias, donde la bohemia parisina se mezclaba con la alta sociedad. Pero también era su laboratorio. Allí perfeccionó su técnica más celebrada: la aplicación de finísimas líneas de tinta negra, trazadas con un pincel japonés (`menso fude`), sobre un fondo blanco lechoso (`nyuhakushoku`) que él mismo preparaba con una receta secreta a base de talco y aceite. El resultado eran desnudos de una sensualidad perturbadora, con una piel de porcelana que parecía irradiar luz propia. Obras como `Nu couché à la toile de Jouy` (Desnudo reclinado con tela de Jouy) nacieron entre esas cuatro paredes. Y, por supuesto, el estudio siempre estuvo habitado por sus otros grandes amores: los gatos, que pintaba constantemente, capturando su elegancia, misterio e independencia, cualidades que en muchos sentidos reflejaban las suyas.

Hoy, una placa en la fachada del edificio recuerda que allí vivió y trabajó el gran Foujita. Aunque no se puede visitar el interior, detenerse frente a esa puerta es un acto de peregrinaje. Es imaginar el ir y venir de Modigliani, Soutine, Zadkine; es evocar el aroma del óleo y la trementina, el sonido de la música y el sigiloso andar de un gato sobre el parquet. Rue Delambre sigue siendo una calle tranquila y encantadora, una cápsula del tiempo a pocos pasos del bullicio del bulevar.

La Rotonde, Le Dôme: Corazones de la Noche y el Arte

Los cafés de Montparnasse eran las verdaderas academias de arte, los salones no oficiales donde se forjaban las reputaciones y se rompían las convenciones. Eran el segundo hogar de los artistas, que pasaban horas discutiendo, dibujando en las servilletas, bebiendo y, sobre todo, sintiéndose parte de algo único. Foujita era un habitual de estos templos paganos. Le Dôme, La Rotonde, Le Select, La Coupole… todos forman parte de su biografía.

La Rotonde, en la confluencia de los bulevares de Montparnasse y Raspail, era quizás su favorito. Su dueño, Victor Libion, era conocido por aceptar un dibujo a cambio de una comida, convirtiendo el local en un refugio para artistas sin un céntimo. Allí, Foujita se reunía con su círculo más íntimo: Amedeo Modigliani, con quien mantenía una amistad profunda y tormentosa; Chaïm Soutine, el atormentado pintor lituano; y Man Ray, quien lo inmortalizó con su cámara. Eran los `Montparnos`, una hermandad de expatriados que estaban redefiniendo el arte. Las noches en ese lugar eran un torbellino de creatividad, alcohol y pasión. Se debatía sobre cubismo, dadaísmo y surrealismo. Se forjaban alianzas y se rompían amistades.

Visitar hoy estos cafés es una experiencia imprescindible. La Rotonde y Le Dôme continúan abiertos, conservando gran parte de su decoración `Art Déco`. Sentarse en una de sus terrazas con un café o una copa de vino es un viaje en el tiempo. Los precios ya no son los de antes, pero la atmósfera permanece. Se recomienda ir sin prisa, observar a la gente, leer un libro o simplemente dejar volar la imaginación. Pida un `carnet` al camarero y dibuje. Es el mejor homenaje que se puede rendir al espíritu de Foujita y sus compañeros. Piense que en esa misma silla pudo haberse sentado él, mirando el mundo con sus ojos de gato, planeando su próximo golpe maestro sobre el lienzo.

El Lienzo Blanco como un Alma: El Nacimiento de un Estilo

El éxito de Foujita en París no fue casual. Fue el resultado de una búsqueda deliberada y brillante. Entendió que para triunfar en la capital del arte no podía ser un mero imitador; debía ofrecer algo nuevo, algo que nadie más supiera hacer. Y lo encontró en la fusión de sus dos almas culturales. Su `nyuhakushoku`, ese fondo blanco luminoso, era su gran secreto. Aplicaba capas de una mezcla de blanco de plomo, carbonato de calcio y aceite de linaza sobre el lienzo, puliéndolas hasta lograr una superficie lisa y traslúcida como marfil o piel femenina. Sobre esa base inmaculada, trazaba sus líneas con la precisión caligráfica del `sumi-e`, pero las rellenaba con las sutiles veladuras del óleo occidental.

