¡Siente el pulso del viaje, el eco de las palabras que cruzan océanos y generaciones! Hoy nos embarcamos en una peregrinación literaria, una ruta que no sigue mapas de carreteras, sino las coordenadas del corazón y la memoria de uno de los más grandes contadores de historias del siglo XX: William Somerset Maugham. Su vida fue un mosaico de contrastes, un lienzo pintado con los colores de la soledad de la infancia, el bullicio de los teatros londinenses, el misterio exótico de Oriente y el sol dorado de la Riviera Francesa. Seguir sus pasos es más que un simple acto de turismo; es una inmersión profunda en la fuente de su genio, una oportunidad para caminar por los mismos paisajes que inspiraron sus agudas observaciones sobre la fragilidad, la pasión y la complejidad del espíritu humano. Desde las calles grises de un París de fin de siècle hasta el esplendor decadente de una villa en Cap Ferrat, cada parada en este viaje es un capítulo de su vida y, a la vez, una página de sus inmortales relatos. Prepárense para un recorrido que es tanto geográfico como emocional, una danza rítmica entre el hombre, su obra y los lugares que lo definieron. Aquí, en estos rincones del mundo, el eco de su voz resuena con una claridad asombrosa, invitándonos a mirar más allá de la superficie, tal como él lo hizo con su pluma incisiva y compasiva.
Si te ha cautivado este viaje por la vida y obra de Somerset Maugham, también te fascinará explorar otros viajes literarios que conectan a grandes autores con los paisajes que los inspiraron.
París: El Amanecer de un Gigante Literario

Nuestra peregrinación inicia en la cuna de la bohemia, la ciudad que late con arte y revolución en cada rincón: París. Aquí, en el número 8 de la Avenue d’Antin, hoy conocida como Avenue Franklin D. Roosevelt, dentro de la embajada británica, nació William Somerset Maugham en 1874. Un nacimiento en suelo diplomático que, irónicamente, le otorgó la nacionalidad británica y lo definió desde el principio como un observador externo, un hombre destinado a vivir entre mundos. Aunque sus primeros años estuvieron marcados por la tragedia —la pérdida de su madre a los ocho años y de su padre a los diez—, el espíritu de París se impregnó en su ser. Imaginen a un joven Maugham, un niño sensible y tartamudo, absorbiendo el francés como su lengua materna, un detalle que añadiría una elegancia y precisión únicas a su prosa inglesa posterior.
Caminar hoy por el distrito 8 es sentir el eco de la Belle Époque, una era de opulencia y fervor creativo que debió fascinar y sobrecoger al joven huérfano. Pero el verdadero París de Maugham, el que moldeó su intelecto y visión del mundo, se encuentra al otro lado del Sena, en el Barrio Latino. Años después, regresaría a esta ciudad no como un niño, sino como un joven en busca de sí mismo. Antes de dedicarse a la medicina en Londres, pasó una temporada en París, viviendo una existencia bohemia, codeándose con artistas y escritores, absorbiendo las filosofías y corrientes estéticas que bullían en los cafés de Saint-Germain-des-Prés. Es el París que más tarde reflejaría en novelas como El filo de la navaja, donde el personaje Larry Darrell busca una verdad trascendental más allá de las convenciones sociales, un reflejo de la propia búsqueda de Maugham.
Para el viajero contemporáneo, el Barrio Latino sigue siendo un laberinto de calles empedradas cargadas de historia. Piérdanse por la Rue Bonaparte, imaginen los talleres de artistas, los debates apasionados en Le Procope o Les Deux Magots. Visiten las librerías antiguas, como Shakespeare and Company, que, aunque posterior a la estancia de Maugham, encarna el espíritu literario que él respiró. Sientan la atmósfera académica que rodea a la Sorbona. Aquí fue donde Maugham afinó sus habilidades de observación, aprendiendo a desvelar las máscaras que las personas usan, a percibir la disonancia entre la apariencia y la realidad. Este París no fue solo su lugar de nacimiento; fue su primera gran lección sobre la condición humana, una universidad de la vida cuyas enseñanzas resonarían en toda su obra. Un consejo práctico para el viajero: visite estos barrios a primera hora de la mañana, cuando la luz es tenue y las multitudes aún no han despertado. Es en ese silencio relativo donde se puede sentir con mayor claridad el fantasma de un joven escritor encontrando su voz.