Esta técnica, desarrollada en la soledad de su estudio pero alimentada por las corrientes de la vanguardia, fue una revelación. Sus desnudos femeninos y retratos de gatos tenían una cualidad única: eran a la vez increíblemente realistas y etéreos, clásicos y radicalmente modernos. Público y crítica se rindieron a sus pies. Se convirtió en una celebridad y miembro de pleno derecho de la `École de Paris`, esa constelación de artistas extranjeros que hicieron de París su patria adoptiva. Su historia es la prueba de que, en el Montparnasse de los años veinte, talento y originalidad podían derribar cualquier barrera de nacionalidad o raza. Era un universo donde solo importaba el arte.

El Viajero Incansable: Ecos de América y el Sol Naciente

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La vida de Foujita, al igual que su arte, nunca fue estática. Después de casi dos décadas de gloria en París, el colapso de 1929 y la crisis económica que le siguió marcaron el fin de una era. La fiesta había llegado a su fin. Fiel a su naturaleza nómada, Foujita sintió la necesidad de moverse nuevamente. Emprendió un largo viaje que lo llevó por América Latina, un periplo que amplió su paleta y su visión del mundo, antes de un controvertido y doloroso regreso a su Japón natal.

Años de Errancia y Redescubrimiento

Entre 1931 y 1933, Foujita y su entonces compañera, la modelo Madeleine Lequeux, viajaron por Brasil, Argentina, Bolivia, Perú, Colombia y México. Fue un periodo de extraordinaria fecundidad artística. Alejado del epicentro parisino, entró en contacto con nuevas culturas, colores y luces. El folklore vibrante, los paisajes exóticos y la fuerza del arte precolombino dejaron una profunda marca en su obra. Sus cuadros de esta época se llenaron de escenas costumbristas, mercados bulliciosos y mujeres indígenas con trajes tradicionales. Su paleta se tornó más terrenal y colorida, sin dejar de lado la maestría de su línea.

Este viaje fue también una huida y una búsqueda. Una huida de una Europa que empezaba a oscurecerse y de ciertos escándalos personales, y una búsqueda de nuevas fuentes de inspiración, un renacimiento artístico. En México conoció a grandes muralistas como Diego Rivera y Frida Kahlo, cuyo compromiso social y político con el arte le impresionó, aunque su propio camino seguiría siendo más íntimo y personal. Este capítulo de su vida, a menudo pasado por alto, es fundamental para entender su complejidad. Demuestra que su universo no se limitaba al eje Tokio-París, sino que poseía una vocación genuinamente global.

El Regreso y la Sombra de la Guerra

En 1933, Foujita regresó a Japón. Fue recibido como un héroe, una gloria nacional que había triunfado en el extranjero. Se convirtió en miembro de la Academia Imperial de Bellas Artes y gozó de un estatus de celebridad. Sin embargo, el Japón al que volvía estaba cambiando a un ritmo vertiginoso. El militarismo ganaba terreno y el país se encaminaba hacia la Segunda Guerra Mundial. Cuando estalló el conflicto, Foujita, como muchos otros artistas, se encontró en una posición complicada.

Fue movilizado por el gobierno para producir ‘sensō-ga’, pinturas de guerra. Viajó a los frentes de China y el Pacífico, documentando las campañas del ejército japonés. Sus obras de este periodo son poderosas, dramáticas y técnicamente impecables. Muestran batallas, actos de heroísmo y, en cuadros como ‘La Batalla de Attu (Aniquilación gloriosa)’, la brutalidad del sacrificio final. Sin embargo, este trabajo se convertiría en una mancha en su reputación tras la guerra. Fue acusado de colaboracionista, de haber puesto su enorme talento al servicio de la propaganda militarista. Se sintió traicionado y utilizado por el mismo país que antes lo había aclamado. La controversia fue tan intensa que, en 1949, decidió abandonar Japón para siempre, con el corazón roto y un profundo sentimiento de desarraigo.

Este periodo oscuro es clave para comprender su posterior búsqueda espiritual. El trauma de la guerra y el rechazo de sus compatriotas lo sumieron en una profunda crisis. La alegría de vivir en Montparnasse había desaparecido, reemplazada por una meditación sobre el sufrimiento, la muerte y la redención. Necesitaba hallar una nueva paz, un nuevo hogar, no solo geográfico sino también espiritual. Su regreso a Francia no sería un retorno al pasado, sino el inicio de su último y más profundo viaje interior.

Reims, la Capilla de la Paz: Un Réquiem en Color

El último gran acto creativo en la vida de Foujita no fue un cuadro, sino un edificio: un pequeño santuario en la ciudad de Reims, en la región de Champaña. La Chapelle Notre-Dame-de-la-Paix, conocida mundialmente como la Capilla Foujita, representa su testamento artístico y espiritual. Es la obra en la que un hombre que vivió entre la gloria y la controversia, entre el hedonismo y la tragedia, buscó la reconciliación final consigo mismo y con lo divino. Se trata de un lugar de belleza y emoción profundas.

La Conversión y la Promesa Divina

Tras su regreso definitivo a Francia en 1950 y la obtención de la nacionalidad francesa en 1955, Foujita vivió una profunda transformación espiritual. El recuerdo de los horrores de la guerra y su sensación de exilio lo llevaron a encontrar consuelo en la fe cristiana. En 1959, a los 72 años, tomó una decisión trascendental: en la imponente Catedral de Reims, lugar histórico de coronación de reyes franceses, fue bautizado en la fe católica. Adoptó el nombre de Léonard, en honor a Leonardo da Vinci, su ideal de artista integral. Su padrino fue René Lalou, director de la casa de champán Mumm, quien se convertiría en su mecenas y amigo.

Ese día, frente al baptisterio de la catedral, Foujita hizo una promesa: si alguna vez disponía de los medios, construiría una capilla para honrar a la Virgen María. Gracias al apoyo de Lalou, ese sueño empezó a materializarse. En un terreno donado por la maison Mumm, Foujita, ya cercano a los ochenta años, emprendió el proyecto más ambicioso de su vida: diseñar y decorar personalmente una capilla de principio a fin.

Chapelle Notre-Dame-de-la-Paix: El Testamento de Foujita

Consagrada en 1966, la capilla es una obra de arte total. Foujita no solo fue el arquitecto conceptual, sino también el diseñador de las vidrieras, esculturas, herrajes y, sobre todo, el autor de los monumentales frescos que recubren sus muros. Cada detalle emana de la mano y el espíritu del mismo artista.

Un Exterior de Humildad Románica

En el exterior, la capilla muestra una sencillez conmovedora. Su estilo neorrománico, con piedras claras de la región y formas puras y redondeadas, evoca una sensación de paz y antigüedad. Sin ostentaciones, invita a la introspección, convirtiéndose en un refugio frente al mundo exterior. La única pista sobre la maravilla que guarda su interior es un tímpano esculpido sobre la puerta, obra del propio Foujita, que representa la Resurrección. Es un humilde preludio a la explosión de color y narrativa que aguarda al visitante.

Un Interior de Fe y Frescos

Al cruzar el umbral de la Capilla Foujita, se entra en el alma del artista. Más de 200 metros cuadrados de frescos cubren los muros, pintados en apenas tres meses por un Foujita octogenario con energía febril, como si supiera que el tiempo se agotaba. La técnica del fresco exige pintar sobre yeso húmedo, sin margen de error y con ejecución rápida y segura, un desafío que su maestría superó con creces.

Las escenas narran la vida de Cristo, desde la Anunciación hasta la Crucifixión y Resurrección, pero de un modo profundamente personal. Foujita se autorretrata en varias escenas, generalmente como un testigo humilde de los acontecimientos sagrados. En la escena de la Crucifixión, a los pies de la cruz, aparece con la cabeza afeitada, sosteniendo una maqueta de la capilla, una ofrenda de su vida y arte a Dios. También inmortalizó a su última esposa y compañera inseparable, Kimiyo, como una de las santas mujeres, y a sus mecenas, René Lalou y Georges Prade. Es una `Biblia Pauperum` moderna, un relato sagrado contado con una voz íntima en la que lo divino y lo humano se entrelazan. Su estilo es inconfundible: la línea precisa, inspirada en la caligrafía japonesa, define las figuras, mientras los colores, suaves y vibrantes a la vez, crean una atmósfera de sueño místico. Las figuras, con rostros a menudo asiáticos, representan un último acto de fusión cultural, una declaración de la universalidad del mensaje cristiano.