Inglaterra: Las Raíces de la Servidumbre Humana
Tras la muerte de sus padres, el joven Maugham fue separado del cálido abrazo de la cultura francesa y lanzado a la fría y rígida Inglaterra victoriana. Este abrupto cambio de ambiente fue el crisol donde se forjó el núcleo emocional de su obra más personal, Servidumbre humana. Para él, Inglaterra no era un hogar acogedor, sino un exilio, un lugar de incomprensión y soledad. Nuestro recorrido nos conduce ahora a dos lugares clave que marcan este período: la costa de Kent y el corazón palpitante y a menudo despiadado de Londres.
Canterbury y Whitstable: El Eco de la Infancia
El condado de Kent, conocido como el «Jardín de Inglaterra», se convirtió en la jaula, aunque hermosa, de Maugham. Fue enviado a vivir con su tío, el vicario de Whitstable, un hombre frío y distante. La ciudad costera, renombrada como «Blackstable» en Servidumbre humana, es un personaje en sí misma. Para conectar con el mundo de Maugham, hay que pasear por su puerto, sentir la brisa salada que viene del estuario del Támesis, contemplar las barcas de pesca y las playas de guijarros. La atmósfera es melancólica, impregnada de una belleza austera. Cierren los ojos e imaginen al joven Philip Carey, el alter ego de Maugham, cojeando por estas calles, sintiéndose un extraño, su deformidad física símbolo de su alienación emocional.
La vicaría donde vivió Maugham ya no existe en su forma original, pero el espíritu de la época permanece en la arquitectura de la ciudad. El aire aquí huele a mar y a historia, y es fácil comprender cómo este paisaje moldeó en el joven escritor una sensibilidad aguda hacia el sufrimiento silencioso y la búsqueda desesperada de afecto. Whitstable no es un lugar de monumentos grandiosos, sino de sensaciones. Es un sitio para caminar sin rumbo fijo, para sentarse en un pub local con una pinta de ale y observar a la gente, tal como Maugham debió hacer, acumulando material para su futura disección del alma inglesa.
A pocos kilómetros se encuentra Canterbury, dominada por su imponente catedral. Allí, Maugham fue internado en The King’s School, una de las escuelas más antiguas del mundo. En la novela, se transformó en «Tercanbury». La experiencia fue dura; su tartamudez empeoró, fue objeto de burlas y su sensibilidad chocó con la rigidez del sistema educativo británico. Un paseo por los terrenos de la escuela, con sus claustros antiguos y edificios históricos, es un viaje en el tiempo. Se puede sentir el peso de la tradición y la conformidad contra la que luchaba el joven Maugham. La majestuosidad de la Catedral de Canterbury, que se alza sobre la ciudad, contrasta fascinantemente con la miseria personal que él experimentaba. Era un símbolo de una fe y una estructura social en las que no encontraba consuelo. Para el visitante, explorar Canterbury es fundamental para comprender la profunda crítica de Maugham a las instituciones y a la hipocresía social que marcaría gran parte de su obra. La Inglaterra de Kent le dejó a Maugham sus heridas más profundas, pero también le proporcionó el material para su primera gran obra maestra, una novela que es a la vez un exorcismo y una declaración de independencia.
Londres: El Teatro de la Vida y la Medicina
Londres fue el siguiente acto en el drama vital de Maugham, un escenario de dualidades extremas. Allí se liberó de la opresión de Kent y se sumergió en el anonimato y la diversidad metropolitanos. Se matriculó como estudiante de medicina en el St Thomas’ Hospital, situado en la orilla sur del Támesis, frente al Parlamento. Esta decisión, aparentemente práctica, se convirtió en una fuente inagotable de inspiración literaria. Como estudiante, trabajó en los barrios más pobres de Lambeth, un mundo de miseria, enfermedad y desesperación que contrastaba violentamente con la fachada imperial de la ciudad. Fue allí donde aprendió a observar la vida en su forma más cruda, donde vio el coraje, la crueldad y la resignación de los desfavorecidos. Esta experiencia culminó en su primera novela, Liza de Lambeth, una obra de realismo impactante que causó sensación y lo lanzó a la fama literaria.
Para el visitante, un paseo por Lambeth, aunque hoy gentrificado, aún permite atisbar ese pasado. Crucen el puente de Westminster desde el Parlamento y adéntrense en las calles detrás del hospital. Imaginen al joven Maugham, con su maletín de médico, asistiendo partos en apartamentos míseros, escuchando las historias de la gente, aprendiendo que el drama humano más intenso a menudo ocurre lejos de los grandes escenarios. Visitar el Florence Nightingale Museum, ubicado en el hospital, puede ofrecer un contexto sobre la medicina de la época.
Pero Londres también fue el escenario de su éxito espectacular. Tras años de esfuerzo, Maugham se convirtió en el dramaturgo más célebre y rico de su tiempo. El West End fue su dominio. Teatros como el Haymarket, el Vaudeville o el Playhouse estrenaron sus obras, comedias de costumbres ingeniosas y cínicas que diseccionaban las flaquezas de la alta sociedad. Un recorrido por el Theatreland londinense es imprescindible. Imaginen las noches de estreno, los aplausos, la fama que lo llevó a la celebridad. Maugham vivió en varios puntos de Londres, pero una de sus residencias más destacadas estaba en Mayfair, el corazón del lujo y la elegancia. Este contraste entre el Lambeth de su juventud y el Mayfair de su madurez es clave para entender a Maugham. Era un hombre que podía moverse con igual soltura entre los salones más refinados y los rincones más oscuros de la existencia humana, siempre observando con la misma mirada desapasionada y penetrante. Londres fue su laboratorio y su escenario, el lugar donde aprendió a diagnosticar las enfermedades del alma y a presentarlas como un entretenimiento brillante y a menudo inquietante.
El Gran Tour: El Mundo como Lienzo

Una vez consolidado su éxito, Maugham se liberó de las ataduras de una vida convencional y se transformó en lo que siempre había soñado ser: un viajero, un nómada del espíritu. El mundo se convirtió en su estudio, y sus viajes no eran simples vacaciones, sino expediciones en busca de historias. Se sentía fascinado por los límites del Imperio Británico, por esos lugares remotos donde los europeos, alejados de las restricciones de su sociedad, mostraban su verdadera esencia. Sus viajes por el Sudeste Asiático y los Mares del Sur no solo le ofrecieron escenarios exóticos, sino que le permitieron profundizar en sus temas predilectos: el adulterio, la traición, el conflicto entre el deber y la pasión, y la fina línea que separa la civilización de la barbarie.
El Sudeste Asiático: Donde Nacen las Leyendas
El Sudeste Asiático de Maugham es un mundo de calor húmedo, de bungalows con ventiladores de techo que giran lentamente, de plantaciones de caucho y de clubes sociales donde los colonos ahogaban su soledad en ginebra. Malasia, Singapur, Borneo, Birmania… estos fueron los territorios que exploró y que se convirtieron en el escenario de sus relatos más famosos, recopilados en volúmenes como The Casuarina Tree. Para seguir sus pasos hoy, el viaje debe comenzar en Singapur. Hospédense, o al menos prueben un Singapore Sling, en el Long Bar del Raffles Hotel. Fue ahí donde Maugham se alojaba, sentado en la veranda, observando a la fauna colonial y escuchando los chismes que luego se convertirían en la semilla de relatos inmortales. Se dice que la historia de La carta surgió a partir de un escándalo real presenciado en esos círculos.
Desde Singapur, el recorrido puede continuar hacia Malasia, a lugares como Penang y Kuala Lumpur. Busquen los edificios coloniales que aún permanecen, los clubes que parecen detenidos en el tiempo. Imaginen el aislamiento de los administradores británicos y sus esposas, la tensión latente entre colonizadores y población local. Maugham tenía un don especial para capturar la atmósfera opresiva, la monotonía que podía conducir a actos desesperados. En Borneo, exploren los ríos que penetran en la selva, escenario de relatos donde la naturaleza imponente y salvaje actúa como catalizador que despoja a los personajes de su maquillaje civilizado.