La Luz a Través de las Vidrieras

La luz que ilumina los frescos no es natural, sino filtrada y coloreada por las vidrieras diseñadas por Foujita en colaboración con el maestro vidriero Charles Marq. Los temas de las vidrieras complementan los de los frescos, representando escenas del Apocalipsis y de la vida de las vírgenes de Reims. Los colores son intensos: azules profundos, rojos sangre y amarillos dorados. La luz proyectada sobre los muros blancos y las escenas pintadas cambia a lo largo del día, animando los frescos y otorgándoles vida y movimiento. Visitar la capilla en distintos momentos permite descubrir nuevas tonalidades y matices emocionales. Es una experiencia inmersiva, una sinfonía de línea, color y luz que envuelve al visitante y lo transporta a un estado de contemplación.

Información Práctica para el Peregrino del Arte

La Capilla Foujita está en Reims, a unos 45 minutos en tren de alta velocidad (TGV) desde París. Se halla en la Rue du Champ de Mars, un poco alejada del centro histórico, pero fácilmente accesible en autobús o con un agradable paseo de unos 20 minutos desde la catedral. Está gestionada por los Museos de Reims y suele abrir todos los días excepto los martes. Es recomendable consultar los horarios en su web oficial antes de la visita. La entrada es de pago, pero el precio es modesto en relación con la experiencia que ofrece. Se sugiere reservar al menos una hora para empaparse de la atmósfera del lugar. Siéntese en los bancos y deje que la historia narrada por los muros le hable. Este es un espacio que recompensa la calma y la observación atenta. La capilla es el epílogo perfecto para la vida de Foujita. Falleció en 1968 y, según su deseo, fue enterrado allí junto a Kimiyo. Su tumba, en la pequeña cripta, marca el final de este peregrinaje, el lugar donde el gato de Montparnasse encontró finalmente su paz eterna.

Villiers-le-Bâcle: El Refugio Final del Artista

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Antes de completar su obra final en Reims, Foujita buscó un último refugio terrenal, un lugar para pasar sus últimos años en un ambiente de serenidad y trabajo, alejado del bullicio de París. Lo halló en Villiers-le-Bâcle, un pequeño y apacible pueblo en el valle de Chevreuse, al suroeste de la capital. La casa que adquirió en 1961, hoy conocida como la Maison-atelier Foujita, no es solo una casa-museo; es el retrato más íntimo del artista en su etapa de madurez, un microcosmos donde cada objeto y cada rincón reflejan su compleja personalidad, su amor por la artesanía y su talento para crear belleza en lo cotidiano.

La Maison-Atelier: Un Universo Íntimo

La casa es una modesta construcción de piedra del siglo XVIII, típica de la región. Lo que la convierte en algo extraordinario es cómo Foujita la transformó en su universo personal. Con la ayuda de su esposa Kimiyo, restauró y decoró cada habitación con un cuidado meticuloso y un gusto exquisito que fusiona la estética rústica francesa con la sobriedad y funcionalidad japonesas. No es la casa de un artista bohemio, sino la de un artesano-filósofo que encuentra la belleza en la simplicidad y el orden.

Al recorrer las estancias, uno se sumerge en su vida cotidiana. La cocina, con sus utensilios de cobre relucientes y su chimenea, parece lista para preparar una comida. El salón, con sus muebles cuidadosamente seleccionados, sus libros y objetos personales, habla de una vida dedicada a la lectura y la contemplación. Foujita era un consumado manitas: diseñó e instaló estanterías, reformó paredes e incluso creó complejos sistemas de poleas y mecanismos para facilitar las tareas domésticas. Cada solución es a la vez práctica e ingeniosa, revelando una mente que no distinguía entre el “gran arte” de la pintura y el “pequeño arte” de vivir bien. Las paredes están decoradas con sus propias obras, junto a piezas de artesanía popular y recuerdos de sus viajes. Es un espacio que emana autenticidad y calidez, el nido cuidadosamente construido por un hombre que, tras una vida de errancia, anhelaba por fin echar raíces.