Visitar esta región con los cuentos de Maugham en mano es una experiencia transformadora. Las descripciones de la lluvia monzónica, del aroma de las especias en los mercados y del canto de los insectos por la noche cobran vida. Un consejo para el viajero es buscar las pequeñas ciudades y alejarse de los grandes centros turísticos. Es en las plantaciones, en los pueblos portuarios, donde todavía se siente un eco de ese mundo perdido que Maugham documentó con maestría. Él no juzgaba a sus personajes; simplemente los presentaba, con sus debilidades y sus pasiones, atrapados en un paraíso que a menudo se convertía en su infierno personal. Este viaje es una lección sobre el poder del lugar para moldear el destino humano.
Los Mares del Sur: En Busca de Gauguin y la Libertad
Movido por una fascinación por el artista Paul Gauguin, Maugham emprendió un viaje a los Mares del Sur, una odisea que dio origen a una de sus novelas más aclamadas, La luna y seis peniques. El protagonista, Charles Strickland, un corredor de bolsa que abandona a su familia y su vida en Londres para convertirse en pintor en Tahití, es una ficción basada en la vida de Gauguin. Este recorrido nos lleva a la Polinesia Francesa, a un mundo de belleza edénica y pasiones desatadas.
El corazón de esta peregrinación es Tahití. Aunque la isla ha cambiado enormemente desde los tiempos de Gauguin y Maugham, su magia persiste. Visiten Papeete, su capital, pero pronto escapen hacia el interior y las costas más salvajes. Busquen los paisajes que inspiraron a Gauguin: las montañas volcánicas cubiertas de vegetación exuberante, las lagunas de un azul imposible, los rostros de los polinesios. Maugham viajó a la isla para investigar los últimos años de Gauguin, entrevistando a quienes lo conocieron y buscando las huellas de su genio atormentado. En la novela describe la choza donde Strickland/Gauguin pintó sus obras maestras finales, con paredes cubiertas de murales que fueron destruidos tras su muerte. Aunque la choza ya no existe, el Museo Paul Gauguin en Tahití ofrece una visión de su vida y obra, y permite conectar con el espíritu del artista que tanto obsesionó a Maugham.
Este viaje no trata solo de arte, sino de la idea del escape y la rebelión contra las convenciones. Maugham, un hombre que siempre se sintió prisionero de su propia naturaleza reservada y de las expectativas sociales, exploró a través de Strickland la fantasía de una libertad absoluta y destructiva. Navegar entre las islas, sentir el calor del sol tropical y la inmensidad del Océano Pacífico es comprender por qué este rincón del mundo se convirtió en símbolo de paraíso perdido y reinvención personal. Es una invitación a reflexionar sobre nuestras propias «servidumbres» y el precio de la verdadera libertad creativa. Para el viajero, es una oportunidad de experimentar una belleza natural sobrecogedora mientras contempla las preguntas existenciales que Maugham planteó con tanta fuerza en esta novela inmortal.
Cap Ferrat: El Acto Final en la Riviera Francesa
Después de una vida dedicada a viajes constantes y a observar el mundo desde la distancia, Somerset Maugham buscó un refugio, un lugar para echar anclas y disfrutar de los frutos de su enorme éxito. Lo halló en la Costa Azul, en el exclusivo y deslumbrante promontorio de Cap Ferrat. Allí, en 1928, adquirió una propiedad que llamó Villa La Mauresque, que sería su hogar durante casi cuarenta años, su reino privado y su escenario final. Este es el último y quizás más revelador capítulo de nuestra peregrinación, un espacio que refleja la complejidad y las contradicciones del Maugham maduro: el anfitrión cosmopolita, el escritor disciplinado y el hombre profundamente solitario.
Villa La Mauresque: Un Refugio de Esplendor y Soledad
Villa La Mauresque no es solo una casa, sino una declaración. Con sus jardines en terrazas que descienden hacia el Mediterráneo, su piscina reluciente y sus salones rebosantes de arte, la villa se convirtió en el epicentro de un universo social y literario. Maugham se transformó en el gran patriarca de la Riviera, recibiendo a una interminable procesión de celebridades: Winston Churchill, T.S. Eliot, Virginia Woolf, Noël Coward, el Duque y la Duquesa de Windsor… La lista es un verdadero quién es quién del siglo XX. Imaginen las cenas en su terraza, las conversaciones ingeniosas flotando en un aire perfumado por los pinos y el mar, el tintineo de las copas de cóctel mientras el sol se ponía sobre el agua.