El Taller Congelado en el Tiempo

La joya de la corona de la casa es, sin duda, su taller. Situado en la planta superior, bajo las vigas de madera del techo, el espacio se conserva tal cual lo dejó Foujita a su muerte. Es una experiencia extraordinariamente conmovedora, como si el artista acabara de salir a dar un paseo y estuviera a punto de regresar en cualquier momento. La luz entra a raudales por los grandes ventanales, iluminando el caos ordenado del genio en acción.

Allí está su caballete, con un lienzo inacabado. Mesas auxiliares repletas de botes de pigmentos, pinceles de todos los tamaños, espátulas y tubos de óleo. Una pared completa está cubierta por una biblioteca de libros de arte, historia y religión, testigos de su insaciable curiosidad intelectual. Maniquíes, maquetas que utilizaba para sus composiciones y una colección de objetos heteróclitos que le servían de inspiración. En un rincón, una armadura de kendo recuerda su herencia japonesa. Es un lugar sagrado, el sanctasanctórum donde la materia se transformaba en espíritu. Estar allí es recibir una lección silenciosa sobre la disciplina, la pasión y la dedicación absoluta que requiere el arte. Se puede sentir la concentración y la energía creativa que impregnaron ese espacio durante sus últimos años.

Consejos para una Visita Inolvidable

La Maison-atelier Foujita es una joya escondida. Al estar ubicada en un pequeño pueblo, requiere algo de planificación para llegar. La forma más sencilla es en coche, aunque también es posible llegar en transporte público tomando el RER B hasta Saint-Rémy-lès-Chevreuse y luego un autobús local. Es fundamental consultar los horarios de apertura en la web del Conseil départemental de l’Essonne, que gestiona el lugar, ya que pueden ser limitados, especialmente fuera de la temporada alta. A menudo, la visita es guiada, lo que enriquece enormemente la experiencia, ya que los guías comparten anécdotas y detalles fascinantes sobre la vida de Foujita en la casa.

Una visita a Villiers-le-Bâcle se puede combinar perfectamente con una exploración del Parque Natural Regional del Alto Valle de Chevreuse, una zona de gran belleza con bosques, castillos y pueblos pintorescos. Es una escapada ideal desde París que ofrece una visión distinta de la vida del artista, una que habla de paz, naturaleza y un regreso a lo esencial. Es el contrapunto perfecto a la energía febril de Montparnasse, mostrando la evolución completa del hombre y del artista.

El Legado de Foujita: Un Puente Entre Dos Mundos

El viaje siguiendo los pasos de Tsuguharu Foujita es un recorrido por la geografía de un alma dividida y, a la vez, maravillosamente íntegra. Desde las calles de Tokio hasta los bulevares de París, desde las iglesias de Reims hasta la tranquilidad rural de Villiers-le-Bâcle, cada lugar nos revela una faceta de este artista versátil. Foujita fue un maestro del dibujo, un cronista de su época, un dandi, un místico, un patriota y un exiliado. Encarnó la tensión creativa entre Oriente y Occidente como pocos, construyendo un puente estético que permanece tan sólido y fascinante como el primer día.

Su legado no radica solo en los lugares que habitó, sino en la audacia de su visión. Nos mostró que la identidad no es algo fijo, sino una construcción constante, un collage hecho de experiencias, viajes y decisiones. Su obra, dispersa en los grandes museos del mundo —desde el Centro Pompidou en París hasta el Museo de Arte Bridgestone en Tokio— continúa dialogando con el público con una modernidad sorprendente. Sus desnudos expresan una sensualidad intemporal, sus gatos nos miran con una sabiduría ancestral y sus frescos nos invitan a reflexionar sobre las grandes preguntas de la existencia.

Seguir sus huellas es, en última instancia, una invitación a emprender nuestro propio viaje. A buscar nuestra propia síntesis, a atrevernos a mezclar nuestras herencias y pasiones para crear algo único. Foujita demostró que se puede pertenecer a todas partes y a ninguna, y que el verdadero hogar de un artista es su obra. Al visitar los escenarios de su vida, no solo honramos su memoria, sino que también hallamos la inspiración para pintar nuestro propio lienzo, con la línea clara y valiente de quien ha decidido vivir, como él, con el arte como única y verdadera patria.

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この記事を書いた人

A visual storyteller at heart, this videographer explores contemporary cityscapes and local life. His pieces blend imagery and prose to create immersive travel experiences.

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