Aunque la villa es una propiedad privada y no está abierta al público, su presencia se percibe en todo Cap Ferrat. Pasear por el Chemin des Douaniers, el sendero costero que rodea el cabo, permite disfrutar de vistas espectaculares de la finca y de la costa que Maugham contemplaba diariamente. Es un paisaje de una belleza casi irreal, una mezcla de lujo y naturaleza salvaje. Aquí, Maugham estableció una rutina de escritura estricta. Cada mañana se retiraba a su estudio, una habitación austera con vistas al jardín, y escribía disciplinadamente hasta la hora del almuerzo. Fue en La Mauresque donde escribió muchas de sus últimas obras y supervisó las ediciones de sus escritos completos. Su símbolo personal, un emblema de origen marroquí para protegerse del mal de ojo, estaba pintado en la entrada y en su papelería, un recordatorio de la superstición y la oscuridad que siempre subyacían bajo su fachada de racionalidad.
Visitar Cap Ferrat es sumergirse en la atmósfera que Maugham eligió para su exilio dorado. Exploren los pueblos cercanos de Villefranche-sur-Mer y Saint-Jean-Cap-Ferrat, con sus puertos pintorescos y mercados provenzales. Sientan la luz única de la región, esa misma luz que atrajo a Matisse y Picasso. Sin embargo, detrás del esplendor se esconde la melancolía que impregnó los últimos años de Maugham. A pesar de estar rodeado de gente famosa, a menudo se sentía profundamente solo. Sus relaciones personales fueron tumultuosas y su vejez estuvo marcada por la amargura. La Mauresque fue tanto un santuario como una prisión dorada. Al contemplar la villa desde la distancia, no solo se percibe la culminación de una vida exitosa, sino también el retrato de un hombre que, a pesar de haberlo visto y contado todo, quizás nunca halló por completo la paz que buscaba. Es el último y más conmovedor escenario en la vida de un maestro observador que, al final, se encontró a sí mismo como el sujeto de su propio y penetrante análisis.
El Legado de Maugham: Un Viaje a Través de sus Palabras

Nuestra travesía por los paisajes de Somerset Maugham llega a su fin, pero el verdadero viaje, el que se realiza a través de sus páginas, es infinito. Hemos recorrido las calles de París, sentido la humedad de la selva malaya y respirado el aire salado de la Riviera, pero la esencia de Maugham no está en la piedra ni en el paisaje, sino en su incomparable habilidad para iluminar el corazón humano. Fue el cronista de los exiliados, de los apasionados, de los hipócritas y de los soñadores. Nos enseñó que las vidas más ordinarias pueden albergar los dramas más extraordinarios y que la geografía del alma es mucho más amplia y compleja que cualquier mapa.
Explorar los lugares de su vida es entender cómo la experiencia personal se convierte en arte universal. La soledad de su infancia en Kent le brindó la empatía para escribir Servidumbre humana. Sus observaciones como estudiante de medicina en Londres afilaron su bisturí para diseccionar la sociedad. Sus viajes por Oriente le mostraron que, bajo diferentes cielos, las pasiones humanas siguen siendo las mismas. Y su espléndido aislamiento en Cap Ferrat le otorgó la atalaya perfecta desde la cual contemplar el teatro del mundo que tan bien llegó a conocer.
Por eso, la próxima vez que abran uno de sus libros, ya sea una novela, un cuento o una obra de teatro, recuerden estos lugares. Dejen que el eco de sus pasos los guíe. Porque el mayor legado de Somerset Maugham es este: nos dio un mapa no solo del mundo que vio, sino del mundo que todos llevamos dentro. Y ese es un viaje que vale la pena emprender, una y otra vez. Su voz, clara, elegante y sin sentimentalismos, sigue siendo una de las guías más fiables para navegar por el complicado territorio de la vida.

